La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net - yajalon - '!para que se haga hombrecito!'
!para que se haga hombrecito!
¡Para que se haga hombrecito!
Pasaba de las diez de la noche cuando papá y yo llegamos a la zona militar, en Comitán Chiapas; yo rondaba los once años, delgaducho y enclenque. Mí padre, --un hombrón corpulento y siempre con el ceño fruncido--, Militar, capitán en aquel entonces.
Mientras caminábamos entre sombras, --yo casi al trote--, escuchaba la voz enérgica de mi padre: --ya va siendo hora que te respeten--, --que aprendan estos pendejetes--, y giraba la cabeza para que yo pudiera escucharlo mejor, --ya es bueno también que te hagas hombrecito--, agregó mi padre; después, dijo con tono más fuerte: --¡sostén bien la pistola, no la sueltes!--, y yo apreté mis manos agarrándome a la Bereta nueve milímetros reglamentaria. Bajo el brazo de mi padre, el bulto que de vez en cuando se zarandeaba.
Aquella tarde, después de una jornada de canicas, trompos, y futbol, me asomé por casa con un buen moquete en las narices, --escurriendo sangre todavía--. --¿quien fue?--, preguntó papá directamente.
Como a las 8 y media, sin haber dejado que me limpiara la sangre, nos apersonamos por la casa de Julián, que asomó su rostro asustado por entre los ventanales, estaba solo con la madre, el papá sigue viviendo en Guatemala, ellos llegaron de allá, huyendo de la guerrilla. La mamá de Julián empezó a gritar: --¡Usted perdone Capitán, Usted perdone!—, y clarito miré sus ojos inundados en lagrimas, --¡son chiquillos Capitán! y no saben lo que hacen--, agregó después; mi padre empujó entonces la puerta, Julián se aferraba de la cintura de su madre, ella, gritos y más gritos, hasta que mi papá, le dio con la cacha de la pistola en la cabeza; entonces zafó al Julián, le dio un par de buenos zapes y con mucho cuidado lo metió en el costal, --para que hubiera modo de cómo cargarle--
Apuro más mis pasos, el tranco largo de papá no deja que lo alcance; --no esta bueno que se aprovechen de uno, para eso están los padres--, decía, --con su voz de bajo profundo--, --a tu edad, no había ni quien me hiciera frente--, seguía mi padre con su discurso, --pero ya esta bueno, sólo así se curte uno, sólo así se hace uno hombre--, y mira quien chingados te puso la mano encima, ¡pinches chapines!--, y ahora, además de profunda, la voz se le oía encabronada.
Nos salió al paso un soldado, se cuadró a mi papá: --¡Capitán!--, y se despidió saludándolo con la mano junto a la gorra, --voy a soltar un animalito para que mi hijo se entretenga--, dijo mi padre al soldado, y retomamos el paso; llegamos finalmente al campo de tiro, la primera recomendación de papá: --cuando dispares, ni parpadees cabrón; y agarra firme la pistola que no es cualquier juguete—
--¡Ahora si, hacerse hombre!--, exclamó, y dejo caer el bulto al suelo, --clarito escuché un ¡uff! saliendo del costal que me dio escalofrió; ¡patéalo!, ordenó mi padre, y empecé, primero quedito, --quizás al hueso de la canilla o en la rodilla por que me dolió el empeine, --¡Con huevos!--, gritó mi padre, y entonces si, un puntapié que se hundió tal ves en el vientre, y luego otro y otro, hasta que me dolieron las piernas pero ahora si de un dolor diferente.
No sé si aquella vez fue cuando me hice hombrecito, lo que si me acuerdo muy bien es que al día siguiente, cuando toda la chamacada nos reunimos a jugar canicas, y cuando a cual más se preguntaba si llegaría el Julián, yo, discretamente sonreía al recordarlo todo quietecito y con un agujero en la frente.
Texto de yajalon agregado el 05-05-2003. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
|