Pienso en ti. En mi mente haya acomodo tu sonrisa, cuan ráfaga indeleble que recopila un sentimiento presente que se abre paso. Tu lo descartas por creerlo falta de meritos. Vivo el pasado, y añadiendo al sentimiento furtivo, veo claro en mi memoria tus ojos cerrados, cegados al mundo, olvidándonos de las peripecias. Concentrados en lo único que pareciera tener relevancia al medirlo en el espacio con proporciones siderales de opciones y pensares. Importa mi piel junto a la tuya. Tu cuello se agazapa, y se inclina en resignación benévola. Abres la puerta de par en par, y colmas tu cutis de reciprocracia atenta, que registra en detalles los efectos de roces proporcionados y escogidos con cautela por mi mano. Todo se detiene atento como en comando de firmes, y la perfección se hace presente atiborrada de significados antes ausentes. Yo, en jubilo eufórico, solo observo mientras me dejo llevar por tus ojos clausurados de placer. Es que los humanos no salimos del mismo plano maquinaro de un auto, no solo necesitamos combustible operacional o simple platos de comida y liquido, sino que el lubricante que amansa la fricción de nuestras almas es el cariño. La caricia a su vez, coadyuva en ese propósito mitigador. Allí te tengo mía, aunque se limita a unos segundos, luego te acuerdas que quererme no es lo correcto. Te olvidas que también me quieres, y te dejas tomar de la mano por la confusión. Se alborotan los residuos por llamadas telefónicas de otro, que te vinieron a la mente. Ese, el que saca la cabeza desde una historia que nunca debería renacer, debe permitir ser trasladado con nobleza a otra etapa. Cuando un amor hiere, lo digno es capitular ante el eterno pasar de los minutos, los que maduran a años, y acostumbrarse a ver a el duro pero eventualmente airoso pretérito como lo que: ayudo, fue, instruyo, subyugo, y culmino. Igual, siempre me vuelvo a robar tus besos. Tus labios, con su invitación forzada a condicionamientos que comprenden eterna carencia de testigos, los cuales solo puedo besar cuando nadie nos mira, los velo anonadado. Esto coincide con mi intento de menguar los latidos avivados de mi corazón. Es una lucha campal por asimilar el reto de tocarte sin olvidar barreras, palpando limites, sintiendo el obstáculo frustrante de no poder vivir entero en delirante complicidad, sino que la felicidad obedece a un confín desmesuradamente compacto. Así que te invito a que vivas, a que despojes de prejuicios el querer y complazcas el espíritu con besos que llenen nuestros intereses dando lo que te nazca dar, ni mas ni menos. |