El tabaquismo puede ser mortal
El sofocante y bochornoso calor le impedía conciliar el sueño, a pesar de que aquel había sido un día particularmente azaroso. A oscuras, tentando, logró rescatar del suelo alguna colilla aun fumable, buscó las cerillas y comenzó a aspirar con impaciencia y fruición, dos o tres tiros al pitillo y se acabó. Ignoraba la hora, la intuía sin embargo; pensó, --quizás las dos o tres de la mañana--. Que angustia haberse quedado sin un cigarro. ¿Falta de previsión o de dinero?, daba igual, en este momento robaría por un pitillo. Se levantó, caminó hacia la cocina, palpó su rostro y su pecho, los encontró húmedos por el sudor, bebió con ansiedad un vaso de agua fresca, buscó en las gavetas, y en los cajones – ¡un pinche cigarrito abandonado!—exclamó en voz baja. Pero nada, absolutamente nada.
Se asomó por la ventana, vivía allí, en pleno corazón de Tlalpan, pegó su rostro al ventanal y solo pudo ver el largo callejón que se formaba por las bardas interminables y altas de aquel lugar de donde apenas se asomaban discretos: otro ventanal vecino, y el quicio de un portón; por encima de las bardas, como espectros, se asomaban las ramas tupidas de las bugambilias. Desde allí alcanzaba a escuchar aisladamente el sonido de automóviles. –San Fernando, o Insurgentes—pensó, y sin mas, se vistió con toda la disposición de salir.
La calle, adoquinada con losetas de piedra hacia eco de sus pisadas. Llegó al quicio del portón que viera desde su casa, y de un pequeño salto acaricio las ramas de la bugambilia, --habían crecido tanto--, podría subir por ella. --Podría robar por un cigarro. --¿Por que no?-- pensó, la calle completamente vacía; brincó de nuevo y esta vez se sostuvo de la bugambilia, emitió un ¡hay! de dolor al sentir las púas de las ramas en sus manos, pero una vez pasado aquel momento, jaló aun más las ramas, haciendo aparecer las partes más gruesas y fuertes. Con agilidad escaló entonces la barda usando las ramas como puntos de sujeción, y sin más, se encontraba por fin en lo alto de la barda, después, fácilmente saltó hacia aquel solar.
Dentro de aquella casa, un hombre observaba atentamente todo el barullo del intruso, podría decirse que no sólo atentamente, si no mas bien, ansiosamente. Había preparado desde que notó todo aquello, un rifle de repetición automática, y una y otra vez mientras veía los esfuerzos del hombre aquel por saltar hacia dentro, preparaba la mira del rifle apuntando cuidadosamente a su presa.
Mientras, en su mente, repetía una y otra vez la imagen de las noticias:
“Se aprueba en la cámara de diputados el uso de armas por particulares”
“no se consideraran culpables, si dan muerte a un intruso dentro de su propiedad”
“será considerada la figura jurídica de –defensa propia-“
Por fin estaba en tierra, ni un alma, ni un perro guardián, --la cochera--, seguro encontraría un cigarro, o monedas para poder comprar. Iba realmente sonriente, aquello no podía fallar.
Eran exactamente las dos veinte de aquella madrugada cuando en el vecindario se escuchó un estruendoso ¡bang, bang!
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