Esta francesita no duerme. Tiene los ojos siempre abiertos, como temerosos por algo, como esperando que algo muy pronto pase. Las ojeras no reflejan ni minimamente lo que en realidad le pasa por dentro. En el día, sencillamente se pierde, la pierden. Los pasos vienen y van, corren y paran, pero jamás para mirarla. Su soledad parece querer gritar pero, como siempre, enmudece.
Por las noches se le oye suspirar. Hay momentos en los que pareciera susurrar anémicamente y en otros quejarse y retorcerse cuando algún hijo urbano se acerca hacia ella y la bendice soezmente tras bajarse la bragueta o cuando las putas a media noche se albergan en sus rincones para hacer del amor una simple libídine. Rodeada de una larga fila de compañeros nada semejantes, se siente en peligro de extinción. A sus años, la memoria es todo lo que le queda. Sabe que tras cada segundo el tiempo se acorta y la desolación la embarga. La obligan a no existir.
Frente suyo y a voz en cuello los vendedores amenazan a cualquiera con sus productos. Los churros, quién sabe de cuántos días, compiten carnalmente con los jeans, los zapatos, los pollos a la brasa y con los manilargos ambulantes. Lo rutinario es rutinario tanto de día como de noche en este multipisoteado Jirón De la Unión. Miles y miles de entes, y de ellos, quizá, unos cuantos, levantan la mirada. De esos cuantos, solo unos pocos se detienen y la reconocen: “FOTOGRAFÍA CENTRAL E. COURRET Y cia”. Los demás solo mascullan: “jo, jo, mira que chistosa casa”.
Las telarañas hacen de la casa Courret un recuerdo que, con el paso del tiempo, le es más difícil sobrevivir. En cada esquina se respira a pasado y en cada pared se vislumbran las imágenes de las fotografías que un día tuvieron una vida. Las habitaciones fueron mutando a un estado de desidia y no queda más que un sublime halo de nostalgia que coexiste con la indiferencia del apetito comercial.
Uno de los muros que vigilaba desde dentro la entrada principal, ya no existe, lo mataron. Las puertas que en trío recibían antaño a los señores y señoras, hoy lucen en dúo carteles afanosos con todo tipo de ofertas. Las señales de humo venidas de alguna avenida adyacente dejaron inscripciones interminables en su fachada. Los pisos de losetas enterraron vilmente los pasos que un día marcharon con elegancia por sus amplios salones. Los maniquíes, las ropas, las cajas, los espejos y los vendedores tomaron posesión de cuanto pudieron. Ella nada pudo hacer. Sus balcones salientes aparentan querer irse, escaparse. Descubren no poder hacerlo.
*******
El recuerdo cobra vida. A paso holgado y barbilla en alto, de la mano, colgada va ella, imperiosa, ambos intocables. Al entrar por el largo salón, se enlazan con más de su especie. Las familias limeñas de sociedad acuden para verse inmortalizadas. Una hermosa niña de vestido amarillo y lazo blanco en la cintura se encuentra en una de las fotos en sepia de la exposición y se sonroja, a los que les sucede lo mismo sonríen orgullosos. Eugenio se luce caminando con una copa de vino en la mano entre una y otra familia. Sabedor de su talentoso oficio, es admirado y codiciado.
En el segundo piso, el amplio salón resplandece. Los ventanales abiertos al mundo dejan que la brisa juegue con las cortinas oscuras. La luz solar crea figuras que se reflejan tras ellas en el encerado piso de madera. Los decorados de las paredes hablan por si solas y como melodías parecen recitar belleza por sus formas. Los muebles finos, franceses, comparten la estancia con casonas y paisajes lumínicos gigantes que viven en los paneles gracias a las manos de Eugenio. El techo amplio y alto da la sensación de grandeza, de calma y lejanía, de eternidad.
Un perfume inmaterial rodea con sueño la habitación desde las escaleras. Courret respira hondo aquel aroma. A paso lento, como festejando cada movimiento, se acerca al balcón principal del segundo piso y con aire glorioso observa a la gente que pasea por las calles, observa a la Lima republicana de coches a caballo, de mujeres con vestidos largos, elegantes, y de hombres con sombrero y bastón.
En las noches, desde fuera, tras encenderse los candelabros, toda la casa asemeja sumergirse en un cuento onírico. Las líneas curvas de sinuosas formas vegetales sostienen, a cada costado, a dos damas entregadas al cielo con los brazos en alto y elevan, como núcleo de todo, a una tercera en su cima. La señorita francesita es, sin duda alguna, una buena representante del Art Nouveau.
Hoy los años pesan y sobre todo duelen y, ese dolor, tiene el nombre del recuerdo. Aprisionada, vive desde fuera entre edificios y muchedumbre. Con resignación va cediendo lentamente su paso al tiempo y se va dejando vencer por la ciudad que no crece; devora. Pero el tiempo no sólo está en su contra. Otra quiere ocupar su lugar. Y es que la otra será más grande y más moderna y dejará de tener esa cara de soledad y añoranza. Será cuadrada alta y con habitaciones más pequeñas. Será más funcional y menos sentimental.
Entonces dejarán atrás su memoria y lo que representó. Se olvidarán de sus rincones y de sus fastidiosos techos, tan altos e inservibles. Despreciarán sus salones y balcones, en su lugar pondrán ventanas, todas cuadradas y simples. Los techos serán bajos, llenos de focos fosforescentes. Ya no habrá damas, ni curvas envolventes. Pronto quedará nada de ella. Una caja de fósforos productora de dinero va abriéndose paso con el permiso de muchos, con la indeferencia de otros.
Con el ocaso muere el recuerdo, mientras, en ella, la soledad silva intermitente y el vacío se siente como llagas perforando las paredes. Los gusanos y las polillas navegan solemnemente entre surcos por los pisos de madera causándole dolor. De los tiempos gloriosos poco o nada queda. La presencia se ha transformado en ausencia y la fastuosidad en miseria. Ahora solo le queda esperar, en condición de sentenciada, su previsible ejecución.
(Lima, 2002)
********
Dedicado a la casona limeña que más me ha llenado el alma y que ahora se ve amenazada por el comercio y los edificios larguiruchos: la Casona Courret del fotografo Eugenio Courret. |