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Inicio / Cuenteros Locales / rauro / Su risa que lo pintaba todo

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El sol de febrero aplastaba aquel día con un calor extremo. Nosotros ayudábamos a mi papá a derrumbar una pared que, dividía la sala con un cuarto junto para que ésta fuera más grande, y así las reuniones familiares fueran más cómodas. Ya con el sol anaranjado y tibio, mi medio hermano mayor, Benjamín, recién bañado y cambiado se despidió de nosotros y con un “ya vuelvo mamá” atravesó la puerta, y nunca más regreso.

En la edad en que los objetos aún no tenían nombres, y las pequeñas calles del pueblo eran inmensas, caminábamos hacia la casa del papá de Benjamín. Mi hermano estaba atado junto a un árbol de la casa de madera y destartalada de su padre. Con su cara empolvada y sucia de amor, nos miraba y lloraba. Nos quedamos un rato consolándolo desde la distancia de un amor de hermano. Su tierno rostro mojado nos indico que nos fuéramos, seguimos el camino con un odio infantil y olvidadizo a solo unos cuantos pasos.

Siempre se sentía un sonido a risa que invadía la casa con un olor que lo pintaba todo, llegaba mi hermano. Siempre traía algo nuevo para nosotros, canicas, trompos, hasta un cocodrilo de cartón, que cada vez que lo jalabas abría su boca tratando de comerse nuestras alegrías. Muchas veces lo vi cargando el mundo encima, es más, cuando se iba a jugar futbol, me cargaba en sus espaldas y así jugaba conmigo encima, hasta que Toto lloraba por su turno.
Cierta tarde, por cumplir con una promesa regalada, nos llevo donde “la tienda” para cómpranos unos carritos. A la orilla del pueblo se perdían los ralos árboles ante ocre color de la polvareda vecina. Caminamos haciendo equilibrio por los rieles del tren, imaginándonos dueños de nuestro circo y de las cuerdas flojas, esperando la caída eminente. A lo lejos y en lo alto del pueblo, estaba la bodega a la que llegamos con más entusiasmo que cansancio. Dos enormes portones abiertos nos recibían, y entramos al castillo perdido en el bosque. Los estantes estaban abarrotados de cosas, que no sabíamos que existían. Espirales verdes con dibujos de moscas huyendo. Botellas transparentes, que usábamos en la casa para evitar que se escapara la luz, atrapa ratones, mechas, velas; cuerdas de castigo que había visto en las manos de una mal padre. A la atura de nuestro mundo, juguetes, trompos canicas de colores, ruedas de metal. Botellas en forma de mujeres gordas llenos de caramelos, bizcochos, paletas dulces y al costado junto a los dulces, un cartón de colores con juguetes pegados exhibiéndose.

Entre soldaditos, carritos, globos y otras chucherías, había dos autos, uno en forma de un wolsvagen y el otro en forma de carruaje antiguo. Mi hermano pregunto por cada uno, mientras nosotros nos distraíamos con el sin fin de cosas desconocidas. Solo pude ver cuando Benjamín se levantaba el polo y se desabrochaba el pantalón para que el tendedero lo revisara, a vista de las demás personas que se encontraban ahí. Pago solo por uno de los carritos, porque el otro ya no estaba adosado al cartón de colores. De regreso a casa y en el equilibrio de los rieles, Toto lloraba. Un carrito no lo podíamos compartir. Nos sentamos a la sombra de un árbol sobre un pasto que se rehusaba a morir. Y le pregunto a mi hermano porqué lloraba, si tu ya tienes el tuyo. Sus ojitos lagrimados brillaron y sus dientes brotaron como sonrisa nueva al ver que debajo de su polo estaba el wolsvagen desaparecido.

La segunda vez que vi a Paulina fue esa mañana aciaga. Al sonar la puerta, yo corrí a abrirla, era ella. Negra y bajita como la recordaba. Nunca había venido a nuestra casa nueva, así que me fui a jugar, no sin antes sentir un escalofrío por su misteriosa presencia. Hablo con mi mamá y se fue, la vi marcharse como una sombra larga que se estira en el horizonte. Después de un rato llego una persona que no conocía, toco la puerta y entro a la casa. Yo jugaba canicas con mis amigos, cuando me llamaron.
Mientras mi mamá lloraba repetía, “he soñado con tu hijo, prepárate Angélica”, fue lo que le dijo Paulina antes de irse. Minutos después llego un vecino que conocía a mi madre, para decirle que habían encontrado a mi hermano muerto, en medio de la calle con un puñal en el corazón.

Llego a la fiesta, con su pantalón crema acampanado, su camisa amarilla con las puntas del cuello tocándole el pecho, usándola desabotonada para que se le viera la cadena de plata, que brillaba cuando bailaba. Sus ojos negros hipnotizaban a esa chica en particular, más aún cuando abanicaba sus enormes pestañas y le reía sutilmente. Solo bailo con ella dos veces, le pregunto un par de cosas y supliendo su valor por la timidez, se dedico solo a mirarla.

Cuando miro su reloj eran la una de la mañana. Un tipo tropezó con él, mientras se apresuraba a sacar a bailar a esa chica. Mi hermano la miraba como se movía y ella le correspondía la mirada. Pero el tipo la volteaba y lo miraba tan desafiante como solo se lo permitía el alcohol. La chica lo empujo y le dijo que no la tocara. Benjamín lo agarro de la camisa, lo llevo hasta la puerta y pego una patada que más que dolerle lo avergonzó.

Se regresaban contentos en la noche dulce y agradecida de la sonrisa de esa chica y la promesa de conocerse. Entre las sombras de los arbustos, donde la noche se convierte en peligrosa. Salieron otros jóvenes a cerrarle el paso, junto a ellos el tipo humillado lo señalaba. Al primero que se acerco, le tiro un puñete que lo tumbo, salto sobre él y corrieron, tan rápido que sorprendieron a los cinco malandrines que los correteaban. Su amigo logro huir, él no.
El vecino que salía temprano a vender carne, lo encontró tirado en esa avenida que siempre tránsito, y trato de imaginarme que pensó mi hermano antes de morir, al ya no poder dejarse sentir, con ese sonido de su risa que invadía la casa con un olor que lo pintaba todo.

Texto agregado el 17-08-2012, y leído por 75 visitantes. (1 voto)


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