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Inicio / Cuenteros Locales / atolonypico / Un código de familia.

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…aunque al principio me pareciera inhóspita, con paciencia, llegué a la conclusión de que tocaba(conforme este pensamiento penetró en mí)acomodándome de tal modo que la abrupta roca que me rodeaba me dejó de parecer sobrecogedora. Instantáneamente aparecieron los “civiles” que me regresaban a la civilización. Por algo te escondías- razonaron- dando con mis huesos en el campo de concentración con los cargos de auxilio a la rebelión. El mundo del revés. Yo me lo llevaba aprendido justamente del revés por ahorrarme prisión. Y allí donde había que decir colorado ahora tocaba cárdeno. Era sencillo; bastaba con decir justamente lo contrario. Bien. A fuer de repetírmelo para mis adentros, a la primera pregunta lo arreglé: sí señor, lo contrario- contesté como entrenándome para el interrogatorio. El resto de la historia debió de parecer tan incongruente como la contestación inicial: que estaba escondido por creer que la República andaba en ventaja en la contienda. Luego a prisión. Pero no debí de ser considerado elemento peligroso pues a los catorce meses- mediante un cambio de prisión- me enviaron al pueblo( antes había vagado un año libre, mas sin demasiado rumbo). Y en realidad acertaban, dado que mi parecer nunca gozó de demasiado predicamento, por lo que creí que mi futilidad, al final, me reportaría beneficio. Craso error: más me hubiera valido la prisión, pues unos y otros pensaron que había colaborado para acortar la condena. Y de ahí ya nunca los pude sacar hasta que un buen día, aburrido, me quedé muerto, medio intoxicado por la vida y por el vino, entre arcadas de asco hacia la población civil. ¿Qué suerte tenía yo para suscitar la envidia que suscitaba? ¿Debía estar acaso triste? Ya tenía bastante con esa risa insulsa que me abordaba, que, por cierto, tampoco me producía placer, en contra de la apariencia; mas era demasiado tarde y no había remedio: el veneno en forma de litros de vino estaba empezando a rematarme, hepáticamente. Contaba con que la proeza por medio de la que me había arrimado al pueblo iba a impresionar a mis paisanos; no en vano había recorrido media provincia a pie tras que me liberaran del campo. Pues bien, ni siquiera lo creyeron no obstante dar buen testimonio mis pantalones remendados con alambre, de precariedad. Claro, tampoco había tiempo para andar edificando monumentos para subrayar menesteres del tipo que cuento. Sí, por supuesto, ad maiorem gloria de quienes demostraran pericia con los cañones y demás utensilios de tal género. Pero para grandes cabalgadas como aquélla sólo se reservaba escepticismo. Había invertido, exactamente, catorce días, tras de alguna vicisitud, desde la prisión de la capital hasta mi pueblo. Calculo que sin entorpecimientos en la mitad me podía haber presentado. Iba tan contento cuando me acercaba que no tuve ningún reparo en saludar efusivamente a los primeros conocidos con que me topé, ya en el término de nuestro municipio, habiéndoseme olvidado todo lo que venía de suceder en los últimos años. Cuando me quise dar cuenta era demasiado tarde y este hecho, a lo más seguro, fue el que determinó el abandono en que me vi sumido con el tiempo, pues nadie quiso creer que era el entusiasmo que me metiera entre los brazos del falangista. Al instante se aguó la ilusión que traía, aunque durante el resto del camino quería pensar que al hecho no se le daría importancia; que podría por lo menos vivir tranquilo los años que me restaran de vida, no ya disfrutar como en los primeros.
Emprendí el último trecho- desde la cabecera comarcal- solo, sin esperarme a las claras del día, con la única compañía de las pulgas que la cárcel me había legado y que, si bien, ya no proliferaran, aún se mostraban renuentes a abandonarme totalmente, como si me hubieran cogido algún tipo de cariño.
A poco me quedo solo de tan lastimero, como dijeron, se me veía cuando subí la última cuesta antes de entrar propiamente en el pueblo. Por el alambre y demás adornos, los primeros niños con que me encontré- jugando en las eras con tirachinas contra principalmente gorriones, plato en boga ante la carencia- debían pensar de mí que era un apestado pues me huían y grataban despavoridos. Por fin entré y con agua, un cepillo de cerdas ásperas y jabón de tocino, lograron arrancarme la ruindad que me habitara tras catorce meses arrumbado en un rincón con más hambre y frío del que hubiera soportado una persona sin salud. Aunque me había ido bañando por toda la geografía recorrida, las noches al raso entre malezas iba en contra de mis propósitos higiénicos y no obstante haber remitido los picores, al parecer, estaba infestado de sarna y otras lindezas que apreció el médico a instancias de mi familia- con la que guardaba amistad- por lo que anduve mucho tiempo en tal tratamiento que apenas ganaba para botica. Pero el sol y el agua obraron el milagro de la salud; mas el tiempo no fue igual de complaciente con la mancha del alma que hasta los amigos empezaron a ver en mí. Pero eso fue cuando los tiempos negros, cuando ya no hacía ilusión vivir.
Hay tantos tipos de personas como nombres para llamarlas( aproximadamente, pues toda regla conoce su excepción). Así, si hay mil nombres en el santoral, hay mil tipologías de personas. La mía no debe ser del común como tampoco es del común mi nombre, pues, no en vano, tienen en llamarme, quienes lo conocen, Edelmiro, sin que pueda recriminarles nada, por ser éste el que figura en los documentos que dan cuenta de mi existencia. Y con tal nombre para bien o para mal he pasado entre los hombres, aunque he apreciado que con el tiempo, aquél llegó a ser, más que un nombre, una etiqueta, y no todo lo favorable que yo hubiera deseado, por hacerse sinónimo de algo, dejando de ser lo que debía: la forma exclusiva de llamar a una persona. Bien es cierto que su rareza o falta de habitualidad ha contribuido a aquello. Ya estaba harto de ese sobo constante de la denominación con que hube de ser inscrito por el que se había hecho la misma un lugar común que todo el mundo creía tener derecho a mentar, impunemente, hasta la saciedad. No fue repentinamente, mas en un plazo no mayor de diez años desde que fui liberado, me vi desprovisto de toda credibilidad; hecho al que asistía sonriente por pensar que cualquier atisbo en mí de enojo hubiera resultado peor. Siempre se puede estar peor de lo que se está y en ello basaba mi estrategia. Una estrategia que se revelara ineficaz a la postre, pues lejos de que mi indiferencia hiciese de freno hube de ser tenido, además, por casquivano.

Pero podía empezar mucho atrás: un día soleado, cuando menos podía esperar el perdón ( un perdón, por otra parte, de no se sabía qué ofensa) me llamaron a entrevista. Al parecer alguien estaba dispuesto a testificar a mi favor. Repentinamente pasé de frío y la inanición al sol que había visto tan sólo a través del barrote de la penitenciaría. Si mayúscula era la sorpresa anterior, no fue menor la de descubrir quienes me aguardaban a la salida de aquélla. Mi primer pálpito fue el de la amenaza. Después el de recelo y, por último, la más abierta desesperación cuando medio atenazado se me inquirió por unos datos que desconocía en absoluto. Pese a que daba, consecuentemente, por perdida la libertad, nada de esto me sucedió y me encontré en mitad del campo castellano que se abría ancho, como proverbialmente fuera, a mis pies, en mitad del páramo, con la sola voluntad tenaz por subsistir. Con la única guía de caminar y caminar hacia el sur, me adentré temeroso, al principio, cogiendo paulatinamente determinación conforme iba percibiendo que todo a mi alrededor era relativamente inofensivo y que no cabía esperar grandes amenazas en lo sucesivo, pues el desconvierto era el sentimiento general y mi salvoconducto había demostrado en más de una ocasión su eficacia. Pronto caí en que el mayor peligro podía venir de su sustracción. Arma de doble filo, por otra parte, que me permitiera llegar a salvo a costa de poder dar lugar a la sospecha de haber razón a aquella prebenda. Si se hubiese preparado no se hubiera logrado mejor. Libre pero marcado. De haber contado con un principio de duda no hubiera sido mi norte el sur. Quizá no hubiera regresado jamás o, prudencialmente, me habría aproximado al acecho como centinela. De cualquier forma, no con la euforia con que me aboqué, como si no hubiera habido una guerra, como quien vuelve de un largo viaje repleto de ilusión. No pensé que junto a héroes y derrotados había también necesidad de forjar traidores; cómo se me fue.
Daría fe de todo lo acontecido, de no haber sido por un miedo que hacía en mí tal presa que no fui enteramente consciente de lo inmediato a mi puesta en libertad; tal debía de ser la emoción que me embargaba. Pero, a poco saboreé las mieles de aquélla, el camino se abrió hermoso a mis pies, aspirando todo el aroma que la guerra no podía haber arrebatado a la primavera, quizá por el simple hecho de que las flores tuvieran un mal digerir. La miel sí era objeto de acechanzas y tan sólo la más recóndita permanecía en las colmenas sin probar. Con gran júbilo rastreaban las gentes los montes- no hubo guerra para las abejas- por sacar de las colmenas abandonadas el manjar. El único inconveniente eran unas abejas difíciles de domeñar por manos inexpertas. La concurrencia de ávidos estómagos hacían que con el producto se dieran principalmente al trueque, a la compra de alimentos de menos coste, reservándose la miel para quienes se la pudieran costear.
El campo daba, no obstante, otros frutos, pero para el ojo más observador. En realidad, bien pensado, quitando las piedras se probó con todo lo demás. El miedo me sirvió en alguna ocasión de contraceptivo del hambre cuando la noche se echaba encima y a lo lejos creía escuchar al lobo aullador, fruto las más de las veces de la sugestión. La ruta, el camino, abogaban por andar con el espíritu despierto pues cada paso podía ser el último, interceptado por alguna bomba oculta de esas que nadie sabe por qué nunca llegaron a explotar o alguna bala silbante de las que siempre abundan en las guerras aguardando a uno tras cualquier esquina, a menudo sorprendido en alegre pensamiento. Otras era realmente el lobo aullador, que debía también reclamar su parte de botín. Éste, después, vino a menos y hoy, seguramente, provocaría más hilaridad que otra cosa, como elemento del folklor, elemento de cuentos que quizá sólo susciten curiosidad; en ningún caso miedo, con su lomo abombado y la cabeza gacha para pasar inadvertido. A menudo, yo, adoptaba la postura de ese lobo, por no evidenciar mi presencia, cuando el instinto me avisaba del peligro, por múltiples indicios, desde el timbre de una voz al color de la indumenta.
Por lo demás, es difícil dar cabal cuenta escrita de la resistencia de un hombre con ganas de vivir frente al hambre. Podría sostener que el mayor riesgo era el de toparme con agua envenenada: por lo que sólo bebía agua corriente, desconfiando de los pozos y en general de las aguas estancadas aunque a veces la sed me restara escrúpulos abocándome a los charcos que ofrecían alguna confianza. Los ríos bajaban crecidos y no era acontecimiento divisar algún cadáver humano flotando. Todo era tan provisional que la vida entera cotizaba muy por debajo, a bastantes enteros, de sus valores normales. Nadie se alarmaba por los cadáveres, máxime cuando andaba la propia vida tan comprometida por el hambre y demás. De las peores circunstancias, no obstante, también deriva alguna ventaja: la premura por conservar la vida impedía la melancolía. Se podía estar muerto pero no vivo indolentemente. Todos, de una forma u otra, estábamos en lucha, tan despiertos como se pudiera estar. Y quienes andábamos en el camino vivíamos la circunstancia en toda su extensión pues tras cualquier recodo nuestros intereses podían entrar en colisión con los de otro opositor a la plaza de la subsistencia que en nuestra boca hallase el filón de oro, por poner un ejemplo. El oro seguía teniendo valor, como si en situación extrema pudiese ser llevado a la boca y resultar su ingesta reparadora. Muchos se cuidaban de evidenciar tal destello y no faltó quien se arrancara las prótesis por evitar la ocasión y alejar con ésta el peligro. Algunos cadáveres parecían clamar justicia por el hueco de la dentición; justicia que salvo acaso dios nadie parecía tener interés en impulsar( de haberse hallado los instrumentos- como condicional).
A menudo seguía los cursos de los ríos, cuando me mandaban al sur, preguntándome por sus nombres y los del caudal principal, mentalmente repasando las lecciones de la escuela que apuntando por el lugar de nacimiento, siguiendo con los afluentes y las ciudades a su paso, venían a rematar en la desembocadura. A veces algún cartel, frecuentemente arrumbado en el suelo, venía a refrescar mi memoria infantil y pensaba cómo la vida nos va empujando en nuestro deambular sin, apenas, poderse frenar. Pues, cómo de otra forma, andaba yo perdido en aquella Castilla que no fuera la que me viera nacer.
Frecuentemente el río me llevaba por su meandro vital, confundiendo, o mejor, aunado nuestro destino haciendo nuestra suerte pareja. Así, me surtía de los frutos que en la ribera sus aguas querían dar y mi caminar era tan discreto como sus frondas propiciaban- mientras su discurrir fuera el sur. No faltó ocasión en que nuestros pasos se volvieran a juntar, haciéndome cabriolas- o me pareciera- contra las piedras de su cauce como mismamente un animal. Cuando se enturbiaban sus aguas, malos pronósticos pergeñaba; hasta ese punto me parecía vivo y de lo poco en que apreciara fidelidad, pues, a la postre sus aguas era mi flujo esencial. Allí me bañaba y bebía y, a veces, encontraba cobijo, cuando las aguas eran vadeadas por algún puente holgado y la noche me apremiaba. Allí encendía con los ramajes que, también, el río acumulaba en los recodos donde lograba estanqueidad, con los que hacía comestible algún salmón o alguna rata de agua que durante el día lograra capturar. En los tramos más abruptos tenía la sensación de ser el único poblador del país. Entonces animaba bien el paso y acallaba por algún instante mis temores, concentrado en el camino y en los sonidos del río, sin que ningún pensamiento se abriera paso en mí. Algún sonido espurio me alertaba nuevamente. En otro tramo, en cambio, mantenía constante vigilancia.
Por lo general, evitaba el contacto con las gentes: sin mostrarme huidizo, tampoco me daba a la jovialidad. Los demás habían dejado de ser semejantes para pasar, antes que otra cosa, a amenaza, con su rostro escrutador, que era también el nuestro. El más leve indicio me alertaba, entre el que no dejaba ocupar posición principal el pañuelo rojo y la camisa azul que destellaban a lo lejos enmarcados en toda su simbólica significación. Los amenazados no exhibíamos ningún color. A lo sumo el pardo de la tierra y el verde que dicen de la esperanza y que, en el rostro, no fuera más que la evidencia de la desnutrición. Otras veces era el sonido de la voz lo que determinaba mi actuación, aunque me guiara principalmente por las vestimentas y su color. A mí la excarcelación me había pillado de azul y pude comprobar cómo mis escasas reservas surtían idéntico efecto en quienes me divisaban a lo lejos, mostrándose el solitario remiso a mi encuentro. El azul al parecer era la consigna de la victoria, aunque también azul era el mono de la milicia por lo que la consigna la habíamos de circunscribir, con más propiedad, a la camisa: el color del orden, de los tiempos que habrían de venir, del irracionalismo, de la estética como planteamiento esencial de las vanguardias artísticas de primeros de siglo, del culto a la velocidad, cuando en la conciencia del hombre penetró la idea de ser el producto depurado, final, por cuatro cachivaches que había logrado inventar.
Luego, mucho más tarde, se dijo que se trataba de un color apaciguador. O, quizá, se había sabido desde siempre y así se pretendió instrumentar. A menudo la ciencia y el saber nos parecen una conquista actual sin darnos cuenta que, por ejemplo, los fundamentos de la psicología han nacido con la humanidad.
Llaneaba, a veces, en el áspero verano del páramo, acortando por los sembrados siguiendo los caminos del sur. A menudo era interceptado por brigadas, más o menos espontáneas, que demoraban mi marcha y a las que, si podía, procuraba evitar. Así, al acecho, caminaba oteando el horizonte desde los pelados collados que separaban los valles. Y otra vez a traspasar el hondo procurando pasar inadvertido con la camisa envuelta y alojada en un bolsillo por ver si mi piel se confundía con el amarillo de la siembra y con el marrón apagado del barbecho, sin poder sustraerme a la idea de poder ser blanco de cualquier apostado tirador. En cambio en el altozano, divisando el horizonte, tan sólo me sentía al alcance de dios; a quien no creía capaz de sucumbir a la tentación de aplastar a ser tan indefenso. En general, mi apariencia era tal que nadie consideraba la utilidad de apresarme, ni la necesidad de retenerme, sin siquiera, a veces, requerir mi identificación. Y cuando era el caso, como letanía, declaraba haber sido liberado por el bando nacional de la cárcel de la capital y que mis pasos no tenían otro fin que el de llevarme a mi tierra, donde quería seguir arando, casarme, tener descendencia y morir sin mayor pretensión. Nadie parecía encontrar tacha al desenvolvimiento del referido plan y sin despertar el menor recelo me veían desaparecer como me había visto venir. Por qué extraña razón alguien se sentía hasta tal punto dueño de la tierra, que trazaba pasos y aduanas. Llegué a la conclusión que la palabra que arrojaba luz era el ahorro de esfuerzos o, llanamente, vagancia; por la que se concluía: esto nos pertenece. A veces pensaba si no debía estar a la recíproca y proceder a identificar: decir la ley. Pero para ello hubiera requerido un poder excepcional que no tenía ni pretendía y, no obstante, imaginaba la sorpresa ante la pregunta inicial: puedo saber quiénes son quienes tan amablemente por aquí transitan, o, de qué poder investido gozan para tal legitimidad. Era mejor sortear… sólo en tu tierra uno podía dejarse notar. Acaso allí alguien podría decir: éste es tal… yo lo conozco y sé de su proceder. Mientras tanto, sólo un papel que me permitía circular. Por ello andaba huidizo, con la premura de quien se quiere completar, sin certeza de la causa de su comezón, pero con la seguridad de que lo que se desea es regresar. Quizá, todo se podía cifrar en el calor del hogar y dejarnos de más filosofías. Lo que sí era cierto: la satisfacción con que, tras cada colina, me parecía identificar, en lontananza, mi pueblo natal.


En el colegio, aunque con el tiempo comencé a aprender, olvidaba un porcentaje importante de lo que captara y- pensaba ahora- si no sería por falta de soportes, como apartados en que enclavar la sarta de conocimientos que me afluían. Otra cosa de entonces: pronto observé que los males que hacía me revertían no sé de qué manera. No era menester realizarlos directamente; bastaba con el signo más insignificante de connivencia para que me refluyeran. No achacaba el hecho a justicia divina alguna aunque me tuviera intrigado el origen. Aparecía en toda su extensión al mínimo atisbo de burla sobre el mal ajeno; aunque, sabedor, reprimiera al instante el instinto. Con los años, la tendencia fue haciéndose inequívoca, pero el hecho que me hizo sospechar fue el que contaré.
Pese a mi contención, al final, fallándome, le reproché su incontinencia mingitoria- como lo llamaran los educadores. Y no es que pasara yo a padecer la referida dificultad pero el transcurso de la vida despertó en mí un vergonzante olor de pies que no pude sino tener que relacionar. Como aquella prostituta del camino que para despertar los deseos de los parroquianos llevaba doble pantalón ( con el que redondeaba unas de por sí desmirriadas posaderas) e igual que yo portaba mi camisa azul con la que cuando convenía daba a entender lo que quien la viera entendiera, también a su modo la persona del receso, que llegara a ser sargento, por demás, afirmaba su individualidad. En el fondo casi todos llevamos nuestro distintivo aunque aquél hubiera deseado no significarse de manera tan contundente. Al parecer habían decidido su internamiento o reclusión educativa porque entendían que sus esfínteres no funcionaban por alguna razón psicológica que el contacto con otros niños haría desaparecer. Pero no operó el ensalmo y sí la tortura consecuente. Años después debió superar sus males pues campaba marcial entre nosotros, los presidiarios, y yo me escudaba entre mis piojos para no ser reconocido. A partir de entonces, ya que no reconocido, me empezaron a oler los pies que yo achacaba, con pretensiones cientificistas, a algún cambio hormonal proveniente del miedo. Un miedo en forma de premura que me acogotaba, por pensar que el ahora sargento tarde o temprano daría conmigo y me haría víctima de toda su frustración. Por ello, cuando me llamaron para liberarme no pude sino pensar lo peor. Que el requerimiento estaba relacionado de una manera u otra con las desgracias juveniles del sargento y que la mía sería cabeza de turco, como suele decirse cuando pagan justos por pecadores o cuando, en general, a falta de causante otro hace las veces expiando culpas. Como quiera que se me comunicara mi excarcelación no pude reprimir pensar que se trataba de una artimaña que encubriría algún juego cruel del que sería objeto, hasta el punto que mi impavidez fue tomada como valentía y resolución. Lo que vino después no hizo sino ahondar en mi impresión inicial, pues se me inquirió sobre unos datos y circunstancias de las que no tenía ápice de conocimiento y que interpreté como introducción a los tormentos que, tras el descubrimiento de identidad, me aguardaban como colofón. Hasta mucho después de oír el cerrojazo de la prisión a mis espaldas no dejé de pensar en una estratagema al servicio de la venganza del sargento.
Paulatinamente desapareció en mí el sentimiento de persecución, pero cuando comprendí que resultaba imposible que siguiesen en mi pos, un acontecimiento estuvo a poco de dar al traste con mi atribulado corazón, aunque Pilar, que así se llamaba la causante, lograra apaciguarme del sobresalto que me produjera con su irrupción inicial. Vagaba como sobra entre fuego fatuo e iba cubierta de una gran túnica blanca que le confería una apariencia espectral y que no era más que un largo gabán. Vivía entre trincheras, transmitiendo información y había adquirido tal destreza en pasar desapercibida que era capaz de robar a un dormido la cartera con absoluta discreción, como estuvo a punto de demostrar conmigo de no haber tenido yo el sueño ligero, consecuencia de las tribulaciones que remito. Cuando la sorprendí hurgando en mi pechera con su largo atuendo, pensé que se trataba de un civil (a vueltas con mi obsesión) y corrí mediano trecho, descalzo, hasta que su voz me trajo a capítulo. Era noche fría y dormimos espalda contra espalda el resto, por ver si nos dábamos calor. Hacía, entonces, quince días que no hablaba con alguien distinto de mí. Ella- según dijo- buscaba a un hombre del que sólo sabía que se llamaba Paco y que no tenía ni un solo pelo en el cuerpo, fuera la cabeza. Lo primero que me habló fue si era yo el referido de sus pesquisas. No supe, en un primer momento, si atribuir aquello a justificación de su extraño proceder. De cualquier forma la creí pues su mirada me pareció sincera, enmarcada en ojo verde, que traicionero según la copla, me infundió, no obstante, confianza. Cuando le conté que andaba quince días entre las brañas no me creyó. Tampoco que el temor me impulsaba hacia el sur, siempre hacia el sur, con el ánimo puesto en llegar al pueblo que me viera nacer, “momento hasta el que no me sentiría completamente seguro”. Me señaló que el sur tampoco era garantía…que los muertos, insepultos, estaban por todas partes y que la putrefacción abarcaba toda la geografía nacional, que muchos eran los que andaban sin rumbo, advirtiéndome que con los míos tampoco cesaba el peligro…que nunca la vida había sido el camino como en los tiempos corrientes y que lo importante era, siempre, poder elegir. En ese momento pensé si no deliraría; no por el contenido de sus palabras, más bien por la manera como las decía: como si me estuviese desvelando algún misterio transcendental. Por lo demás, tampoco tenía absoluta convicción de la regularidad formal de mis propios pensamientos… Qué significaba poder elegir. Elegía yo ir hacia el sur, me preguntaba. Y me decía que cuando no hay alternativa no había libertad que valiera porque entonces no tenía otra posibilidad segura de subsistir, a salvo, siempre, abocarse a la absoluta aventura de esperar que proveyera la providencia. Pero, por otro lado, nada me constreñía, y había que concluir que la libertad era una cuestión de orden moral o psicológico y que se podía ser no libre sin estar entre rejas. Se puede educar para la libertad- reflexioné- como se puede educar para la esclavitud: libertad con responsabilidad frente a la represión mediante el miedo: dos métodos diversos de paz social; y, mucho mentiría, si no dijera que entre nosotros se había confiado más en el segundo. Quizá era el propio miedo el que me abocaba en una misma dirección, aunque pienso que la realidad misma estaba por la desconfianza en el otro. Acaso, por ello, se podía concluir que aquélla representaba la propia demostración: que el miedo al otro y la desconfianza inculcados estaban dando sus podridos frutos. Después me preguntó si conocía al hombre de la ensoñación misteriosa…si se habían cruzado nuestros caminos. Dije que entre las brañas no se me había pintado nadie así, pero que tampoco iba demasiado pendiente. Y abundó en tantos detalles que hasta logré intimidad con su espectro. Muchas veces, después, en el camino, creí encontrarme con el hombre de Pilar, preguntando por los nombres, por si hallaba a Paco o si al Juan. Otras tantas hube de retroceder, pues nadie parecía conocer al hombre que vagaba en sombras, ni de oídas, y me dejaba de preocupar aquel misterio hasta toparme con otro cataléptico al que no podía dejar de abordar. Todos parecíamos se él: la misma gente con el estruendo de los tiros poblándonos la cabeza, en busca de nuestra razón, como si ésta pudiese localizarse en un punto geográfico al que irrefrenablemente hubiéramos de acudir: el amor, la locura y la guerra: todo se podría confundir.
Conforme iba perdiendo aquel miedo al sargento, a sus supuestas persecuciones, otros lo vinieron a suplir. Recordé entonces, que para vivir había que nutrirse, lo que olvidara cuando la angustia ocupaba el lugar principal, descubriendo que no estaba totalmente inmune a la tiranía del hambre: el hambre humilla- dijera mi padre-, pensando, que lo que humilla es no tener con qué comer. Y la naturaleza se abría esplendorosa, cuando la vida es el camino y no la posada, pues siempre había unas bayas a que echar mano y algún conejo bisoño con que socorrer el apetito. Otra cosa era socorrer la necesidad de la parentela: ahí entraba la problemática del hombre social. Mas, con el refranero, me decía que el buey solo bien se lame, aunque, qué hacía yo como un poseso hacia el sur, ¿ no tenía con qué sufragar mi necesidad? Andaba, se ve, también en busca del calor. De una expectativa de calor, por decir con precisión. Quizá, sobre todo, de una expectativa de calor: una reminiscencia del seno materno: un calor que acabaría ahogándome o casi, en su interior, no mucho después.
Qué era menester, pues. Qué me habría salvado. Qué iba buscando con tanto apremio. Era: que no podía subsistir fuera de mi medio, más que mi medio me necesitara a mí, por no haber sido alumno suyo aventajado- como se señaló- que pudiera decir: ahora me acoplo aquí o acullá; necesitaba de aquél para ser, y sólo allí podía ser concebido pues no era sino un producto de la tierra, una célula que sólo encaja en el lugar que se formó. Y todo ello lo sabía de una manera inconsciente, de la manera en que de haberlo sabido conscientemente acaso no hubiera ido allí a parar. En realidad no iba, sino que una misteriosa fuerza me empujaba como la guía de la brújula hacia el norte o al salmón a contracorriente a desovar. Así iba yo a integrarme en un tejido del que las circunstancias me habían arrebatado y no por casualidad. De repente nuestro corral lleno de armas, como caídas del cielo, del cielo no lejano de la casa contigua de donde su marido, señora, las hubo de lanzar.

No podía consentir que acusaran a mi padre y, aunque era la primera vez que veía de cerca un fusil, firmé. Era la primera vez, también, que apreciaba cómo el futuro tomaba venganza y pese a repetirme que se trataba del mecanismo psicológico de la culpa que se cobraba su pieza, no podía obviar la sugerente asociación de ideas entre el “delito” y el castigo retardado. Así, cuando me inculpé por salvar al viejo me vino a la memoria la ocasión en que había yo inculpado por venganza, como cuando la poca paciencia con el incontinente sargento y el persistente, consecuente e irrefrenable hedor podal que se desarrolló en mí. Tanto era así que me lo pensaba dos veces cuando la ocasión se prestaba en tomar ventaja torticera o burla por el acontecer a algún incauto. Y más que piedad cristiana, la causa, era aquel misterioso efecto por el que se revolvían contra mí mis propias afrentas. Ben pensado, éste, era un intachable mecanismo de justicia de haber sido- como lo era- generalizado( por tener observado cómo muchos proferían impunemente todo tipo de afrentas). Lo más curioso, sin embargo, era que no operaba tampoco con las buenas acciones, pues nadie se inculpó por mí cuando yo sí lo hice por mi padre( al que responsabilizaban del arsenal como cabeza visible de la casa en que aparecieran tras la defenestración) como no fuera la ventaja de ser liberado repentina y misteriosamente que por avatares- como se contará- más que beneficio trajo pérdida, por lo que de éstas no esperé nunca ningún tipo de gratificación cósmica.
Lo de las armas…armas de las que cuando se torció la contienda se empezó a reparar sin que de nada sirviera que el Secretario, mi cuñado, del que al poco hicieran viuda a mi hermana, dijera la verdad. Más hubiera valido que no hubiera sido nada suyo: me hubiera ahorrado cárcel y quién sabe si él muerte. Con que lo hubiera pensado un segundo no hubiera hablado pero le traicionó, como ocurre a veces, el sentimiento. Se lo había dicho Fernández, su marido, que él mismo había arrojado las armas por la tapia porque se había filtrado que estaban allí. Apareció muerto por el camposanto por el único delito de decir la verdad. Y era que no había sido suficiente con que yo hubiera- aconsejado por su marido y para evidenciar mi culpabilidad exculpando a mi padre- si no que se pretendía la responsabilidad de éste ( “ para armar la reacción”, se dijo) y no pudo evitar hablar. Un año estuve escondido vagando a salto de mata. Tantas cosas a la vez no se podían congeniar: aunque hubiera tenido que ver en las armas si armaba la reacción-razón por cuya exculpación había muerto el Secretario- cómo se me cargaba auxiliar la República. En esta tesitura no era de extrañar que rizando el rizo se pensara que mi reclusión había sido un tapaojos ni tampoco que- consecuentemente- el resto de mis días empezaran a ser simulacro. Sin embargo, señora, seguí queriendo el pueblo. Las casas no dejaron nunca de parecerme las mejores y cuando las avistaba a lo lejos no dejó nunca de embargarme el sentimiento de orgullo de pertenecer a aquel cúmulo de piedra y cal en el mar de viña de Castilla. Un simulacro, Elvira, si puedo llamarla por su nombre, pues la guerra en el pueblo sólo la perdí yo y otro par de desdichados a los que- perdiendo el calor de los nuestros- no se nos permitió arribar a ningún otro puerto de afecto. Y otra lección aprendida que parecía ser venganza sobre los hechos del pasado: la soledad, absoluta soledad del confidente. ¿Cómo podía haberlo sido si desconocía las respuestas?..¿cómo podía saber de su marido, Fernández, ni del alcalde? Y no me bastaba, Elvira, tener la conciencia en paz. Necesitaba la consideración de los nuestros. Un día supe que había corrido como la pólvora que había traicionado a Fernández. A éste sí lo querían. Recuerdo que coincidimos arando bancales contiguos y me preguntó mi nombre. El de aquel momento es el semblante que de él retengo entre todo el bagaje fotográfico de la memoria. No, aunque hubiera sabido, no lo hubiera cambiado por mi libertad pues sabía que más pronto que tarde iríamos saliendo, pues de lo contrario, ¿quiénes labrarían y harían la simienza? Ni tu marido, ni mi cuñado, ni yo si se me apura, dejábamos de estar por la labor; ellos por la dignidad y quien le escribe aunque sólo fuera con la indiferencia del que nada teme porque no cuenta entre sus ideas con la de perjudicar al resto. Y en una sola noche nuestros destinos se encontraron: de mí se hizo un traidor, del marido de mi hermana Inés, que no había hecho otra cosa que opositar al Estado, otro delator, y del suyo el recuerdo atroz que presentara su estampa con el orificio de bala sobre su sien afeitada. El tiempo, concomitando los acontecimientos, hizo el resto: el alcalde preso y sentencioso, los despojos de Fernández sobre la cruz de la plaza del pueblo y mi simultánea liberación. El mundo- como si sólo fuera aquello- me convirtió en villano. Un villano cuya mayor aspiración era la del regreso a su tierra. A nadie, después, pareció importarle la verdad, pues lo importante era que encajaran los hechos a la medida de las simpatías de la gente, por encima de su realidad. Todo, al parecer, por unas armas que una noche hubieron de un corral a otro volar. De ser un zagal tímido que merodeaba las esquinas reuniendo valor para hablar a las muchachas pasé a traficante de armas, en un primer estadio, y, vivo, tras la cárcel, a delator tras que el alcalde ordenara, enfermo de muerte y en reclusión, arañar mi cara a fin de arrancarme los ojos, como hube de saber algunos años después. Por ello, señora, me habrá de creer si le digo que ni siquiera mor a esta responsabilidad indirecta que hubiera derivado de ser armero- sin lo que el marido de mi hermana nada hubiera tenido que exculpar- que para mi descargo a otro hubiera de culpar, tuve que ver. Si di un paso hacia adelante ( metafóricamente claro) fue por librar a mi padre de una cárcel que no hubiera podido resistir. Por el tiempo de las armas yo andaba reuniendo ese valor que dije en las esquinas y nada más. Después todo se precipitó y de tal modo que no tuve más que madurar a marchas forzadas al compás de los acontecimientos que me habrían de desbordar hasta el punto que un tanto indolentemente me dejé arrastrar por desconocer las murmuraciones y achacar el abandono en que me veía, todo lo más, al estado general de ánimo de quienes habían perdido a sus padres, maridos- como tú- y hermanos. El tiempo me enseñó que había algo más.
Y ahora, Elvira, es hora de hablar.
Fernández era el más listo de los que por aquí de corriente anduviéramos. Y a más, a lo que digo, era socialista de verdad pues su hacienda le había de permitir bien su sustento sin necesidad de haber tenido que preocuparse por la cuestión social. Algunos decían que abusaba de su suerte por andar con desenfado entre unos y otros sin más atadura que a lo que él mismo se sometiera por razón moral. Había tenido una novia de posibles pero prefirió a otra que debió considerar mejor: usted. Portaba al cuello una especie de relicario con la fotografía de ambas- una a cada lado-, lo que para alguno le hubo, más que nada, de perjudicar. De su muerte se me hubo de responsabilizar. En tiempos- apenas empezada la radiodifusión- las noticias las lanzaba desde el barrio alto el alcalde de mis menciones que aún no lo fuera, y, casi físicamente, venían rodando sin freno hasta que alguien se encargaba, abajo, de replicarlas. A menudo Ramón Fernández las enredaba más- o las desarticulaba- con lo que el peloteo continuaba. Era nuestra diversión principal, lo tiene que recordar. Sólo que su marido, cuando me responsabilizaron de su muerte- hecho que ignoré catorce años o por ahí- ya no estaba para poder por mí abogar. Así llegué a traidor sin posibilidad de remisión por pecar, he de reconocer, también, de cierta irresponsabilidad que entonces no se perdonaba. Y era que por más que mirara a mi alrededor no veía ni un atisbo de calor por el que poderme confortar y todo eran palos de ciego en direcciones equivocadas al no saber de la raíz del mal.
De aquellos tiempos otro hecho fue crucial. A poco del Alzamiento alguien, allí, lo quiso precipitar: el jefe de la oligarquía local había aparecido muerto totalmente desintegrado, salvo las botas que siempre luciera bruñidas y por las que se le identificó, al haber sido descubierto poco después de disparar contra el comboy republicano que él mismo había expedido. Este mensaje es falso, dicen que dijo su marido al leer el telegrama que había llegado a la Casa Consistorial en el que se convocara a una reunión provincial. El tableteo de la ametralladora lo acabó de confirmar. Cuando las tropas nacionales entraron en el pueblo a él sólo se le pudo acusar, y con pinzas, de “simpatizar” pero aquella pericia exegética para con los telegramas era menester acallarla. Fernández tenía un broche, del que se habló y que otras veces llevaba prendido del cuello en el que lucía una fotografía suya y que puesto del revés mostraba el rostro de la que fuera su novia. Aquel día con las prisas el abalorio hubo de caer mal.
El pueblo adapta gran parte de lo que viene de fuera a su universo particular y luego se carcajea, creyendo el acto el súmmum de la sabiduría; y, desde luego es docto pero en lo suyo. A menudo desconoce o hace como que no sabe esa importante restricción; interesadamente para, quizá, no tener que, nunca, darse por necio. “Ha dicho que le arañaría la cara; luego: es culpable”. El pueblo no se complica mucho con la verdad y muchas veces elige la versión que más conviene sin pararse demasiado a pensar, al igual que acomoda una palabra en base a la mayor facilidad de pronunciación. El pueblo adapta todo lo que viene de fuera a su universo particular y luego se carcajea satisfecho si al chiste encuentra digno de celebración- sentimientos del agraviado aparte: todo a mayor gloria del humor. Un humor basado en los apuros de otro para hacerse con la propia rienda de su vida. Hasta que la piedra se abre a nuestros propios pies; entonces ya todo es diferente por dejar de ser chistoso el escollo que en cabeza de otro pareciera tan divertido. Y la piedra me vino rodando despacito justo hacia mí con lo que empezaron todas las desavenencias con el pueblo, primero, y luego con el resto del mundo pues no acertaba a comprender cómo mis relaciones habían devenido a la pobreza que exhibían en la trasguerra. Lo más exasperante: la irreversibilidad de la situación pese a que anduviera prorrumpiendo en alharacas bufonescas auspiciadas por el vino y la soledad.
Y, en efecto, había algo más. El efecto de aquellas palabras fue tan contundente como el aislamiento en que me veía inmerso hasta el punto de poder decir haber nacido dos veces, desapareciendo en esta segunda una ansiedad que hasta podía- ahora- localizar físicamente en algún lugar. Pero para que operase tal descubrimiento (aquellas palabras sólo eran un índice) hay que decir que la naturaleza me vino a subvenir. Si se me hubiera espetado toda la verdad de sopetón, probablemente la hubiera desechado sin reparos. Hasta entonces me había limitado a aletargar mi conciencia con tabaco y alcohol. Cuando, alentado, me dejó de punzar, consideré que no era necesario enfrascarme en más licores. Al tabaco- al poco- lo consideré también otro aditamento superfluo y con todo empecé a respirar y pensar más y mejor.
Había que empezar por ordenar el sentimiento. Qué claro es todo cuando tenemos el hilo suelto de la madeja. Sólo me imponía la misión de tirar de aquél. Sí, era menester voltear la madeja, examinarla con paciencia. Qué gratificante la tarea cuando se sabe de antemano que existe- aun ignorándola- una solución, que hay una ley interna que determina los acontecimientos y no un puro caos inextricable como parecía. Así, no era casual mi situación de aislamiento; que había una palabra que definía mi situación: ostracismo. Lo restante: investigación. Y tenía por donde empezar.
Ramón Fernández murió estrangulado en la puerta de la prisión de donde lo acababa de liberar y, al parecer, por llevar el escapulario de marras. Y, sin embargo, de aquella muerte a mí se me había de culpar: que yo había dicho que las armas eran suyas, como si esto fuera suficiente para justificar su muerte y, sobre todo, suficiente, para cambiar responsabilidades. Una especie de escapulario en la pechera no del gusto de quien lo recibiera. El crimen perfecto. A veces se puede matar sin disparar con un poco de suerte en la ligazón de los acontecimientos buscando el nexo causal con el que ningún juez se atreviera a condenar. De escapulario llevaba Ramón la imagen fotográfica del rostro de la mujer de quien- no por casualidad- lo fuera a recibir. Una imagen a cada lado. Y cayó- quizá por la premura de ser liberado- como nunca debiera. Salió cara- la de la otra- y tuvo que morir por confirmarse de esta manera peregrina a ojos del recepcionista unos celos que arrancaran del himeneo cuando comprobara que no andaba intacto el velo del honor. Y es que nadie había dicho a su marido que alguien lo esperaba fuera de la prisión: un crimen urdido en la sombra, como a distancia, y tan limpio que nadie podría achacar responsabilidades fuera del ejecutor. Solamente en ese momento Ramón Fernández fue consciente de la verdad, que le estuviera vedada durante tanto tiempo: a qué obedecía el furor de la mirada y quién le andaba detrás. En un instante de absoluta lucidez sus ojos se iluminaron transmitiendo a su captor un ápice de aquélla haciéndole comprender que él nada tenía que ver con los asuntos de su honor por los que inquiría.













Soplaba un cierzo contumaz, áspero y cetrino y ante mí se abría lo que, ahora, veo como el camino por antonomasia, el camino de mi vida que habría de recorrer para hacerlo de una vez por todas y que con la perspectiva que da el tiempo podría decir que era mi destino, que tenía que recorrer pero no necesariamente apremiado por razones sentimentales: las de ver a los míos; las de verlos salvos, por más corrección. Ya sabía- sin embargo- del camino, que las cosas habían cambiado y que habría de haber sido milagro encontrar intactos los objetos de mis recuerdos. No había que ser gran observador para imaginar el gran vuelco que se atisbaba. En las cunetas aparecían de cuando en cuando vehículos abandonados al tiempo que se terminara su combustible con las ruedas desventradas. El horizonte a veces rastros de fuegos humeantes, indicio de destrucción. A la derecha encontré un letrero indicador: Torrebuceit, 3 kilómetros. Anochecía y tomé valor suficiente para adentrarme en la población por llevar casi llagado el estómago a fuer de raíces, cada vez más duras e indigestas conforme avanzaba hacia el sur. El pueblo se podía decir que yacía abandonado aunque nunca hubiera estado demasiado erguido ni sido populoso. Algunas casas permanecían cerradas y otras daban muestras de haber visto forzar sus entradas. Me preguntaba cuánto haría de los hechos cuando en una de ellas me di de bruces con un almanaque de 1936 en el que estaba arrancado hasta septiembre. Colegí con aquél que empezábamos junio del treinta y ocho por la última referencia con que contaba (de Pilar). Llevaba fuera de casa desde primeros de Marzo de 1936, veinte y siete meses de los que la mitad había pasado en prisión.
Tampoco sabía el día de la semana, la letra, y me hizo gracia pensar que pudiera ser fiesta o domingo y no tener siquiera qué comer. Prendí con mi mechero un papel y con éste un trapo y me agencié un tocón con el que me proporcioné luz y calor. Me acurruq ué en un rincón con una manta y por primera vez desde hacía no sabía cuánto tiempo al despertar recordé haber tenido un sueño. Era de la víspera, cuando ascendía la última cuesta al entrar en Torrebuceit: en la primera casa una muchacha se mecía en un balancín y alertada por mi presencia se dirigía al interior de ésta. Fue ese sueño el primer barrunto de que algo irreparable había sucedido. La muchacha afloró cubierta de un velo negro tan tupido que impedía su identificación. Desperté del frío y del hambre y con el ronroneo en la cabeza sobre quién pudiera ser aquella mujer, con la convicción de que había tenido un sueño premonitorio. Traté de dormirme por ver si podía desoñar o encontrar una respuesta, mas no pude lograr una cosa ni la otra y con el mal presagio reemprendí pesaroso el viaje que me llevara de vuelta a casa. A partir de aquí ya no me pude sustraer a los malos augurios y barajaba incesante las diversas posibilidades como por ver si con ello las pudiera conjurar. Tal era así que a veces lograba convencerme a mí mismo de que nada pasaba. Sin embargo no fue necesario llegar para saber de las desgracias. Desde el camión me gritó que no regresara. Fue la última vez que vi a su marido al que el camino con su polvareda se lo tragara para no volverlo jamás. Desde lo lejos no hubiera querido oír que había muerto José. Era evidente que el pueblo había cambiado de dueño y para confirmarlo definitivamente R.T.F. alzó las manos amarradas al tiempo que su faz recogía la misma expresión que cuando me conminara a huir poco antes de que estallara la rebelión militar.
Se podía decir por aquello que yo hube de ser el primer movilizado de la contienda por andar ya huyendo por los caminos desde la primavera del 36. Pero eso no era importante. El pálpito premonitorio se confirmaba y por mucho que me repitiera que debía de haber sido fruto de mi imaginación, ya estaba sobre aviso de que las facciones que ocultara el velo podían ser las de mi hermana Inés. En otras ocasiones me decía que el preso de la camioneta sólo guardaba un parecido con su marido y que la advertencia de no regresar no era más que una admonición general sobre los horrores de una guerra, mas los brazos levantados y su mueca inconfundible imponían su incontestable realidad.
A partir de entonces andaba, además, con ansiedad. No dormía y las escasas veces que lo hacía mi sueño no era reparador por estar poblado de fantasmas y temores. Durante el trayecto, sin embargo, hube de agotar el duelo por mi cuñado José pues cuando avisté el pueblo desde el último collado olvidáronseme todos los males precipitándome como en un abrazo hacia mi población con la inconsciencia propia de desconocer los graves acontecimientos- algunos muy cercanos- de los últimos años. No hizo falta mucho para sentirme el pobre hombre, envuelto en una especie de bruma cuya naturaleza no acertaba a descifrar, que empecé a ser y del que sólo mi casamiento me sustrajo momentáneamente. Después me pregunté si no había cambiado una cárcel de barrotes por otra de muros de comunicación y no acertaba a dar con el quid del mal; sólo que mi relación con los demás se había hecho anodina hasta el punto que por mucho que la buscara no había lugar ni tiempo donde encontrara cordialidad. Una cordialidad que ni siquiera en prisión había visto escatimada. Este mal, por el contrario, me hizo pasar a la actitud del espectador que nadie me podía negar pues mi dinero, afortunadamente entre tantos cambios, no pasó a perder valor- quizá por la etapa de escasez general o acaso por avidez inescrupulosa.
Todavía no sabía de mi misión. Por mejor decir, achacaba la frialdad a unos acontecimientos a que no asistí aunque no dejaba de observar cómo unos caían bien y amargamente me decía que otro día iría mejor. Y, sin embargo, era con mis paisanos con quienes necesitaba desarrollar el nivel de sentimiento que echaba en falta.
Luego, no sé si auspiciado por el desliza o por el delirio, encontré la razón de ser de la inquietante situación. Y era que había un asunto al que dar respuesta pues la historia, a veces, para algunos sucesos, no admite un mondo signo de interrogación. Y era que R.T.F. había aparecido muerto hecho un trapo sobre la escalinata de la cruz de la plaza del pueblo poco antes de llegar de mi exilio, cayendo su muerte como un mazazo sobre la población pues eran pocos los que se explicaran el resultado. Al menos en un primer momento. Luego, todo el mundo tuyo opinión y no hizo falta siquiera una palabra desencadenante. Más tarde sí…más tarde se habló mucho. Y es que era bastante extraño que apareciera yo al poco; sobre todo si se descuenta que llevaba muchos días dando tumbos en mi peregrinaje hacia el sur. Los nacionales habían entrado en población días antes de mi regreso, casi como si formáramos parte de una misma expedición. Los que importaban habían sido encarcelados y al parecer el alcalde cuando fuera enterado de aquello se adelantó a cualquier especulación: era menester arañarme la cara y los ojos sin ninguna conmiseración. Sólo catorce años más tarde supe que hube de delatar a R.T.F. para conseguir mi liberación y cómo mi delación aparejara su muerte con absoluta justificación pues nadie apercibió desproporción en un castigo por traficar- aunque hubiera sido- con los cuatros fusiles que volaran por las tapias a fines de Febrero del treinta y seis. Sólo así pude explicarme la fenomenal inquina que había suscitado en mis paisanos por la que se me negó el más mínimo atisbo de cordialidad. Lo demás no era sino indagar. Por qué el alcalde, a última hora, se ensañó verbalmente conmigo. Había que partir de aquel tenor literal. La verdad es un camino intrincado, lleno de púas, al que no es tan fácil arribar. La verdad como representación de lo pasado la entendemos como el estado de ánimo de estar en lo cierto, pero ésta es ese estado, mas subsecuente a la correspondencia con los hechos de aquélla con nuestra consciencia. Por ello, llegar a la verdad sin presenciarla es posible, pero inevitablemente irá acompañada de cierta dosis de incertidumbre que será imposible soslayar.
El reverso de la vida: las cosas son como parecen pero es conveniente contar con diversas perspectivas por si viran de dirección. Un mínimo incidente puede trastocar una realidad dada. El preciso ser diligente con la propia vida y desechar las concepciones definitivas pues todo está sujeto al cambio y hasta los afectos naturales pueden variar convirtiéndose en un vago ritual. Es preciso comprender que la vida puede hacerse así de radical. Por ello, cuánto no se gana si la situación de partida contempla esta posibilidad. Así lo debía comprender el alcalde y su familia desde tiempo inmemorial no entendiendo el efecto sin al menos una pequeña dosis- como se verá- de perversidad.

Famélico, con principio de sarna y con los pantalones remendados con alambre, emprendí el último trecho, que ya suponía liberador; erróneamente. Cuando no aguantaba en mí tanta desolación, la naturaleza vino en mi favor y embriagado, no tanto como para perder totalmente el sentido de lo que aconteciera en mi redor, asistí a la primera referencia real hacia mi persona desde los tiempos de la sarna: “este borracho no tiene redaños ni para traicionar”.
A quién había traicionado yo. Ana, mi mujer, hacía tiempo, cuando la noche de bodas, me había hablado de un horror de la guerra, confidenciando. A la mañana, como la siguiente a la noche que refiero, me desperté con la conciencia alterada por un sueño que se resistía a abandonarme. Cuando me preguntaba si era yo el borracho de la indiscreta conversación, me vino al recuerdo la mala muerte de alguien que Ana hubo de mentar la noche de los esponsales. Por otro lado y aunque no tuviera de ello demasiado conocimiento, mi mujer me debía de andar perdiendo la paciencia con lo que la revelación hubo de marcar un punto de inflexión para ella. De soslayo la veía a veces sonreír, a partir de entonces. Y, como si me hubieran de llevar las ánimas en ello, nunca más lo caté. Con el final de la afición, empecé a recobrar mis aptitudes. El saber que todo aquel desamor obedecía a algo me espoleaba de tal manera que recuperé la confianza en la vida. Y, así, pausadamente, también el aprecio de la mujer que contrajera en sagrado conmigo. Con el de aquélla, sus amistades como que volvieron a tomar de mí conciencia, hasta que, la más osada, me dirigió la palabra. Nunca había olvidado mis ocupaciones laborales, aunque anduvieran un poco deslucidas en tanto compartidas con mi absorbente afición etílica. Hasta los mulos de la cuadra notaron el cambio y, aunque les daba más trabajo, también les prodigaba mayores atenciones que compensaba las exigencias. El aliento fresco de la mañana volvió a acompañar mis días. Todo, por el más puro hecho casual: porque alguien había confundido borrachera con estulticia. No obstante, acto seguido retorné cetrino por ser lo que mejor fuera a mis propósitos inquisitivos amén de una melancolía que no podía evitar y que venía de la pena que me sugería la soledad tan abrumadora que podía ceñir el corazón de un hombre. Otras soledades aflorarían después. Estaba claro que se había estado tejiendo un mundo al margen de mí; al que difícilmente me podría asir sobre la marcha, si es que se dejaba asir. Tuve que cambiar de vida procurando en todo momento dar las menores muestras de andar necesitado a los demás. En verdad aquel propósito no me resultaba de mucha dificultad pues mis piernas descansaban sobre el firma; sobre el firme de que por una razón u otra mi persona no era absolutamente indiferente a los otros, repitiéndome: este borracho no tiene redaños ni para traicionar. Y es que bastaba que hubiera algo detrás para espolear mi curiosidad de la manera en que me resultara liviana la vida. Algo explicaba por qué mi vida se había hecho tan dispar: sólo era menester con oído atento auscultar la realidad: Ana había dicho algo sobre alguien que apareciera muerto en la plaza. Podían arrancar mis desdichas de ahí pues mi mujer no era de hablar lisonjero ni vanal. Lo que fuera era de manera intencional; acaso por ver si con sus palabras mudaba mi faz. Vista mi indiferencia- como lo prueba el no poder hacer memoria de ello- Ana no volvió a insistir sobre el asunto. Mal principiaban mis pesquisas si la abordaba con impertinencias casi quince años después, aunque intuyera que allí estaba la clave de mi camino de soledad.
El estupor etílico que me acompañara había transformado hasta tal punto el modo como me relacionaba con el mundo que apenas era consciente de la cohorte de muchachos que acompañaban mis borracheras. Mucho debía haberles divertido tal afición pues al anochecer cuando salía, mayormente a algún mandado de mi mujer, notaba su acechanza e intuía la frustración consecuente al cambio de costumbre. Ingentes debían- también- ser mis dotes de tirititero pues no fue en un día que perdí a aquel público fiel. Me seguían en la distancia, entre la escasa iluminación, esperando el instante mágico en que movido por el resorte del alcohol empezara el espectáculo de cánticos y bailoteos. Grande debía ser asimismo la pazguatería de una sociedad que prohibía a la plebe la diversión hasta el punto de hacer concitar tana atención las evoluciones de un borracho algo alborotador.
Luego supe que eran aquéllos los niños que recibieran amenaza, a modo de admonición por no perseverar en el trabajo o en el estudio: “si sigues así, te vas a quedar como Edelmiro”. Debió ser la generación siguiente la que habría de pensar que ser como yo tampoco estaba tan mal. Por aquella vía ingresé, también, en el santoral particular de quienes en el pueblo se significaban, aunque, lo cierto, no tengo sentido exacto de su trascendencia. Lo patente era el deambular sorprendido de quienes había crecido en la consustancialidad de mis borracheras, a los que, a poco observadores que fuesen, debí servir de ejemplo de regeneración, aunque mi nombre como sinónimo de perdición permaneciera. Por más que pusiera oído atento a la realidad, ésta tampoco se mostró ubérrima en aclaraciones; sí pródiga en desmentidos. A lo que fuera, pensé que debió de correr la voz de que me andaba en averiguaciones. Sólo hallé que mi mudar obedecía a un ultimátum de Ana, lo que aireé a la primera oportunidad que me salió al paso. Y de esta manera el pueblo perdiendo un ebrio había ganado un sobrio; un sobrio que siguió “ ninguneado” descubriéndome, de paso, que el aislamiento no guardaba relación con tacha moral alcohólica alguna, proporcionándome un punto de partida: era evidente o al menos se reafirmaba mi teoría inicial: yo era el borracho de la conversación. El nivel de ostracismo- pensé- ha llegado hasta ignorarse mi presencia física. Cierto que el indiscreto era forastero y no tenía otra referencia sobre mí que la que se le había dado, por lo que mi imagen debía estar en torno a lo que podríamos llamar una especie de paria local. Tampoco me pasó inadvertido que se confiara a un extraño algo que para mí debía ser vital. Y consideré que la ligereza forzaba parte de nuestras señas de identidad.
A veces me venía cierta melancolía pero en general mi vida era bastante soportable. Como rehén consciente cambió mi punto de mira y si antaño mi deseo estaba por la relación amistosa con mis paisanos, ahora confiaba en todo lo demás: el proceso milagroso por el que el campo nos abría sus frutos, el color del cielo, las aguas correr. Particularmente me resultaba gratificante ver las aguas correr pues vino a coincidir lo que llamara la revelación con el final de la sequía. Y así no era extraño poderme ver junto al puente, con el perrillo, absorto en las aguas. El mismo son de aquéllas me resultaba apaciguador. Se dijo que le andaba detrás a los huevos de pato, pero no era verdad. El sonido de las aguas y hasta su propia visión me daban tal sosiego que únicamente allí me abstraía de lo restante, como otros lograran jugando al julepe o vaya usted a saber. Yo no me metía con las costumbres de nadie.
También se me podía encontrar pateando el monte atento a cualquier rastro de algún animal. Esta costumbre errante y aquélla contemplativa no sé la opinión que me granjearían pero lo cierto es que cuando entraba en casa del trabajo o de las ocupaciones de asueto, la luz reflejó en la boca de mi mujer y sin necesidad de alharacas empecé a ser feliz.
Tampoco me convertí en un huraño sin sociedad y no rehuía el trato humano y en este punto he de decir que, en todo caso, los huraños para conmigo habían sido los demás. Me recorría el pueblo como se dice de cabo a cabo por cualquier asunto de necesidad e incluso me ofrecía voluntario a Ana cuando había lago que mercar o hacer gestión. Me daba seguridad, después de tanto tiempo, el que mis pasos fuesen guiados por algún propósito distinto del mero deambular y por tanto más seguro iba cuanto más perentoria la necesidad. Y así si al principio me encontraba inhibido sin el alcohol, al poco de coger costumbre hasta placentero me resultaba callejear. Caminaba raudo en pos de cualquier encargo con la diligencia propia del que encuentra en la vida alguna finalidad aunque ésta fuera sólo la de atesorar. Creo que cogí cierta adicción a esto del transitar hasta el punto que la ocupación pareciera devaneo. Conforme me avezaba en la práctica fui descubriendo las huellas del tiempo en una población que durante muchos años había sido prácticamente atemporal. Mientras, yo también debía de cambiar. Un día descubrí mi rostro arrugado y mi ceño fruncido entre el ralo cabello y una incipiente barba que había crecido sin querer. En ese instante supe que no era el mismo hombre que regresara quince años atrás.
No sé cómo se me pudo ocurrir. Era costumbre anual ir a feriar a la capital y algunos emprendían camino con la carreta, uncidas las mulas como quien se lanzaba a la aventura que en tiempos era siempre el viajar. Aquel año- como consecuencia de la bonanza general- mi mujer me instó a que fuéramos nosotros también. Enjaecé las caballerías y con el viento solano pusimos rumbo a la ciudad. Era viaje de los de alforja, que no fuera posible improvisar, aunque nosotros nos lanzamos sin más. En el peor de los casos regresaríamos a la seguridad del hogar. Nunca hablé a mi mujer de lo que podía llamar auxilio, del encarcelamiento que sufriera ni de las peripecias de mi regreso. Con el desapego que da la distancia narré al compás cansino de nuestro medio locomotriz. A veces, ella, descendía sobre la marcha sin que yo apreciara mudanza en su atención. Se tocaba el cabello con alguna flor que recogía de entre las matas del camino que junto al arrebol de sus mejillas al sol me hacía dudar de las razones que la podían haber impulsado a matrimoniar conmigo y recordaba el tiempo en que su decisión produjera en la población una pequeña convulsión.
Nada- vanidad aparte- podía explicar la mirada atenta con que me escuchaba; nada, la serena sonrisa con que acogía unas ocurrencias que me venían al caletre, en gran parte, por la confianza con que eran recogidas. Para estirar las piernas se bajaba del carruaje (en marcha, lo que tampoco era mucho decir) con la agilidad de un mancebo al uso. Se notaba a la legua que por la razón oculta que fuera me quería. De no haber sido por Ana, seguramente, me hubiera podrido borracho en cualquier inopinado rincón pues aun en los peores tiempos una fuerza misteriosa la llevaba a ser diligente, hacendosa y comprensiva. A menudo- con la frecuencia con que me daba en ello- había impedido que me ahogara en mi propio vómito y nunca permitió que entre los restos de éste durmiera. Entonces- su rostro lo reflejaba- estaba recogiendo un fruto que parecía nunca temiera se le hubiera podido escamotear. Esa era su expresión, como si siempre hubiera estado segura que tras la capa no había sino- aunque sólo fuera- un hombre cabal.
Fue como la luna de miel de que no hubimos dispuesto si no se cuenta como tal dos días en la cabecera de la comarca a que invitamos a mi hermana Inés- tres años de su viudez- y que aprovechamos para arreglar unas escrituras del padre de mi mujer. Fueron dos días de no ir al campo sin ser festivo y poco más. Pero ahora como que me estaba resarciendo de toda la frialdad inicial, pues- sépalo- no era entusiasmo lo que exhalaba Ana el día de nuestros esponsales, hasta el punto de hacerme pensar si no vendría obligada al matrimonio. Más contento hubiera ido yo de no haber concurrido aquella circunstancia. Por lo demás era como si me hubiera visto agraciado con algún premio pues Ana reunía todas las virtudes que desea un hombre en su mujer. Un día- por entonces- la abordé en la calle, le pregunté si la podía acompañar y desde entonces. Bien es cierto que tampoco hube con mi comportamiento contribuir a su entusiasmo aunque, como dicen, nunca es tarde si la dicha…etcétera y en los días que relato no exagero si digo que desapareció toda sombre de duda en su mirada y su bello rostro, por fin, sólo expresaba felicidad.
A los tres meses del viaje supimos que estaba embarazada. Ana, como yo, ya no era una jovencita y el médico aconsejó un cuidado especial. A tal efecto dijo que el parto debía efectuarse a ser posible en un hospital. Mi mujer tenía unos parientes en la gran ciudad y con ocho meses de embarazo evidenciados sobremanera nos separamos por primera vez. Cogimos un ordinario en la cabecera judicial. Al recaudo de sus primas quedó. La siega me requería. Con cada golpe de hoz se me iba un suspiro y trabajaba tan absorto pensando en mi mujer que a menudo olvidaba la hora de comer segando mecánicamente hasta que no había una gota de luz. Me acurrucaba dentro del carro y con un tasajo de carne y un pedazo de queso hasta el día siguiente aguantaba. Vivía como un ermitaño. Un día, cuando recogía los haces para la era, la silueta de un hombre se dibujó sobre el collado más próximo y vociferaba:
- Me has hecho tío, Edelmiro, me has hecho tío.
Había venido corriendo, como el héroe de Maratón, desde la población. Era el hermano de mi mujer. Me embarqué de nuevo para capital. Ana había traído al mundo una niña a la que pusimos Felicidad. Aconsejóse que repusiera fuerzas antes de viajar y así se hizo y regresé otra vez solo pues la era me esperaba, ahora para trillar. Pero no fue sólo la hija lo que me traje de capital. No sé cómo se me pudo ocurrir…mejor: ni siquiera fue una operación consciente. Me sentía eufórico, expansivo. Sentía la necesidad de contar cómo era padre ( con cuarenta años) por primera vez. En la taquilla me indicaron el andén y allí me dirigí. Me senté circunspecto- no obstante- entre un hombre de edad que fumaba un cigarrillo de propia fabricación artesanal y una mujer oronda que no lograba poner orden entre el marasmo de brazos y piernas de sus (si eran suyos) retoños. El hombre se sonrió como queriendo hacerme cómplice por los apuros de la señora. Devolvile el gesto aprobando su apreciación tácita. No pude reprimir el entusiasmo que me embargaba y como pareciera un tipo simpático entramos en conversación contándole mi recién estrenado estado de paternidad. Una cosa nos llevaba a la otra y cuando me indicó de dónde era y adónde iba en lugar de presentarme como paisano suyo me cruzó como un rayo por las mientes presentarme como un compañero de milicia de mí mismo. Fue así como conocí de primera mano la opinión que corría de mí: en general vaguedades que yo mismo podría suscribir. Pero cuando estaba a punto de desistir, el hombre se inclinó hacia mi oído y colocando su palma como embudo, susurró:
- Se dijo que delató a otro del pueblo y que por eso libró de prisión.
No me fue difícil conocer el nombre de mi supuesta víctima. Como quiera que el pasaje llegara hasta la cabecera comarcal, me perdí entre sus calles distrayendo la atención de mi confidente. Luego puse rumbo, por segunda vez en mi vida a pie, al lugar donde nací, ahora algo más consciente que la primera. Quizá había sido casualidad el encuentro fugaz con R.T.F. subido en el camión. No regreses al pueblo, dijera. Pero, ¿y la aparición de su cadáver poco antes de mi regreso? Por una razón u otra de aquella muerte se me quería culpar, mas ¿era suficiente aquella coincidencia para satisfacer, de la gente, la curiosidad?
Si raudo había sido en la siega, no menos diligente estuve con la trilla, el aventeo, el cribado y el envasado del grano y se me pasaban los días pensando en el regreso de mis dos mujercitas. No recordaba haber trabajado nunca igual. No sentía el cansancio, sin duda estimulado por aquel pensamiento aunque muy bien tampoco debía estar alejado el precioso fruto que había caído entre mis manos merced a las casuales averiguaciones referidas.
No sé qué ponzoña entonces me empezó a envenenar el corazón. Una mano negra estaba obrando en capital.
Una mujer pequeña, ascendía la cuesta, entre el sol, con determinación.
- No pienses que la vas a ver llegar.
Mi mujer que había resistido durante dieciséis años ahora empezaba a dudar. Nada era casual. Sólo la verdad la podía convencer pero tenía que ir por ella y que me la quisieran dar y, por otra parte, esa duda,¿ se podría algún día disipar? Quizá la había hecho vulnerable su estado de maternidad.
La mujer resuelta habló. Yo sabía quién era. “Tienes que ir a buscar la verdad”. “Sólo la verdad la puede cambiar”. Al parecer de todas las estupideces que había hecho en mi vida, ninguna como la de hacerme pasar por otro en la estación.
- Fue lo que la acabó de convencer…ahora ya no nos importa que nos vean hablar…es el combate final…lo sabemos todo, menos quién lo pudo matar, si es que lo mató otro y no fue mi propio marido.
A la mujer le abandonó toda su resolución y se echó a llorar. Era verdad que estábamos ante el combate final.
Ya los malos demonios empezaban a no caber en mí pues iban a hacer treinta días del parto y las palabras de la mujer aunque no alcanzaba a todo lo que expresaban no habían caído en saco roto sino en otro bien distinto con la sospecha en la que incidiría. Le aconsejé que me saludara y siguiera camino, que yo procuraría continuar cribando como si tal cosa…que me diera tiempo a digerir lo que me había apuntado. Había sido aquélla la mujer del alcalde y el muerto no podía ser otro- aunque no lo dijo, de fijo- que R.T.F., su marido, que empezaba a seguirme como una sombra desde no hacía demasiado. La mujer compuso su ánimo como mejor pudo y siguió camino en la tarde agosteña como si nuestra entrevista sólo hubiera sido un alto, no sin- artera- pedirme que le ofreciera de beber, con que dar respuesta a las preguntas que se pudieran estar formando en las mentes de los trilladores de alrededor.
Consideré que era necesario, de una vez por todas, hablar con mi mujer. Malvendí un grano del que de haber aguardado un poco podía haber sacado más, confiando los arres( con los que acudí) a un pariente mío que vivía en el partido judicial, con el encargo de que los hiciera suyos de no verme por ellos regresar.
Todo aquel ajetreo de mulas y viaje no dejó de pasar inadvertido pues a poco de hacerle el encargo al referido pariente éste me dijo que no aceptaba si no cumplía yo con lo que me indicara antes de marchar a capital. Me pareció de todo punto extraño pero la alternativa de andar con los mulos o abandonarlos a su fortuna me convenció. Su mujer me entregó un paquete que contenía un tapete de aguja de ganchillo, blanco, que ante mí había envuelto y me dijo que lo llevara a una dirección. Imaginé que se trataba de alguna consigna pues de otro modo no se entendía que me utilizase para una misión que con poco esfuerzo podía ella misma realizar, por ser el encargo en la propia población.
Me adentré hasta la plaza donde se me indicó preguntar. A pocas bocacalles de allí di con el lugar con lo que sólo restaba buscar el número. Al parecer las señas no eran sino las de una panadería en la que no sin cierta inquietud- he de reconocer- me adentré. A poco se me olvida el encargo y me quedé un tanto pasmado en el mostrador ante la mirada inquieta de una muchacha que esperaba algún tipo de respuesta.
- Ah, sí, dile a tu señora…
No sé por qué pensé que la chica era la dependienta y que a quien tenía que hacer entrega era a un hombre o una mujer algo mayor.
Entré en aquella especie de sanctasanctórum- tras hacer entrega del tapete- ordenado, fresco y limpio y aguardé donde se me indicó que- sentado-esperase. Un lejano ruido de motor se fue acrecentando hasta hacerse claramente patente. Después se oyeron los goznes quejumbrosos de una portada, que parecía no haberse visto abierta desde hiciera mucho tiempo, y, al poco, cesó el motor. En la estancia entraron la muchacha del mostrador y otra igual en edad, dinamismo y gracia, que me resultara con un aire conocido, flanqueando a una mujer mayor que no dejara de ser para mí familiar. Era la mujer del último alcalde de la República que caminaba con la misma resolución con que se acercara a la era con la sola diferencia de mostrar entero su rostro que abandonara el pañolón negro.
- ¿Quién mató a Tomás Fernández? (espetó).
- Yo desde luego que no; me tendría que acordar- añadí, abrumado por el tono y la mirada severa de aquella mujer.
Acto seguido se dirigió a la chica con quien venía y con idéntico aplomo le preguntó si me creía. La muchacha afirmó con un gesto. Luego, dirigiéndose a mí otra vez, apuntó: lo creas o no acabas de nacer.
No sabía la razón pero intuía desde el principio que me estaba jugando algo allí y asentí a su indicación.
- Mucho tiempo llevabas al filo de la sospecha( mi vida ha estado siempre pendiente de un hilo- reflexioné- y me sumergí de nuevo en sus palabras) pero hace muy poco descubrimos que jugabas sucio…¿Recuerdas la señora gorda con los niños alborotadores en la estación? No estaba allí por casualidad: pasarse por otro es de la peor estopa. Sin embargo alguien pensó un punto más y dijo que aquello era indicio de tu inocencia total…¿quién podía imaginar que no habíais hablado nunca tu mujer y tú?...por ello, ésta( mi mujer), ahora, no pensó lo mismo cuando le llevaron a testificar al otro y si alguien aquí te descubrió inmaculado, alguien allí le hizo ver que el mismo demonio era el padre de Felicidad…tu memoria, por cierto,-acotó- cuando supo el nombre de tu hija dejó momentáneamente tu sesuda defensa y se echó a reír…se insistía en que tus cogorzas sólo obedecían a tu mala conciencia por haber vendido a Ramón Tomás, pero afortunadamente para ti nadie pudo explicar el abandono…y, además, ahí estaba él siempre protegiéndote desde el otro mundo: a Edelmiro, el de Andrés, aráñale la cara hasta sacarle los ojos…con lo que por una vez hubo unanimidad entre nosotros como no la hubiera en toda la guerra pues, además, alguien había dejado caer que ganabas la libertad por haber culpado a Fernández de la introducción de las armas en Febrero del treinta y seis, corroborado por tu presencia, algo harapienta lo que la hizo parecer preparada, días después, aunque para dos avezados era el decreto de tu inocencia. No me preguntes cómo mi marido confió de esa manera en ti. Cuando se vio informado sobre la aparición con los remiendos cosidos con alambre y aquélla enfermedad en la piel, se levantó y haciendo abstracción de los barrotes que le rodeaban casi gritó, al de Andrés le sacáis la piel a tiras, como si quisiera que lo oyera todo el mundo empezando por los carceleros. Se ve que pensó que una enfermedad no se improvisa. Por medio, luego, se interpuso la mocosa( se refería a mi mujer) que toda la vida oyendo a mi marido gritar en el contiguo corral sabía el sentido exacto de sus palabras. Una muestra de cariño y nada más. Y ahora vas contando a extraños que has tenido un hijo y que fuiste compañero de milicia de Edelmiro Vázquez. A esta otra- y me señalaba a la que me resultó familiar-, la hija de Tomás- su hija-, le debes la medida de gracia pues sostuvo tu ignorancia cuando la suplantación.
La mujer se levantó, me miró fijamente a los ojos- como era su costumbre- y volvió a preguntar:
- ¿ Es cierto?
- Cierto…no tengo alguna incertidumbre sino desde hace un año o poco más.
- En ese caso vas a sabe algo más…Ramón Tomás Fernández no apareció como un muerto cualquiera sino que traía la cabeza completamente rapada y con marcas en el cuello como si hubiera muerto estrangulado. El orificio de entrada y salida de bala nos consta cómo se hizo…
Y siguió:
“…tocaron de madrugada; que era urgente, que- mi marido-(narraba la mujer de negro) les tenía que acompañar siendo vital. Recuerdo que llovía…no le volví a ver más. Por medio de otro preso a los dos meses recibía una carta remitida desde la prisión provincial en la que me contaba de una broma, macabra la definía y en el mejor de los casos, de que había sido víctima. También supe como el pueblo entero que había dicho que te arrancaran los ojos…ya sabes: lo de las uñas que tan bien captara la que, quizá por ello, llegara a ser tu mujer que, aunque sea triste pensarlo, yo diría que fue él quien os casó, de lo que tenía práctica- dijo la señora un tanto jocosamente- al haberse negado vigencia al matrimonio eclesial. Llovía y tenía preparado un mazo de mimbre para tejer aunque estaba preparado esperando que de un momento a otro lo vinieran a detener. Extrañamente los modos no era los al uso… yo estaba acostada y desde la puerta me lanzó un beso con la mano, por lo que me estremecí pues era la primera vez que me hacía ese gesto, diciendo: ahora vuelvo, con tan escasa convicción que en “vuelvo” se le quebró la voz”.
“¿Quién va?, preguntó ahuecando la voz. “Quien ha de ir”, respondieron en el exterior. No insistió. Se adivinaba una cuadrilla y con quien fuera partió. En la carta- que viniera abierta- decía que había sido víctima de una broma cruel, aunque extrañamente no citaba nombres. Que esto en el mejor de los casos pues mantenía que no podía dejar de afirmar con certeza que él era el brazo ejecutor de Ramón Tomás Fernández. Luego se supo, entre nosotros, que lo había absuelto a usted mediante aquella amenaza que para algunos-también para su mujer- constituía una especie de código de familia exculpatorio, aunque no sabíamos con absoluta fidelidad si no era su conciencia culpable la que lo movía a despejar las dudas sobre usted. Ahora pensamos que apreció que todo estaba preparado para arrojar sombra sobre el autor de la muerte de Ramón Tomás. Al parecer había sido, con el pretexto de que en el futuro se habría de tener que defender, engatusado para hacer unos disparos sobre unas macetas y jarrones de barro dispuestos sobre un muro. Detrás de éste amarrado en una silla de tal manera que sólo sobresaliera su cogote afeitado estaba el cuerpo- quería suponer que ya inerte- de su primo Ramón Fernández. “Has matado a tu primo”, decía que dijeron ante su cara de horror. Cuando llegó a saber que se decía que tú habías matado a Tomás le hubo de cruzar como un rayo que todo formaba parte del mismo plan. Quizá porque hubiera absoluta seguridad de la existencia o no de éste, en la nota que me pudo hacer llegar no daba nombres”. Como el alcalde yo tampoco le doy nombres por ver si encajando o no los hechos se hace o no cierto el fruto de mi especulación, agradecido de antemano por la confianza que siempre su familia me dispensó.”

Val del Campo, a quince de Enero de 1953.

Texto agregado el 12-01-2014, y leído por 143 visitantes. (0 votos)


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