Otro adiós fermenta tu mirada, mi alma tiembla en presagio, tus dígitos se mudan, igual que tu código. !La segunda vez si me mata! En el ocaso de nuestra vida cuando perplejo y sigiloso me enteré de tu partida rodaron mojadas las esperanzas, y no faltó el piso del tiempo que las oreara. Comprendí que te ibas, lapso registrado sin aprobación. A merced de los rigores del tiempo supe con certeza que ya no estabas, te busqué, grité tu nombre, a consecuencia viví el morirme, imaginé salidas, inventé disculpas y razones. Tenías que irte. Te despojé atributos y dolencias, cancelé ataques desbordados por la soledad. Cobijé tus recuerdos que se empapaban con lágrimas mías tibias y saladas, caudalosas, con igual caudal que el río, ese que navega solitario, el que termina haciéndose paso al mar de tu partida. Olas de remordimientos balanceaban tu culpa, luego la hacian mia, luego de nadie. Te perdoné mi primer dolor, me perdoné yo mismo el quererte sabiendo. Queda mi martirio de años inertes, soñándote en recuerdos de flores, oliéndote en la primavera colosal y dulce. Mujer de piel clara. Mujer, tú que refrescaste mis pupilas despertando mi vida pautada como un huracán enloquecido, sin dirección, ni motivo, ni agudeza, no me dejes. Fuiste boleto del que se colgaron mis ánimos, los levantaste, en el aire les diste vueltas, los mareaste de dicha, y todo calló, en desbarate, en el momento, en la tarde infame de tu partida. Mujer, que tanto te quise. Cuan metástasis cancerosa en mi cuerpo tu media vuelta saboteó mi laso corazón, acribillando mis ojos primero con lágrimas filudas y ásperas de la soledad. Después ya no exoneres tus actos, ya, ahora que volviste, no despiertes el holocausto cansado, dormido a buena hora, no me dejes, fuiste tú quien regresó. Esta segunda vez advierto lo que espera, y dudo poder confundir al dolor dos veces con el mismo truco. |