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La poseída

Después de una ardua y pesada jornada de labores y sudores, de tanto cansancio y de desvelos acumulados, esa noche comió todo lo que pudo, bebió todo lo que estaba a su alcance, danzó sin parar durante toda la noche y sudó todo el líquido que iba ingiriendo, sacó todos aquellos sentimientos y deseos que durante todo el año tenía guardados para arrojarlos como un aluvión, una explosión o una erupción volcánica imposible de evitar. Todos los comensales no podían creer que esa persona de talante taciturno, difuso, con semblanza de un fantasma pudiera ser totalmente distinta y en ese momento encarnar a un personaje totalmente ajeno al que siempre había sido, de quien ya solo emanaba un derroche de energía, de vitalidad, alegría inmensa y un desenfreno incontrolable, una locura capaz de transgredir cualquier reglamento y atentar contra todo convencionalismo o protocolo. Esa noche arrasó con el escenario, los discursos y toda la parafernalia anticipada y que rigurosamente los anfitriones afanosamente habían consentido, sin lugar a dudas fue el centro de atención y asombro para toda la muchedumbre; hasta los infantes y púberos que de manera improvisada se entretenían en sus rondas y travesuras favoritas, así como los resueltos mancebos que se embelesaban en la zarabanda y los licores buscando furtivamente la oscuridad, pasaron a ser unos simples espectadores de semejante espectáculo y es más, los desposados que eran los principales anfitriones y agasajados, pasaron a un segundo o tercer plano, quizá resignándose a postergar sus más anhelados y febriles deseos, que delicadamente habían conservado desde hacía años para que se hiciesen realidad precisamente esa noche en que fusionarían sus vidas, sus proyectos y sus cuerpos hasta que la muerte envidiosa los separase. No quedaba otra alternativa, era algo irresistible, un remolino que lentamente circundó a todos los presentes, quizá en la mente de algunos ella había sido la aguafiestas o quizá ella toda una fiesta, en torno a quien inconscientemente todos los asistentes formaron un círculo concéntrico y ella gritando, balbuceando groserías, improperios, y danzando sin parar, sus pies parecían como que si saltaran dentro de un hormiguero, era una escena pintoresca, como si estuviese dando vida a un armatoste de carrizo y alambre forrado con papel de china y de él salieran cohetillos, canchinflines, bombas y luces de colores que alucinaban, que hipnotizaban a los niños y hasta el que se consideraba muy refinado, tufoso o maricón no le era indiferente semejante peripecia. Parecía enajenada o poseída por algún ángel del demonio que nadie podía detener, entre más guaro se tragaba más alegre y danzarina se ponía; ella en medio del círculo vicioso de expectantes y los perros falderos siguiéndole los pasos, la sombra, llevando el ritmo con sus ladridos y sus movimientos, mordiéndole la enagua y desgarrándole las prendas sin que ésta se diese cuenta, estaba fuera de sí ya no era ella misma, era uno solo con la zarabanda, con la música y el viento; seguía dando vueltas y vueltas como un remolino o espiral que aquél que con la vista la seguía terminaba con vómitos, mareos y escalofríos. Gradualmente la luz fue bajando de intensidad como presagiando un posible apagón y misteriosamente, sobre su cabeza se fue tendiendo un manto de luz escarcha y una música del más allá, como dicen los devotos que suele suceder cuando se va a producir una epifanía, y al instante ya no se escuchó nada, un silencio ensordecedor y descomunal se fue apoderando del ambiente, sin embargo se veía que sus pies no dejaban de danzar, dando vueltas sin parar, como saltando dentro de lenguas de fugo o estrellas que cegaban y muy lentamente se fue elevando hacía el techo, desapareciendo para siempre de la vista de los curiosos, que absortos se quedaron congelados, inmóviles y con la mirada fija hacia el techo haciendo una ligera reverencia, dejando una sensación de paz, de miedo, de extrañamiento y de misterio. Los presentes guardando un profundo silencio y reserva, sin cruzarse ni una sola palabra, sin hacer comentario alguno, como poseídos y somníferos uno a uno se fueron marchando, despidiéndose y comunicándose todo con gestos y silencios, de cuya peripecia al día siguiente nadie recordaba, como que si alguien les borró de la memoria para siempre, celoso por haber tenido acceso a esas cosas una multitud de gentes y así no pudieran contarlo y evitar un secreto que revelar, un enigma o un mito que debería pasar desapercibido de inmediato. Al día siguiente sus familiares se levantaron muy de mañana, como pretendiendo recordar esa escena, ese acontecimiento tan enigmático, sucedido la noche anterior, cuando entraron a la cocina ahí estaba el cuerpo de Manuela Esperanza Benavidez Montemayor, tendido en el piso en medio de la basura, hojas de tamales y residuos de comida, de guaro y colillas de cigarrillos, y los perros enajenados se entretenían lamiendo las hojas de los tamales y comiendo los residuos de comida y quebrantando los huesillos y otros rabiosos lamiéndole la cara, los pies, dándole de jalones al cabello de la poseída, hasta que por el término de un tiempo inconmensurable, el espíritu de Manuela Esperanza volvió nuevamente a su cuerpo, levantándose de un salto continuó sus labores de la cocina, como que si nada, absolutamente nada hubiese sucedido.


Texto agregado el 10-11-2011, y leído por 295 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
2013-03-21 03:28:20 Una Manuela sin igual. Pudo elevarse y luego regresar, sin duda poseedora de un encanto especial. Muy Bueno 5*s Shou
2012-12-09 20:34:24 Me gustó tu cuento, posee una forma de narrativa que permite imaginar diversas escenas. Un abrazo!! gsap
2011-11-10 08:29:54 Texto muy bien escrito . autumn_cedar
 
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