Recorro las calles repasando recuerdos de mi niñez, y cuando paso cerca del puerto, mis ojos se desvían hacia la torre medio destruida y llena de moho que se levanta majestuosa desafiando al tiempo. A unos metros de ella, en la cima del monte, busco la silueta a contraluz de un hombre sentado en una vieja silla mirando hacia el horizonte, y ahí está, Jacinto, tal y como le recordaba.
Nadie sabe en el pueblo que espera todos los días ahí sentado hora tras hora. Unos dicen que añora esos días en los que faenaba en alta mar donde había pasado parte de su vida. Otros, que espera el regreso de su Manuela, a la que vio partir en un barco a los meses de casarse, destrozada y vencida por la soledad de ser la mujer de un pescador. Y algunos tan solo, que la cordura le abandonó hace tiempo y aguarda allí su muerte.
Sea por el motivo que sea, ahí está él formando parte de ese paisaje, con su chaqueta de pana raída, su boina encajada hasta las orejas e inmerso en unos pensamientos que nadie conocerá.
Inma, la jaenera. |