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El Fusilamiento Junto al resto de los asistentes lo sorprendí tieso aquella tarde entre la multitud; tenía la vista puesta en el horizonte, y por su apariencia complexa y tullida parecía un atado de nervios. Antes de yo mismo dar la orden para que el verdugo disparara a su víctima, él cerró los ojos y se encomendó a los santos para que el matarife no fuera a errar el tiro, era evidente que entre ellos habían cuentas por saldar; su actitud era medieval. Todos (los que lo rodeaban) eran unos sádicos, muchedumbre de idiotas dispuestos a pagar por ver correr la sangre en un fusilamiento, y era yo, por fatídica coincidencia, el juez que minutos antes había sentenciado la pena máxima en contra del pobre desdichado, cuyo único pecado era pensar distinto, pero que carajo, así estaba dispuesto en el código de penalidades y a mí no me quedó otra que hacer cumplir la ley. Una mezcla de sadismo y culpa me recorrió cuando terminé por ordenar la ejecución; en ese mismo instante sentí escurrir hasta el borde de mis labios la gota ácida de transpiración fruto del cansancio mental que el ritual significaba; no era fácil cavilar sobre su inocencia y un probable e irreparable error de mi parte; después de todo soy humano. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net |