Nuestra generación es de pérdidas. Los últimos haces de luz nos llegaron cuando aun éramos muy niños. La gracia por una vida con gracia y algo de sentido está refundida en los anaqueles de algún viejo verde que no pretende más que masturbarse con los cuentos de Rafael Pombo. La fe en aquellas deidades que nos intentaron vender con chocolatinas y hostias untadas de vino consagrado no existe para nosotros, malditos caminantes de vías sin sentido. Él está borracho. Yo hago lo que puedo.
Así como nos vemos reflejados en éste momento pleno de alcohol barato, pues nuestros ingresos económicos le causarían hernias de risa a aquellos que frecuentan bares y putas, observamos como los días trascurren en un fluir de mierda y podredumbre que nos molesta pero a la vez nos reconforta, porque sentimos que tenemos la razón.
Ambos bebemos hasta perder las pocas neuronas motoras que nos conducen a nuestros habitáculos, que en últimas no son nuestros, sino de quienes nos engendraron tal vez por error, tal vez por desesperación. Sentados en esas escaleras frías y banales, hacemos la parodia de reflexionar acerca de nuestras vidas, o más bien, de nuestro camino hacia una muerte inexorable. Después de tanto pesimismo, de tantas botellas en nuestras venas, de tanto sabor agridulce que produce la mierda en nuestras bocas, de tanto escozor por ver cómo otros viven como si no les importara absolutamente nada, nos miramos a los ojos, o a lo que queda de ellos y concluimos que lo que hemos estado haciendo todo este tiempo, tanto hoy como en los últimos veinte años es perder literalmente el tiempo.
Mujeres van, senos vienen, culos se zarandean, amargura se nos viene. Ay de nosotros que sólo vemos lo que a los demás les sobra. Esencia de lujuria que escasea en nuestros bolsillos para poder distraer por un pequeño instante nuestra bilis que rebosa la vajilla barata en que nos sirven un almuerzo incipiente del que no podemos renegar, pues nos mantiene con vida.
¿¡Para qué todo esto!?
Tenemos que ser agradecidos ya que otros en nuestras mismas condiciones se revuelcan en este mismo instante con mujerzuelas que no cobran y que agitan sus caderas con desenfreno y placer. No hay que desear lo que envidiamos del otro, enseña ese librito de pasta dura que se ve muy lujoso y limpio en la mesa de centro de mi casa y que sólo lo he utilizado dos o tres veces para arrancarle una de sus hojas de arroz para fumarme la ilusión perdida de un futuro donde yo soy alguien en medio de esta nada atiborrada de seres acaudalados que no saben sumar números de dos cifras.
Saciar nuestras necesidades primarias contra un hueco en la pared es lo que nos espera si esta sociedad sigue caminando en función de aquellos papeles de colores y de material de dudosa procedencia que hace que unos le disparen en la nuca a otros y que los otros violen a las hijas de los unos. Buscar pornografía barata en Internet, o revistas de segunda en el centro de la ciudad, es el camino a seguir si queremos tener momentos de satisfacción sin riesgo y a bajo costo. No es fácil mantener a alguien a nuestro lado con besos y caricias. Hay que abonar la tierra con materia fértil que genere intereses a veinticuatro meses sin retención en la fuente.
- Me quiero matar –afirma mi amigo de la infancia.
- ¿Por qué no lo hace?
- No se... tal vez porque me quiero acostar con mi vecina antes de hacerlo.
- ¿Está muy buena?
- Si, lo que me incomoda es que hasta ahora tiene trece...
Oh si, no son muy trascendentales los dilemas que nos aquejan, pero son de vital importancia para nosotros ya que, si nuestra consigna es vivir y disfrutar los pocos momentos que nos ofrece la vida, bueno, habrá que atacar a toda presa que camine, vuele o se arrastre.
Malditos tragos baratos que emborrachan como veneno para ratas, que nos hace alucinar con un mejor vivir y nos hace golpear contra los filos de la desgraciada realidad. Sabemos que es de noche, pero las luces de los carros y los bares nos confunden y soñamos que estamos en un valle de neón donde todo es posible, donde las fantasías se ven cumplidas, donde abrazar un poco de felicidad es tan sencillo como ver caminar a las personas con que nos cruzamos, donde el pecho no nos presiona porque el aire que respiramos esta limpio de dióxido y de odio, donde querer es poder y poder no es pisar y donde no tenemos que beber para sentirnos un poquito más vivos.
El mareo y las ganas de vomitar me devuelven a la realidad enajenada. Ya no puedo distinguir qué es lo que me causa más malestar corporal, si es el licor que día a día amplía la úlcera y me reduce la memoria, o las ideas y los deseos que se estancan detrás de mis ojos por no poder encontrar un representante en la realidad.
-- ¿Será que no existe una mujer para mí? –pregunta lacónicamente aquel sujeto que bebe conmigo, o yo con él...
-- Estadísticamente, sí existe. El problema es dónde buscarla. Puede comenzar por la Caracas con 19, o si mejor prefiere, en la 82 con 13. De todas maneras encontrará lo mismo.
-- En serio güevón. No se burle de mi desgracia. Yo sé que usted no respeta dolor ajeno porque igual ya está mas seco y enfermo que guayaba con gusano.
-- Pero, ¿qué quiere que le diga? Usted lo que está buscando ya no existe. Una mujer que le cocine y le planche, que ordene su hogar y que le tenga las pantuflas en la puerta y la comida caliente y recién hecha para cuando usted vuelva del putiadero donde se ha revolcado con dos o tres de sus mejores especimenes, esperando ella a que usted le regale por lo menos una sonrisa por el deber cumplido mientras lo que usted hace es meterle la mano por debajo de la camiseta y cogerle las tetas, pero como usted ya calmó sus instintos, entonces la soltará y le dirá “Esta comida sabe a mierda. Mire a ver si aprende a cocinar”, para luego arrojarle el plato a la cara y recordarle lo mala cama que es y posteriormente acostarse con la ropa puesta ya que la borrachera que se manda es muy jodida. ¿Para eso necesita a una mujer?
Si, lo reconozco. Estoy muy borracho y quizás le dije lo que no tenía que decirle. Pero no tiene sentido andar por la vida buscando el tesoro al final del arco iris ni pretender que somos niños exploradores en busca del camino a nuestra primera eyaculación.
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