Se envuelve en la tibia oscuridad de su capullo. Sin luz que lo turbe. Sin más sonido que el del calderón que marca el compás de espera. Con todo el tiempo que cabe en el silencio. Con la palabra que, al pronunciarse, teje el pentagrama con octavas de vida.
Su capullo es su piel. Su piel que lo protege y lo conserva. Su piel que lo alimenta. Hogar palpable, vehículo seguro, que de pronto ahora se disuelve dejándolo desnudo, iluminando la oscuridad con luz propia. Extraña mariposa mutilada que, sin alas, vuelas.
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