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Inicio / Cuenteros Locales / celiaalviarez / UN IRREDUCTIBLE CON FUNERAL (De los años malditos)

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UN IRREDUCTIBLE CON FUNERAL

Todo un lujo. Urna de caoba tapizada en terciopelo rojo granate, con borlas doradas y angelitos que miran al cielo pidiendo clemencia. En eso estamos de acuerdo. Pido auxilio. Me veo desde lo alto, allí, todo seriesote, todo elegante, con polvos faciales y coloretes para quitarme la cara de muerto. Qué vergüenza le da a uno morirse así, después de haber vivido la mitad de la vida arrastrado, pata en el suelo, cochino y barbudo en una montaña, o en una cárcel, o en un barrio, ayudando a la gente y comiendo sardinas en lata, cuando había qué comer, porque de no ser así se bebía bastante agua, y a aguantar el chaparrón que después viene la calma. Ahora están allá arriba, en la cocina, dos cachifitas y un Chef, preparando una sopa (que, según cuentan los concurrentes, está muy buena) endulzando chocolate, té con o sin leche, café, y para los más allegados un platico gourmet con pavo y alcachofas. ¡qué barbaridad!.
Y yo que pensaba alimentar una fosa común con mi cadáver, para ver cumplido al fin el sueño socialista en el trabajo inalcanzable y digno de millones de gusanos, todos iguales, todos al servicio de la misma causa, todos con las mismas oportunidades, metiendo diente en mi destartalado cuerpo. Si es que quedaba algo de mí, porque con aquellos torturadores tan creativos que parió la segunda mitad del Siglo XX, iba a parar en un horno de cal si me agarraban. Ahora no, ahora me tengo que calar que mis huesos se momifiquen sin servirle a la tierra como abono, me tengo que calar estas seis paredes de madera desnaturalizada que guardarán mis restos por toda la eternidad. Qué desperdicio. Y la gente allá arriba, en aquel cerrito que brilla a lo lejos, con deseos de tener una maderita para tapar los huecos de su rancho, y otros con frío, descalzos, desnudos, mientras yo estoy metido en esta urna con un traje recién comprado para la ocasión, como si el frío fuera un inconveniente para ese cuerpo vacío. No me la calo. No me la calo.

Y esto no es lo más triste. Lo peor es ver a los amigos, a los camaradas que ayer se jugaron el pellejo en un cerro, que recibieron tortura y perdieron años de vida con uno en una cárcel por defender un sueño. Cómo cambia la gente, cómo se desdibujan las ideas cuando el barco pierde direccionalidad. Cada uno en lo suyo, dejando que la espiral histórica se cierre y los ahorque, como dijo el filósofo aquel que justificó este debacle. Claro, no todo está perdido. Ellos siguen vivos, aunque no todas las vidas son vida realmente. Desde mi condición de difunto, y bajo la mirada integral a la que tengo derecho por ser mi propio velorio, intentaré clasificar a estos camaradas que me vienen a decir adiós:

Están los que se quedaron en la historia. Esos que no dejan de vivir en un rancho porque en un rancho es que vive el proletario, que no dejan de ponerse nombres falsos porque les quedó la costumbre de la clandestinidad, esos que siguen con su pistola encaletada, y tienen dudas, y tienen miedo, y no confían en nadie ni en nada, y no secundan ningún proyecto que no tenga balas de por medio, porque dónde se ha visto una revolución sin balas. Esos camaradas, son tremendos camaradas, sí, pero me dan una tristeza honda, una rabia y una impotencia enormes, porque me doy cuenta que están enfermos de pasado, y dejan de crear, dejan de soñar, porque el capitalismo les quitó los sueños y no se enteran que era verdad lo que decía Simón Rodríguez hace tanto: o inventamos o erramos, y mejor todavía si pelamos bolas inventando, porque seguro que la próxima vez no nos vamos a equivocar. Estos camaradas, con su pasado guindando, que pueden estar de un lado o del otro, brincando talanqueras a diestra y siniestra, me ponen triste, vale, entran al funeral y se reúnen entre ellos, y miran con desdén a todo el mundo, y tienen una mirada tan iracunda, tan arrecha, tan triste… me lloran a mí al mismo tiempo que lloran a todos los que murieron antes, igual que lloran todos los días de su vida, postrados de rabia por los difuntos que dejamos atrás hace un siglo…

Están, por el contrario, los olvidadizos. Estos olvidaron lo que era un fusil, lo que era un panfleto o un mitin. En cuanto el Comandante de las FALN dijo “este cuento se acabó” estos personajes agarraron sus perolitos y se fueron a estudiar en una universidad privada sobre el publishing y el marketing y la belleza del mercado. Se dejaron sobar su cabecita por la mano invisible de Margaret Tatcher, y cual perros falderos salieron en fila a montar su negocito. Pagaron psicólogos, psiquiatras, brujos, hipnotistas y cirujanos plásticos para que les borraran toda señal de guerrilla a sus cabezas y a sus cuerpos. Invirtieron la tortilla de sus propios valores y dejaron bien abajo al comunismo para que se quemara junto a la memoria de los años malditos. Cuando les hablan sobre su pasado, se ponen a llorar y corren a buscar cita con los doctores para que les cierren el hueco que hizo el comentario en su globo de olvido, y los especialistas les pegan un parche bien lindo, moderno, decorado con mikey mouse, princesas y sonrisas a lo Ronald mc Donald. Esos camaradas llegan al velorio rapidito, se bajan de la camionetota que los identifica y pasan volando, sin mirar mucho a los lados y sin quitarse los lentes oscuros, no sea que alguien se acuerde de ellos. Se asoman a la urna y me miran con miedo. Y, créase o no, algunos hasta me han sorprendido, cuando en el fondo, más allá de su traje de etiqueta y su incomodidad, despiertan en la memoria una lucecita opaca, que alumbra, tras las rejas, a un yo más joven que alguna vez quisieron, aunque estuviera hediondo, piojoso y flaco como un perro callejero. Y aunque nadie lo note en el recinto, una lágrima clandestina se les desparrama, y corren de vuelta al carro para no empañar sus lentes oscuros.

También están los hipócritas. Estos me causan gracia. Son esos que en su recuerdo me muestran una pirámide gigantesca. Los veo escalando piso tras piso, a sudor y lágrimas. Los veo convertirse en tremendos “líderes” con escaños y escaños de poder. Los veo guindarse de los pelos de las mujeres y de las bolas de los hombres que construyen el inmenso edificio. Siempre con una sonrisa, siempre con un discursote, haciéndose puentes de una persona a otra hasta llegar a las alturas. Esos ven su vida como la pirámide que hay que subir. Los hay de derecha y los hay de izquierda. Casi todos delatores de oficio, en uno u otro lado de la política. Que tristes son los hipócritas, que mal recuerdan…. Casi siempre se les ve separados, al menos uno en cada reunión, buscando espacios para ganar, compitiendo, haciendo mella en las conversaciones, adulando y estudiando a los otros amigos, a ver quién está dónde y cuánto tiene aquél y quién se graduó de qué y para qué les podrían servir en el futuro. Y como yo en esta fiesta soy simplemente un muerto, un objeto plantado ahí en el medio de la sala, igual a las flores, a las velas, a los jarrones que siempre estorban en una funeraria, los hipócritas prefieren obviarme, olvidarse de mí. Si se acercan a la urna, será sólo para ver si el muerto quedó feo, si se ve gordo, flaco, contento, triste, desgastado o fresquito, y para tachar en su lista de palancas a este carajo que llegó con el tiempo a ser un eminente hombre de Estado, pero que a estas alturas, como dice el dicho, a Rey muerto, Rey puesto.

Menos mal que también están los que siguen en pie. Esos me dan un orgullo tremendo, me hacen sentir menos payaso en medio de este circo. Son esos que siguen dando pequeñas batallas diarias, que siguen cortando las raíces que el capitalismo entierra en sus jardines. Son esos que aprovechan la ocasión de un gobierno progresista para ayudar a la gente, para poner un ladrillito más en esa casa llamada Revolución. Esos le echan bolas y siguen tratando a la gente como gente, y siguen reuniéndose, y siguen estudiando, y siguen queriendo hacer al hombre nuevo sabiéndose a sí mismos un gran saco de mierda, pobrecitos… pero qué ganas tienen, y qué empeño le ponen estos camaradas. Son los que mantienen vivo el sueño, y están dispuestos a hacer Revolución hasta el último segundo de su existencia. Ellos lloran con ganas y me miran, y me despiden con canciones que tararean en sus mentes y recuerdan momentos que yo ya había olvidado, y me traen pedazos de mi propia vida para que yo las vea y diga- ¡carajo! ¡Valió la pena venir a este sarao!.

De pronto, aparece en el recinto un personaje añejo que en sus buenos tiempos comandó al Ejército Rebelde, y con su presencia se abre una brecha témporo-espacial que ni el mismísimo Einstein podría describir. Mis amigos se olvidan de los treinta años que han estado viviendo pacificados y en un instante se reconstruye el aparato jerárquico que alguna vez nos reunió a todos bajo un mismo estandarte. Los olvidadizos corren desaforados para evitar que el agujero negro de la memoria los consuma, los que se quedaron en la historia se sienten como pez en el agua después de tanto tiempo, y le organizan un cordón de seguridad al único lider que alguna vez pudo doblegar sus espíritus resistentes, los hipócritas no se deciden entre correr con los olvidadizos ó tomar sus antiguos puestos de comando, y los que siguen en pie quedan en shock, resistiendo tentaciones: primero vencen el ansia que por segundos los llamaba a rendir cuentas a su antiguo líder, luego se enfrentan al deseo de reclamarle esa pacificación que nadie más quería exceptuándolo a él, y que cobró la vida de tantos camaradas al final de la lucha. Por último recuerdan la posición del líder en la actualidad, su capitulación frente al enemigo, su incoherencia ideológica, su traición, y con ese pensamiento tumban los últimos ladrillos de respeto que sus corazones mantenían en pie hacia ese cascarón vacío que se asoma a mi urna y no me recuerda, demostrándome así que el sacrificio de sobrevivir a los años malditos valió la pena por muchas cosas, por mucha gente, pero no por él.
Y entre sollozos y remembranzas va pasando la tarde. Mis camaradas se despiden uno a uno, llevándose en herencia fragmentos de mi propia historia para regarlos como semillas entre las nuevas generaciones, dándome así como último homenaje el regalo postrero de la inmortalidad.

Texto agregado el 31-01-2010, y leído por 119 visitantes. (2 votos)


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