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Adormideras
En una noche de verano en la ciudad de Mar del Plata, todo era bullicio y alegría en un baile de disfraces que se llevaba a cabo en un espacioso salón del hotel Astoria, el cual, además de ser comedor, era lo suficientemente grande para ese esparcimiento.
En un determinado momento se producía una interrupción en ese ámbito festivo. Los bailarines, habían entrado en un estado de profunda somnolencia y caían inconscientes en el suelo. Aprovechándose de esa situación, tres hombres con el rostro cubierto por pasamontañas, que previamente habían intimidado al portero del hotel con sus ametralladoras y lo habían inmovilizado atándolo fuertemente, despojaban a los durmientes de sus pertenencias: relojes, anillos y dinero.
Una mujer a quien ellos conocían como Chela, tal era su apodo, en las inmediaciones del hotel hacía de campana, para alertarlos de la proximidad de la policía. Era oriunda de Pinamar, ciudad donde tenía una casa donde se albergarían los delincuentes, quienes habían perpetrado el robo con las manos enguantadas.
Al despertar de su sueño, uno de los damnificados, se contactaba con la policía.
El policía no vidente, cuyos ojos saltones recordaban a los de la tortuga, inspector Jaime Prohens, acudía al lugar del hecho. Informado del estado de somnolencia en que habían caído las víctimas y no sintiendo ningún olor extraño en el ambiente, el investigador interrogaba a una de ellas, la cual le decía:
- Ha tenido usted suerte inspector, pues ha dado con una persona que siempre ha gustado de la botánica. Era una exquisita comida de carne con legumbres, pero entre estas últimas había un condimento especial: eran granos de un sabor muy agradable, que producían aceite y que forman parte de las adormideras, plantas indígenas de la familia de las papaveráceas.
-Y usted como botánico, ¿por qué no puso sobreaviso a sus convivientes?
-No quería causar una alarma inútil y malograr el momento alegre y feliz que todos íbamos a pasar, ya que pensaba que sentiríamos sueño y deseo de retirarnos a nuestros dormitorios. Sin embargo el efecto narcotizante ha sido mas fuerte del que yo esperaba. Además, no quería que me consideraran un aguafiestas.
Obviamente, Prohens consideraba que su primera línea de investigación debía ser la de interrogar a los cocineros, los cuales eran dos hombres y una mujer que comenzaban a ser inquiridos. El inspector comenzaba diciendo:
- Una de las personas que ha estado adormecida, es un bioquímico, que además es un apasionado de la botánica, y que testifica sobre la presencia de un ingrediente extraño entre los alimentos, capaz de producir el sueño.
Los cocineros asumían su defensa, diciendo que habían preparado la comida con semillas de sésamo, y que los ladrones, subrepticiamente, las habían sustituido por sustancias que habían pasado inadvertidas para ellos.
-¿No habéis notado la presencia de personas extrañas, ajenas al hotel?
- Nos habíamos percatado que estaban en el hotel tres individuos desconocidos; uno de ellos, de cutis moreno, robusto y de mediana estatura. Otra persona era en cambio, un hombre alto, rubio y de ojos azules. El tercer sujeto era pelirrojo y con una marcada cicatriz en la mejilla izquierda de su rostro. Tales personas no pertenecían a las que se alojaban en el hotel.
Prohens, pedía que se hiciera un identikit de los tres presuntos delincuentes y que se prohibiera la salida del país de los mismos.
Consumado el acto delictivo, los ladrones subían a bordo de un automóvil de color beige y Chela se despedía de ellos diciéndoles:
- No iré con ustedes para no despertar sospechas. Tomaré un ómnibus interurbano y los esperaré en mi casa de Pinamar-. En la penumbra de la madrugada marplatense, el auto de los delincuentes se desplazaba vertiginosamente por la avenida Luro. Al despuntar el nuevo día, los resplandores anunciaban a ese sol que iba a salir para los buenos y los malos.
El inspector Jaime Prohens, que estaba abocado a la tarea investigativa, sentía nostalgia del tiempo en que sus ojos podían ver. La vista es un precioso don, que como la salud y la libertad, recién se los valora cuando se los ha perdido. Había tenido que suplir la falta de visión con el desarrollo del tacto y el olfato, pero el que más había aguzado como policía, era un sexto sentido, que no tenía que ver con los otros que eran físicos. Éste era en cambio de carácter mental: el de la sagacidad y la perspicacia. El investigador alertaba a los controles policiales, que se hallaban en la periferia de la ciudad, de la fuga de tres sujetos armados con ametralladoras y les hacía llegar el identikit.
Al llegar a uno de los controles, en que se les iba a requerir la documentación identificatoria, el hombre de la cicatriz en la mejilla disparaba ráfagas de ametralladora contra los representantes de la ley y la indagación que iban a hacer, se convertía en un silencio permanente.
-¡Buenos disparos Roberto!-decía el hombre de cutis moreno, llamado Juan-. Dos policías que ya en lo sucesivo no estarán al servicio del orden. Ahora, debemos desviarnos de la ruta principal y tomar por un atajo, un camino de tierra que yo conozco, para despistar a la policía. Siguiendo al mismo, llegaremos a Pinamar-. Llegando a esta ciudad en horas de la tarde, los delincuentes podían ver afiches murales con sus rostros.- Veo a algunas personas cerca de la casa de Chela, esperemos a que se vayan- decía el tercer delincuente de nombre Rubén.
Aguardaban media hora para que ese espacio físico estuviese vacío y después eran recibidos por Chela, que había terminado de cenar y estaba lavando los platos. Ella los recibía cordialmente diciéndoles:
-Hola muchachos, sed bienvenidos a mi casa ¿qué tal les fue con la poli?
-Dimos muerte a dos policías en un control policial a la salida de Mar del Plata y luego tomamos por un atajo para llegar hasta aquí.
-Imagino que estáis rendidos del cansancio y que necesitáis reponer fuerzas.
En las antípodas de los delincuentes Prohens, recibía con dolor pero sin sorpresa, la noticia de los hombres muertos en cumplimiento del deber y disponía que se les hicieran las correspondientes honras fúnebres. El inspector no vidente, comentaba con sus colaboradores mas cercanos:
-No creo que exista solamente un triángulo delictivo. Los malvivientes cuentan con una persona que mientras robaban era cómplice, haciendo de campana. Es muy importante ubicar a esta persona.
Mientras tanto, Prohens para estimular a la gente para que colaborara con la policía en la búsqueda de los delincuentes, había ofrecido una recompensa de setenta mil pesos a quién aportara datos sobre sus paraderos.
Chela subvenía a las necesidades de los malvivientes, haciendo las compras y éstos estaban constreñidos en la libertad de movimientos al ámbito de su casa acorde a la vida de los hombres que viven al margen de la ley. La mujer que los encubría tenía también una historia delictiva, en el sórdido mundo de la prostitución y el tráfico de estupefacientes y había conocido la cárcel. No se sentía tentada por la recompensa ofrecida por Prohens ni por ir a delatar a sus compañeros, pues ella era una partícipe necesaria de los delitos y temía ser encarcelada.
Acicateado por el ofrecimiento de la recompensa de Prohens, se presentaba en su lugar de trabajo, un hombre de unos cincuenta años. Decía haber visto en las inmediaciones del hotel, durante el robo, a una mujer en actitud sospechosa. Relató que la vio intercambiando unas palabras con tres hombres que llevaban sus rostros cubiertos y después se había separado de los mismos. El testigo hizo una descripción física de la misma: -Era una mujer de unos cuarenta años, de alta estatura, rubia cabellera y bellas curvas.
La policía, al buscar las fotografías de las mujeres que tenían antecedentes penales, no tardaba en ubicarla. Uno de los representantes de la ley decía: -No hay duda que se trata de la Chela, tiene antecedentes como prostituta y traficante de estupefacientes-. El inspector había encontrado finalmente el hilo conductor para ubicar a los hombres a quienes perseguía.
-Chela vive actualmente en Pinamar- decía Prohens, que partía hacia allá con ocho móviles policiales. Advertido de la presencia policial a través de una de las ventanas de la casa decían: -¡Hemos sido descubiertos, recibamos a la yuta como se merece, con ráfagas de ametralladora!-Una terrible balacera, comenzaba a partir de ese momento y los delincuentes consiguieron dar muerte a tres servidores de la ley. Luego de un largo intercambio de disparos salían todos de la casa con los brazos en alto, incluida Chela.
Prohens llegaba a Pinamar a bordo de un patrullero y daba comienzo al correspondiente interrogatorio policial. El inspector, terminada su labor se alejaba lentamente, apoyado en su bastón. Sin embargo, no estaba del todo conforme con el resultado de esa investigación. Su sexto sentido y su voz interior le decían que el circuito delictivo no se circunscribía a esas cuatro personas. Los tres delincuentes que habían tomado parte activa en el robo, usaban armas de guerra y uno de ellos tenía una cicatriz en el rostro, elementos de juicio que los constituían en personas de alta peligrosidad. No pensaba lo mismo de Chela, la partícipe necesaria del accionar delictivo, pues Prohens, consideraba que la pobreza es el origen de la prostitución y que el mundo de las drogas está íntimamente asociado con ella. Reflexionaba que tras estos delincuentes que según su parecer, no eran intelectuales, había otra persona, que en cambio sí lo era, y que era la eminencia gris del delito. Para que su investigación fuese completa debía encontrar al autor intelectual del mismo.
El inspector no vidente disponía de un sentido que lo ayudaría en esa búsqueda, el del gusto. Quería comparar el sabor de las semillas de sésamo con el de la adormidera, y para sorpresa suya comprobaba que era el mismo. El cerebro de Prohens se iluminaba y se decía para sí mismo que era imposible distinguir los sabores de ambas semillas; consecuentemente quién así lo había hecho, mentía. Solamente hay una persona que es capaz de esta inteligente maniobra: no hay dudas que se trata de quien tiene amplios conocimientos de botánica, o sea el bioquímico.
El inspector citaba a declarar nuevamente al botánico y éste, sometido a un hábil interrogatorio, confesaba su nexo con los delincuentes y ser el cerebro de la acción delictiva.
La ceguera del inspector Jaime Prohens se asemejaba a la alegoría de la Justicia y él, como auxiliar de ésta, pudo vislumbrar la verdad en la oscuridad del mundo delictivo.

Texto agregado el 10-11-2009, y leído por 111 visitantes. (0 votos)


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