La casa más elegante del pueblo pertenecía a la señora Salome, mujer flaca de cara angulosa y siempre pálida. La entrada al caserón era una galería con columnas de mármol, que al igual que su dueña se erguían orgullosas por sobre la humildad de la gente del lugar.
Cada mañana llegaba la mujer de la limpieza. La acompañaba su pequeña hija: Coqui, una niña de mirada torva, en especial cuando la patrona, gritaba a su madre:
—¡Sara el piso de la cocina quedó opaco!
—¡Sara el baño huele mal!
La voz de Salome era un trueno, que atravesaba las paredes. Coqui escuchaba y miraba con odio a la patrona, un odio que la pequeña almacenaba y chispeaba en sus ojos negros. Reflejitos como agujas, bajaban por la espalda de Salome y se clavaban en su carne. La obligaban a tomarse la cintura en un gesto de dolor. La patrona se quejaba: esa mocosa me produce dolor de cabeza cada vez que revolotea cerca.
Durante años Salome fustigó a Sara con las frases más hirientes. Coqui crecía odiándola.
Salome creyó que era tiempo de quitar a esas perdedoras de su casa, buscaría en Buenos Aires personal de mayor categoría. No soportaba ni a la madre ni a la niña. Últimamente Coqui dibujaba con trozos de carbón en las baldosas del patio de atrás. Creaba figuras horribles. Perros dientudos y babeantes, gatos con uñas como garras y ojos, muchos ojos llameantes de ira.
Una tarde la patrona le dijo a Sara que ya no la necesitaba más.
Coqui la escuchó. Dejo de dibujar, las miró. Al ver a su madre llorar con desesperación sus dedos se crisparon en la piedra de carbón, las manos comenzaron a moverse rápidas, creando figuras sin forma, círculos y más círculos negros.
Sara se fue llorando de la casa elegante, su hija la llevaba de la cintura tratando de calmarla. A paso lento se perdieron en el final de la calle.
Desde el ventanal del primer piso, Salome vio en las baldosas del patio de atrás, uno de los dibujos que Coqui había dejado; cambiaba de forma, pasaba de un círculo a una luna, luego un árbol, sorprendida bajó. Al ver de cerca el dibujo comprobó que era sólo una mancha de agua, sonrío, burlándose de sus temores. Tomó una escoba e intentó quitarla. No pudo. Crecía. Le cubría los pies, los tobillos. ¡Era imposible!
Se hundía sin poder moverse. La pequeña laguna cedía a su peso, se agrandaba, no lograba llegar a los bordes, se deslizaba lentamente hacia el fondo arenoso que se abría blandamente y la ceñía en un abrazo. Gritó pidiendo ayuda. Nadie respondió.
Sara regresó al día siguiente, limpió, y permaneció allí, con su hija cuidando la casa hasta que la señora Salome regresara.
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