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Inicio / Cuenteros Locales / zorin / FRANCISCO PIZARRO Y LA CONQUISTA DEL PERU (QUINTA PARTE)

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El inti en el cielo declina
Hay sombras sobre el imperio

Conviene que partamos hermano Francisco, dice Hernando Pizarro; si nos afincamos los indios maliciaran que les tememos, además nos aseguran que don Diego de Almagro premedita adelantarnos en la empresa, dicen que ha levantado tropa en Panamá con tan ruines propósitos, es un alevoso y traidor.

Arruga el ceño y medita don Francisco Pizarro y dando un manotazo poderoso sobre la mesa, responde.
Bien pensado hermano, estamos en regalado ocio y esperanzados temerosos.
Lancemos nuestras tropas prontamente contra las huestes de Atahualpa, que acampan descansadas en el pueblo denominado Cajamarca, apresémosle y todo será nuestro, son muy débiles las armas Incas contra las castellanas.

Probado es.

Huyen despavoridos y tapándose los oídos al estruendo de nuestros cañones.

Bien hermano Hernando, reúne a los tenientes y que dispongan lo oportuno, mañana iniciamos la marcha a Cajamarca.
24 de setiembre de 1532

Hacia Cajamarca salen de Piura ciento setentaisiete hombres de guerra, sesentaisiete a caballo y ciento diez a pie, peones e indiada de carguío, algunas mujeres y van con tan poca fuerza a la campaña más famosa que miraran los siglos.

Aquellos pocos hombres locos, aventureros temerarios, van a conquistar un fabuloso imperio, a saquear un gran reino organizado, a pescar un botín sin precedentes en la historia, a acogotar un monarca, hacer trizas sus clases dirigentes.

Sombras, sombras, muchas sombras.
Descienden sobre el imperio.

En Cajamarca el soberano Inca Atahualpa con su ejército, sus mujeres, su pompa, sus cortesanos, lujo, grandeza, idolatría de los súbditos, ha venido a los baños de aguas medicinales que la ciudad posee y cuyo nombre corre del Cuzco a Quito.

En el recinto de la ciudad se alinean las viviendas con sus paredes de piedra, hábilmente labradas.
Mas allá están los tambos imperiales, depósitos del Inca y que abastecen a las huestes, hacia el este está el templo de las vírgenes del sol que tejen con manos agiles finas telas policromas, cerca de allí el palacio de Tucuyricoc, el que todo lo ve, funcionario imperial gobernador del Ayllu.

Afuera del recinto verdean los campos bien atendidos, cuadriculados bajo un cielo sereno, entrecruzados de senderos lineales y sembrados de chozas amarillas, flota una paz extensa por los campos y una sencilla vida dulce se adivina bajo el cielo benévolo.

Calma y serenidad de los sembrados, humedad de la tierra, sol que germina, cantos monótonos del agua veleidosa, incansable en las acequias campesinas, croar de ranas al crepúsculo, melancolía de los campos serranos con sus cumbres congeladas, silbidos dolientes de las quenas en el atardecer trepando por laderas y cuestas, todo eso es algo que no se olvida.

A lo lejos las tiendas hechas de algodón blanco alegran el paisaje, son las tiendas de las huestes del Inca el gran campamento, esa gran tienda roja que destaca, la más grande y más altiva, señera y empinada, es la tienda del inca Atahualpa, que descansa de su última guerra y se cura en salud tomando baños termales.

En el camino que asciende desde la costa del imperio, que es como una cinta serpentina hasta las serranías, corre aquella mañana un indio, rápido, velocísimo, elástico, devorando distancias, cerca del ultimo tambo sopla un silbato agudo que perfora el silencio, a la puerta del tambo asoma otro indio vestido de usuta, calzón corto, tiene fuertes pantorrillas redondas.

Llega jadeante el corredor, entrega con soltura un hatillo que conduce a la espalda, el indio que esperaba en la puerta arranca en ese instante sin perder un segundo, velozmente devorando distancias, se pierde a lo lejos hacia el Ayllu.

Es el chasqui que lleva a Cajamarca la noticia que el hombre blanco se dirige hacia allí.

Al recibir la noticia Atahualpa sonríe.

El no duda un instante de los propósitos aviesos de aquellos invasores, tiene informes precisos de su índole falsa, sabe los latrocinios que cometen y los abusos que practican, sabe que lucen armas poderosas y enormes aparatos marinos que navegan en el mar con velas largas.

Vencido Huáscar nadie puede imponérsele, los invasores son contados y sabe el número exacto de los que vienen hasta el, podría destrozarlos sobre la sierra, por las gargantas y cortes de aquel lugar, pero el Inca y señor tiene curiosidad de verlos de cerca, conocer esas armas que hacen lenguas más de uno de sus súbditos, quiere borrar el mito que se atribuye a aquellos hombres.

Es tan fuerte el monarca, tan enorme su ejército Inca; que Atahualpa sonríe.

Manda un obsequio al jefe blanco de bienvenida.

Mientras asciende la serranía don Francisco Pizarro y los suyos.

Adelante, arriba, arriba.

Don Francisco y Hernando de Soto marchan juntos, lado a lado las dos cabalgaduras, caballos andaluces nerviosos y valientes, de crines abundantes y delicioso andar caracolero.

Ya cercanos a un poblado humilde, una avanzada de Pizarro regresa conduciendo a un enviado de Atahualpa, seguido de dos indios que traen leve carga, son los obsequios del monarca para el jefe blanco de las tropas foráneas.

El enviado es un indio de la clase superior, salta a la vista su indumentaria vistosa y refinada, usa láminas de oro sujetas por carrizos interiores al pallar de la oreja, que enmarca su rostro prestándole mucha arrogancia y distinción, las nombran como pakus.

Felipillo el intérprete, traduce para el oído de don Francisco Pizarro “el Inca le desea un arribo feliz y a los suyos, los espera en Cajamarca donde será placentero agasajarlos y obsequiarles” a su lado se encuentra de Soto como segundo al mando.

La tropa hace un alto a la distancia.

Don Francisco Pizarro contesta muy gentil, recibe los regalos y retorna los obsequios con curiosidades europeas, cascabeles de lata, unas tijeras, espejos.

El enviado se marcha.

Don Francisco y de Soto en la tienda de campo del primero, registran muy curiosos el cofre con el regalo del Inca.

Es un cofre de madera labrado con artificio primoroso, luce broche de oro, don Francisco lo abre y oh maravilla, son dos vasos de oro rutilantes con la imagen del inti, sonríe encantado el capitán general Francisco Pizarro y se lo muestra a de Soto, quien también sonríe.

Más tarde solo en su tienda don Francisco Pizarro piensa, yo no he venido al Perú después de tantas zozobras a hacer una visita de cortesía al Rey cobrizo, he venido a buscar oro y de paso si puedo quedarme para ceñirme una corona, no he desecho las suelas de mis botas en el ande fragoso ni he expuesto millares de veces mi vida, para que por tierno y cortes corra el albur de ser aplastado con toda mi gente.

Cajamarca a la vista.
Ya se encuentra cerca el ejército invasor.

Los funcionarios imperiales por mandato del Inca, han dispuesto para el señor adelantado Francisco Pizarro y sus tropas un lugar con frontera a la plaza del pueblo.

Don Francisco Pizarro es prevenido, monta guardias, husmea por los contornos y acampa estratégicamente a sus soldados, reúne a los tenientes y deliberan, después sale una comisión de hombres mentados como los más valientes con los mejores jaeces en las cabalgaduras, ellos lucen bien armados y con armaduras centellantes, llevan la misión de saludar al Inca a nombre del adelantado don Francisco Pizarro, pero de manera especial llevan el encargo de sonsacarle información y enterarse de las intenciones que cobija.

Salen don Hernando de Soto y quince soldados a caballo, marchan con Felipillo el intérprete.

En eso llega don Hernando Pizarro que retorna de olfatear y dice; son muchos los indios que acampan abajo y no estoy de acuerdo en mandar una tropa tan reducida.

Ve hermano dice don Francisco, dale respaldo con veinte soldados a caballo.

Sale Hernando de Soto y sus jinetes.
Se acerca de Soto al campamento Inca.

Los indios un tanto sorprendidos y amedrentados admiran la postura del gallardo jinete, la fiereza y los bríos del bizarro caminar de su caballo Andaluz.

¿Qué los trae a este real lugar? Preguntan los guardias del Inca.

Traduce Felipillo y responde que trae una misión del capitán general de los cristianos para su monarca.

En la plaza de la ciudad de Cajamarca, los infantes, jinetes y artilleros esperan la orden.

Ya se mueve el cortejo Inca, con cerca de veinticinco mil hombres, hay música de flautas y antaras, el Inca Atahualpa viene en andas de oro y rodeado de sus orejones, cuando la litera imperial está a pocos pasos del grupo de españoles, el fraile dominico Vicente Valverde se acerca al monarca y le endilga un discurso entre político y religioso, difícil de entender por medio del interprete, Atahualpa escucha pacientemente a Valverde cuyas palabras le son imperfectamente traducidas.

La respuesta del Rey cobrizo fue corta y digna, pregunta en que se apoya esto que acaba de predicar “en este libro” responde Valverde mostrando el evangelio, Atahualpa acerca el libro al oído y al no escuchar nada lo arroja con desdén al suelo diciendo “esto no habla” el religioso se llena de indignación y grita.

Socorredme soldados de Castilla, atacad yo os absuelvo.

Truenan los cañones manejados por los hombres de Candía, arremeten los jinetes y disparan los mosquetes los infantes, acuchillan a su arbitrio, atroz carnicería.

Don Francisco Pizarro saca de sus andas con sus propias manos al monarca.

Ya está preso Atahualpa y filosóficamente dice.
“usos son de la guerra vencer y ser vencido”

Atahualpa fue encerrado en el palacio de Cajamarca, ofreció por su rescate llenar de oro la sala que le servía de prisión, hasta que el precioso metal llegara a la altura de su mano y empinándose sobre los pies hizo en la pared una señal.
Ojos tremendos abrieron los castellanos.

Algunas semanas después llegaron numerosos indios cargados con el oro ofrecido por el rescate, el cual se asegura ascendió a 607 millones.

Que nos repartan ya grita la soldadesca codiciosa.

Llega el reparto, fabuloso reparto, apartado el quinto para el Rey, don Pedro Sancho el escriba legaliza la repartición.

Llega don Diego de Almagro con los suyos y se le da su parte del tesoro, y luego hizo colgar a su ex escribano y secretario un tal Rodrigo Pérez, por ser el que inventara sobre la traición de don Diego.

El Inca Atahualpa se entristece al ver que aumentan los refuerzos de sus apresadores.

Pasan los días y se encarecen las cosas de ultramar extraordinariamente.

El desgraciado Inca creyó que pagado el rescate se le pondría en libertad, pero se engañó miserablemente, Pizarro no veía en el más que un estorbo y un peligro, porque podía sublevar a los indios, resolvió darle muerte, se sujetó al infeliz Atahualpa a una farsa de proceso, en que los jueces fueron Pizarro y Almagro y dos consejeros nombrados por ellos mismos, a fin de que nada falte a esta comedia nombraron un defensor al reo.
Las acusaciones contra Atahualpa fueron:

Haberle usurpado el reino a su hermano Huáscar.
Su idolatría y vivir en concubinato.
Los impuestos fraudulentamente cobrados después de la llegada de los españoles, dueños legítimos del país.

Se examinaron testigos y como Felipillo era el intérprete, traducía en cargos aplastantes.

Se condenó a Atahualpa a ser quemado vivo, Atahualpa apelo al Rey de España, le conmutaron la pena por la horca con tal que se bautizase, así lo hizo recibiendo el nombre de Juan, se le aplico el vil garrote el 29 de agosto de 1533.

A la muerte de Atahualpa fue Toparpa a quien se le ciño la Mascaypacha, con grandes fiestas y siendo bien recibido por los naturales que creían volver a la pasada grandeza, el conquistador español se decide ir hacia el Cuzco tras las ingentes riquezas, pero misteriosamente muere Toparpa muy cerca de Jauja.

Don Hernando Pizarro viaja a España con los quintos del Rey y lleva el encargo de pedir honores para don Diego de Almagro, el tuerto viejo muy amigo de don Francisco Pizarro, con esta maniobra inteligente comisiona en secreto a otros amigos remachar el pedido de honras para don Diego de Almagro.

El imperio se desmorona.

Huamachuco, Andamarca, el valle de Jauja pintoresco y poblado a sesenta leguas de Cajamarca, primera resistencia Inca.

Cerca del rio los naturales esperan embravecidos al mando de Quisquis, denostando a las tropas castellanas.
Idos de aquí laya de picaros, decían traducidas por el intérprete.

Los españoles se meten en las aguas del rio embravecido y torrentoso, le dan una gran paliza a los Incas.
Segunda fundación española Jauja.

Lindo valle vistoso y bien poblado con su rio y caudal seguro, conveniente para hacer nuevo asiento de españoles, el señor capitán adelantado don Francisco Pizarro a titulo precario funda Jauja con cuarenta vecinos españoles, cerca del lugar denominado Hatunjauja, este día es octubre de 1533, cabildo, regidores, su teniente será el señor Riquelme, el tesorero real.

Mientras descansan las tropas en una de las tiendas de campaña, dos soldados que son amigos beben vino y conversan sobre los hechos de Cajamarca, ambos tienen cierta cultura no son ignorantes, uno de ellos dice “Pizarro uso de felonía con Atahualpa y tuvo todas las trazas de un asesinato” el otro responde “si, pero que conquistador tiene la conciencia sin crímenes, acaso conquista no es sinónimo de arbitrariedad, Pizarro no es una excepción hizo lo que todos, matar, destruir y robar, pero como a todos los conquistadores la historia lo colocara como un hombre ilustre, yo solo lo considero como una fuerza de la naturaleza.

Avanzan entre tanto don Francisco Pizarro y Hernando de Soto, con formidable falange avanzan a ganar el Cuzco la ciudad imperial, que promete botín apetitoso y es clave en la conquista.

Le sale al paso el general autóctono Chalcuchimac, el triunfador de tantas lides, pero es derrotado, a sangre y fuego y feroz carnicería.

Los naturales enloquecidos por la obscena traición del Inca Manco, descendiente imperial que permite la marcha hacia el Cuzco.

Don Francisco Pizarro irrumpe en el Cuzco con la avalancha de su mesnada, la real metrópoli de leyenda caerá por primera vez ante gente extranjera, el ombligo del mundo es profanado y se realizara en forma vandálica, vírgenes y templos serán ensuciados por la baba de la soldadesca, las piezas de oro pasaran de mano en mano a golpes de dados, se cuenta que solo un soldado saco 27 cargas de oro y 2,000 marcos de plata, amautas y sacerdotes serán perseguidos, los cadáveres penderán de las horcas en racimos fantásticos, los naturales treparan los cerros abandonando la heredad querida, enloquecidos de pavor, un cataclismo nunca oído ni visto está sucediendo en las entrañas del imperio, y los soldados como langostas impasibles talaran una cultura, el sol del Cuzco se pone en el ocaso.

Guardan silencio las antaras y los potutos.
Hay frases que solo se dicen con lágrimas.

Entretanto Benalcazar y don Diego de Almagro se apoderan de Quito con gran fatiga de sus tropas, pero se les presenta una seria dificultad don Pedro de Alvarado, el ardoroso adelantado de Guatemala deseoso de aventuras y riquezas, desembarca en puerto viejo con 500 soldados y se dirige a Quito, ambos bandos están a punto de sangrienta batalla, pero interceden algunos oficiales para una tregua, y Alvarado pide una indemnización de cien mil pesos para retirarse, que se le acepta.



Texto agregado el 21-03-2014, y leído por 155 visitantes. (1 voto)


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