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Entre Blanco Encalada y Echeverría yendo por Avenida Triunvirato hay cuatro cuadras; la mujer había caminado este trayecto, pero avanzando unos doscientos metros a su izquierda en cada bocacalle y retornando a la avenida luego de no haber encontrado la verdulería. La señora Wenzel le había pasado la dirección, pero ella no había tomado nota y la memoria le había jugado en contra. Vestía calzas grises, zapatos negros de tacón y un abrigo marrón de piel sintética; usaba el cabello negro rizado, largo y suelto; lucía unos anteojos de sol espejados y grandes, los labios pintados de un rojo brillante algo movido, y llevaba una bolsa plástica grande con asas, de las que dan en las zapaterías para portar las cajas voluminosas de las botas. Dobló a la izquierda en Echeverría, se detuvo junto a la reja de un local cerrado y espió en su interior: no era el correcto.
La tarde estaba fría aunque soleada; no había viento y, más allá del fragor automotriz de la avenida, por las veredas circulaba poca gente. Vio a un joven que caminaba hacia ella, un muchacho de traje y mochila colgada al hombro, que llevaba auriculares puestos.
—Disculpame, ¿te hago una pregunta? —le dijo interrumpiéndole súbitamente el paso.
La enfrentó como si aquella presencia repentina se tratara de un error.
—¿Conocés una verdulería para allá?
El muchacho se quitó los auriculares y le acercó la cabeza para que le repitiera la consulta.
—¿Y qué? —acusó ella— ¿Vos no te conectás con la naturaleza?
Él negó con la cara iluminada, ofreció una sonrisa mansa y siguió su camino sin voltear. La mujer lo observó atentamente colocarse los auriculares mientras se alejaba. A los pocos metros se distrajo con unas plantas cuyas grandes hojas sobresalían de entre las rejas de un pequeño jardín. Dejó la bolsa en el suelo y se agazapó hasta que pudo tocar y oler la verde y fría piel vegetal. Desde lo bajo de esa postura vio a alguien que avanzaba hacia ella empujando un cochecito de bebé. Se incorporó.
—Vanina. ¡Vanina Blassi! —gritó la mujer.
—¿Sí...?
—¡Del San Roque!... La primaria, ¿te acordás? Soy Ariela, Ariela López... ¡Ay sí, sí!... ¡Yo me reacuerdo de vos!... ¡Te sentabas contra la pared! ¡Justito abajo de la ventana!... Bueno... Claro, ya sé. López… López... Andá a saber a cuántas López habrás conocido en tantos años... ¿no?
La otra contempló el semblante pálido de la extraña, que no se había quitado los anteojos. Se enredaron en un breve lapso de silencio.
—¡Ah! ¡Arielita!... ¡Pero mirá vos! ¡Tanto tiempo, che!
Entonces las excompañeras se abrazaron y besaron en las mejillas. La mujer la tomó de los brazos, como si fuera a alzarla, y le dedicó una ojeada larga. Volvió a abrazarla, y la soltó.
—¿Y qué andás haciendo? —preguntó la otra, y con cuidado acomodó el gorro de lana que llevaba puesto el bebé dormido, de manera que le cubriera las orejas.
—Ah, no sabés. Esta mañana vi que mi vecina venía con unos tomates preciosos, y ahora andaba buscando la verdulería para comprarme para mí. No sé bien la dirección. Es un localcito limpio... La señora Wenzel, mi vecina, me dijo que era por acá... Deberías haber visto esos tomates, Vanina... Pero veo que no te divorciaste.
—Ay, no, claro que no, ¡qué va!... En realidad me casé hace un par de años... Me puse de novia con un compañero de trabajo... ¡Pero contame cómo andás, Ari! ¡Qué es de tu vida! ¿Te casaste? ¿Viste a alguien de la escuela?...
—Si estuvieras separada... no estarías acá ahora, Vanina, y con ese chiquito.
—¿Sabés con quién me veo cada tanto? —cambió de tema como si no hubiera escuchado— ¡Con Anita Marcone! Cagate de risa... ¡Con lo que nos odiábamos!... Te acordás de Anita, claro que sí... En fin, la encontré en el Facebook. No sabés. Está igualita que en el colegio... bueno, no sé, es que yo con ella hice la secundaria también... y ahora estamos en contacto por el Facebook...
La mujer aflojó los labios en un gesto de decepción que la otra probablemente hubiera podido apreciar, y la mirada cayó al piso oculta tras el par de espejos oscuros. —Ah, claro... internet —dijo, y volvió a mirarla—. Yo no la voy mucho con eso de la internet, Vanina; es un poco raro. Es un poco raro...
—Ah pero no... ¿Qué decís?... Estás conectada con todo el mundo... En el Facebook... ¡Pero dale, contame algo de vos! ¿Estás con alguien?... ¡Tanto tiempo, Ariela! ¡Qué bueno verte!
—Ahora que lo dijiste, Vanina, te lo tengo que preguntar —dijo la mujer, con los ojos fijos en las plantas de hojas grandes.
—¿Qué dije?...
—Que odiabas a la Marcone, Vanina. Lo dijiste bien clarito. Yo te escuché.
—Ah, bueno... —contestó la otra entre una sonrisa algo forzada— Vos viste. Son esas cosas de la escuela; más que nada... teníamos una pica de pendejas, nos gustaba el mismo chico... Ay, qué sé yo, tipo que rivalizábamos por cosas de chicas... Pero ¿por qué?... ¿Vos la viste después?
La mujer no contestó nada. Se quedó contemplando las plantas y con dos dedos de la mano izquierda que colgaba sobre su flanco se puso a estudiar la textura de una hoja.
—Yo no me casé, Vanina —dijo, por fin—. A los veintidós me fui a vivir con un tipo... un cuarentón... porque me quería ir de lo de mis viejos.
La otra notó la operación del estudio dactilar de la planta al que la mujer se afanaba con cierta sutileza, como en la intimidad. Hasta ese momento no había visto el bulto, la bolsa que yacía a sus pies, y reparó entonces en la curiosa combinación de aquellos zapatos de tacón con el resto de la ropa de la mujer.
—Ya te podrás imaginar cómo me fue ¿o no, Vanina? ¿Querés que te diga cómo me fue con ese tipo?
—Y... era algo mayor, ¿no? Yo también salí con un hombre más grande, Ari...
—Tenía los pies horriblemente fríos y húmedos, Vanina. De terror. Me acuerdo como si fuera hoy...
La otra se largó a reír.
—Sí, te reís —siguió con un tono algo más serio—. Pero tenía los dedos de los pies... las yemas... las yemitas gelatinosas... eran como ojitos... ojos de pescado que me baboseaban... ¡me frotaban las piernas!... ¡En la cama pegajosas!... ¡Ah y las uñas!... Era algo repugnante, Vanina Blassi.
—Ay, pero qué ocurrencia —exclamó la otra, y se llevó una mano a la cara como si fuera a rascarse la nariz, o con el objeto de que no se le notara una probable mueca de comicidad.
—Mirá que sufrir esas cosas asquerosas... Eso pasa porque hay muchos tipos aceitosos que no se conectan con la naturaleza. Porque lo que está entenebrecido es porque se aparta de la naturaleza... y es sucio; la naturaleza no tiene mugre. La mugre no es algo natural.
Las distrajo el bullicio de un grupo de escolares que pasó junto a ellas. En ese momento la madre apartó del paso el carrito con su bebé quieto, que quedó estacionado muy cerca de la reja de la fachada justo delante de la mujer. Seguidamente sacó el teléfono celular de un bolsillo y comprobó que eran las cuatro pasadas.
—Y después, nada. Volví a lo de mi mamá... Pero ahora tranqui, viste, sin ningún asqueroso que me ponga las patas encima —concluyó la mujer.
—¿Y cómo están tus viejos, Ari? Yo de tu mamá un poco me acuerdo... creo que si la viera ahora la reconocería, sí.
—Ahí anda... Bien. Bien... Al viejo lo metimos en una clínica de esas para viejos locos.
—¿Qué le pasó? ¿Está mal?
—Hombres, Vanina, ¡me extraña de vos!... Es bastante más grande que mamá. Debe andar por los ochenta, el viejo... Le lleva como veinte... Y ahora, nada. Que estamos tranquilas y la señora Wenzel es macanuda. Es la mujer más macanuda del PH, hay que decirlo, y sabe mucho de elegir bien la fruta y la verdura. Estoy pensando en tu marido, Vanina Blassi. Creo que me estoy imaginando a tu marido... ¿Se lava bien él?
—Ay, pero cómo... ¡pero claro, Ari!... ¡El gordi es un divino! Se levanta temprano, se baña, se afeita y sale al trabajo... Al nene lo adora, mirá, y no sabés cómo... La verdad que no me quejo... Discutimos, sí, como cualquiera, pero no nos va mal. Toquemos madera...
La mujer apretó los labios y los estiró hacia los lados, como dibujando una sonrisa cerrada, de desdén o resignación, y movió apenas la cabeza en una seña ínfima de negación; aspiró hondo, y las fosas nasales se dilataron visiblemente.
—Te digo algo. Te tengo que decir una cosa, Vanina. Yo no te juzgo...
Sostuvo la verde y carnosa hoja con el índice y el medio por debajo, y hundió con fuerza el pulgar, que la agujereó y se desplazó entre los otros dedos.
—¿Sí? —la instó a seguir la otra, con la mirada fija en la mano que manipulaba la planta y un gesto repentinamente sombrío.
La mujer se llevó el pulgar izquierdo a la boca y lo saboreó unos segundos.
—Lamentablemente me acabás de decir que tu marido es obeso... Qué triste.
—¿Cómo?...
—Yo no te interrumpo cuando hablás, Vanina. Yo nunca te juzgo, sabelo... Pero tenés que entender que a los obesos les transpira el culo... Les chorrea un caldo frío y cuando se levantan a mear a la noche se ponen esas típicas pantuflas de gordo con olor a pata sucia y después te tocan con el cuerpo blando y resbaloso... No seamos ingenuas, Vanina.
La otra quedó callada y volvió a fijarse en el niño dormido. Hizo un ademán con las manos, como si fuera a acomodarse el pelo fino y rubio que le cruzaba la frente, o a rascarse la mejilla. Finalmente se ocupó en extraer un paquete de caramelos de uno de los bolsillos del abrigo, se llevó uno a la boca y ofreció a la mujer, quien rechazó el convite con la cabeza.
—Parece que se está haciendo tarde, Ariela...
—Ay no. Ya te enojaste —respondió, y mostró otro gesto de aniñada decepción.
—Ah, ¡pero no, nena!... ¿Por qué?... ¡Mirá si me voy a enojar!... ¡Nada que ver!
—Pero vos me dijiste que tu marido era gordo… y yo me puse a imaginar.
—¡Ah! Eso... No, mirá. Entendiste mal. Yo dije “el gordi”. “El gordi”, porque así le digo a él. En realidad, si vamos a decirlo, apenas se le está haciendo la típica pancita de los casados, ¿la tenés? —rió con ganas y mostró una expresión más contenta.
La mujer no participó de manera visible de aquella sonrisa, pero asintió con la cabeza.
—Qué lindo tenés el pelo, Vanina Blassi. Me encanta.
—¿Sí? ¿Te parece? —La otra se pasó los dedos por la cabellera y estiró el flequillo hacia abajo como para mostrar que estaba algo largo— La verdad es que hace rato que no voy a la peluquería... Tengo las puntas llovidas, mirá. Esto de ser mamá me tiene dedicada a otras cosas. Tampoco es que nos sobre la guita como para andar haciéndome la diva... Pero creo que cuando vuelva a trabajar me voy a poder poner al día con la estética, ojalá.
—A los hombres no les importa el pelo. Les gusta jugar a engendrar bebés, les gusta jugar. Lo que se cuida no se toca. A papá le gustaba jugar; por eso te encontré acá ahora —dijo la mujer, y se aferró con ambas manos a la parte superior de las solapas del tapado, con los codos pegados al torso y de tal manera que los nudillos quedaron junto al mentón.
—Ah sí, sí, pero viste cómo son. Te dicen que les gustás así como estás, pero no tienen idea de las cosas que una hace para arreglarse... Y tampoco es cuestión de ser una dejada... Yo tuve suerte porque después de que nació Oscarcito la panza me quedó bastante bien...
—Papá siempre me decía que yo tenía el pelo lindo... hace años... cuando empezaba a tener tetitas... ¿Tu marido te dice que le gusta mucho tu pelo, que tenés un pelo muy lindo?
La otra cayó en la cuenta de que el niño se movía, entonces se agachó y en cuclillas acomodó las prendas que le hacían de abrigo. Desde esa posición vio las calzas grises de la mujer, cuyas piernas rozaban el extremo delantero del cochecito. El niño abrió los ojos de par en par.
—Ah, bueno... bueno... parece que se despertó el nene —dijo, con una voz especialmente aguda y suave.
La mujer prestó atención y pudo ver la cara del bebé.
—¡Ay Vanina, no te lo puedo creer!
La otra se puso de pie sin quitar la vista del hijo, conque no pudo observar que el gesto que representaba el labio inferior de la mujer arqueado hacia abajo era de patente repulsión.
—¡Vanina Blassi! ¡Te garchaste a un chino! ¡Pero qué asco! ¡Qué cosa más repugnante! —La mujer comenzó a abrir y cerrar compulsivamente las manos aferradas a las solapas— ¡Vos no tenés conexión con la naturaleza!... ¡Ni vergüenza!
—Pero... ¿Qué te pasa?... Mi marido es coreano... —se excusó por reflejo la otra, y sus ojos se toparon con los espejos que desde la cara de la mujer no ofrecían respuesta alguna.
—No me esperaba una cosa así de vos, Vanina Blassi... ¡Y después de tanto tiempo!... ¿Vos no sabés que esa gente es sucia? ¡Antinatural!... —La mujer negó de cara al cielo con la cabeza— Me estoy imaginando. Me lo estoy imaginando perfectamente... El asco que da un tipo que te babosea mientras te deja la leche china bien adentro de la concha... ¿En qué estabas pensando?
La otra quedó enmudecida, miró en derredor y no vio a nadie a lo largo de aquella cuadra de Echeverría. De repente la mujer se puso a reír
—Ah pero qué ingenuidad la mía... ¡Pensar que tenía un regalo para vos!... ¿Sabés? Tenía un regalo. Pero ah, no, claro, veo que sos de ese tipo de personas que se juntan con lo sucio y lo feo...
La mujer levantó la bolsa, la sujetó con una mano y con la diestra extrajo de adentro una maceta cerámica que contenía un gajo mustio y la tierra seca. Levantó alta la maceta y la exhibió a la otra.
—¿Sabés qué es esto, Vanina Blassi? ¡Una planta! ¡Un ser vivo que yo te iba a regalar! ¡Justito ahora… antes, hace un ratito nomás yo estaba pensando que te iba a regalar mi geranio!
—Mirá, Ari... No te entiendo. No sé por qué me decís todo esto a mí... —Cortó la otra mientras agarraba el carro con ambas manos como para alejarlo de la mujer.
—¡Ah...! ¡La señora no entiende!... —gritó, y levantó la maceta hasta donde le dio el brazo, como si fuera a arrojarla hacia abajo— ¡Ahí está! ¡La señora del chino coreano no entiende nada de nada!
—¡No!... ¿Qué vas a hacer? —intentó gritar la otra, pero le salió un hilo de voz parecido al llanto, y se inclinó sobre el cochecito para cubrir al niño con su cuerpo.
—Pero qué ocurrencia la tuya... ¿Qué pensaste? ¿Que ibas a parir un índigo? ¿Un niño índigo?... ¿Con un chino asqueroso?... ¡Un chino amarillo y sucio!... ¡Que nunca limpian los pisos!... Ya no sé quién sos. La verdad es que si lo medito con el alma, porque lo estoy meditando muy hondo, no sé quién sos... ¿No se te ocurrió mirarle las uñas de las manos?... ¡A tu maridito el chino!
La otra desde su posición oblicua sobre el cochecito estiró el brazo izquierdo con la palma de la mano bien abierta hacia la mujer, que seguía parada con la maceta enarbolada en lo más alto. El bebé comenzó a llorar. —¿Qué querés? ¿Qué vas a hacer? ¡Pero si yo no te hice nada!... No sé por qué te ponés así, Ari… Por favor… Te juro que no te entiendo…
Entonces la mujer bajó la maceta y con algo de esfuerzo aunque con delicadeza volvió a colocarla en la bolsa. Al ver este movimiento, la otra se incorporó y se alejó unos metros con el carrito sin darle la espalda.
—La verdad, yo soy la que no entiende. No me entra en la cabeza cómo es que una mujer como vos, Vanina, con ese pelo tan lindo, fuiste capaz de preñarte de un ser asqueroso y mugriento… ¿Cuánto hace? Veintipico de años que no nos vemos y así te vengo a reconocer… Una lástima. Es una lástima esto que nos pasó, pero sobre todo a vos. Ya te vas a acordar de mí… Y ni se te ocurra venir a mi casa, Vanina Blassi. ¡Si no hubiera gente en el mundo, no existiría el tiempo! —Finalizó la mujer con la voz ronca y un tono gravoso pero más tranquilo, e inició su marcha hacia la avenida sin mirar atrás.
El mozo veterano depositó un pocillo de café, un vaso pequeño con jugo artificial de naranja y un platito con cinco Amaretti en la mesa ocupada por un hombre entrado en años que contemplaba absorto la pantalla de una notebook. Sin decir palabra dejó el ticket bajo el vaso y se retiró por entre las mesas del establecimiento, cuyo piso constituido por baldosas negras y blancas dispuestas en damero lucía un brillo inusual por tratarse de un lugar muy transitado. El mozo llegó al extremo de la barra junto a una escalera que finalizaba en los toilets (como indicaba un letrero) en el piso de arriba. Desde allí veía perfectamente la parte del salón que le tocaba controlar. El muchacho se le acercó.
—Viste el tipo que atendí recién —dijo el mozo veterano—. Es un hincha pelotas que se te queda hasta tarde boludeando con la maquinita y a lo sumo te pide un vaso de agua. Acá hay cada uno que ni te cuento. Vas a tener que acostumbrarte a este barrio, pero lo bueno es que el laburo garpa, che; porque mal que mal hay gente de guita por acá. No es para quejarse.
El joven pasó un trapo húmedo a la bandeja y la sostuvo con ambas manos, luego la bajó sin soltarla hasta que le quedó apoyada en las piernas. En esta misma posición seguía parado a su lado el otro.
—Uh, mirá la mina que está entrando. Mirala bien —advirtió el mozo veterano, y el joven prestó atención.
La mujer caminó lentamente hacia un rincón que daba al pie de la escalera. Al llegar a la pequeña mesa apartó una de las sillas y dejó la bolsa plástica sobre ella. Luego se quitó el abrigo de piel sintética y lo acomodó escrupulosamente en el respaldo de esa misma silla. Llevaba puesta una remera musculosa fucsia, y no tenía corpiño.
—Ah, bueno… —festejó el joven desde su lugar junto a la barra— Pero qué tetas que tiene… Justo como las que me recetó el médico, mirá vos.
—No, boludo, —corrigió el mozo veterano— ¿no la viste? ¿No te diste cuenta de que entró pisando nada más que las baldosas negras? Siempre hace eso. Atendela, vas a ver.
—Pero esa mesa es tuya —replicó el joven.
—¡Qué va! Haceme caso. Andá y atendela, y después me contás.
El mozo veterano se puso a observar al joven, que ahora hablaba con la mujer en aquella mesa. Vio que ella le hacía señas con el menú en la mano. El murmullo en el salón y la distancia impedían que pudiera escuchar la breve conversación.
—Dice que quiere que la atienda Javier el mozo, que esa mesa es de él, que ya sabe —dijo el joven al mozo veterano una vez que volvió de la mesa.
—¿Te dijo algo más?
El joven rió y sacudió la cabeza hacia los lados. —Sí, me preguntó si me había bañado hoy.
—¿Y qué le dijiste?
—¡Y qué le voy a decir! —Siguió riendo el joven, algo ruborizado.
—Más respeto, che, que es mi futura esposa —bromeó el otro, y caminó hacia donde estaba sentada la mujer.
—Muy buenas tardes, señorita. ¿Qué te traigo? —Se presentó el mozo. Acto seguido se puso a limpiar la mesa con un repasador muy blanco.
—Ay, Javier. No sabés el día que tengo hoy… —dijo la mujer de los ojos ocultos tras oscuros espejos— Pero no, bueno. Nada. Traeme un té verde. Ya va a pasar…
—Pero cómo… —ensayó el mozo un gesto de sorpresa— ¡Con lo lindo que estuvo el día, Ariela!
—Ah, che. —Interrumpió ella— Che, pará. ¿Quién es el pibito ese que me mandaste? No te hagás el zonzo conmigo ¿eh? Yo un tirito le hago… parece que hasta es limpito y todo…
—Es un pibe nuevo. Está a prueba, pero al trompa parece que le cabe. Vos por las dudas tratámelo bien, ¿no?
—Ay sí… —accedió la mujer, bajando la voz y haciendo señas al otro para que se acercase a oírla— ¿Come frutas y verduras? ¿No sabés si come frutas y verduras ese pibito?
—Este… —dudó el mozo sosteniéndose la barbilla con una mano— Mirá que todavía no sé, che. Pero no fuma. Sé que no fuma, eso sí.
—Es que la gente que no come frutas y verduras no está conectada con la tierra… siempre tiene olor —susurró.
Cuando la mujer acabó el té verde había oscurecido. Limpió la cucharita con una servilleta de papel y se puso de pie. Sacó de la bolsa el dinero para pagar, y dejó el importe exacto en billetes chicos y monedas. Con la bolsa, el tapado y la cucharita subió las escaleras. Una vez en el baño sacó la maceta y humedeció un poco la tierra. Con la cucharita escarbó cuidadosamente hasta que pudo extraer el gajo con la raíz. Guardó la maceta en la bolsa y el gajo en un bolsillo del tapado. Lavó la cucharita en la pileta y la metió en el otro bolsillo. Sacó una toalla de mano y un neceser. Humedeció la toalla. Del neceser tomó un espejo rectangular plegable enmarcado en plástico. Con la bolsa y el abrigo se encerró en un cuarto privado, trabó la puerta. Se bajó las calzas y la bombacha hasta los tobillos, y orinó sin tocar la taza. Bajó la tapa del inodoro y sobre ella extendió la toalla. Se sentó y levantó los pies recostándose hacia atrás de modo que las piernas formaron un rombo suspendido en el aire. Con el espejo se miró la vagina. Separó los labios lo más que pudo y pasó un extremo de la toalla con delicadeza. Volvió a mirarse la vagina en el espejo, esta vez minuciosamente estirando los pliegues y hurgando la zona del orificio de la uretra. Cuando juzgó que estuvo lista, se vistió y volvió las cosas a su lugar. Se enjuagó las manos. Por último se puso el tapado y abandonó el recinto.
Mientras bajaba la escalera vio al mozo nuevo parado en la salida. De camino dejó la cucharita sobre la mesa que antes había ocupado. Se aseguró de que el abrigo estuviera bien abierto como para que pudieran verse los puntos de relieve que hacían los pezones. Saludó con la mano libre al mozo veterano. Cuando el joven le abrió la puerta comprobó que, en efecto, no pudo quitarle los ojos de las tetas. Se despidió de él con una mueca de beso que terminó en una sonrisa franca. Una vez afuera abrochó los botones del tapado.
A media cuadra del bar, cruzando Avenida de los Incas, la mujer se detuvo a la entrada de un supermercado. Contempló al cajero chino y al repositor chino y a una chica china que ayudaba al cajero chino a embolsar la compra de una señora, tomó distancia hasta el filo de la vereda, sacó la maceta de la bolsa, apuntó a donde la caja registradora, la revoleó contra el vidrio, y a la carrera se lanzó a cruzar Triunvirato entre el enjambre de luces blancas y rojas que hacía de la tenacidad del tránsito un caudaloso río de furia.


Texto agregado el 12-07-2012, y leído por 1546 visitantes. (10 votos)


Lectores Opinan
2015-03-25 04:35:20 Tras esta historia que no va a ser de mis preferidas, se esconde una más sórdida en la intimidad con su padre y un cuarentón gordo y suduroso. Y esa, ay. Será mérito tuyo que me ronde por la cabeza. Para todo lo demás, lo que diga el DSM. Selkis
2014-11-26 15:17:10 Si definitivamente me encanto!!!! efelisa
2013-04-13 03:45:20 Lo que hiciste es increíble, Pablo. Sigo sosteniendo que eres el mejor. BAH! eso te lo he dicho mil veces. tanag
2013-04-13 03:40:17 La perturbada protagonista se desnuda a través de lo que dice. Si prestamos atención, hasta podemos enterarnos de algo que pudo haberle pasado en la infancia y que explicaría sus fobias para con lo sucio y para con los hombres. Luego vienen los mozos, que la describen desde afuera y por último una reacción final. Todo esto, claro está, en un mundo disparatado. tanag
2013-04-13 03:38:24 Lo que pretende el cuento es en definitivas describir un personaje. Evitaste en todo momento al escritor omnipresente, esto es el que escribe sabe qué piensan los personajes. Acá no lo hiciste, trataste de no saberlo.Todo lo que pasa está en los diálogos. tanag
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