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Agelasta

A Sandra con cariño..


1

No soporto más el peso de mi cuerpo. Estos músculos y estos huesos se me antojan repugnantes. Observo a mi alrededor aquellas existencias sin valor alguno para mí. Quiero que todo desaparezca en frente mío. Pero aquella realidad externa no puede desaparecer por más que yo quiera. Si ella no puede, yo sí. Esa es mi decisión. Saber que la humanidad ha llegado a su punto máximo de degradación (y que aun así podría caer aun más bajo), la sola idea me desespera, me dan ganas de dispararle a cuanto ser humano me encuentre en mi camino. Acabar con todos. ¡TODOS! Vaya sueño dorado el mío. Bueno, creo que me voy a hacer el mejor favor que nunca antes me he hecho. Obviamente nadie me lo agradecerá, pero eso es lo de menos, no busco que alguien acepte mis actos, sean buenos, sean malos. Las miradas de los demás: eso sí que hiere. No comprendo cómo a ellos no les pasa nada. A mí me enciende la piel, quemando mis entrañas, haciéndome sufrir. Yo ya no quiero sufrir más. Pero, no soy justo, ya que haré sufrir con mi decisión. Sobre todo a ella. A ella es a quien me importa. Los demás, que se mueran conmigo. Pero, a ella no me la puedo llevar conmigo, porque no es justo. ¿Acaso hay algo justo en esta vida?.

El titular de uno de los periódicos más reconocidos de la ciudad dice: “Atroz suicidio estremece la ciudad”. En sus páginas interiores el relato continúa: “Un joven de 23 años, de clase media, con comodidades y estudios universitarios decidió hacer volar sus sesos por todo el baño de la casa donde residía. Cuando la policía arribó al lugar de los hechos, ninguno, dijo haber visto nunca tal escena. El baño estaba totalmente lavado en la sangre del joven. Su cuerpo presentaba múltiples cortes en cuello, piernas, brazos y pecho. Además, se había disparado en la boca con una pistola 9 milímetros”

En la entrada de la casa, donde residía con sus padres, había una aglomeración de gente conocida y desconocida. Familiares y amigos lloraban el nefasto suceso. Lo curioso es que todos se preguntaban el porqué del evento, todos se miraban los rostros totalmente confundidos sin poder hallar una razón de ser para tan escabrosa manera de morir. Además que debió ser muy dolorosa. Todos estaban perturbados, menos ella. Si, aquella “niña”, que también se encontraba en el lugar, pero que su rostro reflejaba un gesto de resignación, mas no de dolor. Algunas lágrimas se asomaron en sus ojos cafés, oscuros, como aquella tarde, pero llenos de vida, llenos de ternura. Estuvo un corto rato parada en frente de la puerta de aquella casa sin querer entrar. Posteriormente, con paso lento se alejó con la cabeza inclinada y sus manos entre los bolsillos de su overol azul. Al llegar a su casa, no cruzó palabra con de sus padres cuando le preguntaron dónde estaba. Simplemente entró directamente a su alcoba, se tendió sobre su cama y comenzó a desahogarse en llanto doloroso. Ella lo conocía muy bien y sabía que algún día iba a suceder esto. Jamás se imaginó que fuera tan pronto. Luego de llorar por varias horas, se serenó y observando el techo blanco y las paredes rosadas de su cuarto, comenzó a recordar lo poco que había vivido junto a él. Muchos momento llegaron a su mente, y para no dejarlos escapar, buscó un cuaderno y un esfero y comenzó a escribir.

2

Cuando me enteré de su muerte, en mi boca afloró una pequeña sonrisa. No fue que me alegrara, sólo mi reacción natural. Contrario a lo que mi sentimentalismo normalmente me ordenaría, no derramé ni una sola lágrima en esos momentos.

Me dirigí a su casa como una zombi sin pensar si quiera lo que hacía. Ya sabía el camino de memoria. Al llegar y ver toda esa gente ahí llorando y husmeando sentí mucha rabia y esta se combinó con los extraños sentimientos que me abrazaban: el dolor, la tristeza, la resignación... Se me pasaban muchas cosas por la cabeza. Hasta tuve la intención de coger a golpes a cada uno de los individuos allí presentes, pero preferí deleitarme con ese sentimiento de desagrado y hasta remordimiento que algunos experimentaban. Demasiado tarde para afanarse –pensé -. Cuando el espectáculo empezó a molestarme, me fui.

Al llegar a mi casa y después de haber llorado un rato, me dirigí a mi armario y busqué mi cajita secreta para sacar las cartas, las 20 cartas que tengo guardadas de él. Las leí una por una y con cada una lloré más y más, como si se me fuera a desgarrar el alma. En ellas encontré palabras muy hermosas de mí que hicieron que sonriera en medio de las lágrimas, pero también habían lamentos, peticiones y preguntas que me dolió no haber contestado antes, cuando él me escuchaba.

Hubiera querido ser... sangre, alcohol, tal vez viento, tal vez lágrima para poder meterme en su cuerpo y en su mente, para limpiarlo y mostrarle mi manera de ver las cosas. No. Mi manera de verlo a él. Quería mostrarle lo especial que era realmente, lo útil que fue para mí su amistad, su amor; que no necesitaba buscar desesperadamente la mujer que lo amara para compartir su vida, ya que ella tarde que temprano iba a llegar y que de todos modos, mientras tanto (y durante y después) yo siempre iba a estar ahí para compartir, para llenarme de orgullo con su ser y para quererlo.

Cómo haberle explicado que aun era muy joven, que no tenía porqué sentir miedo de lastimar a alguien ya que eso es parte de la vida, es un riesgo, una posibilidad y que de todos modos él era muy bueno como para hacer eso. Cómo me hubiera gustado haberle dicho que en sí no tenía ningún problema. Su problema era su perfeccionismo, su excesivo racionalismo. Pensaba demasiado en él mismo, en todo; no se había dado cuenta que si pensaba tanto era por algo y que yo tenía la respuesta: era porque se encontraba en un nivel superior al vulgo y por eso los podía ver como pequeños insectos. Eso era bueno. Hubiera sido maravilloso que viviera mucho más y realmente se envejeciera y que hubiéramos compartido durante muchos años la ironía de vivir en este mundo.

Alguna vez me hizo preguntas que yo no le respondí. Pienso que es el momento de hacerlo. Él me dijo que sería mi ángel guardián por siempre, en cualquier lugar donde estuviera, así que espero que esté por ahí, tal vez en frente mío escuchándome. Entonces te responderé. Sí, tengo secretos reservados sólo para mí. ¿Qué si confiaba en ti? Es tan obvio que no sé por qué lo preguntabas. El amor... es una palabra. ¿Amo a mi novio? No sé. Todos los días le digo que lo amo porque siento muchas cosas hacia él, sobre todo una necesidad imperiosa de estar junto a él, de sentirlo, de contemplarlo, de aplastarlo. Es como un frío, no sé, algo intenso. Probablemente para no tener que decirle a cada ratico todo eso, lo resumo en el cursi “te amo”. ¿Cómo sé que él me ama? ¿Cómo sabías tú que aquella mujer de la que me contaste alguna vez te amaba? Tú sabías que ella daría su vida por la tuya. Yo también lo sé. ¿Qué si podría querer a alguien tan “paila” como tú? ¿Podría?


3


Vivir duele.
No comprendo como alguien le da la vida a alguien y luego ese alguien tiene que agradecer que le dieron la vida. Es lo más ilógico y aberrante que puede hacer el ser humano. Cómo agradecer el venir a este infierno, a este pandemonio, a esta pocilga plagada de seres retorcidos de mente corrupta y enferma, donde se jactan de ser una raza superior pero se comportan como bacterias, como depredadores, como animales, que nunca han dejado de ser. Y es que yo no me creo superior a ellos. No. Por el contrario, estoy bajo ellos, sometido. El no estar con ellos es una desventaja, de las peores. Los tienes de enemigos, porque no compartes sus costumbres, no realizas los mismos rituales: no asesinas, no robas, no tiranizas. Pero tarde que temprano eso se aprende. Yo aprendí a odiar como ellos. Me dejé llevar por sus enseñanzas.

Caminando por las calles se pueden observar especies de todos los tipos y calañas. Hasta que la vi a ella. Si, ella tampoco pertenecía a la especie. Reconozco a la gente que no es gente y gracias a esto es mejor que aquellos que se dicen llamar “humanos”. Su aura, su mirada. Si, ella es.

La conocí en un bar del centro de la ciudad.

De vez en cuando paso por aquellos lugares a tomarme un par de cervezas y a escuchar música. Un poco de Nirvana, de Pearl Jam, de Black Sabbath. Nothingman, isn´t it something? Por lo general paso los jueves o los viernes, ya que los sábados están hasta el techo de llenos y el exceso de acumulación de gente me es contraproducente. De vez en cuando voy con un amigo del barrio, pero la mayoría de las veces voy solo, por aquello de que Latinoamérica es un continente de individualidades... Pero ese jueves, llegué y el local estaba medio desocupado. Tomé posesión de una de las mesas y pedí mi cerveza, cuando, al fondo del local, la vi sentada, también sola en una mesa. Me pregunté, no es común ver en este local a una mujer sola tomando cerveza, ¿Será posible? . Bueno, un poco de U2, Iron Maiden y Pixies me distrajeron durante varios minutos acaparando mi atención en aquella mezcla de ritmos totalmente diferentes, pero que, cuando entran en comunión forman una amalgama de múltiples sentimientos que me trasportan al Paraíso. No sé cuanto tiempo había trascurrido, quizás quince o veinte minutos, y ella seguía ahí: sola. Soy muy malo para comenzar una conversación y menos con alguien a quien no conozco, pero mi ser me decía que tenía que entrar en contacto con ella. Cogí la botella y me acerqué a su mesa. Le pregunté si tenía un cigarrillo que me regalara, ella me contestó que no fumaba. Mal comienzo. Me sinceré y le pregunté si le podía hacer compañía, ya que yo vine solo y me gustaría conversar con alguien. Ella accedió.

-¿Por qué tan sola?
-Es mejor sola que mal acompañada
-En eso te doy toda la razón... pero ¿te han hecho algo malo?
-Darme la vida...


Nuestra conversación tocó muchos temas posibles, concordantes o no. Compaginamos fácilmente a la hora de escoger tema de tertulia. Me dio la impresión que ambos veíamos la vida con una perspectiva mas bien parecida aunque, claro, con divergencias. Su nombre era Anaís. Bastante particular. Hablamos hasta la hora en que iban a cerrar el local. Salimos, yo por lo menos un poco entonado, ella parecía que también aunque lo disimulaba muy bien; caminamos algunas cuadras de esta fría ciudad, un poco desolada a esas horas, pero lo mejor: tranquila, silenciosa. La acompañé hasta la avenida, me dijo que allí cogía el bus. En el trayecto, pocas palabras nos cruzamos. Quizás habíamos dicho todo lo que teníamos que decir. Antes de irse me dejó su numero telefónico. Se despidió dándome un beso en la mejilla, sonriendo como una niña ingenua. Y se fue. Aún existen seres humanos con quien me puedo entender. Eso está bien.


4


Este cuerpo que cargo, sí, es mío, pero tengo una relación bastante impersonal con él. Es defectuoso y la verdad no soy culpable de eso. Yo no lo escogí. Yo no lo armé. Aun así la gente se burla como si yo hubiera cometido el error. Como les explico que yo no tuve nada que ver en esa escogencia. Pero no. Los que no vinieron defectuosos creen que ellos tuvieron algo que ver. Pobres ingenuos.


5

Hoy salí a dar una vuelta por mi barrio, aquel lugar que habito hace ya muchos años. He visto como cambia a través del tiempo, y sus cambios físicos han sido relativamente pocos, pero sus habitantes han mutado. Pasando por uno de sus parques, encontré al “parche” de “pasados”, entre ellos un amigo de mucho tiempo. Lo saludo despectivamente ya que ese grupito jamás me ha caído bien. Camino con paso lento, muy pensativo, no sé en qué: en mi vida, en mi futuro, en nada. Paso por una tienda a comprarme una cerveza y un cigarrillo. Me siento en una acogedora esquina, llena de historia. En este lugar he conocido a una gran variedad de personas, tanto en mi adolescencia como en mi ya vida adulta. Ha habido tropeles, desilusiones, romances, muertos. Aquí tuve mi primera borrachera. Aquí lidié el primer gran despecho de un buen amigo. Aquí acabé con una amistad enfermiza. Aquí me he ilusionado con ser feliz. Observo cómo pasa la gente, cómo los conocidos se han vuelto desconocidos, y los desconocidos, innombrables. David, mi amigo que estaba en aquel grupo se acerca a mí. Con pocas palabras me cuenta que está aburrido, que la “turca” lo tiene con mucha pereza. Yo lo observo como si no estuviera. Recuerdo como era cuando niño: activo, alegre, con luz en su vida. Ahora es un ser apagado, perdido, desesperado, muerto en vida. Creo que así estamos todos. Mi mente se aclara; ya sé en quien pensaba. Sí, en ella.


6


Quedamos de vernos en un cine-club muy visitado por los estudiantes y “bohemios” de la ciudad. Famoso quién sabe por qué, ya que las proyecciones son por lo general recortadas, o las películas llegan en mal estado. Es famoso porque la gente así lo quiso. Es famoso porque el sitio se convirtió en un icono de rebeldía y de juventud. Es asociado con ser joven y no ser tradicionalista. Yo voy allá porque la película es buena. Lo demás no me interesa. Y porque me voy a ver con Anaís. Llego diez minutos antes de la hora acordada. Me sirvo un canelazo y me compro un cigarro. Me siento en el anden a esperarla y mientras tanto observo las personas que van llegando a aquel lugar. Todos son tan parecidos a mí, o mejor, me parezco mucho a ellos. Nos identificamos en algo. Quizás en la forma de vestir, en la forma de caminar. Diferimos en la forma de pensar. Los veo como un grupo de esnobistas, vacíos, patéticos. A veces me pregunto qué hago aquí. Han pasado veinte minutos después de la hora acordada y ella no llega. No me altero. Ella es así. Por fin la veo llegar caminado con sus pasos cortos, de niña regañada, tan pequeña, tan sutil, tan hermosa. Me saluda con la parsimonia que solo ella puede demostrar. Me da mil explicaciones acerca de por qué no pudo llegar a la hora. Yo le perdono todo.

Salgo satisfecho. La película ha cumplido con mis expectativas. Comentamos durante el camino ciertos pasajes que nos han parecido muy interesantes y en ese momento, mi mente, mi maldita mente me traiciona. Desconsuelo, tristeza, dolor en el alma, infinidad de sentimientos tristes me abordan haciéndome callar por largo rato. Una vez más siento que mi vida es de lo más patética, sin sentido, repetitiva, con falta de coherencia. Cuando observo su rostro angelical, ella me mira con sus ojos vidriosos y me pregunta qué me pasa. Yo no hallo como explicarle que estoy totalmente desilusionado de todo lo que hago, que la gente se me antoja insoportable (menos ella ya que ella no es gente), que no me comprendo, que me quiero morir. Cómo se lo explico.





7

Recuerdo claramente el día en que lo conocí. Me sentía muy mal. Era un día de aquellos en que piensas en la insoportable levedad del ser y más aún en la insignificancia de tu propia existencia. Es cuando te pones a pensar en todas las cosas que te suceden y lo desgraciada que eres, que nadie te entiende. No tienes ganas de pronunciar palabra y como música de fondo los gritos de tu bonita familia. Ese día, para cerrar con broche de oro, me enteré que la separación de mis padres era un hecho y, aunque para ese momento yo ya lo deseaba, fue un golpe severo. Algo así como tener la certeza de que estás parado en algo seguro y de un momento a otro te das cuenta que es arena que se está desvaneciendo y finalmente caes. El golpe es duro.

Por lo general no me gusta estar sola, pero ese día realmente lo necesitaba y por cosas del destino resulté en aquel bar acompañada de una deliciosa cerveza helada. Mientras estaba allí, sentada, sumida en mis pensamientos, observaba a la gente y descubría cosas en ellas. Al observar a aquel joven solitario, con la mirada perdida en el vacío, me pareció casi impenetrable y creí que ni siquiera se había percatado de mi presencia. Me asombró el que se me hubiera acercado. Lo hizo con gran seguridad, que a su vez escondía cierta timidez. Mientras hablábamos, yo me preguntaba cuál era el secreto de aquel misterioso hombre. Su mirada, sus silencios parecían crear una envoltura de intriga a su alrededor. A medida que transcurría la conversación, yo iba descubriendo detalles en él y sin embargo la envoltura se hacía cada vez más gruesa. Cuando hablamos de lo decadente de este planeta con todo y su gente, él lo hizo de forma graciosa, con cierta ironía que me era bastante familiar. Una vez que le cogí confianza, que la verdad fue bastante rápido, empecé a reírme más y más de lo que decíamos, hasta el punto en que lloraba y me dolía el estómago. Cada vez me sentía más absorbida por la conversación.

Después de ese día nos seguimos viendo con cierta frecuencia y nos hablábamos por teléfono casi todos los días. Nos volvimos confidentes el uno del otro y nuestra relación llegó a ser muy estrecha. En ese momento sentía que había encontrado la punta del manto oscuro que lo envolvía y lo había tomado para que me envolviera a mí también. Entonces, me di cuenta de su secreto: realmente él no pertenecía a este mundo. Se encontraba entre las nubes mirando hacia abajo, viendo las pequeñas y estúpidas criaturas perdidas, mientras se reía y lloraba al verlas como moscas peleando encima de la mierda. Claro que él nunca se dio cuenta del lugar donde se encontraba.

8


Hoy volví a sentarme en aquella sombría esquina de mi barrio. Llegó un “cucho”, amigo de David, totalmente borracho. Me ofreció un cigarro y se sentó a mi lado. Estaba cantando no sé qué y se reía como para sí mismo y en esos momentos me vi reflejado en él. Fue una imagen, casi una premonición. Él era yo en unos años. Así de triste, así de solitario, así de deprimido como lo estoy hoy. No lo soporto. Esta soledad me atormenta día tras día, desgastando mis ánimos, aprisionando mi alma, aplastándome contra el suelo como un gusano. Si el mundo no necesita gente como yo, si no sabe darles otro papel mejor, entonces la gente como yo se irá a pique. Estoy totalmente solo aun cuando estoy rodeado de gente, que pasa a mi lado, que se sienta a mi lado, que me saluda, que me observa y que no me observa. Every inch between us becomes light years now. Entre más me hace falta una persona junto a mí, que quiera estar conmigo en todo momento, más me desespero y más quiero estar solo y más me duele estar con ella. No, con Anaís es diferente. Con ella.


El dolor nace en el pecho, pero las lágrimas no nacen en mis ojos. El ardor que se siente es tan agobiante que preferiría estar muerto. El cansancio cae sobre mis hombros y yo, un ser débil, falto de energía, no puede con tanto. Admiro mucho a Anaís. Ella es fuerte. Tiene problemas, quizás más graves que los míos y los afronta con personalidad. Sé que le duele porque me lo ha dicho pero su rostro no refleja esa crisis. Mantiene una serenidad digna de admirar. Yo, en su situación ya hubiera desesperado, ya me hubiera enloquecido. Ya me hubiera suicidado. ¿Acaso seré un cobarde emancipado?.

9


La vida trascurre como un río caudaloso donde nadie se detiene a pensar ni por un segundo cual es el sentido de su existencia. Parece que a nadie trasnocha esa idea. La sensación que surge es que todos viven en función de la vanidad. Ese parece ser el motor de la humanidad. Vanidad por la belleza, por el dinero, por el reconocimiento social. El ser humano es extremadamente vanidoso, al punto que se hace matar (o mata) por hacer respetar esa condición. El día que nos dimos cuenta que éramos diferentes a los demás, ese día empezaron a surgir los problemas. Es muy complicado convivir en sociedad con esas leyes de por medio, ya que no favorecen a todos (como siempre). No estoy haciendo una apología a la igualdad, simplemente me parece lúgubre el que éste (la vanidad) sea uno de los valores primordialmente inculcados en nosotros, viles mortales, que creemos que el elixir de la juventud va inmerso en el dinero y en las propiedades y en los hombres y mujeres que poseamos. Que desalentador. I´m a creep, what the hell am I doin´ here.


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Después de un largo silencio, detenidos en medio de una calle a dos cuadras del cine-club en que nos encontrábamos, donde no hallo palabras para expresar mi tristeza, miro a Anaís a los ojos y le digo que no se preocupe, que es normal en mí ese tipo de comportamientos sorpresivos. Pero a ella no le satisface mi respuesta. Quiere saber los motivos de mi desaliento. Se detiene en frente mío y dice no dejarme avanzar hasta que no le hable un poco más acerca de mí, pero no ese yo externo, no de esa imagen que todos ven y que ya poco hay que descubrir, no, sino ese yo interno, oculto como un murciélago en una cueva oscura y sinuosa. You are here and I´m a mess. Trato de escarbar en mi interior para hallar un motivo por el cual estoy así, pero entre más lo busco más se esconde. Siento que me voy a desesperar en una búsqueda que le he dedicado mucho de mi vida y que no he llegado sino al principio. Le digo que me perdone, pero no encuentro una respuesta lógica. Ella me dice que aquí lo que menos interesa es la lógica, que lo que tiene que primar es lo que se siente y que eso por lo general no es lógico. Buen razonamiento. Aun así, prefiero decirle que en otro momento le contestaré, que por ahora estoy demasiado abrumado. La acompaño al bus, y le prometo que la llamo en el trascurso de la semana para que nos volvamos a ver. Camino por varias horas, con aquella pregunta dándome vueltas en la cabeza. Por más que no quiero aceptarlo, llego al mismo punto: ella.


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Es extraño. Logré lo que quería cuando no estaba haciendo nada: estoy estudiando, cambié mi círculo social. Pero aún me siento vacío; la presión en el pecho continúa. Parece que aunque cambie de amigos mi vida está destinada a repetir los acontecimientos: deja vú. Son los mismos sucesos y no me gusta recordar ciertas cosas.

Definitivamente lo que me pasa es que estoy aburrido de esta miserable vida. No hay motivos para tener esperanza en nada... ni en nadie. Hay que tomar otra posición frente a la vida: el escéptico total, el patético enfermizo. Siento que perdí respeto tanto de los demás hacia mí, como de mí hacia mí mismo. Es totalmente... ¿extraño? Yo más bien diría normal que, cuando le dije a ella que siguiera, jamás pensé que fuera a vivir conmigo por mucho, mucho tiempo. No me hubieras dejado esa noche, porque esa misma noche encontré un amor. Creo que es a la única a la cual me puedo aferrar. (Aunque...) Que gracioso. Se la pasaba susurrándome al oído y yo no la quería escuchar, la ignoraba, pero siempre ha estado conmigo. No sé si es que no pertenezco a este mundo o es que la gente me aburre de sobremanera. Ambas me parecen perfectamente razonables.

Sabes, amada mía, quiero que me perdones por haberte ignorado y tratado mal cuando yo sé que tú tienes un corazón incondicional; que tú con tu silencio escuchas a los desesperados como yo y únicamente me miras con tus ojos fríos, frío que apacigua las llamas eternas del alma. Discúlpame por haber querido olvidarte pero, así soy yo, un tipo inmaduro, inestable, que no sabe lo que quiere, que no sabe nada de vivir. Yo sé que mi vida está contigo. Estar en tus brazos... acaríciame, enamórame y yo te daré todo mi amor, todo mi ser. Esta vez no me vuelvo a alejar de ti. No cometo un error tres veces. Yo sé que tú me crees, porque yo creo en ti. Creo en tus poderes curativos, ya me curaste una vez y necesito que me cures de nuevo porque, lo acepto, cometí el mismo error. Sentí lo que no debía sentir por ella. No comprendo como el destino juega de esa manera con nosotros. No es justo. ¿Acaso hay algo justo en la vida?. Suele suceder. Pero, ¿por qué a mí? Creo saber. La vida se está vengando. Sí, el precio que estoy pagando es la venganza por haber abandonado a la mujer que me amaba, que daba su vida por la mía. ¿Por qué fui tan estúpido? Pero, ¿sí fue una estupidez haberme alejado de ella? Nunca lo sabré, solo se vive una vez y cuando todo se vive una vez es como si no lo hubiéramos vivido. El “beneficio” de la duda... nada que hacer. Tú me entiendes... sí, tú me entiendes. Por eso quiero estar contigo. Quiero dormir a tu lado por siempre, que hagamos el amor y seamos sólo uno, Oh seductora...

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El día de hoy estoy completamente borracho. Mi amigo Andrés me pagó una apuesta que me debía, y pues me pagó con tequila. Oh, bebida de los dioses, que nos hace perder toda la conciencia. La charla que hemos tenido ha sido muy productiva ya que hemos descubierto que nuestras vidas han llegado al limite. Hemos tocado fondo, y nos percatamos de ese hecho plenamente aunque estemos totalmente perdidos. Que mierda, lo que cuenta en estos momentos es que descubrimos que nuestras vidas no valen ni mierda, valen lo que el trago costó. De ahí en adelante solo importa la borrachera en que nos encontramos. Escuchamos música de la buena, no la mierda que pasan en radio, nos damos el buen gusto de los casettes, y pogueamos y bailamos y nos la gozamos, pero en el fondo de nuestros corazones sabemos que todo lo que hagamos con nuestras vidas nos importa un culo. Sí, esa es la triste realidad. Acabo de dejar a Andrés en su casa en un total estado de embriaguez y pues yo no es que este de lo mejor, He descubierto el real significado de la vida: la vida no sirve para ni mierda. Esa es la verdad. Si se quiere vivir, listo, pero condicionado a ciertas reglas. Lo demás no interesa porque no pertenece a esas reglas. Si hemos de morir solos pues que no nos duela, ya que vinimos solos a este mundo. Púdranse mal nacidos creyentes de la fe y la verdad, porque ambas cosas no existen. De lo único que hay que arrepentirse es de haber existido en un mundo no deseado. Lo que sigue es pura mierda.

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La verdad, nuestra relación fue bastante peculiar. Cuando lo empecé a conocer pensé que nunca se iba a fijar en mí como mujer y en ese momento me hubiera gustado mucho. Él reunía la mayoría de las características que yo siempre quise encontrar en un hombre. Me agradaba mucho su inteligencia y su masculinidad. Nunca supe en realidad qué pensaba él de mí en esos días. Tal vez ahora las cosas serían diferentes. Tal vez yo estaría con él en no se qué lugar o él estaría aquí conmigo. En todo caso nos teníamos mucha confianza, nos cuidábamos y nos queríamos de una manera bastante especial.








14


Ella.
El colegio, la universidad, el servicio militar, las reuniones sociales, los amigos de barrio. En muchos lugares por los cuales pasamos, conocemos una gran cantidad de gente. Algunos se convierten en nuestros amigos; otros en nuestros enemigos. Constantemente estamos en contacto con alguien pero yo la verdad no veo la vida de esa manera. Para mí, estamos solos a todo momento. Lo digo porque por lo general no nos entendemos con nuestros padres, con nuestras novias, con nuestros amigos, con el lechero y el panadero. La comunicación nos incomunica, nos aísla, luego somos seres errantes en un desierto. Somos sujetos sociales que vivimos en nuestras individualidades. Vivimos en soledad. Sí, ella es la mujer con quien he convivido por mucho tiempo y a la cual le di mi alma, mi corazón y mi cuerpo. La intenté ignorar durante algún tiempo, en aquellos días en que me volví amigable, amplié mi círculo social, tuve novia y me entendía con mis padres, pero como buen ciclo que es la vida, todo vuelve al principio, con la diferencia que el sentimiento se está arraigando cada vez mas en mi corazón. Al principio veía la soledad como una utopía, como una quimera, como un sueño imposible de realizar ya que se presentaba en los límites más alejados de mi existencia. Pero hoy convivo con ella y hasta la llamo para que me acompañe, para que no me abandone, para que me consuele. Pero, todo es una paradoja, una dicotomía. Conozco a Anaís y me enamoro de ella. Estoy enamorado de dos mujeres a las cuales les dejaría mi alma sin pensarlo dos veces. El problema es que sólo una de ellas la recibirá. No comprendo por qué siempre tenemos que escoger. Si me niego a escoger, los demás me obligarán a hacerlo. Si escojo ambas opciones, me verán como falto de carácter. No sé qué hacer. Sé que la soledad me corresponde indiferentemente cuando yo la solicite. Pero Anaís. Tengo un sentimiento inmenso por y hacia ella, pero nunca me ha hecho saber sus sentimientos hacia mí. Es consentida y muy tierna, pero nunca me comenta lo que siente. Sólo se acerca como una gata, suave, sutilmente y se recuesta en mis piernas esperando que yo la consienta. Y así sucede ya que no me puedo resistir a acariciar a ese ser tan hermoso, tan puro, tan emancipado que es ella.




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Hoy es otro día, pero diferente a los demás. Anoche me vi con Anaís, estuvimos hablando del mundo y sus demonios, tratando de exorcizar las almas en pena que deambulan por las calles sin tener un rumbo definido. En medio de nuestra conversación me surgieron muchos interrogantes acerca de nuestra amistad. Sentí una gran necesidad de saberlo todo, de conocer cada uno de los pensamientos y sentimientos de ella hacia mí, así que la bombardeé con muchas preguntas, referidas a todo: su visión de la vida, de nosotros, del novio que me contó que tenía, de sus padres. En ese instante ella quedó confundida, en un silencio que me decía que no tenía las respuestas, pero que algún día las podría saber. Después de tremendo interrogatorio que le lancé casi despiadadamente, le prometí que yo siempre la iba a cuidar de todos los males que flotan en el aire y que son tan reales como ella o como yo. Le dije que sería su ángel guardián, que la seguiría a donde fuera y estaría con ella sin importar con quien estuviera. Después de yo haberle dicho estas palabras, ella me lanzó una mirada tan tierna y tan profunda que sentí que me llegó hasta las fibras más internas de mi ser. Mi corazón empezó a latir como nunca antes lo había hecho. Me sentí embriagado por su aura delicada y cálida, cayendo en un estado de nirvana o de máxima paz y tranquilidad. La miré muy fijamente a los ojos, queriendo comunicarle todo lo que en ese momento estaba sintiendo, pero mis palabras no podían expresar todo ese mar de sensaciones que cruzaban por mi mente y por mi alma. Así que, como único recurso que encontré para poder manifestar lo que sentía, me acerqué a ella muy lentamente y posé mis labios sobre los suyos. Una especie de corriente eléctrica recorrió toda mi espalda y todo mi cuerpo. Creí estar en el paraíso, sentado en una inmensa nube, suave y cómoda, con una brisa de verano calmado, disfrutando del máximo logro de la humanidad: felicidad.

Después de esta noche, llena de nuevas experiencias y vivencias, dejé de ser el mismo. Comprendí que la escogencia había sido hecha: Anaís. Pero a la vez sentí que yo no podía corresponderle ya que mi gran decepción hacia la vida y la humanidad me tenía derrotado desde el principio. Aquel beso fue emancipador y me hizo entender que estaba totalmente enamorado de ella. Pero faltaba algo. A quien no quería para nada era a la vida misma.


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Mi crisis existencial me tiene delirando. Mi cabeza no se detiene y piensa casi con voluntad propia y mis sentimientos están hechos un mar furioso que quiere arrasar con las costas. Hace ya casi un mes que no me veo con Anaís, y es por la simple incapacidad de volverle a ver la cara. No me siento en la capacidad de verle y decirle que la amo y que no puedo estar con ella. Que no es su culpa, sino mía. Que mis demonios salieron del infierno al ver que una luz de vida y esperanza me iluminaba. Que tengo que aceptar la realidad y la realidad misma está ahí para encargarse de cumplir con su cometido. El sentimiento más glorioso está en frente mío y no puedo rozarlo ni con la punta de los dedos. El suelo se convierte en fango y me traga como arenas movedizas de donde por más que intente salir, más rápido me hundo. Cometí un error y no lo visualicé hasta que empecé a padecer. Un ángel no se puede enamorar de otro ángel. Ese fue mi descubrimiento tardío. Mis alas se derriten y caigo por un precipicio donde no se ve fondo, pero se sabe que hay uno y que el golpe es tan violento que inmediatamente solo quedan cenizas. No hallo la manera de detener esta caída. No tengo fuerzas para seguir luchando. Lo inevitable se presenta como un destino escrito en la historia de mi vida. Este ángel guardián falló en su misión como habitante de este planeta. Espero no fallarte en la misión de cuidar todas las noches tus sueños, tus deseos, tus anhelos. Yo apareceré en ellos para comunicarnos y así asegurarte que aun después de muerto te cuidaré con el mismo recelo que lo hubiera hecho en vida.

Soy débil. Soy humano.




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No soporto más el peso de mi cuerpo. Estos músculos y estos huesos se me antojan repugnantes. Observo a mi alrededor aquellas existencias sin valor alguno para mí. Quiero que todo desaparezca en frente mío. Pero aquella realidad externa no puede desaparecer por más que yo quiera. Si ella no puede, yo sí. Esa es mi decisión. Saber que la humanidad ha llegado a su punto máximo de degradación, la sola idea me desespera, me dan ganas de dispararle a cuanto ser humano me encuentre en mi camino. Acabar con todos. ¡TODOS! Maldita sea. Vaya sueño dorado el mío. Bueno, creo que me voy a hacer el mejor favor que nunca antes me he hecho. Obviamente nadie me lo agradecerá, pero eso es lo de menos, no busco que alguien acepte mis actos, sean buenos, sean malos. Yo ya no quiero sufrir más. Pero, no soy justo, ya que haré sufrir con mi decisión. Sobre todo a ella. A ella es a quien me importa. Los demás, que se mueran conmigo. Pero, a ella no me la puedo llevar conmigo, porque no es justo. ¿Acaso hay algo justo en esta vida?. No, no hay absolutamente nada justo. La justicia es como la ley: existe para quebrantarla. Los seres humanos nos estamos degradando como los empaques desechables que hemos inventado. Vivimos en una sociedad de consumo, de plug and play, de esnobismo sin sentido (que de hecho no lo tiene). Este presente no es mío, no me pertenece, no pertenezco a él. No quiero saber más de esta parafernalia de circo pobre. Este espectáculo no es para mis ojos. Discúlpame, pero estoy muy cansado de cosechar y no poder recoger frutos ya que la tierra es infértil, las lluvias aumentaron hasta la inundación y las plagas arrasaron con lo poco que había. Quiero que me perdones por la decisión que he tomado y que nada me va a hacer cambiar de parecer. No es egoísmo, es agonía. Tú seguirás brillando como una estrella en la inmensidad del cielo. No en mi cielo, sino en el cielo de alguien más.


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Cuando leía lo que él me escribía, un frío recorría mis brazos y llegaba hasta mi pecho aprisionándolo e inevitablemente una sonrisa afloraba en mis labios. A veces sentía como si estuviera a mi lado susurrándome al oído aquellas palabras tan hermosas que inclusive llegaron a confundirme. En alguna ocasión tuve unos enormes deseos de darle un beso aunque nunca le dije nada al respecto, nunca le comenté nada de lo que yo sentía o pensaba, y yo prefería que así fueran las cosas.

Quise planear el día en el cual simplemente me iba a despedir colocando un beso en sus labios como símbolo del fruto de nuestra especial relación, mi cariño y una cierta contestación hacia lo que él me había escrito, pero las cosas no siempre son como uno las imagina. Una noche después de haber hablado durante horas, sin mayores explicaciones me dio un beso y luego de eso prometió no ser el mismo.

Aunque estuvimos alejados por un tiempo, continuamos con nuestra amistad prácticamente como antes y fingimos haber olvidado aquel beso. Tiempo después decidimos reunirnos en aquel bar del centro donde acostumbrábamos ir. Empezamos con algunas cervezas que tomábamos tranquilamente mientras hablábamos. Al rato nos aburrimos de estar ahí sentados y decidimos dar una vuelta mientras mirábamos qué más íbamos a tomar. Compramos tres botellas de vino y nos las tomamos en una banca de uno de los parques céntricos. El lugar ya estaba bastante oscuro.

Yo estaba recostada en él, estábamos contentos, nos reíamos, criticábamos sin dolor cuanto se nos ocurría. Me estaba consintiendo como siempre, pero esta vez tenia su mano en mi estomago y la movía delicadamente. Sin darme cuenta su mano intrépidamente subió por mi dorso causándome cierto estremecimiento. Llevábamos botella y media de vino y el panorama se tornaba algo diferente; colores más intenso y a la vez distorsionados, sensaciones fuertes y extrañas me rodeaban. Quería que me siguiera acariciando aunque sabía que bajo esas circunstancias se podría prestar para una situación tal vez de tipo amoroso pero no me importaba; sólo quería que siguiera. Continuábamos bebiendo y el alcohol estaba causando muchos estragos en mi sistema nervioso. Me sentía casi totalmente desinhibida, quería que subiera más su mano. El silencio se apodero de nosotros. Me contemplaba fijamente y yo le sonreía. En ese momento no me importaba nada, solo quería disfrutarlo. Su mano, accediendo a mis deseos casi inconscientes, siguió subiendo y yo no la detuve; llego hasta mi brasier y ahí perdí el poco control que me quedaba de la situación, no sabía qué estaba sucediendo. Súbitamente sus movimientos comenzaron a excitarme y sentí ardientes deseos de besarlo; no me preguntaba él porque ni pensaba en prejuicios ni moralismo, a decir verdad no pensaba en nada.

Nos besamos apasionadamente, desenfrenadamente, mientras que me tocaba con una mezcla de pasión y ternura. Lo hacía cada vez más intensamente, me solté el brasier y me acarició los senos con toda la mano, deseaba que lo hiciera más fuerte, que los llevara hacia su boca. El juego continuó un buen rato y estábamos totalmente enajenados en él. Deseaba que me mordiera. Entonces me levante la camisa y subí el tronco incitándolo a hacerlo, él respondió a mi petición, mordiéndome los pezones, yo gemí entre dolor y placer. Me encontraba totalmente embebida en esa situación, no me importa nada, solo quería seguir, sentir aunque fuera una locura. Mis gemidos eran cada vez más fuertes, mi excitación aumentaba y quería dejarme llevar por su juego hasta las ultimas consecuencias. Lo deseaba. La situación se tornaba insostenible en aquel lugar así que decidimos, casi sin ponernos de acuerdo, irnos a su casa.

Al llegar nos dimos cuenta de que la casa estaba vacía y entré sin refutar hasta su habitación, enseguida me quite los zapatos y me acomode en la cama como era costumbre. El se acostó al lado mío y duró un rato observándome. Me dijo todo lo que me quería y lo que yo le gustaba, eso nunca me lo había dicho. Me tocaba el rostro con una dulzura infinita, parecía estar cogiendo un objeto quebradizo, se me acerco y me besó de nuevo, retomando la intensidad de momentos anteriores. Estábamos muy agitados, me besaba los labios y luego fue bajando por mi pecho, en el trayecto me quitó el saco y la blusa que llevaba puestos, continuó besando mi abdomen y comenzó a desabotonarme el pantalón; lentamente me lo quitó. Muy lentamente comenzó a descender hasta llegar a mi sexo logrando que yo me excitara aún más. Luego yo le quité la camisa y minutos más tarde estábamos completamente desnudos, él encima de mí, yo dejándome llevar. Gemía invadiendo con mis gritos toda la casa, nada nos importaba ni nos podía detener, aquél ardiente juego nos había seducido por completo y por fin él estaba en mi y yo grité más fuerte que antes y así seguimos haciendo el amor durante toda la noche.

Cuando me desperté a la mañana siguiente, más o menos a las cuatro de la mañana, un mundo se sensaciones se me vinieron encima. ¡Por Dios¡ Qué había hecho, la cabeza se me iba a explotar, ¡me había acostado con mi amigo¡ sin importarme las consecuencias, mi novio, nuestros sentimientos. Yo misma me daba asco, qué clase de puta barata soy –pensaba-. En esos momentos probablemente el alcohol me había vuelto una total sinvergüenza, me odiaba y no hallaba la manera de mirarle a los ojos. Estaba arrepentida, abatida y confundida. Minutos después él se despertó y me saludó, notando al instante mi cara totalmente trastornada. Nos miramos a los ojos durante unos instantes, me preguntó cómo me sentía y ahí todas las sensaciones aquellas me acabaron de aplastar. De mis ojos salió una pequeña gota de agua salada. Sin pensarlo dos veces me vestí y me fui furtivamente pues sus padres ya se encontraban en la casa.

Al llegara a mi casa no hice más que llorar durante horas, me acosté un rato y sollocé en silencio. Mientras me bañaba, el dolor me seguía torturando, me sentía como un pedazo de basura. Ese mismo día entrada la noche me llamó. Después de un “hola”, duramos casi un minuto en silencio hasta que él decidió romperlo preguntándome cómo estaba, entonces yo comencé a decirle todo lo que sentía, lo ruin, lo baja, lo sucia; sabía que había jugado con sus sentimientos y con los míos también, que había cometido un acto sumamente reprochable y volví a llorar de nuevo; él sólo dijo perdóname y colgó.

Pasaron varios días en que no nos comunicamos y yo aún me sentía bastante abrumada así que decidí escribirle para tranquilizarme y desahogarme un poco. Le contaba lo mal que me sentía, describiéndole el oscuro panorama que se me presentaba y pidiéndole que no me fuera a buscar o a llamar por ningún motivo, simplemente porque todavía no estaba preparada para verlo.

Los días siguientes fueron de reflexión y soledad. Sentí que ya era momento de perdonarme a mí misma y a pensar que aquello podría tener su lado positivo. Tal vez haber llegado al fondo de la desesperación me hizo caer en cuenta del absurdo de la situación.

Habían pasado casi quince días desde el suceso y yo ya me sentía dispuesta para encararlo, con algo de desconfianza, así que decidí empezar de una manera sutil, con una carta.


Santafé de Bogotá, noviembre 12

Hola, yo estoy algo apenada contigo porque sé que fui muy dura con los dos, tal vez me era muy dificil aceptar una realidad oculta durante mucho tiempo. Ya no estoy arrepentida ni enojada con nadie. He pensado bastante acerca de los dos, sobre lo que sucedió y me doy cuenta que nuestra relación es especial, nos queremos muchisimo y lo que pasó es fruto de ese cariño, por supuesto mezclado con otros sentiminetos tal vez reprimidos y el elixir del alcohol. Fue una experiencia maravillosa y diferente, no me la he podido sacar de la cabeza.

A decir verdad no sé qué pueda suceder con nosotros de ahora en adelante, tal vez comenzemos una nueva relación, oculta, furtiva, intensa, no lo se, tal vez las cosas no cambien pero en todo caso no quiero perderte porque te quiero muchisimo.


Al terminar la carta lo llamé para pedirle que nos viéramos pero parecía ser otro. Su voz era profunda, calmada, estaba mal, yo lo sabía pero no lo escuchaba como algunas veces en las cuales yo también reconocía que algo malo le estaba sucediendo, triste, desesperado, no, esta vez lo sentía resignado, eso me preocupó. Yo no sabía de qué manera hablarle, por eso mi conversación era bastante pausada y aparentemente fría. Quizás no entendió lo que me sucedía y por algún motivo comenzó a hablar y no me dejaba si quiera mustiar palabra, simplemente me habló mucho, me dijo que sabía cómo me sentía yo y que con seguridad él se sentía peor aunque no se arrepentía, creía que había abusado de mí confianza, además de decir que no se soportaba más a él mismo, que su propio cuerpo le era repugnante. Que odiaba a todo el resto de la humanidad menos a mí, que no lograba hacer que ellos desaparecieran así que su única solución era que él mismo desapareciera, que esa era su decisión, injusta tal vez pero que la verdad eso ya no le importaba, que no le importaba nada, que no quería sufrir más y en el camino hacer sufrir a otros. Que lo perdonara por su decisión aunque no la comprendiera, ya que decía saber que me había lastimado mucho. Y colgó.

Quedé absolutamente fría, pálida y congelada durante unos segundos. Comencé a sentir que algo se me subía a la cabeza y los ojos se me inundaron pero al mismo tiempo no podía llorar, no sabía qué hacer ni qué pensar, estaba muy angustiada. Era increíble que ni siquiera hubiera querido escuchar lo que yo iba a decirle. Estaba tan decidido, tan resignado, tan mal. Yo sabía lo que iba a suceder y me sentía tan impotente, eran las 9:15 p.m., me era muy difícil salir de mi casa a esa hora sin poder justificarme, así que decidí dormirme y pasar temprano por su casa.

Al otro día me levante muy temprano, me bañé y me puse el overol azul que tanto le gustaba. Tenía muchas ganas de verlo, de hablar con él. Sabía lo que le sucedía, lo comprendía y de cierto modo aceptaba su decisión, sus ganas de entregarse a la nada, de desaparecer, pero de todas maneras lo quería demasiado como para respaldarlo. Me abrumaba la sensación de impotencia, quería simplemente estar junto a él y abrazarlo, llorar en su hombro a manera de suplica para que no se alejara de mí. En el desayuno me sentí muy aturdida y en mi cabeza parecía haber una revolución, muchas palabras, muchos gritos que se enredaban entre ellos mismos y no permitían entender nada.

Había dado unos cuanto pasos fuera de mi casa cuando sonó el teléfono. Dudé en devolverme pero finalmente lo hice con algo de rabia por la abrupta interrupción en mi camino. Durante esos segundos no imaginé la terrible noticia que me esperaba al otro lado del teléfono.


Texto de Akeronte agregado el 11-08-2004.
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