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Inicio / Cuenteros Locales / jcn / El poeta de mil y dos penas

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Sueños que se desvanecen al alba en medio de las inclementes penas infundidas.
El nombre de ese poeta es juaco, tiene el cabello blanco, sus ojos no se ven, sus abundantes cejas ocultan su profuso mirar penetrante, su cigarro inunda su vida de alquitrán y su bozo manchado por la nicotina ya claramente se nota, su tos le incomoda pero de nuevo con un profundo y dificultoso exhalar le deja de asfixiar su humo contaminado que hace rato le ha atrapado, el humo recorre el lugar, la luz de la vela lo deja ver mientras al poeta le brotan lágrimas de tristeza de ver un mundo real tan irreal que sólo hay cabida para lamentar.
Juaco el poeta que lleva el karma que los malvados que se hacen ver vestidos de blanco proclaman. Poeta de mil penas que ve sus trajes negros y la inquisición detrás de ellos exhibiendo y orando al símbolo de la tortura, su absurda cruz.
A juaco le devastan en invierno o en primavera, no hubo tregua para la felicidad, las ventiscas inclementes quieren hacer claudicar el caminar del poeta que se esfuerza tras cada paso y sin descanso dejando sus huellas en la nieve para que tarde que temprano le alumbre el sublime sol, cuando esto sucedió sintió redimir sus pesares pero sólo enaltecieron sus recuerdos que añorados fueron frustrados, el sol alumbraba pero la masa escuálida y fría ya no era cálida y todo se sumió en un total silencio.
Las centellas en el cielo todos los horizontes opacos estremecieron, los truenos no rugieron, de repente el poeta en un bosque donde las hojas coloridas de sus árboles por hechicería maldita desaparecieron luego que con todos sus conjuros se perdieron en medio de su más alto furor de sus lenguas que no entienden de versos, desprecian sus sueños y recitan sólo envidia.
La magia perdida fue hallada por el poeta de mil y dos penas mientras se sumía en desolación, nadie le tendió la mano, tampoco quiso hacerlo ya que todo ello tendría un precio. El poeta no cesa de soñar, ya camina más lento partiendo las chamizas que suenan en eco y angustian, paranoico siente algo asechar ¡es verdad! La bestia no anda de tras, ella corre despavorida pero las piedras inmóvil lo quieren dejar para sus melodías repetidas volver a conjugar en sus altares de silencio que ningún poder traerá, la limosna es la calma de sus pecados.
Hecatombe mental al final de una crisis que en la muerte se quiere refugiar. Falacias palabras que construyen cuartetas en papiros, el viento de improvisto soplo todas sus letras de vergüenza.
¡Que ironía adular a las piedras! rocas que se pasan entre los días haciendo de sus propios sueños tan duros que todo será desapercibido, rancio aroma que el jardín de piedras irradia.
Mil penas llenas de lágrimas que se vuelven tormentos, dos penas más que aquel poeta no pudo plasmar entre sus escritos. Su caparazón de huesos es rodeada por hojas de árboles amarillos que lleva el viento, por sus cuencas salen gusanos que todavía no padecen al tacto que encontró alguna bruja y sus escritos encendió en llamas pero las letras no se consumieron, se multiplicaron.

j.c.n-25-04-2013

Texto agregado el 13-11-2013, y leído por 156 visitantes. (0 votos)


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