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El enano y yo
Hay un enano, un gnomo pringoso y maloliente que insiste en escribir en mi lugar, o en dictarme sus textos. Me repugna su presencia, su cercanía insistente y bravucona, pero se pretende dueño de mis escritos, de mis iniciativas. “Je, je, je, je”, sopla en mi oreja con hedor propio de ultratumba, y su legua puntiaguda y rasposa repasa el costado de mi cara con inmutable descaro. “Córrete, que sigo yo”, insiste en separarme del asiento frente al teclado. Estoy cansado. Disculpen la intromisión, pero deberé aceptarlo.
Un día de pesca, o el postrecito
Una vez salimos de pesca tres amigos. No, mejor, dicho tres conocidos. Fuimos en una camioneta hasta una laguna a pescar pejerreyes. Era un invierno de esos muy fríos. La helada matutina blanqueaba el pasto del camino. Dos horas de viaje, y bajamos el bote en un espejo de agua que prometía abundancia de pejerreyes. Uno tras otro picaban los muy hambrientos, y caían a los coletazos dentro del bote. Para las cuatro de la tarde habíamos superado el centenar, y no de los chiquitos. Medían entre veinte y treinta centímetros. Enormes. Estábamos felices. O casi felices, porque el hambre había comenzado a torturarnos, a pesar de los víveres que habíamos consumido, tan voraces como los peces que ahora agonizaban en el fondo del bote.
Emprendimos el regreso, buscando dónde almorzar. Aunque tarde, algún sitio abierto encontraríamos. Al rato, a cien metros de la ruta, una fonda con humo en la chimenea denunció una habilitada parada.
Almorzamos los restos de una parrillada que, no por chamuscada era menos apetecible. Vino y soda. Risas y optimismo por el regreso con gloria.
“Cuando lleguemos, la patrona me putea por no haberlos limpiado y fileteado”, dijo un compañero.
Encendiendo un cigarrillo, el otro le preguntó al dueño el lugar”
“¿No tiene nada para el postre, jefe?”
Éste sonrió. Los ojitos vinosos le bailaban en la cara abotargada:
“¿Algo como qué...?, disparó.
“Usted sabe”, y riendo el compañero extrajo la billetera del bolsillo.
El hombre se volvió hacia el mostrador, donde una niña recién púber repasaba los vasos con gesto adusto. Con un cabezazo, ejecutó una orden imperativa, mandándola hacia adentro. Ella miró con ojos muy serios, arrojó el repasador sobre la mesada, y se alejó con pasos rápidos hacia la puerta interior, desatando el moño del delantal a su espalda.
“Bueno, son treinta cada uno...Y me la tratan bien, miren que es chiquita...”, y sonreía, codiciando los billetes marrones que un compañero empezaba a contar sobre la mesa. El otro también puso su dinero allí, y me miraron interrogantes.
“No, no gracias”, me disculpé. “No tengo plata”.
“Pero no seas boludo. Si es por eso, lo arreglamos nosotros”. Sonreían con nerviosismo. Se miraban entre ellos y luego a mí. Comprendí que sin mi participación, no irían. Entonces, sintiéndome tan miserable como ellos, o más, acepté.
Cuando regresó el primero, el más joven, luego de media hora de ausencia, vi que le brillaban todavía los ojos. Con una seña de los dedos nos indicó: “Dos”.
El otro sonrió. El catarro parecía desgarrarle el pecho y apagó el cigarrillo antes de incorporarse. En la barba de dos días adiviné una molestia adicional para la víctima. La tos se le escuchaba por detrás de la puerta que daba al pasillo interior. El patrón silbaba mal un tango, repasaba con un trapo mugriento la vajilla para la noche, y de tanto en tanto, escudriñaba hacia el exterior. Éramos los únicos parroquianos. Mi compañero ansiaba contarme su “entrevista”, y yo le esquivaba la labia. Fumé dos cigarrillos enteros hasta que el otro regresó, apretándose el cinturón del pantalón, y acomodando un desajuste de las prendas, producto del apuro por volver a la mesa.
“No, no voy. No tengo ganas. Salgamos de aquí”, me animé a expresar, inundado por una náusea que manifestaba el asco. Sentía más repugnancia por mí mismo que por ellos. Pura verdad. Y en base a ello, me dejé convencer. Al caminar hacia el pasillo, crucé una breve mirada con el patrón que me hizo una señal con un dedo en el ojo: “¡Ojito!”, decía, “¡no te propases que es una chiquilla!”
La puerta entreabierta de la pieza dejaba ver una semipenumbra. Entré. Sentada en la cama y tapada a medias con una colcha, ella me miraba con dos ojos que habían concentrado todo el odio disponible.
“No te preocupes por mí”, me atajé aclarando, “sólo me voy quedar un ratito, para disimular, y después me voy”.
Ella se acostó, envuelta en la colcha, de cara contra la pared, y yo encendí otro cigarrillo. Entreabrí la ventana. Los ruidos cotidianos del patio me hicieron ansiar el exterior. Me senté en la cama. El aire, cargado de odio y vergüenza, se podía cortar con un cuchillo. Fumaba y miraba el reloj. Interminables diez minutos. Ella respiraba como dormida. Las agudas estridencias del silbido del patrón denunciaban sus movimientos. Ya iba a la cocina, como a la despensa, hasta que pasó frente a la puerta y dejó dos breves golpes que agradecí. Salí y me acerqué a mis compañeros acomodándome la ropa. Ellos sonrieron al estudiarme. Estaba aprobado.
El viaje de vuelta lo hice sentado al lado de la ventanilla abierta, a pesar de las quejas de los otros. La náusea me acompañaba con sensación quemante en el estómago. Fumaba e intentaba recordar algún episodio que me llevara por otros sitios, y caí en el relato de un amigo que viajaba a dedo hacia el norte en un camión; éste, en un momento dado, paró para recoger una niña que iba a la escuela. Al rato el camionero se detuvo a un costado del camino y le indicó a mi amigo que bajara. Se quedó con la niña, cobrándole el “peaje”. Ahora comprendía la repugnancia de mi amigo al subir al camión y continuar el viaje, como si nada hubiera sucedido. Cuando me lo contaba, yo percibía que él sentía más asco de sí mismo por la impotencia, que por el animal con dos pies que manejaba el camión.
También recordé...No, no recordé nada más
“¿Cómo que no recuerdas más?, vamos, haz memoria...” (el enano volvió con su aliento fétido a retomar la iniciativa, y yo sabía de qué hablaba).
“No te entiendo”, mentí. “No sé a qué te refieres...”
“Escucha: Je, je, je, je...: “Usted tiene que venir, Larbaud, para que hagamos un viaje juntos. Dormiremos al claro de luna en un lugar que se llama “El Socondo”, nos bañaremos en el “Arroyo de las Doncellas”, viajaremos por el valle de “Humahuaca”...”¿Recuerdas este programado paseo de tu bienamado Güiraldes con su amigo francés por la provincia de Jujuy? Sigo:...”
“Yo sé como sigue...callate ahora, enano asqueroso. Andate a divertir a mis amigos, que ya cabecean de aburridos y agotados...”
“No, sigamos con esto, que todavía falta lo mejor, je, je, je. Escucha: ..”Cruzaremos caravanas de burros cargados de sal, compraremos algún cuerito de chinchilla, o negociaremos un lote de vicuñas, y si usted lo quiere...”
“Basta, terminala, enano basura, no sigas...”
“¿No sigas...? Escucha: ...”y si usted lo quiere se hará regalar alguna preciosa chinita de catorce abriles, tímida como una corzuela, de quien tendrá los huesos menudos, y dócil como los gatos de San Juan, de quienes tendrá los ojos sesgados”
“¡Y qué bien pondría usted su grande alma de poeta a los pies de esa carne simple!”(1)
La arcada irresistible derramó hacia la puerta de la camioneta todo el contenido de mi estómago revuelto, de ese almuerzo infame que no terminaba de digerir.
Llegué a mi casa. Enfermo. El enano me saludaba desde la ventanilla de la camioneta al partir.
Cuando se alejaron, deposité la bolsa con los pejerreyes en el cesto de residuos. Caminé tambaleante y sin conciencia hasta la puerta. Finalmente, abrí y entré.
(1) Cartas de Ricardo Güiraldes a Valery Larbaud (Octubre de 1921). Obras Completas. Emecé Editores (1962).
Texto de albertoccarles agregado el 18-07-2004. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
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