El trayecto desde su casa al colegio sólo le tomaba diez minutos, si caminaba sin prisas. La pequeña –sin mediar esfuerzos de su madre para despertarla– salía a las 7:00 a.m. Debía entrar a las 7:45 a.m. y justo llegaba a esa hora, apuradísima pero feliz. Había un halo de bondad sublime en sus gestos. Era como si no le pidiese nada más a la vida. Era como si supiera, demasiado temprano, cuál era su camino y cuál su destino.
Intrigados por sus tardanzas, sus padres indagaron qué hacía en el trayecto para demorar 45 minutos y no 10, según los cálculos. Ella, con sus siete años a cuestas no había reparado en que era observada. Un día de invierno alguien la delató: todas las mañanas se detenía cerca a la iglesia contigua al colegio y merodeaba hasta que nadie se percatara de su presencia. Cuando se sabía a solas con el mundo, atravesaba por la estrecha rendija, cual vaho divino, empujada por sus ansias de hacerse humo por un segundo o más.
Ella, ante Dios: sus pasos gravitaban alrededor del altar, como si huyera de los pecados del mundo para refugiarse en las fauces divinas. Se persignaba primero y comenzaba su interminable sesión de rezos con la cabeza reclinada. Y en sus oraciones desfilaban cientos de nombres, que al mezclarse tejían una danza silábica y expiatoria. Era feliz así. Sabía que él la escuchaba.
Y un día de verano aquel vaho divino la envolvió por completo, se apoderó de su alma y su frágil cuerpo se desvaneció. Se había ido muy temprano. Sus padres entendieron al verla allí –por aquella rendija–, tan ajena y tan devota. Los nombres aún danzaban en los pasillos.
[* ¿Quién dijo cuento? Yo no]
11/07/97
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