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Inicio / Cuenteros Locales / guy / TERMINAL

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Salí puntualmente de la oficina cinco y media, aquel día, y con unas ganas impostergables de masturbarme. No sabía si era pura ansiedad o calentura, el origen de aquellas ganas. Sabía, eso sí, que no quería ir a casa; por lo que decidí subirme al tren que va a José León Suárez para visitar a Florencia, a quien hacía bastante que no veía.
Una típica tarde de mierda, lluviosa e invernal, de esas que espejan el asfalto de las calles a pura garúa, esas que encorvan lomos por el frío, que guardan en bolsillos manos duras... El tren, como una jaula de perros mojados, hacinamiento, ese olor típico de abrigos húmedos o impermeables, no se veía nada por las ventanillas cerradas y empañadas, no importaba.
Y yo que siempre vi a la tristeza como una señal de error. Esa cosa de justificarse, una estupidez de ese mal genio al que solemos llamar alma, que no ha de ser ni bueno ni malo, pero que yo le puse mal genio, a secas. Si al fin y al cabo nadie se obstina en explicar su felicidad, ¿por qué justificar entonces la tristeza?... Florencia, la hija de quien ha fregado en casa de mis padres por décadas, Doña Carmen; había llegado casi a ser parte de mi propia familia, esa hermana que mis progenitores no me dieron en su momento, y una relación de confianza. Creí siempre que Carmen, quien soñaba conque su hija conseguiría un buen partido y saldría de la pobre dinastía de su familia, del barrio de Suárez, del barro de sus calles; tuvo suerte de morir antes de que Florencia se separara de ese energúmeno que un día le hizo tragar tres dientes de una trompada. Natura es sabia, ella, será hasta el día de hoy que estará juntando algún dinerillo a puro limpiar pisos, para ponerse de nuevo esos dientes. Aquella brutalidad, no obstante, fue una bendición para mí; ya que no conocí a nadie que la chupara como ella, ese filo carnoso de la encía que hacía maravillas...
La casa estaba a tres cuadras de aquella estación de Suárez, sabía yo como seguiría mi tarde, un café, una charla con ella de nuestras cosas, del trabajo duro o de mi inminente ruptura matrimonial, de los recuerdos paternos; y cuando el silencio, esperar a que ella esté inspirada en sus prácticas orales para disfrutarlas sin más. No me quejé del viaje en tren, ni del apretujamiento con sus efluvios, después de todo la vida es movimiento y los placeres se quedan en el cuerpo, el ánimo que se joda con el alma que no existe, la peor parte al espíritu y al hígado, y la tristeza como el agua en lluvia de esa tarde ¡a las alcantarillas! Como quien no puede elegir donde caer, allí termina.
Sin paraguas llegué a la casa, Florencia me abrió la puerta y luego de los saludos y abrazos preparó su café de siempre, muy mal logrado, exacto. Le habían quedado grandes la casa, el mundo, la lluvia, todo; la soledad a veces queda grande como ese uniforme escolar heredado de algún primo.
Hablamos, le conté de lo mío y escuché lo suyo, tragamos el café y las galletas. La miré con mi ansiedad o calentura o qué sé yo, me senté en el viejo sofá de Doña Carmen, y ya no hice más nada. Ella hizo el resto, en silencio. Le gustaba chuparla, y se contentaba sólo con eso, mujer rara y sufrida... No creo que pueda existir nada, ni dios ni humano, capaz de describir semejante polvo. Nos despedimos como se despiden paciente y médico de cabecera, caminé ya de noche a la estación de Suárez, la terminal del ferrocarril; una zona donde es muy probable que te roben, o maten por dos pesos; pero sólo las personas llenas pudimos andar por esas calles aquella tarde noche mojada. El tren de vuelta estaba vacío, bajé en San Martín pero aún no era hora de volver a casa. Me senté en el bar más concurrido del barrio y pedí un vodka. Pensé en mi matrimonio, en que las cosas terminarían tal y cómo fueron gestadas; con el trago se me había pasado el frío, con Florencia la ansiedad, con la ansiedad la frustración, y con la frustración la culpa. El mundo estaba terminando otro día de mierda, y yo también, perfectamente. Miré por la ventana la noche servida a media altura, alcanzada de nubes y humedad, miré la hora, pedí otro trago. Seguí meditando, sintiéndome bien, para eso hemos nacido, cualquier otra cosa es un error. Respiré casi diez cuadras de llovizna, hasta casa. Un silencio extraño, las luces apagadas, en la alcoba las puertas del ropero abiertas, la carta sobre la cama, la ausencia en toda la vivienda. Lo sabía, simplemente.
Era tarde; fui a orinar, luego me saqué la ropa y me metí bajo las sábanas grandes, junto al espacio vacío pero a salvo. Tomé el papel escrito y lo leí...
Dicen que si mezclamos todos los colores obtenemos como resultado el negro, y yo digo que aquel día se me mezclaron todos los sentimientos y como resultado lloré raro, como nunca en la vida. Habrían sido los tragos, releí la nota; que se había ido a lo de la madre; que yo no podría ser una buena mujer para él... El muy cagueta de Eduardo, seguramente pensó que lo llamaría, y yo reí en un estertor antes del sueño, habrían sido los tragos... Dicen que son el sexo fuerte, varones híbridos y predecibles... Apagué el velador y cerré los ojos.

[A Isis]

Texto agregado el 22-08-2004, y leído por 231 visitantes. (13 votos)


Lectores Opinan
2005-10-16 04:06:22 Oye, documéntate un poco más sobre el existencialismo... así dejarías de compartir tus problemas con aquellos que no les importa nada y podrías evitar que muchas personas se alarmaran sin razón. Además, ciudarías más tu vocabulario, meditarías más en las problemáticas sociales y por lo menos dejarías de escribir boludeces. Te falta mucha madurez intelectual y conceptual. Y una sugerencia, deja de pensar tanto en tí y cómo te sientes, eres tan sólo una persona entre tantas que hay en este mundo. Dale trascendencia a tus palabras y... sí, porqué no, vete a almorzar. tapicu
2004-11-27 14:26:13 Un final sorprendente, pero he disfrutado de toda la lectura, me has tenido bien enganchada. A ratos haces reir y a ratos profundizas bien en el personaje. A mi me parece que está muy bien escrito en todos los sentidos. Cambiaría alguna coma, eso es cierto, pero tal vez sea una cuestión de estilo. Selkis
2004-10-12 20:42:29 ¡Es excelente! debería escribir páginas y páginas para describir cada cosa que me gustó... entonces sólo voy a decir que lo mejor es el hecho de llevar al lector agarrado de la mano corriendo por todo el texto, dejándolo casi sin aire, mostrandole todo el camino pero rápido. magaurora
2004-09-25 16:07:42 Eres una especie de Caravaccio de la escritura en que tus medias tintas y ese juego entre penumbras nos identifica lamentablemente con todas nuestras sordideces y pequeñeces... gui
2004-09-17 07:01:35 Comprendí al final el por qué de tanta mierda, si es que entendí bien el trastoque de identidades en el/la protagonista. No he parpadeado ni un momento mientras lo he leído. azulada
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