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Inicio / Cuenteros Locales / KARISTESE / Luz para el camino parte 5

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Luz para el camino parte 5

La llamada no era para saber de mi madre. Era para mi hermana Marisela. Era un hombre de voz fuerte que decía que mi cuñado estaba detenido por que lo encontraron con una prostituta en la calle. Mi hermana gritó por el teléfono que casi me deja sorda.

Dejé el teléfono en su lugar y fui al cuarto de mi hermana que se encontraba en el borde de su cama llorando cuando ella avienta el teléfono hacia la ventana y le digo que se calme. Su primer escusa fue que todas sus amistades de burlarían de ella. ¿Pero cómo era posible que mi hermana pensara en lo que la gente iba a decir y no en el engaño? Que le importaba más lo que los demás dirán y no su familia. Después de que mi hermana lloró logré tranquilizarle y vi a mis sobrinas en la puerta con cara de asustadas. Me acerqué a ellas y las llevé a su cama. Me dormí con ellas y les conté las estrellas del cielo para que se durmieran.

Por la mañana dejé a mis sobrinas en la escuela y mi hermana seguía dormida. Fui al hospital donde en la unidad de terapia intensiva se encontraba completamente sola como si fuera un hospital abandonado. Me senté casi enfrente del elevador cuando vi la silueta de un hombre que se me hacía muy conocido. Se trataba de Duncan.
-¿pero qué haces aquí? – dije al hombre que salía del elevador.
-vine a verte. ¿Por qué no me avisaste lo que pasó con tu padre?
-te dije que no vinieras. ¿Por qué no respetaste mi decisión de que no vinieras? – le reclamé.
-bueno, pues quise saber cómo estás. Creo que en este momento me necesitas.
-¿y a todo esto como te enteraste?
-hable a tu consultorio y tu secretaria me dijo lo que había pasado. Pero yo te veo como si nada.
-¿tú qué sabes de mis sentimientos? – Le volví a reclamar – él no se merece que le lloré una sola lagrima. Hizo de mi vida una miseria. Le tengo miedo a cualquier hombre. Le tengo miedo al compromiso. Me hizo creer que las mujeres somos una basura y solo estamos para servir la comida, lavar y planchar.
-pero eso no significa que le tengas odio. El al igual que todos nos equivocamos. Lo que pasó con tu padre no quiere decir que todos los hombres somos iguales. Creo que tienes que perdonar.
-¿cómo? – mi expresión fue de ¿Qué? ¿Perdonar? ¿Pero qué le pasa? Creo que esto no va ningún lugar mejor le cambio de conversación – mira tengo que ir a ver a mi madre.
-bien. No te apures.
-¿dónde te estas quedando? – pregunté.
-en el hotel camino real. Si gustas puedes llamarme al hotel por cualquier cosa. Estoy en la habitación 303.
-bien. No te apures.
-pero no me dejes de llamar.

Se cerraron las puertas del elevador y llegue a donde se encontraba mi madre. Una enfermera me dejó pasar a ver la, se escuchaba un ruidito de tic toc, era el reloj que marcaba las 10 de la noche en punto, de pronto de la nada me nacieron las palabras para mi madre.

-nunca tuve la oportunidad de decirte lo mucho que te quiero y lo tan especial que eres para mí. Pero déjame decirte que tú contribuiste para que mi vida sea como lo es ahora. Aguantaste más de 35 años a lado de un hombre que te humillo. Que decía que eras una inútil, que no serbias para nada. ¿Por qué mamá? ¿A qué se debió? ¿Qué era eso tan especial que te mantenía a lado de ese hombre que solo te quería para que le lavaras y le plancharas? ¿Amor? Me queda claro que no. Nunca los vi tomados de la mano nunca jugaron con nosotras. Siempre eran pleitos. Pensabas que él tenía el derecho de tratarte como un trapo viejo solo por ser el hombre de la casa. Perdón pero era el, el que necesitaba de ti. ¡Tú tenías una carrera y el no! ¡Tú dejaste tus sueños de lado por seguirlo a el! Y eso él nunca lo valoró. Para mi padre nosotras somos un par de inútiles que solo estábamos para servir en el hogar.
Por arte de magia sentí un alivio en todo mi ser. Unas hermosas manos tocaron mi hombro derecho. Hice un giro y vi a mateo a mi lado. No me sorprendí.
-ella va a estar bien. ¿Sabes? Ella se quiere despedir.
-¿cómo?
-sí, dice que entiende tus palabras. Pero solo quiere una cosa ¿quieres saber?
Me quedé pensando si es que yo quería saber que era lo que mi mamá me quería decir. Era una despedida era lógico que quería saber lo que mi madre tenía que decirme.
-¿y qué es lo que me quiere decir?
-que perdones a tu padre – dice mateo.
-¿perdón? No. Eso sí que no. No puedo perdonar al hombre que hizo miserable mi vida. Que nos enseñó que nos debemos de quedar calladas. Que somos inferiores a todo. No puedo perdonar al hombre que mató a mi madre. Todos los hombres son iguales. ¡Los odio! – de pronto a mateo se le salió una lagrima que era como un resplandor de luz. – a todo ¿esto quién eres? Te desapareciste aquel día en mi casa y de pronto apareces aquí en el cuarto. Espera ¿cómo sabes la situación como de mi padre? ¿Cómo sabes lo que me quiere decir mi madre? ¿Qué eres una clase de vidente o qué? No me salgas con que eres Dios.

-algo así – dice Mateo con una sonrisa pillina.
-¿perdón? – dije muy mal.
-tienes que perdonar a tu padre.
-no.

Y salí del cuarto. Mi madre murió a las 11:00 de la noche en punto. En el hospital dijeron que tardaría el cuerpo por qué tiene ser preparado antes de ser llevado a la funeraria. Un amigo de mi padre fue el que me hizo el favor de encajarse del papeleo.
Para nosotras dos era difícil regresar a la casa donde vivimos cosas espantosas y nos fuimos a dormir a casa de mi hermana Marisela. Mi cuñado no se encontraba en la casa, el seguía detenido. Las niñas dormían en su cuarto. Ya eran pasadas de las 2 de la madrugada y el insomnio de hizo precedente. Después de dar tantas vueltas en la casa me acordé que cerca de casa se encontraba un lugar de comida rápida llamado “los tacos de don pedro”. En pijama tomé a mi perro camilo tomé las llaves de mi carro y me fui a cenar. Dejé mi carro en el estacionamiento pero no traía ni un solo peso, tomé mi tarjeta y fui al cajero por algo de dinero. Algunas personas comían en el lugar. Al meter mi tarjeta y poner mi numero confidencial la pantalla decía “sin crédito suficiente”
Mi corazón palpitaba. ¡No lo podía creer no tenía ni un solo peso! Hace unas semanas tenía mi cuenta llena y ahora no tengo nada. Camilo me miraba sé que entendía que su dueña estaba a nada de entrar en un ataque de nervios. Tomé mi teléfono y me comuniqué al hotel donde se hospedaba Duncan. Pedí que me comunicaran a la habitación 303 después de que el teléfono sonara dos veces una voz muy masculina y adormilada me contestó.

-¿diga? ¿Quién habla? – dice Duncan
-¿Duncan? ¡Soy yo! – dije muy mal. Me aguanté las ganas de llorar pero no pude.
-¿Sandy? ¿Qué pasa? ¿Estás bien?
-no – dije llorando – mi madre murió hoy por la noche.
-¡oh! ¡Amor!. Lo siento mucho ¿puedo hacer algo por ti?
-no. O bueno sí. Me quedé sin dinero. ¡El cajero dice que estoy en ceros! Y no tengo dinero para poder comprar algo de comer. Son las 2:30 de la madrugada mi madre murió, no tengo dinero, no puedo dormir.
-cariño, cálmate. Te entiendo, dime donde andas y te voy a ver.
-mira, nos vemos en la playa las rocas. Está al sur. No muy lejos de la catedral. ¿Sabes dónde es?
-sí. Espérame en ese lugar y tranquila. – dice aquel hombre de voz masculina al cual me atrevía rechazar.

Continuara…

Texto agregado el 23-06-2013, y leído por 81 visitantes. (0 votos)


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