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Guaire y luna





A las cosas que son feas

ponles un poco de amor

y verás que la tristeza

va cambiando de color



Teresita Fernández



Esta mañana apareció el perro. Se asomó en la boca de la cueva con su cara horrible. Qué susto. Tiene el pelo corto, de un color desteñido entre marrón y amarillo veteado, con manchas de grasa y mugre que lo hacen parecer un mapa. No es un animal malo, sólo es feo, igual que yo. Lo peor es el ojo que le falta: ése hueco inútil, sucio y lleno de sangre seca que lo hace mirar siempre de lado, intentando enderezar la mitad de mundo que todavía puede ver.



Alguna vez tuve un perro callejero, sarnoso, fiel y peleón igual a éste. Lo mató un autobús en la autopista y me dolió durante tantos días que decidí no volver a encariñarme con ningún animal. Es más difícil así porque los perros ayudan a encontrar cosas, consiguen comida en cualquier basurero y avisan cuando vienen extraños. Vivir en la calle siempre es más fácil con un perro, pero después viene alguien y lo mata, y no se imagina la tristeza que le produce a una. Cualquiera va manejando y se olvida de mirar quién cruza, le saca las tripas y dice pobrecito ese perro callejero, pasando hambre por ahí, mejor así, y se va a su casa con su carro como si no hubiera matado a nadie. Cualquiera va y te quita al único que tienes y te quiere completa, con tus piojos y tu sarna, al único que comparte contigo la comida y que te limpia la sangre con su lengua si te cortas caminando descalza. Eso no se hace, pero ellos no nos ven, no les importa nada.



Ahora el perro me persigue. Estuvo todo el día tratando de acercarse mientras yo recogía latas en la orilla del río. Algunas las guardaba y otras se las lanzaba para espantarlo, pero no me hace caso. Ya está oscuro y es mejor regresar. Nunca me alejo mucho de la cueva, porque siempre hay alguno buscando dónde dormir. Capaz y se meten, agarran todo y me espantan con un chuzo oxidado de ésos que hacemos los de la calle, más peligrosos por la infección que por el tajo. Él sigue detrás de mí, a poca distancia. Evita los golpes dando vueltas alrededor y menea la cola desde allá, como si supiera que me cae bien aunque lo esté corriendo.



De repente un tipo se asoma sobre el puente y me grita, Devuélveme a mi perro, es mío. Tuerto, Tuerto, lo llama, viene silbando y trae un saco grande. Yo me levanto rápido y corro a mi refugio. El perro escucha al hombre y se contenta. Supongo que es su dueño. Ya estoy en la cueva y levanto el bate con que me defiendo si quieren invadirme. El hombre es grande. También vive en la calle, pero no parece hambriento. Se nota que sabe dónde buscar comida. Tiene el pelo largo y crespo, sucio, entretejido con pedacitos de latas de refresco y con lacitos hechos de bolsas de caramelo. Es raro. Deja ese bate, me dice, Que yo no te voy a hacer nada, yo nada más quiero a mi perro y me voy.



Se sienta en la tierra, lejos. Abraza al perro, que ya está rebuscando con medio cuerpo metido en el saco. La luna choca contra los adornos de su pelo, haciéndolos brillar. Parecen bombillitos que se prenden sobre su cabeza, un árbol de navidad viejo que ha sido lanzado a las aguas negras del Guaire. El hombre se ríe y saca dos “cajitas felices”. Las abre. Una no tiene nada, la otra todavía guarda la mitad de una hamburguesa. Le da la comida al perro y sigue sacando otras. Debe haber encontrado el conteiner de un centro comercial. ¿Tienes hambre? dice. Yo veo al perro, parece que quisiera contestarle, con su único ojo brillante y la lengua babeando entre las cajas del piso. Mujer, ¿eres sorda?¿quieres comer?.Es conmigo. Me ofrece su comida, pero yo tengo miedo. Un pedazo de pan sacado de la basura no me va a pagar mi cueva, no me va a pagar el susto si el tipo quiere tocarme, si es una trampa y acabo flotando hinchada sobre la cloaca del río. No te metas en mi cueva, le grito mientras señalo con el bate en su dirección. Entro a mi hueco y me enrollo sobre los cartones del piso. En algún momento me quedo dormida, pero cuando abro los ojos, el plato está frente a mí, lleno de papas fritas y retazos de hamburguesas que fueron botadas a la basura antes de tiempo.



El perro ha vuelto. Se mete en mi cueva y me lame la cara sin permiso. Su lengua áspera limpia los restos de salsa de tomate que me han quedado como recuerdo de la comida de ayer. Me resigno a quererlo, aunque sé que no se va a quedar conmigo. Vamos, Tuerto, le digo, A ver si el agua trae algo bueno. Caminamos sobre la línea de tierra que separa el asfalto del monte, a orillas de la autopista y siempre al lado del río. No es una zona muy buena para conseguir comida, pero no me atrevo a alejarme del agua, única vía de escape segura para mí. Como casi siempre, regreso sin nada. Sólo botellas plásticas a medio llenar por el agua de la lluvia. Dejándolas reposar, podré beberlas cuando tenga sed. Nos sentamos juntos, el perro y yo, debajo del puente, y ahí mismo llega el hombre a buscarlo. Me sonríe con una boca llena de dientes rotos y manchados. El Tuerto se levanta y salta a su alrededor, se para en dos patas, lanzándose sobre su pecho en una especie de abrazo. Yo no estoy tan contenta, debo ser precavida. Perdón por volver, es que el Tuerto se me escapa y para donde él va, yo voy, dice. Llévatelo, yo no lo quiero, miento. Yo sé, pero él se viene. Si, si...oye... gracias por la comida, le respondo. Me cuesta esto, nunca tengo por qué darle gracias a nadie. Me mira desde allá mientras piensa con una cara muy seria. ¿Quieres saber de dónde la sacamos? Yo no sé si sea buena idea. Ese es un secreto que puede costarme mucho. ¿Por qué querrá ayudarme? ¿Por qué no pelea conmigo? Antes he tenido que golpear a otros tipos como él que han venido a sacarme de mi cueva. Otras veces me han hecho cosas, y he tenido que aguantarme para poder joderlos después, cuando están dormidos o drogados. Así he mantenido mi lugar. No entiendo por qué este hombre no pelea, mucho menos entiendo que me ayude. Pero tengo hambre, y esa comida que recogió antes estuvo buena. Decido, sólo por hoy, arriesgarme.



Tranco la entrada de la cueva con una gran tapa de metal que encontré por ahí. Antes era una propaganda olvidada en una valla rota. Un ojo grande, verde, con pestañas muy gruesas. Un ojo bonito, pero que no por bonito deja de ser fuerte. Ahora es la puerta de mi cueva. La pongo en su sitio y la pupila grande nos mira como si estuviera viva. Me imagino que si alguno viniera a meterse se asustaría, se sentiría vigilado, amenazado por sus pestañas. Cuando la tapa queda en su sitio, me voy con el hombre. Sube a la autopista y camina con paso seguro sobre el asfalto. Llegamos a un puente y lo cruza. Yo me paralizo. Está dejando el Guaire. Los edificios se ven allá, uno tras otro, como colmillos afilados esperando para destrozarte. Le tengo miedo a la ciudad. Él cruza y el Tuerto lo sigue. Yo espero atrás. Se da cuenta y me llama. Ven, no pasa nada, yo te cuido. Debe estar jugando. El Tuerto se devuelve y me da golpecitos en la mano con el hocico, como invitándome a caminar. Mis tripas responden a su pregunta con un ruido sordo y una puntada fuerte que se me despierta en la boca de la barriga. Doy un paso tras otro, y poco a poco gano confianza. Pronto estamos corriendo entre las calles iluminadas. Es divertido estar aquí. El miedo a que te atrapen y el gusto de quitarles algo, así sea una bolsa de basura, hacen del paseo una aventura.



Llegamos al lugar. Vemos los conteiner en la otra esquina. Más allá todavía está abierto el último restaurante. No podemos ir aún, porque los vigilantes a esta hora se fijan en todo. Esperamos. El olor de la carne asada y la visión de familias que comen detrás de las vidrieras me angustian, pero él me distrae contándome cosas. Yo quisiera decirle que no me cuente nada, que no quiero saber, que para qué si luego te vas y no te importa a quien dejas aquí bien sola. Si lo hace hasta la mamá de una, qué le va a importar a un tipo con un perro. Pero él me cuenta, va diciendo que No todos podemos vivir como tú, en un solo sitio, yo vivo aquí y allá, y si no llueve prefiero meterme dentro de las jardineras, porque ahí está uno escondido, no te ve nadie a menos que se asome. La gente de la ciudad casi nunca te mira, te pasan por un lado y caminan rápido, tratan de no chocar contigo, cruzan la calle. Uno siempre está solo. A menos que consigas a un vigilante, dice. Esos si están pendientes de corrernos. Los vigilantes son lo más difícil, ellos y los otros nómadas. Los otros tipos de la calle, porque hay algunos que esperan a que uno se rebusque y luego te joden, te quitan todo lo que hayas conseguido. Hay de todo, dice, y me hace recordar esas peleas que tuve antes para mantener mi hueco. Algunos no son así, continúa hablando, Yo no soy así, yo respeto, porque a la final todos queremos sobrevivir, ¿no es verdad?. La verdad es que no le creo, pero sigo teniendo hambre.



Las luces del restaurante se apagan por fin. Después de un rato se va el último empleado. El vigilante cierra la puerta con llaves y se sienta en una esquina a leer el periódico. Tenemos suerte, porque desde allí no podrá vernos. Cruzamos la calle sin hacer ruido y abrimos el conteiner. Métete tú y me pasas las cajas. ¿Yo por qué? Porque eres más pequeña. No. Si, dale, antes de que nos vean. Al final acepto. Me hace la pata de gallina y me empuja dentro del inmenso cajón de basura.



Huele bien. La gente dirá que qué asco, cómo va a oler bien la basura. Pero para nosotros sólo es comida. Comida sabrosa hecha apenas hace unas horas. La gente se compra un plato demasiado grande y no les duele botar medio pan, un trozo de carne, una ensalada con poca sal. Eso es comida buena y está ahí, esperando a que le salgan hongos, a que llegue el camión y la mezcle con papeles llenos de mierda, botellas de químicos y animales muertos. Aún así muchos de nosotros vamos al botadero a ver qué sacamos en limpio cuando ya lo han amasado todo. Esto de hoy es un lujo, pienso, mientras le voy pasando al hombre cajitas con pedazos de pollo y envases de anime full de salsas sabrosas. Ay muchos panes. Da lástima. Sacamos todo lo que podemos pero el vigilante nos pilla. Corre, me dice, sal de ahí. Me alza por los brazos y no termino de poner pie en el piso cuando ya vamos rápido, rápido, casi a saltos, hacia el puente. El Tuerto le ladra al vigilante y él le responde lanzando un tiro al aire.



Los tres corremos asustados, y no paramos hasta llegar a la cueva. Nos sentamos en el monte, aprovechando la claridad que nos da la luna llena, redondita, allá arriba. Comemos con gusto, es una grosería. Al Tuerto le han tocado un montón de huesos, y el muy inteligente empieza a enterrar todo lo que le sobró. Nosotros decidimos seguir su ejemplo, y guardamos los panes en una bolsa, esperando que se mantengan buenos durante varios días. Entonces me doy cuenta de que estoy cayendo en la trampa. Si le guardo la comida va a terminar quedándose aquí, y luego se va a ir ¿Sabes qué? Mejor te llevas tus panes, ¿Pero, por qué, negra, si son de los dos? ¡No! Nada es de los dos, ¿oíste? ni los panes ni el perro ni nada, mejor te vas ahorita, mejor si te vas ya. Le lanzo la bolsa de pan y corro a mi cueva. Tiro el ojo grande al suelo antes de que pueda reclamarme nada y me enrollo en el cartón. El Tuerto quiere entrar pero le lanzo una piedra y lo golpeo fuerte, pobrecito. Huye de mí con un quejido, pero no importa, mejor que le duela ahora a que le duela después. Siento sus pasos, los del hombre y los del perro, que se alejan arrastrando piedras y haciéndose chiquitos, más chiquitos, hasta que el ronquido del agua crece y se los come allá a lo lejos.



Esa noche lloro y sueño otra vez con ella. Estoy pequeña y ella me pega duro. Yo quedo ahí, en el piso, y la veo borrosa porque estoy llorando, y solo puedo ver una mancha que se tapa la boca con una mano y dice que mejor estás sin mí y se va. Mejor sin mí, mejor sin mí. Me siento más sola que nunca y su cara ya no es más que un charco con espacios oscuros que antes eran ojos y boca y cejas que se juntaban cuando la lluvia nos agarraba sin techo. La mancha se voltea y se aleja, y el quejido del Tuerto se repite una y otra vez, cada quejido más cerca que el otro, hasta que ya no puedo más de la lástima y me despierto.



Ya el sol está brillante afuera y el chillido es de verdad, eso no lo estaba soñando. El Tuerto está tirado en la puerta. Tiene sangre en las costillas y no puede caminar. Deben haberlo atropellado. Busco alrededor, pero el hombre no está. Pobre Tuerto, que me ha querido a mí sin yo pedírselo. Busco unos trapos viejos y una tabla. Al parecer no tiene nada en las costillas, sólo el golpe. La pata si está rota. Le amarro el hocico bien fuerte para que no me muerda, y lloro con él cuando los huesos de su pata crujen en mi intento por ponerlos en su lugar. Tiene que ser horrible. Al final le amarro la pata a una tabla y pienso que menos mal yo estaba. El animalito es valiente y tiene cerebro, porque se acordó de mí. Pienso en su dueño. Quién sabe dónde está. Luego vienen días tranquilos. El Tuerto en mi cueva, sin poder caminar. Yo saliendo a buscar qué comer, y aunque nunca encuentro nada tan bueno como lo del basurero, ahí la pasamos, con el hambre de siempre.



Esta tarde estamos sentados en la cueva. Afuera llueve y el río se siente revuelto allá abajo. Hay que estar pendientes cuando cae agua, sobre todo si las nubes revientan en la montaña. Cuando llueve en los cerros, el Guaire se crece. Las olas marrones suben mucho, más de uno ha terminado ahogándose. Yo no me voy. Por ahora el río está bajo. El Tuerto mastica unos huesos viejos y yo me como las uñas, en parte por el agua que me pone nerviosa, en parte por la falta de comida y la lluvia que no me deja salir. Entonces él aparece. Está triste. Se nota que ha llorado. Te lo compro, me dice, y lanza una bolsita al piso. Quédate con la droga y dame a mi perro. La piedra luce allí, entre los cartones mojados. Los que estamos solos como él o como yo no tenemos mucho chance. Drogarnos se puede volver la única forma de vivir tranquilo. Pero no acepto su bolsa. No porque no me provoque, sino porque él cree que le robé a su animal. Yo no robo. No quiero a tu perro y no quiero tu piedra, ¿no entiendes?. El Tuerto lo mira desde la esquina y mueve la cola, dándole la bienvenida. Él lo mira y se agarra la cabeza, parece un animalito encerrado, camina a un lado y otro de la entrada sin atreverse a cruzar. Está mojado y solo. Podría pasar si quisiera. Podría simplemente agarrarme del pelo y lanzarme afuera, tirarme al río bravo para que me arrastre. Pero no lo hace, sólo se queda ahí, esperando a que yo le dé permiso. Me da lástima. Pasa. Cuando escampe te lo llevas. El hombre suspira y me muestra otra vez esos dientes cochinos, esa sonrisa que, tal vez, sólo tal vez, sea sincera.



Entra a la cueva y se sienta al lado del Tuerto, recuesta la cabeza del animal sobre sus piernas y recoge la bolsa del suelo. Saca un yesquero y una pipa mal hecha con latas de aluminio, empieza a armar el pase en silencio, se lanza la primera chupada y me la pasa. La piedra siempre es buena cuando una tiene hambre. El primer humo te cierra el estómago, te da náuseas, te golpea, pero también te suelta. Las otras chupadas son una sorpresa. Puede que te duermas, puede que te arrebates y te sientas la reina, y salgas a correr por la ciudad, o puede que te agarre mal y despierte a los monstruos. Algunos están en la calle a causa de la piedra, otros aprendieron a metérsela después, cuando ya habían caído. Algunos viven arrebatados, ni siquiera comen, no saben dónde están, ni dónde duermen, ni de dónde sacan la plata para comprar más. Casi siempre terminamos sin nada y la piedra se vuelve un lujo tan difícil de conseguir como todo lo demás. A veces uno tiene dos monedas y dice, Oye, provoca una piedrita, y la busca. Piensas que ya no la necesita más, que la calle te enseñó a vivir sin el pase y de repente, ahí están las ganas otra vez, con el dolor de cabeza y la tembladera.



Nos pasamos la lata sin apuros, de aquí para allá, esperando el efecto. El hombre está frente a mí y nos miramos. ¿Tú cómo te llamas?, pregunto, Yo soy Chano, ¿y tú?. Negra está bien, le digo, Como me llamaste el otro día. Pienso que su nombre es raro. Un nombre de animal. Él es un tipo extraño. Parece una trampa bien armada, de ésas que están muy escondidas y nadie las descubre hasta que es demasiado tarde. Las chapitas de su cabeza se mueven. Entran y salen de su pelo. Me pasa la pipa y veo sus dedos. Son muy largos, terminan en uñas negras y afiladas, de la piel bajo sus uñas nacen escamas que suben y suben por el brazo hasta que las veo anidar sobre su cuello. Abre la boca y dice algo, pero no lo escucho, solo puedo ver con horror a las arañas brillantes que caminan sobre su piel escamosa, sucia, entre verde y negra. Grito. El monstruo se levanta y quiere atraparme pero yo soy más rápida. Corro bajo la lluvia, lejos, lejos. Me muevo siempre a orillas de la carretera y huyo de las rayas de luz que van y vienen en el asfalto. Es una frontera. A un lado, las rayas brillantes y calientes. Si me atrapan, pueden quemarme, dejarme chamuscada, echando humo sobre la carretera. Me veo ahí con las tripas afuera, igual a mi perro muerto hace tanto tiempo. Al otro lado el río grita y se levanta, me quiere hundir, hacerme tragar mierda y dejarme hinchada en la otra orilla. Tengo miedo. Corro en la frontera y me alejo de los monstruos. Me hundo entre los colmillos de la ciudad y no paro hasta que dejo de escuchar el rugido del agua. Estoy ciega, me recuesto en alguna pared, segura de que los gigantes que me persiguen van a encontrarme, van a morder mi carne una y otra vez hasta que no quede nada de mí. La cueva estará sola, y entonces nadie podrá quitármela porque si una no está, la cueva no es la cueva. Si una no está, la cueva es solamente un hueco donde cualquiera puede ir y pasar la noche. Sin uno la cueva no es refugio, no es escondite ni es sitio seguro, sino solamente un lugar ahí, sin dueño. Hundo mi cabeza en las rodillas y lloro porque ya no voy a estar, porque si no lo hago yo misma nadie va a llorar por mí. El cielo parece acompañarme y lanza unas lágrimas gigantescas que me mojan sin piedad barriendo de mi cara llanto y mugre.



El brillo del sol y las cornetas de los carros trancados en el tráfico me despiertan. Levanto la cabeza, alerta, sin reconocer nada de lo que me rodea. La gente camina de un lado a otro en la avenida. Nadie se acerca, nadie me mira. Recuerdo la conversación con el Chano y de golpe pienso en todo. Le dejé la cueva, caí en la trampa. Seguramente ya la ha trancado y me estará esperando para correrme con el bate. Me cambió mi cueva por su ciudad y yo le di todo sin pelear. La angustia y los restos de la piedra me están reventando la cabeza, pero tengo que seguir. Tengo que buscar la forma de volver y sacarlo de ahí. Rebusco entre los basureros que consigo en la vía hasta que al fin doy con unos escombros. Consigo tablas y clavos viejos. Uso un palo largo y le entierro los pedazos de metal oxidado en la punta. Seguro que eso me dará chance de golpear de lejos, herirlo sin que me atrape.



Llego a la cueva y el ojo no está. Esperaba encontrar sus pestañas gigantescas y afiladas mirándome con el odio que siempre le ha mostrado a los extraños. Sólo veo una luz suave y la silueta coja del perro que viene entre pequeños ladridos, moviendo la cola y dándome la bienvenida. Yo levanto mi palo y me preparo, uno no sabe. Entonces él sale. Fuera, le grito, Fuera, fuera, vete de aquí rápido. Es mi cueva, mía, no te vas a quedar con ella. Pero él levanta sus manos y camina despacito hacia atrás, se aleja y va diciéndome que Tranquila, no te preocupes, sólo quería agradecerte por cuidar al Tuerto, y se va poco a poco, camina sin darme la espalda y yo sigo amenazándolo con el filo de los clavos mientras él desaparece. El tuerto da tres pasos hacia él y luego se regresa, me mira y lanza pequeños chillidos, parece un niño que llora. Al final escuchamos el silbido de su amo y al pobre no le queda más remedio que irse.



Me dejan sola y vuelvo a respirar. Suelto el palo y corro a la cueva, contenta de poder volver a encerrarme. Al principio no comprendo lo que veo, pero el lugar se va reconstruyendo ante mis ojos. La cueva no es más una cueva. Algunos sacos con anime y trapos viejos han sido acomodados sobre el suelo formando una cama con almohadas. Hasta tiene una sábana remendada que la recubre. Parece calentita, provoca acostarse ahí, dormir y dormir sin pensar en más nada. Hay dos farolitos hechos de botellas plásticas protegiendo la luz de unas velas. Lo iluminan todo, se reflejan sobre esas latas aplastadas que cuelgan del techo y que giran al ritmo de las corrientes de aire que se cuelan por la entrada, titilan desparramando más luz por el lugar. Ya no es una cueva, ahora es una casa. Mi casa, la que me hizo el Chano mientras yo enterraba clavos en un palo para luego hundírselos en la cabeza. Soy un monstruo.



Corro a buscarlos pero ya se han ido. Me acurruco sobre la cama nueva y lloro. Lloro diferente a otras veces porque las lucecitas me dan alegría. Luego me acuerdo de los clavos y lloro más aún, deseando no haber sido tan tonta, queriendo que ellos estén aquí. Lloro mucho, pero estas lágrimas me alivian, me quitan un peso que no sabía que tenía encima, y los chorritos que me brotan van cayendo sobre las bolsas de mi almohada y forman charcos que seco con mi franela para no echar a perder las cobijas. Y me duermo arropada, entre triste y feliz.



Por fin amanece y me decido a buscarlos. Salgo de los márgenes del río y comienzo a cruzar el puente otra vez. La ciudad sigue allí con su sonrisa de dientes afilados y sus gritos de corneta y motor. Los busco a ciegas, tratando de recordar los caminos que seguimos aquella noche. Encuentro el conteiner y me alegro, sé que es un buen lugar para empezar a buscarlos. Me siento en la jardinera donde esperamos antes, y recuerdo sus palabras: las jardineras son buenas para dormir. Miro arriba y abajo, pero la avenida es inmensa, llena de edificios, cada cual con sus propios jardines y sus incontables escondites.



Decido revisar los lugares más cercanos al conteiner, esperando que no hayan cambiado este basurero por otro. Reviso detrás de los arbustos y las macetas de cada edificio, un sitio y otro, aquí y allá. Poco a poco me alejo, cruzo callejones y avenidas. Nada. Parece que nunca hubieran existido. Estoy sola, rodeada de casas y calles que no conozco. Perdí al Tuerto, perdí al Chano y perdí el camino de regreso. Me tumbo en una esquina y entierro mi cabeza en las rodillas. Supongo que tendré que resignarme a empezar de cero. Buscar otro refugio, seguir sola. Allí me encuentra el perro. Se echa a mis pies y me pasa la lengua áspera por las piernas. Yo levanto la cabeza, me río y lo abrazo, me limpio las lágrimas sobre su pelo sucio y él menea la cola, contentísimo. Más allá está el Chano, viéndonos desde la esquina, su cuerpo grande, su pelo alborotado, su dentadura cochina y sus ojos brillantes. Vámonos, Negra, me dice y levanta su brazo invitándome a seguirlo. Yo me levanto y camino hasta él, tomo su mano y le devuelvo la sonrisa.



Caminamos rumbo a nuestra cueva. Su palma callosa cubre toda mi mano sin dificultad. El silencio nos acompaña y hace más fácil de llevar mi timidez. Entramos, se sienta en una esquina y señala su obra. ¿te gusta?, me pregunta. Yo solo sonrío y acaricio uno de los móviles de lata que decora el cuarto. Él se acerca y me abraza. Su cuerpo duro y delgado, fortalecido de andar, de cargar cosas, más grande que yo. Me cubre y yo lo recibo. Besa mi boca y se siente de todas las maneras posibles. Mis labios rotos duelen al contacto con la sal de su boca, pero no importa mucho. Son tibios, muy tibios y recorren mi piel sin miedo, sin asco, sin vergüenzas. Sus manos ásperas se deshacen de los trapos que me cubren, los arregla en una esquina con un cuidado que no se merecen. Yo intento ayudar con su camisa rota y esos pantalones varias tallas más grandes que su cuerpo. Pronto estamos desnudos. Tocándonos como hace mucho tiempo no éramos tocados. Reconociendo en el otro cada golpe, cada cicatriz. Besando la piel sucia, amando el olor animal que despiden nuestros cuerpos con cada movimiento que nos acerca. Me tumba suavemente en la cama que antes construyó. Embiste lentamente, haciéndome olvidar la calle, el hambre, la tragedia. Sólo somos hombre y mujer, cuerpos desnudos anestesiando nuestros propios dolores, descubriendo lo sencillo y hermoso que puede ser el tiempo cuando alguien te ama. Mordemos, gemimos, gritamos sin temores y a placer, y el Tuerto nos ve desde la entrada, asustado, sin saber si nos estamos queriendo o nos estamos matando en medio de estos trapos y cartones.





Estoy recostada. Su brazo sostiene mi cabeza y mi espalda descansa sobre su pecho. El Tuerto se acuesta a nuestros pies, cobijándonos con su cuerpo caliente. Miro fijamente al río que corre aquí y allá, llevando sobre su cauce bolsas de basura y cosas olvidadas, con sus formas cambiantes, sus mareas, sus remolinos, jugando con las luces de los carros y con el brillo de la luna que no tiene asco de sus aguas. Condenado por la gente, pero libre en su olvido, frágil pero persistente, plata y marrón, blanco y negro, oscuro y brillante a la vez, como la vida.

Texto agregado el 14-03-2014, y leído por 124 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
2014-03-14 03:01:51 Me gustó muchísimo tu cuento. Un relato en carne viva, que a veces duele leer, y hace imaginar a uno lo que será vivir en la calle. Realmente me gustó y sin quererlo, aprendí lo que se debe sentir sintiéndose tan huérfano de tantas cosas. Te felicito, un hermoso cuento. Seguramente quisiera decir más en mi comentario, cosas que se me pierden. Lo disfruté mucho. chiro
 
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