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Inicio / Cuenteros Locales / NELSONMORE / DE COMALA A SAN BERMEO (CUENTO)

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Si alguien me hubiera advertido que en este pueblo a nadie iba a encontrar, hacia cualquier parte habría ido, menos a San Bermeo, pero no, nadie me dijo nada; todos me miraron con indiferencia cuando agarré mis dos maletas y partí a los desconocido, sólo mi abuela humedeció la despedida con sus lágrimas. Me abrazó tan fuerte que aún siento el calor de ese abrazo. Inmediatamente me dirigí a esperar el tren y el tren me llevó a San Bermeo, un pueblo fantasmal y surreal.
El viaje fué de los más tortuosos que haya realizado en mi vida, pues tuve que soportar la dureza del clima que me fundió en un sopor cuando habíamos dejado atrás la mitad del camino, sólo tuve conciencia que habíamos llegado cuando brúscamente fuí despertado por el pregonero. Las palabras del pregonero constantemente descienden por la escalera de mi memoria, jamás pude olvidar aquello que ese empleado mugriento me dijo:
" Muchacho, dentro de un año volveremos por aquí, ojalà que para ese tiempo podamos llevarte a un pueblo más real".
En ese momento yo no le presté mayor atención porque sólo aspiraba a conocer a los habitantes de San Bermeo. Tal vez serían las cinco de la tarde cuando llegué a ese pueblo endemoniado. Nadie vino a recibirme y tampoco esperé que nadie viniera a hacerlo, sólo un perro - cojitranco - con sus ladridos temerosos me dió la bienvenida.
Como no tenía dónde llegar, inmediatamente me dirigí a la iglesia, pero la iglesia estaba cerrada, el padre había fallecido hacía diez años y ningún otro había llegado a reemplazarlo. Esto lo supe por un letrero que habían colocado en la puerta de la iglesia.
Como no pude ingresar a la iglesia decidí recorrer el pueblo y, a pesar que apenas estaba anocheciendo no encontré a ningún ser humano en las calles polvorientas de ese lugar. Sin más compañía que el perro cojitranco me dirigí hacia el parque, pues todos los pueblos por más miserables que sean tienen tres cosas que son indescartables: Una iglesia, un parque y una oficina de servicio telefónico y en este pueblo existían, pero la oficina de comunicaciones hacía diez años que también había cerrado las puertas al público. Extrañado por esa situación y cansado por el viaje y maltratado por el clima no tardé en quedarme dormido en esa banca que ya estaba en ruinas, sólo desperté cuando faltaban cinco minutos para la medianoche y no se veía a nadie y para colmo de mi desgracia hasta mi reloj se detuvo, desde ese momento no supe ni qué día era, ni qué horas eran, ni quiénes eran los habitantes de ese lugar.
Afortunadamente mi abuela había empacado en mis maletas cinco paquetes de pan tostado, algunos enlatados y unos chocolates y caramelos que me sirvieron para calmar el hambre y el perro seguía a mi lado, pues parecía que desde ese momento me había adoptado como su amo porque era tanta la soledad que hasta el perro andaba sin dueño. Yo lo adopté de la mejor gana y se convirtió en mi mejor compañero y empezamos a compartir la comida, el frío y los peligros. Y el tiempo siguió avanzando y una fina lluvia cayó sobre el caserío y cuando estaba a punto de dormirme de nuevo, empezaron a sonar las campanas de la iglesia, al principio pensé que estaban indicando las horas, pero no, las campanas siguieron sonando y sólo dejaron de sonar cuando la oscuridad se había marchado.
Desperté a Pascual que parecía no escuchar las campanas y nos dirigimos hacia la igleisia que sin tener cura ni feligreses estaba abierta. Pascual siempre se dirigía hacia donde yo me dirigía. Como la iglesia estaba a oscuras, saqué mi encendedor y prendí todas las velas que hacía años nadie había prendido y me fuí a sentar en la primera banca, Pascual siempre se hacía a mi lado derecho. Creo que estuvimos sentados y en silencio más o menos una hora y cuando nos paramos para regresar al parque empezó a sonar el Ave María de Haydn, el piano estaba como a unos diez metros de donde nos encontrábamos y, como estuve tan ensimismado no me dí cuenta que un hombre vestido de negro y camisa blanca había llegado y estaba sentado frente al piano y como no quería que nos fuéramos, empezó a deslizar los dedos sobre e teclado y la música siguió sonando, sonando y sonando y como si la iglesia estuviera llena de feligreses los feligreses hacían el coro, pero a mí no me dió miedo ni salí corriendo y cuando ceso la música y me acerqué con Pascual al hombre de traje negro y camisa blanca, cuando estuve frente a él, lo saludé, pero no me contestó y por más que intenté hablar con el cantor, el cantor tenía sellada la voz, asi como vino, así mismo se fué, en un instante.
Nos quedamos en la iglesia otro rato más, cuánto tiempo, no lo supe porque mi reloj estaba fuera de servicio. Tan pronto me recuperé del asombro salí con Pascual y nos fuimos para el parque a ver si el viento nos ayudaba a enfriar un poco la sangre pues la tenía demasiado caliente. Me quedé pensativo y con gran nostalgia añoraba las calles de mi barrio, donde todo el mundo saludaba a todo el mundo y no faltaba alguien que me invitara a tomar una cerveza bien fría para calmar ese calor tan tenaz de ese trópico vallecaucano.
Después de la añoranza y la nostalgia volví a la realidad, inmediatamente fuí a la oficina telefónica porque deseaba hablar con mi abuela, me preocupaba su salud, ya que esa diabetes la estaba diezmando aceleradamente. Cuando llegamos la puerta estaba abierta, sin pérdida de tiempo entramos y en un lugar muy visible había un aviso que decía: "Esta oficina cerro las puertas al público por falta de clientes", qué raro!, cerró las puertas y la puerta estaba abierta, pese a esa advertencia levanté uno de los telefonos y marqué el número telefónico de mi abuela, pero todo fué en vano, ya que inmediatamente escuché la siguiente grabacion: " Si usted se quiere comunicar con el pasado, marque la opción Uno, para comunicarse con el cementerio, marque Dos y para comunicarse con sus bisabuelos, marque Tres". Desilusionado por esa contingencia de la vida colgué el teléfono, salí de esa oficina y con Pascual fuimos a recorrer el pueblo, lo recorrimos de sur a norte y de oriente a occidente, pero no encontramos a nadie, daba la impresión que todos estaban durmiendo, pero no dormían, ni descansaban, ni existían.
Aprendí a calcular las horas con el hambre que me sobrevenía. Y tenía mucha hambre y sólo quedaban unos cuantos chocolates y dos panes. Uno para mí y otro para Pascual. Golpeamos en todas las puertas del pueblo, pero nadie saliò a atendernos. Pascual no era un perro de raza, era un perro común y corriente y muy leal con sus amigos sin necesidad que yo le ordenara entró a una casa que tenía la puerta abierta y salió con una chuspa de pan entre sus dientes, pero ese pan era del siglo pasado y no me iba a arriesgar a probarlo en un pueblo donde no había médico ni habitantes. Nos sorprendió la noche y de nuevo nos tocó dormir en el parque y cuando más dormidos estábamos sonaron las campanas invitándonos a la iglesia y nos fuimos como dos almas fieles al llamado de la muerte.
Cuando llegamos las puertas estaban abiertas, a diferencia del otro día me senté en la última banca, Pascual siempre se hacía a mi lado derecho. No me dormí, estuve siempre atento para ver por dónde entraba el cantor y el cantor nunca entró por la puerta, pero de un momento para otro estaba de nuevo sentado frente al piano y cuando menos lo esperaba sonó la música y los feligreses empezaron a cantar el Rèquiem Para los Muertos de Chopin.
Y la iglesia se lleno de música y canto, hasta yo canté y traté de seguir el ritmo y la voz de ese Requiem funesto y así como la música sonó también enmudeció y el silencio volvió a invadir el espacio y el pianista desapareció. Yo caminé seguido de Pascual hacia el altar y me quedé en silencio, hasta que la curiosidad me llevó más allá del altar y abrí una puerta desconocida que me llevó a una especie de bodega donde habían muchos sacos de arroz, trigo y cebada y más allá de esa bodega había una cocina, al menos no nos íbamos a morir de hambre.
Desde ese momento me quedé a vivir ahí hasta cuando el tren vuelva a pasar por mí. Todos los días a la hora de la madrugada siempre sucedió lo mismo, ya nadie cerraba la iglesia ni de día ni de noche y siempre permaneció abierta. Las campanas siguieron doblando, pero a pesar de las campanadas nadie acudía a su llamado. De repente Pascual ya no era el mismo Pascual que había conocido cuando llegué a San Bermeo: sus ojos cada día estaban más opacos y ya no ladraba, ni se hacía a mi lado derecho, yo me lamenté poque no podía hacer nada por mi fiel compañero, a pesar que lo mimaba, lo consentía y a veces le ladraba a ver si reaccionaba, hasta que llego el día de su muerte, tanto me dolió la muerte de mi fiel amigo que le di sepultura como si se tratara del mejor ser humano que haya conocido en mi vida. Sin Pascual a mi lado ya no importaba dormir en cualquier parte: En el parque, en la calle, en la entrada de la iglesia, en el altar, en las bancas. Y el tiempo siguiò pasando y yo deambulaba por el pueblo, empecé a creer que yo también era un fantasma y cuando estaba a punto de enloquecer pasó el tren de los muertos, me subí como si subiera al cielo, pero yo era el único pasajero del tren pues nadie más viajaba conmigo. Tanto era el cansancio que llevaba que después de sentarme me quedé dormido y sólo vine a despertarme cuando volvió a sonar el Rèquiem de los Muertos de Chopin y el Rèquiem siguió sonando y cada minuto que pasaba más duro sonaba y los mismos feligreses de la iglesia empezaron a cantar y no dejaron de cantar a pesar que el tren empezó a incendiarse y siguieron cantando y cuando el tren estuvo completamente en llamas cesó el canto y la música y yo desperté de ese sueño y ahora que estoy sentando leyendo un libro y escuchando los ecos del Siglo XV me pregunto: ¿ Será que estoy vivo, o soy el producto de una pesadilla de un dios infame?

Texto agregado el 09-05-2010, y leído por 307 visitantes. (1 voto)


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