Dos surcos, labrados por el llanto
atraviesan mis mejillas arrugadas,
convirtiendo éste juvenil encanto
de mi rostro en una sombra derrotada,
pues me acerco cada día otro tanto
al final de ésta vida malgastada.
Y al saberlo, se refleja en mí el espanto
de mirarme con la cara sepultada
bajo la tierra de un campo santo.
La muerte se me acerca, día a día,
y me quita las fuerzas lentamente,
y el dolor que me produce la agonía
se acrecienta, cada vez es más latente.
Ya son menos los momentos de alegría
entre éste sufrimiento intermitente,
ya abandono ésta vida tan vacía
sumido en la soledad demente
de un vientre saturado de lejía.
Es mejor acabar con el tormento
que ha venido hostigándome hace meses,
porque es cruel soportar tal sufrimiento
que se apaga y se incrementa muchas veces.
Bajo ésta oscuridad de mi aposento,
alejado de tantas estupideces,
exhalando ya mi último aliento,
esperando el momento en que aparece
La Muerte; aquel calmante escarmiento.
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