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Inicio / Cuenteros Locales / atolonypico / Un extraño entre nosotros.

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Uno.

El gran Calamaro sonaba a través del audífono del ordenador. Con sus cosas argentinas y demás, Andrés Gonzaga se tele transportaba musicalmente a su país. Pensó que allí empezaba el verano austral mientras que en aquel pueblo de provincias de la madre patria la gente estaba preparando sus ropas de invierno. Hace frío y estoy lejos de casa, sonó entonces en el portátil.
Cerró el ordenador y se fue a comprar la prensa española al quiosco de la esquina. Hacía tiempo que no se llevaba una sorpresa agradable. Todo era trabajo. Al menos en Argentina encontraba respuestas de la gente emotivas.
En aquel lugar se sentía perdido. En la ciudad, en donde había estado hasta hacía un mes escaso, en mitad de todo aquel anonimato no se sentía solo. En el lugar de provincias donde lo habían destinado se hacía más patente aquella situación. Cuando cerraba la oficina no le quedaba otra alternativa que regresar a la habitación de la pensión. Si al menos hubiese sido verano, se planteaba. Pero no; de la pantalla del ordenador a la del televisor y no había otra. También podía acudir a una oscura cantina- lo había probado- que no quedaba lejos de su casa a y a la que asistía gente solitaria a beber alcohol. Pero él no estaba para eso. Todavía era joven, gozaba de salud; en la Argentina había sido un gran deportista. No era tiempo de enfrascarse- nunca mejor dicho- en la botella de ron.
Dos.

Durante todo el año- hasta que lo despidieron- acudía los sábados a la cancha de fútbol donde disfrutaba del balompié. Cuando se quedó sin laburo, como dicen allí, dejó el fútbol y estuvo un tiempo perdido hasta que resolvió la emigración. A España llegó en los primeros años de bonanza económica del gobierno de Zapatero y logró una rápida colocación. Pero terminadas las vacas gordas o aceptaba el traslado a aquel remoto lugar de provincias o pasaba a engrosar la larga lista del paro que por entonces campaba en el país. Y transigió. Hizo la maleta y cogió un largo tren. Hasta entonces creía que España era toda como Madrid.
Pero no era así. La llanura manchega no tenía que ver con el tráfago urbano ni con las luces de neón. Era, en general, más fría y en particular más inhóspita.

Tres.

El hombre empezó a hacerse la cena: patatas asadas y pescadilla. El aceite de oliva crepitaba en la sartén cuando, con la espumadera, daba vuelta a los peces. Después se sentó a la mesa y puso el telediario. Cuantos más canales había abiertos menos valía la programación- reflexionó para sí- antes de buscar por enésima vez algo digerible. La televisión había dejado de ser nutritiva y de menos calidad que en los tiempos de infinitos menos medios. Era un martes cualquiera de un día de otoño y las gentes se batían en retirada hacia sus aposentos con el biberón televisual.
No encajaba en sus parámetros la vida a que se veía abocado de mesa camilla y aparato de televisión, él, que había frecuentado los más refinados clubes de la cultura bonaerense. Con mucha imaginación podía sustraerse a aquella aporía que era la vida en invierno de aquel lugar de la meseta sur. Sin embargo, bastaba con poner los pies en la calle para darse cuenta de lo ímproba de tal misión.
Después de cenar, salió a tirar la basura. Coincidió en el contenedor con María. Conocía a la muchacha de la agencia de telefonía en que trabajaba nuestro protagonista. Tras los saludos de rigor se despidieron. Sólo el amor puede salvarte, pensó el argentino. Pero no le dio más importancia y regresó a su morada. Puso el disco de Calamaro en el reproductor de su portátil y se quedó durmiendo con las costumbres argentinas, sus recuerdos y sus sueños.

Cuatro.
Despertó a media noche con sed de agua. Se levantó y bebió. Había tenido un sueño premonitorio lleno de imágenes como los que tenían los personajes de García Márquez. No sabía por qué de manera tan recurrente le afluían aquellos trozos de metraje multicolor. Hasta entonces la vida le había surtido de colorido hasta el punto de hacer innecesaria aquella recurrencia onírica, pero conforme se había adentrado en la espesura y oído el viento aullador de aquella tierra le venían imágenes del trópico. Toda la exuberancia de América salpimentaba sus sueños desde que la inmensidad del campo se había instalado en su vida. A veces, a fuer de querer vivir nuevas experiencias, pensaba en hacer excursiones nocturnas. Era un hombre de fuerte imaginación y disfrutaba con historias que se salían de lo corriente. Lo único que llevaba mal era el desarraigo que hasta entonces presidía su cotidianeidad. No llevaba tampoco trazas el asunto de operar en el medio plazo un cambio.
Aquella noche ya no volvió a la cama. Desvelado como estaba se sentó en el sofá a escuchar el viento. Con el ventilador del calefactor y al arrullo de su calor, concibió nuevamente el sueño. Que estaba rodeado de aromáticas plantas en una especie de nuevo edén.
Con el primer sorbo al café a la mañana siguiente le vinieron aquellos recuerdos.

Cinco.
El día de su quincuagésimo tercer aniversario se elevó a las alturas de una manera exagerada. Más de lo corriente, diría él. Había alcanzado el éxtasis cinematográfico. Se creía inmerso en una película. El factor desencadenante había sido un mensaje telefónico anónimo que le había hecho perder la sensación de aislamiento por un instante. Aquel día miraba a su alrededor en la oficina, en la calle, en el bar con el desayuno y en todas las miradas creía ver un candidato potencial a la imagen mental que tenía del mensajero. Vivía intrigado con el asunto.
Precisamente tal hecho le había hecho reparar en que se encontraba solo en el mundo. Las amistades de la Argentina se habían enfriado mucho con la distancia y a su madre la había perdido hacía un tiempo. Tenía unos tíos en Pernambuco con constancia más teórica que real. Aquel día el frío se hizo patente por primera vez. El veintidós de noviembre, un poco tardíamente. Mientras se dirigía a su casa e iba embozado en la cazadora trataba de hacerse una composición mental del autor de aquel “disparo” que había calado de una manera insospechada en su corazón.
Deseaba en el fondo de su corazón que se tratara de una mujer. Le resultaba especialmente poético. Con todos aquellos años a cuestas y todavía pensaba en el amor romántico, reflexionó. Había tenido un par de historias amatorias en su vida que no terminaron de fraguar. No obstante y a pesar de ello en su fuero interno deseaba encontrar un refugio contra la soledad.

Seis.
Aquel día de navidad estaba guisando unas cocochas cuando se le vino abajo el fuego del butano. Se presentó casa de su vecina María por una bombona de repuesto. La alternativa era comerse un bocadillo de mortadela. La chica vivía con su anciana madre sin otra ocupación que la de cuidar a la señora. Había acudido a la oficina del argentino un par de veces. Se conocían también de coincidir por la calle pues vivían en casas casi contiguas. Con todo, no le pareció ningún atrevimiento dirigirse con aquella demanda a la muchacha aun mostrando cierta reticencia en su fuero interno.
La posibilidad de que se echara a perder el bacalao pesó mucho en la balanza de aquella toma de decisión, todo hay que decirlo. Le abrió la puerta la madre, pero al instante apareció el perfil de la pizpireta María que había reconocido su voz. Las dos mujeres en la soledad de aquella vieja mansión agradecieron aquel gesto de confianza que el muchacho había tenido y como quiera que tampoco pudieran ofrecerle la botella de repuesto lo invitaron a cenar.
Andrés aportó las cocochas a medio hacer y la botella de vino que tenía preparada para acompañar aquel manjar.
La madre de María- la señora Eugenia- tenía una viva imaginación con la que aderezó la cena de manera tan grata como lo hicieran los alimentos. Contaba la mujer historias de su juventud con tal gracia que por un momento desde hacía meses Andrés se sustrajo de sus negros pensamientos.

Siete.
Ya llevaba tiempo entre nosotros Andrés Gonzaga cuando se le empezaron a abrir los goznes de las puertas de nuestra sociedad. No era un personaje de aluvión instalado en otra realidad por motivos de mera subsistencia; se trataba de un individuo al que la resaca de la vida había situado entre nosotros en mitad de la llanura manchega y que, como tal, la llanura no podía sino integrarlo o no, no pudiéndose dar términos intermedios. Se trataba de un hombre que se ofertaba solo de una manera diáfana y que por tanto podía encajar en aquel mosaico local con bastante facilidad, además de hablar la misma lengua.
Andrés Gonzaga Martini- como el vermut, le decían siempre- llevaba camino de obviar, con la ayuda de aquel pueblo, el inconveniente de la soledad. Para ello, no había tenido que hacer nada; más bien no hacer. Se había tenido que limitar a llevar una vida sin estridencias, no perturbar la convivencia y, sobre todo, a evitar que en aquella su boca entraran moscas.
Desde aquella navidad en casa de la señora Eugenia a pasos lentos pero seguidos el calor de la gente se había ido instalando en su vida. Sin embargo, como en todo, siempre hay disidencia. Siempre hay malquerencias y envidias, roces inevitables y aunque el muchacho procuraba llevar un comportamiento escrupuloso su sola presencia no era del agrado de todos.
Ocho.
Tras aquella navidad memorable, el hombre tomó conciencia de su papel en el mundo, en la villa y en el universo. Sobre su papel en el mundo siempre había mostrado cierta reticencia, pero su papel en aquel lejano lugar de la tierra donde se había criado se estaba materializando. No fue la última vez que Andrés frecuentó la casa de las mujeres. Desde aquel momento en que había franqueado por vez primera la casa, por una especie de acuerdo tácito, aquella puerta estaba para él abierta. No hizo falta que se dijera; tal había sido el entendimiento con las dos vecinas.
Nueve.
Para abril se casaron la hija de Eugenia y el huérfano de lejanas tierras. A aquella boda, de la parte del novio, sólo vino el propio novio. Tampoco es que fuera muy concurrida por la esposa. Las dos mujeres tenían escasa vida social. Vivían allí por razones circunstanciales pero no tenían arraigo. El marido de Eugenia había sido maestro hasta su prematuro fallecimiento y habían permanecido allí por quedar ya muy lejos su vieja tierra.
Nuevos cimientos se edificarían en la villa. Sangre nueva y remozada vendría con su jugo a regar los campos, las casas y las arboledas. Aquella especie de milagro no pasaba todos los días. Por si fuera eso poco además, su tío de Pernambuco no le había olvidado en la herencia.
Su vida aquel verano refulgía. Tenía mujer y dinero y esperaba un hijo de María. No sabía qué podía pasarle que enturbiara toda aquella felicidad.

Diez.
Había sido una relación de una noche. Un sábado de sed que terminó en la cama. Sin embargo para la muchacha había adquirido categoría de acontecimiento. Pues de resultas de aquella relación se había quedado en cinta, como se decía en tiempos.
En mitad de la cogorza se ve que Andrés le había jurado amor eterno aquella noche de autos inseminatorios. Para julio tuvo a Tomás. Para septiembre reunió las suficientes fuerzas para visitar a Andrés a aquel lugar remoto.
Se llamaba Manuela. Cuando Andrés Gonzaga se enteró de quién era el mensajero telefónico de los tiempos de la soledad era ya demasiado tarde para disfrutar de la noticia.

Texto agregado el 09-05-2014, y leído por 94 visitantes. (0 votos)


Lectores Opinan
2014-05-09 07:45:11 Me parece un buen cuento, pulcro y con una prosa cuidada que se agradece. Gatocteles
 
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