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Inicio / Cuenteros Locales / sendero / Un paseo por la montaña. Ribetes.Cap II

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Cox es un pueblo de olores. Me saltaron cuando miraba las buganvilias en flor. En una se instaló el aroma de la vainilla; y en la otra, el café tostado que escapaba de la cocina. La vainilla y el café requieren del sol. El sol que deshidrata y es capaz de transformar una vaina verde en perfume y a la cereza para ser tostada. La vainilla y el café maduran en los asoleaderos. Son mujer y varón. Ella perfuma la vida diaria, y él todos los días, como una campana, llama a chicos y grandes a compartir la mesa antes de encontrarse con el trabajo.

La gente de Cox tienen en sus patios plantas de café con sus hojas que parecen boleadas con aceite, su brillo entorpece la mirada. ¡Qué espectáculo cuando los cafetales florean! El color blanco es tan tupido que podría decirse que nieva en el trópico. Los niños miran crecer la cereza y contemplan cómo el rojo se apodera, milimétricamente, de la circunferencia. Cuando está lista, la engullen, pues es como una gota de melaza. Las señoras dejan que el fruto seque en la mata. La cosechan con su dulce y luego con morteros pequeños quitan sus ropas, hasta que la carne de la semilla aparece y está lista para tostarse en los comales de barro, bajo el amparo de su sapiencia. Al cobijo del fuego, se dispersa el aroma y ambos, vainilla y café, revolotean como niños traviesos entre piedras y paredes, juegan y juegan y cuando se van, dejan testimonio en la memoria.
Hay en Cox olores de madrugada, vespertinos, nocturnos y olores de canícula. El santo olor del pan que se esparce tumbando paredes y acariciando el gusto, pan de la mañana, pan de la tarde, batidas con huevo de rancho y canela. Olores de noche que las plantas dispersan en cielos abiertos, olores de jazmín caminan, trotan y vuelan de los árboles, hasta el regocijo de las mecedoras.
Había aromas desagradables; llegaban en temporadas de sequía cuando las aguas negras corrían perezosas por la cañada y dejaban escapar su fetidez. En algunos lugares tenías que pasar corriendo para evitar la nausea. Por eso, cuando llegaban las aguas, el pueblo se lavaba y esparcía en el ambiente la recompensa: el olor a tierra mojada.
Los panaderos amasaban la harina y con habilidad, la tejían en variadas formas, cociéndola en hornos de barro. El olor a pan se ofrecía antes de abrir el día y poco antes del crepúsculo. Un día, conocí los totopos. Son unas láminas delgadas con forma de cuadro, de diez centímetros por cada lado, de un blanco pergamino, que las señoras ponen a dorar en el comal de barro. Las yemas de sus dedos son resistentes al calor, ellas con cuidado dan vuelta y vuelta a los pergaminos cuadrados, hasta que salen tan dorados que un mal movimiento, los rompe. Los totopos, al comerlos, se deshacían en la boca dejando su olor y sabor entre los sentidos y el alma. Supe que los hacía una abuela que molía y molía el maíz en el metate, hasta que se transformaba en talco y después de varios conjuros, quedaba una masa que extendía y, luego, la cuadriculaba. Los totopos son de esos alimentos que son propiedad del pueblo, fuera de allí, nunca. Hoy que retrocedo, entiendo por qué Cox lo tengo dentro: estoy amarrado con sus olores. Buenos y malos, pues la vida se compone de ambos.
LOS PÚLACLES
Llegué a Cox cuando la lluvia caía diminuta y fría, y los caminos se llenaban de lodo, y la hierba levantaba con desmesura. Contraté a Zoila, una muchacha delgada, de labios finos, dentadura blanca y milimétrica y con el cabello hasta la cintura. Ella ya usaba vestido, pero su mamá vestía a la usanza totonaca. Aprendió a inyectar, a tomar la presión y era notable su paciencia para atender a los enfermos cuando éstos tenían que permanecer para ser observados. Nada raro era que Zoila se hiciese de muchas amigas que llegaban de otras rancherías.
Recuerdo a Juana que vendía púlacles. Llegaba al consultorio con su canasta y salpicada de lodo hasta en la cabeza. Los púlacles son una especie de tamal sin carne, aderezado con plantas aromáticas y frijoles tiernos que recién salidos del fuego, saben a cielo. Tapaba su canasta con servilletas de algodón bordadas. Hablaba a Zoila, pedía permiso para cambiarse. Cuando salía, me percataba de que se había lavado con esmero sus pies y piernas, la cara polveada con algún retoque labial, su cabello peinado y de algún lugar oculto, sacaba un par de sandalias limpias y se iba a vender como si hubiese salido de un salón de belleza. Luego, hablaba en totonaco a Zoila, y yo preguntaba, ¿qué te dijo?
—Me da las gracias, y a usted le deja dos púlacles, para que se los coma.
Yo le decía:
-Andas de novia, ¿verdad?
Ella se retiraba sonriendo, pero no era ese el motivo. La mujer indígena lleva, por delante, el aseo y, siempre, lo demuestra.
LOS DOMINGOS
Los domingos eran diferentes: los arrieros llegaban, desde la media noche, con sus mulas cargadas, y se escuchaba el hincar de las herraduras sobre la corteza de la piedra. El silencio, que no era tal por las chicharras, ahora, lo interrumpían los gemidos de los puercos que presentían el sacrificio. El pueblo se levantaba enérgico. Los varones con su traje blanco y el morral de yute colgado al hombro, caminaban, blanqueando el día. Las mujeres detrás de ellos con faldas blancas, blusas bordadas formando grecas o rosas con acalorados colores. El olor a café, recién tostado, volaba por las casas, el aroma de la vainilla escapaba por las ventanas o traspasaba las habitaciones. La gente parecía enfiestada, y de las paredes de sus viviendas colgaban macetas y flores, al tiempo que los pájaros iban y venían haciendo algarabía.
Bajo los hombros de la gente escapaba una cultura de quehaceres. Esta gente llevaba en sus venas la sangre de quienes forjaron una arquitectura de cantera labrada, murales que aún viven en el Tajín y que ordenaron con su talento, la pirámide de los Nichos donde convergieron la astronomía y la belleza.
El domingo era importante: el Presidente Municipal platicaba con la gente que llegaba de la montaña y de la sabana.
El comisariado de tierras mediaba entre los campesinos y trataba de llegar a un acuerdo que tuviese un beneficio común, ya fuese levantar un aula o restaurar un camino. Las familias concurrían al llamado de las campanas. Era día para platicar: parientes lejanos y amigos se daban cita en casa de algún familiar, en el parque, en el mercado, en la iglesia o en el Palacio Municipal. Miraban las calles engentadas, subían, bajaban, se abrazaban. Los indígenas se rozaban las yemas de los dedos, ya que era su manera de darse le bienvenida. Silenciosos y tímidos, enfilaban hacia la iglesia o al cementerio.
Los hambrientos marchaban al mercado, a regocijarse con los olores de la paila: cueritos a medio cocer, sesos en hoja de maíz, púlacles, tamales de frijol, de calabaza con camarón, pescado ahumado, fajitas de venado secas. Las muchachas se prendían por el color de las telas, o por los ajuares de belleza. El campesino, por un sombrero de palma. El vaquero apreciaba los botines de piel, espuelas, o porta navajas hechas de cuero. Las señoras iban por la compra: chiles de diferentes tipos, recaudos, semillas y verdura recién cortada; y si alcanzaba, un corte para vestido, unos zapatos o se surtían con hilos de colores. Los ricos compraban en la ciudad. El mandamás llegaba con su caballo de clase, vestido con elegancia para diferenciarse. Él, al frente, la esposa detrás y, después seguía su escolta de vaqueros. Se instalaba en la tienda de su hermano y con una cerveza en la mano, trataba sus negocios.

Por las tardes, cuando los arrieros empezaban a levantar, los amigos se despedían, cada quien marchaba por diferente camino: unos a pie, otros en sus bestias. De la lejanía, se divisaba cómo agitaban su sombrero como diciendo: cuídate, que tengas buen camino y hasta la próxima.
Otros quedaban tirados en las banquetas, borrachos. El campesino que traía maíz o frijol para vender y, después, comprar jabón, víveres o un remedio, él no llegaría a la choza hasta el día siguiente con las manos vacías. La mujer alumbrada por un candil de petróleo, lo esperaría a deshoras, meciendo la cuna hecha de cartón y trapos, abrazando al hijo y dándole palmadas en la espalda para mitigarle la tos.
LOS PÁJAROS
Había un clima alborotado por el otoño, con días soleados y otros de agua fría y punzante, de vientos gélidos que -por las noches- tomaban la siesta en mis pies. En la cocina de doña Licha, me acercaba al fogón, sorbía un café recién hecho y me sentaba en la mesa a platicar con sus hijas, mientras ella atizaba la lumbre y dejaba ir en la oscuridad, amarillos fugaces.
En la esquina que está antes de llegar al consultorio, se reunían a platicar Celedonio, sus hermanos y el aserrador con quienes trabé amistad. En otras ocasiones, me sentaba en un escalón y escuchaba el aleteo de los pájaros que provenía de los árboles enraizados en la cañada. En un día de viento y frío, fui al cementerio a determinar si una difunta era ya difunta y de regreso, con la emoción de haber explorado a una muerta, mientras intentaba abrir el candado de la puerta, escuché –claramente- que me chisteaban. Me puse tan nervioso que no atinaba a meter la llave en el ojo de la cerradura. Abrí la puerta y oí miles de aleteos y, luego, una fuga de aves que salieron por los claros de la casa. Me tranquilicé cuando la luz de una vela iluminó, tímidamente, las paredes. Después de una noche de frío, las imágenes de la difunta volaban en mi mente, mi descanso estuvo clavado de alfileres. Al día siguiente, encontré al comandante quien había dirigido la excavación de la tumba, y platicamos de los sucesos. Le comenté que al abrir el portón me habían chisteado, y él, sin contenerse, abrió una sonrisa que se convirtió en carcajada; le pregunté el motivo.
—No se ofenda. Debe saber que en la región hay un pájaro que chistea. Lo hace tan bien que pareciera que llama. Ya imagino el susto de usted.
—Oiga, pero también escuché aleteo de pájaros.
—No entiendo.
—Sí, como si volaran miles de aves.
Se quedó pensando y volvió a sonreír, moviendo al mismo tiempo mandíbula y carne.
—La casa donde está, estuvo desocupada mucho tiempo, así que no es nada raro que los murciélagos la hayan tomado prestada.
Así que en Cox hay pájaros chisteadores, pero, y ¿si hubiese sido la difunta?
LA CERVEZA, EL CAFÉ, EL PALOMO Y EL TUMBADOR DE CAÑA
Para transitar por calles y callejones, había que cargar una lámpara de mano. En noches sin luna o lluviosas era imprescindible. El pueblo carecía de energía eléctrica, y ricos y pobres estaban acostumbrados a tomar sus bebidas, sin enfriar. El pueblo entero, sin distinción, en vez de agua tomaba café. Sí, niños y adultos, cuando tenían sed, ingerían café. El café era para ellos un alimento, un amuleto, una preferencia secular. Por eso, doña Licha, siempre, tenía café y, de allí que fuese habitual que al lado de la máquina de coser y los recuadros de parientes idos, respirase a café recién tostado. Lo hacían ralo, es decir, poca harina de café; ponían en vez de azúcar refinada, panela o melaza, rajas de canela y la bebida tomaba un sabor distinto. Si lo consumían frío, podría pasar por agua endulzada con sabor a canela y café.
El agua no la hervían, brotaba de manantiales. Allá, arriba del pueblo había veneros que brotaban de la montaña. Le hacían una especie de pileta y la protegían. Los niños, como de 12 años, eran diestros jinetes de burro, acarreaban el agua en tambores de cincuenta litros, dos por viajes, que sujetaban de lado y lado del lomo del burro. De esa manera, abastecía un depósito para que funcionase wáter y regadera. La casa que renté, permitió un consultorio y un espacio para observar pacientes delicados y en la parte de atrás, cocineta y comedor. Zoila se encargaba del aseo y Neme, niño de doce años, de traer cuanta cosa se necesitase. Ambos hablaban el dialecto. Este lugar es habitado por gente creativa, hacedores de un oficio de milenios.

Algunas señoras, también iban por el agua, llevaban su recipiente y con la toalla, hacían una dona, se la ponían en la cabeza y sobre ésta, sentaban la cubeta. Nunca vi que derramaran una gota de agua en un camino disparejo y, a veces, lodoso.
Ricos y pobres tomaban, en vez de agua, café. En las fiestas, tanto el terrateniente como el vaquero, consumían la cerveza sin enfriar, “altiempo”. Un día, llegó la luz. Luego, los enfriadores, pero ellos pedían cerveza “altiempo.”
—La fría no es tan sabrosa como la caliente —decían.
El pueblo era dado a la música: nacimiento y velorio se envuelve con el tambor y el violín. Los abuelos hacían sus fiestas bailando el huapango que se ejecuta zapateando sobre un entarimado de madera. Tres músicos y tres instrumentos: violín, jarana y guitarra.
El cañón rugió. Tronó, como en los tiempos de la revolución. Así era cómo El Palomo anunciaba a las comunidades aledañas que habría fiesta: una pareja de nativos se casaría el próximo domingo. Siempre, vestía de blanco con sus botines de charol. Paseaba por las tardes en la plaza del pueblo para descubrir a los enamorados.
— ¿Se quieren casar? —Preguntaba.
La mujer se tapaba la cara con el velo rosado que le servía de adorno. El novio se quedaba serio. Luego, un diálogo de miradas en silencio. El Palomo sabía, entonces, que había un sí. Todo era cuestión de tiempo. Ese domingo habría boda. Él se encargaría de comprarles el ajuar, contratar a los músicos, colocar la tarima en el salón: una choza de palma en las afueras, y tener dispuesto el refino, el refresco y la cerveza. La primera ronda era para brindar por los novios y corría por cuenta de él; las siguientes, de los comensales. Ése era su negocio.
Aquel domingo, llegaría la caña transparente con su olor de azúcar vieja, transportada en tambores a lomo de mula, bajo la vigilancia del dueño del cañaveral. La fiesta empezó al pardear la tarde y terminaría al amanecer, rompiendo el tablón al golpe de los huaraches. Los músicos, como siempre, destrozándose el pulpejo de los dedos, gracias a la anestesia de la caña. La luz ámbar, de los quinqués, daba la sensación de tener pedazos de luna colgados sobre aquella rústica pista de baile.
Jacinto, tumbador de caña, con reverencia, alargó la mano hacia una joven morena. Ella lo observó discreta, movió la cabeza y, luego, distrajo la mirada hacia otro lado. Él fue a un lugar sombrío. Tragó un sorbo de caña que bajó con un buche de cerveza.
La mujer se estuvo quieta, movía los ojos como buscando algo, al rato aceptó bailar con otro. La falda amplia semejaba una mariposa danzando. Él, de lino blanco, con un pañuelo rojo al cuello, hacía tronar sus tacones contra la madera, como si disparara.
Jacinto, furioso, se interpuso, y sacando una hoz, arremetió contra el hombre que bailaba con la mujer que lo había rechazado. Con un gesto de dolor, la victima abrazó su vientre. Las tripas, como pequeñas víboras, brotaban de entre los brazos y las manos. Al agresor, en un santiamén, lo desarmaron. El herido fue puesto a pocos metros del entarimado. Los intestinos, libres de la pared, se acomodaron en la tierra. La sangre, poco a poco, dejó de correr. Los quejidos parecían el eco del violín.
A Jacinto, lo ataron a un gran poste que servía para sostener el cielo. Manos, brazos y muslos estaban sujetos por gruesos mecates; sólo podía mover las piernas y los pies, con los cuales taconeaba sobre las costillas de la madera. Los quejidos ya no se oían. Los músicos terminaron cuando el sol irrumpió, y en el aire había olores de pan recién horneado. Otra música llegaba: el zumbido de las moscas.
LA NOCHE Y LOS CABALLOS EN FILA
Alumbrados por el candil y entre bromas con las hijas de doña Licha, transcurría la cena; me retiraba a las nueve de la noche y, en el consultorio, prendía la lámpara de gasolina. Leía y escuchaba la radio. Cuando las letras bailaban, apagaba y abría los oídos. La noche es otro universo: las chicharras, el aleteo de grandes aves, los maullidos de los gatos, el ladrido de los perros, las pisadas de los viajeros, o bien, el trote de las mulas que llegaban cargadas con cartones de cerveza. Había instantes de silencio profundo que eran ahogados por el canto de los pájaros chisteadores. A eso de media noche, se oían voces y una marcha de varios caballos en fila. Después, sabría que en el pueblo estaba una guardia del ejército que hacían su ronda, para sorprender a los abigeos y talamontes.
Tenía mala impresión de los militares, pero cuando conocí al sargento, me pareció buena persona. Vivía con su esposa y sus hijos y, cada tercer día, organizaba con jóvenes del pueblo, torneos breves de volibol, semanas después, me incorporaba al juego.
El sargento rebasaba los cuarenta años, atlético, elástico, sonriente, que tenía en alto el deber. Fue bien visto por el pueblo, cuando castigó a dos soldados que molestaron a una muchacha. Ellos ocuparon la única celda que había en Cox, siendo el blanco de las miradas y advertencia para el resto de los militares. La cárcel la compartieron con un borracho insolente y una yegua que comía las flores del jardín.
Muchos años atrás, los abuelos tenían presente la llegada del ejército, cuando sofocaron con dureza una revuelta. Nada importante, dirían los de razón: “La indiada que creyó en un tal Gasca, que prometió recuperarles las tierras que les quitaron”.
EL PUEBLO
Tenía claro que el poder lo detentaban los de “razón”, es decir, los que usaban pantalón, camisa y tenían escolaridad. Eran los propietarios de tierras, ganado y administraban los poderes políticos. La indiada quienes hablaban dialecto, vestían de calzón y vivían en casas de tarro con techo de palma y se curaban a la buena de Dios, o bien consultaban con el brujo para evitar a los malos espíritus. Ellos, tímidos, lejos de decisiones, trabajaban de sol a sol para el terrateniente con sueldos risibles. Machete en mano, tumbaban hierba mala para que el ganado se alimentase con retoños frescos de pasto. Otros, los menos, poseían porciones de ejido que mal sembraban, por lo que se veían en la necesidad de rentar sus tierras y emplearse como jornaleros. A lo más, que llegaban los indígenas era a ser topil, especie de recadero.
Estaban los comerciantes y artesanos, pero su poder político era de poco peso. Veías un pueblo pintoresco, pero por detrás, encontrabas la miseria expresándose de mil maneras. Hubo momentos de esplendor con la vainilla y el café cuando éstos tuvieron precio. La otra fuente de riqueza estaba en los bosques de cedro, caoba y carboncillo. Muchas familias migraron: las ricas se llevaron el capital a las grandes ciudades; los pobres buscando trabajo, ya fuera en el país o en los Estados Unidos.

LOS CARPINTEROS
Los carpinteros acariciaban la madera, la ponían al sol, la mojaban en veces y, con el ojo afinado, trazaban su línea para definir dónde tendrían que emparejar. El banco despedía olores de tabla recién cepillada, rizos que se desprendían y que, a manera de humo invisible, dejaban en el ambiente el santo olor del cedro. Manos llenas de callos que se adiestraron en torear la impaciencia, pues transformar la madera requiere de sabiduría y no tan sólo de destreza. El carpintero que contraté, dividió el espacio en partes precisas y lo fue llenando de bancas, sillas, mesas y sacó el olor de olvido y lo volvió de cedro. En poco la vivienda tenía vida.
EL CEMENTERIO
Me percaté del cementerio porque en las tardes divisaba el lomerío fogoneado por el sol de la tarde. El cerro de falda verde y un cedro imponente que en el crepúsculo era refugio de aves. Sembradas entre la hierba, asomaban cruces blancas. En la noche, aparecían luces que parpadeaban, simulando luciérnagas, pero no, eran veladoras que resguardaban la tumba. Era lo que no me gustaba de la situación de mi consultorio: salir, voltear a la derecha y encontrarme -a la lejanía- cientos de cruces que parecían mirarme. Los médicos deseamos evitar la muerte, una vida es lo más sagrado y, aunque sepamos que tarde o temprano cada quien la enfrentará, anhelamos la alegría de arrebatarle una vida a la señora. ¿Quién me iba a decir que días después estaría allí, cubierto por una noche negra, afilada de lluvia y montado sobre un ataúd?
UNA CONSULTA EN LA NOCHE
De un salto caí a horcajadas sobre el ataúd, una docena de lámparas alumbraron mi nuca. El viento frío arreaba un aguacero menudo al que no se le veía fin. El inspector gritó:
— ¡Doctor, agarre este candil para que se ilumine! ¡Le paso la barreta para que pueda despegar las tablas, y vea bien si la difunta es difunta!
Miré hacia arriba: un numeroso grupo de indígenas me observaba en profundo silencio. Sus vestidos blancos le conferían un aspecto albino a la noche; y sus rostros, cruzados por luces y sombras, mostraban una imagen de luto ancestral.
Dejé la bombilla a un lado. Tomé la herramienta, golpeé con fuerza para despegar un tirante del cajón y luego hacer palanca. Poco a poco, fue cediendo, dejando ver parte del interior. Nadie hablaba. Ni un murmullo. Arriba, entre algunos destellos, se veía un enorme cedro azotado por el viento cuyas ramas, al chocar entre sí, hacían que su cuerpo tronara y gimiera.
La lluvia helada corría por mi cara, proporcionándome el aliento para seguir con la tarea de desprender la tapa del rústico féretro. Un olor a humo, barro y esperanza se abatía, mientras el calor del farol me quemaba la curvatura de los párpados. Había quitado el primer madero, y ya se podía vislumbrar el velo blanco que cubría la mayor parte de la cabeza. Fragmentos de tierra caían a mi lado; pesados, llorosos, como empujados por el agua o el silbido de los pájaros. Pude ver el cabello negro recogido hacia atrás, dejando tan sólo, un rulo que reposaba fláccido, sobre su frente. Las cejas pobladas, largas, como un camino que se entrega a la noche.
Poco tiempo tenía yo en el pueblo. Había llegado por esos días en que las gaviotas se pierden en la neblina y cuando los pies piden una frazada de lana. Me había instalado en casa de doña Licha. Esa noche, me encontraba en la cocina, esperando que saliera la otra tanda de café cuando llegó aquel nativo; habló en su dialecto y, por los gestos, deduje que se trataba de una urgencia. Supe por doña Licha que su esposa, muerta de parto, fue enterrada a la mitad del día. Un familiar llegó tarde al sepelio y quiso despedirse de ella. Al estar rezando en la fosa, escuchó ruidos que le hicieron sospechar que tal vez estuviera viva.
Para llegar al cementerio había que subir la loma. Las espadas del zacate me golpeaban y, el lodo se adhería a mis zapatos, haciéndome resbalar. Alargué la mirada al arribar a la cima; la visión de la oscuridad me dejó sorprendido, pero mi perplejidad fue mayor, aún, cuando vi una multitud que se arremolinaba llevando una vela, o una tea hecha con trapos. Eran múltiples luces que se unían alrededor del sepulcro, su resplandor iba y venía según los caprichos del viento y -por momentos- parecía verse una gigantesca radiografía del enorme árbol. Por fin, arranqué la tapa: adentro había una niña. Todos tiraron la luz hacia su cara y emergió un rostro pequeño que hacía contraste con la largura de sus cejas. La nariz chica, su boca mediana teñida de rojo, los ojos cerrados y sus pestañas negras dobladas, me hicieron pensar que estaba dormida.
El viento cargaba con los ladridos de los perros para regresar, después, sin saber si eran los mismos, o bien de otros que a la lejanía contestaban. Las mujeres hacían la señal de la santa cruz, y los hombres rezaban con los labios apretados, quitándose el sombrero y situándolo a mitad del pecho.
— ¿Quiere más luz, médico? —Era la voz del comandante.
Le grité que sí y me bajaron dos linternas. Saqué del maletín una lámpara de punto fino y el estetoscopio. Sabía que era observado. Cuando abrí su párpado, no pude contener una profunda tristeza al encontrarme con la opacidad del cristal y la ausencia de cualquier reflejo en su ojo. Moví la cabeza de un lado a otro y, poco después, irrumpió el sollozo de las mujeres. A un lado, cerca de sus muslos y envuelto en descoloridos trapos de algodón, estaba el crío. Seguramente lo sacaron como un brote desgajado. No llegaron a conocerse, tal vez, murieron al mismo tiempo, pero… ¡Cuántas cosas los unirían cuando se internaban por los maizales y compartían los granos tiernos del elote y el gorjeo de las aves!
No se escuchaba ni un susurro, sólo un grito lejano que venía de afuera, no sé de qué parte. Con respeto, cerré sus párpados y contemplé la suavidad de las líneas de su semblante que la muerte, aún, no había desencajado. Al incorporarme, vi a sus hermanos que tomando el sombrero con la mano izquierda se persignaban, dándose cuenta de que la esperanza se había desvanecido. Salí de la sepultura con su ayuda; después, poco a poco, la fosa volvió a ser llenada con un barro frío, chicloso, calentado si acaso por el ansia de que estuviera con vida. Caminamos despacio, haciendo una fila; ellos con su vestimenta blanca; yo, con la imagen de ella, de sus largas y oscuras cejas. Los relámpagos se sucedían, y el cedro era un enorme molino que, al moverse, hacía gritar a los pájaros cada vez que sus ramas se atropellaban.

Texto agregado el 01-12-2011, y leído por 313 visitantes. (8 votos)


Lectores Opinan
2012-01-09 14:50:44 Fascinante esa conciencia de los sentidos que tenés. He impartido clases para despertarlos, porque no todos se dan cuenta o sienten así como nosotros. Además tu maestría para llevarnos y hacernos partícipe, es impecable. Miles de estrellas!!! MujerDiosa
2011-12-26 15:07:48 En mi coment... anterior dije que era como si pintaras un cuadro, pero en realidad es como si pintaras cuadros de tan real forma de narrar. mary3
2011-12-10 07:48:31 Wow!!! . . . Son . . . situaciones, gente sencilla, te desplazas agradablemente sobre la narración logrando que veamos las imágenes que van diciendo tus palabras, imágenes que son pinceladas como si pintaras un bello cuadro con animales, con gentes sencillas, olores y sabores que se persiven. Como si lo "hablado" te saliera del corazón. mary3
2011-12-06 18:53:08 Vine en busca de belleza y la encontre en tu texto, gracias por este momento tan placentero .******* shosha
2011-12-05 22:34:24 y tan poéticas letras... (quise decir) girouette
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