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Ayer soñé que cerraban el Tamujal, es fácil que esos sueños aparezcan si te duermes con el canal 24 horas. A Abel y a mí nos encargaron reubicar a todos los profesores en otros centros.
Con muchos la tarea fue fácil: lo más importante era que el nuevo centro estuviera cerca de su casa y de su familia. Otros querían que tuviera sección bilingüe. Otros que el nuevo centro tuviera nombre de Santo o de Virgen. Y así se hizo.
Todos los profesores tenían su nuevo centro, todos menos Masegosa.
A Miguel ningún centro le parecía lo bastante bueno.
Buscamos y buscamos, pero siempre nos encontrábamos con una rotunda negativa.
Las esperanzas estaban a punto de Wert.
Encontramos el lugar perfecto.
Era la escuela de una pequeña aldea perdida en la selva. Allí vivía una tribu Bari.
Para los Bari ni la boa constrictor con su abrazo mortal es tan temible como la cazadora de abrazos.
La cazadora es un ser de su primitiva mitología mitad mujer mitad alondra que se alimenta solo de frutas. Lo que más temen los Bari de la cazadora de abrazos no es su mirada capaz de derretir la piedra, ni el perfume que la envuelve que hace perder la cabeza, lo que de verdad temen los bari es su canto.
La leyenda dice que la cazadora de abrzos sólo canta una vez cada 77 lunas y los indios no se ponen de acuerdo en si su canto es parecido al de la alondra o al del murciélago. Algunos piensan incluso que su canto suena como cuando te acercas una caracola al oído.
Lo que saben todos es que si escuchas su canto no podrás volver a abrazar nunca más a nadie.
Nunca más a nadie.
Nunca más.
Nunca.
La Rivasana te roba con su trino todos tus abrazos futuros.
En la aldea cada ruido de la selva, y en la selva hay muchos ruidos, es recogido primero con un susto y luego con un festival de abrazos alegres. Se abrazan durante horas sólo para comprobar que todavía pueden abrazar.
Y, claro, Miguel, aceptó.

Texto agregado el 07-03-2014, y leído por 106 visitantes. (0 votos)


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