“Aquel que pierde los lazos con su tierra, pierde también sus dioses; es decir, todos sus fines.” (Dostoievski)
Estoy convencido que la literatura es uno de los caminos posibles que nos conduce hacia nuestro ser cotidiano, como también a nuestro núcleo metafísico, es decir, ese que nos trasciende y que no es posible aferrar con palabras, pero que inevitablemente un día nos arrojará, cual peleles desarticulados y desnudos, al silencio de la muerte y el olvido. Único camino definitivo, por lo demás.
Nuestro ser personal está unido, indisolublemente, a nuestro ser nacional y a nuestra realidad de terruño natal, de país real y geográfico, como a sus piedras, árboles y ríos, a sus barrios y ciudades.
Por esto, a los ausentes, será la literatura chilena que nos acompañará a descubrir y desempolvar esos electrones de luz que forman los eslabones de nuestra memoria y que afondan sus raíces en un pasado muy lejano, que va más allá de los casi doscientos años de nuestra accidentada República y provincia señalada, de este largo jirón de tierra accidentada, que está como cayéndose del globo terráqueo y como disolviéndose en una fragmentada niebla, abrazado a la fría belleza de los hielos eternos del polo sur. Chile, última tierra.
La literatura es un río profundo e invisible que atraviesa, sin tiempo, el entero planeta del espíritu. De ese río los grandes creadores extraen, con los escasos signos del idioma y su infinita posibilidad de combinación, los áureos tesoros de la cultura literaria, formando la historia y la identidad cultural de un país.
Cultura que puede tener muchas definiciones, pero que es la profunda expresión de la energía pensante de un pueblo.
Los grandes escritores, los grandes poetas, los grandes artistas son los hijos privilegiados de una nación, son quienes dan voz a sus pueblos, a través de la obra de arte -llámese ésta escultura, pintura, arquitecturta, música o literatura-, y plasman y fijan en los bronces de la memoria, ese espíritu del tiempo, ese Zeitgeist, en que les tocó vivir.
La cultura también es la expresión individual de este átomo social que somos todos y cada uno de nosotros, con nuestra particular y siempre diversa circunstancia.
Somos seres azotados por el frenesí de una existencia ardua y desconcertante, donde el tiempo no sólo cincela las diferentes máscaras que usamos en el carnaval de la existencia, como nos enseñara Proust, hasta que se baja el telón que ocultará para siempre las múltiples metamorfosis, que nuestra carne y nuestra alma sufrieron en su ciclo biológico y metafísico.
Sin embargo, la literatura cumple el milagro de hacernos vivir dentro al tiempo perdido e iluminar amplias zonas de nuestro ser oscuro.
También es la literatura que nos protege de la fuerza devorante del tiempo, durante esos fulgurantes momentos donde la memoria, a través de la lectura, cancela las tinieblas de la incerteza y nos hace vivir en la eternidad de algunos radiantes átomos de ilusión.
Cuando somos huéspedes de la dimensión artística es cuando alcanzamos, como espíritus libres, ese fugaz instante en que la belleza anula el cotidiano y podemos vivir en esa particular eternidad que nos mostró Proust, desde su investigación artística y literaria del tiempo.
Somos nosotros, los chilenos ausentes, que por múltiples razones estamos caminando por tierras extranjeras, los que mayormente, creo, necesitamos de nuestra literatura nacional para no perder esos lazos con nuestra tierra, de los que hablaba Dostoievski, y no perder nuestra memoria y nuestro ser nacional, que es nuestra identidad.
Es la literatura chilena, desde sus orígenes, la que nos permite recuperar la memoria de nuestras raíces profundas, y conversar en el silencio de nuestra mente con ese ser que fuimos y con el que vamos siendo, caminando por calles extranjeras, perdido ya el camino del retorno.
Muchas vidas de chilenos ausentes, están en estos versos de Constantino Cavafis: "No encontrarás otro país ni otras playas, llevarás por doquier y a cuestas tu ciudad, caminarás las mismas calles, envejecerás en los mismos suburbios, encanecerás en las mismas casas."
Como ausentes vivimos en una fractura profunda con nuestro país, con nuestra gente, pero también y en alguna medida somos creadores de un destino común, de ese camino que se quedó inconcluso en nuestra infancia, en nuestro barrio, entre nuestros muertos, y que es un destino hermanado en una historia, una cultura y una tierra comunes, como en un futuro que un día será memoria común. Memoria en la que algunos habrán dejado huellas más claras; otros, huellas más sutiles, y otros huellas invisibles; pero todas iguales para ese largo tiempo que se hará pasado, y olvido.
Muchos, difícilmente hablamos correctamente el idioma del país en que vivimos hoy; nuestros hijos y nietos sí, pero estos últimos en la lengua española o chilena navegan mal, o no les interesa simplemente.
Es aquí donde nuestra literatura chilena tiene un rol fundamental, de primaria importancia, porque es el idioma y la voz capaz de transmitir la chilenidad, de mostrar a las nuevas generaciones -nacidas desde esa ausencia del terruño-, y a nosotros mismos dónde están las raíces de una identidad propia, que también es parte vital de esas nuevas e inéditas generaciones nacidas y crecidas en una tierra diversa a la de sus padres, o de uno de sus padres. Porque, entendiendo ese pasado se entenderán mejor los conflictos existenciales del hoy, de esta época de guerras y dioses en conflicto.
Esta tarea que busca las raíces de un identidad nacional, es una aventura que pasa por el refrescar, por el atizar el rescoldo de nuestras lecturas chilenas, y por desempolvar esos libros que nos traen mensajes de tiempos idos, de ternura de hogar lejano. Estas lecturas son verdaderas fugas musicales que se pierden por los secretos del cosmos para retornar a la sinfonía original, a nuestro ser criollo, y nos traen de regalo sus tesoros literarios, alejando así el olvido y el desarraigo.
Nuestra literatura chilena, no lo olvidemos, también afonda sus raíces en los milenios de ese río invisible, en cuyas aguas bebieron y extrajeron sus diamantes un Virgilio y un Lucano, esto gracias al llamado libro padre de la literatura chilena: La Araucana, del poeta español don Alonso de Ercilla y Zúñiga, que para Neruda fue el “inventor de Chile”.
La Araucana, según Host Michel, sería para los chilenos: « su epopeya nacional fundadora, al igual que la Ilíada y la Canción de Rolando son las de Grecia y de Francia ».
Entonces, desde este libro deberíamos comenzar a descubrir nuestras raíces literarias.
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