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Inicio / Cuenteros Locales / atolonypico / Vida y obra de Fulgencio Bautista.

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Uno.

Surcando la habitación como veleros alados, las moscas contribuían todos los veranos a la falta de concentración en el mundo de Fulgencio Bautista. Fuera, en las casas grandes, los elementos estaban dispuestos sin navegantes negros volantes.
- Si detesto ser pobre es por el mosquerío, más que por otra razón.
- Cierra la ventana y sales de pobre- le contestó la mujer secamente.
Así no hay manera de escribir algo que valga el papel usado, siguió Fulgencio, a modo de réplica. La mujer esta vez le pidió que le leyera el último párrafo.
“…el ambiente en aquella habitación era tan diáfano que una mosca hubiera supuesto un adorno…”( Precisamente lo contrario que pensaba de la suya).-
Como ves sólo me salen cosas de moscas- prosiguió el hombre. Si cierro la ventana, adivina la temática. La mujer, esta vez, no le prestó atención, absorta como estaba en los pliegues de una camisa con la plancha eléctrica en la mano.
Ya más tarde, añadió: “ decía mi madre que quitaban los reflejos. El hombre cargó sobre el papel nuevamente.
“…para quitar los reflejos no hay nada como una mosca o dos sobrevolando el ambiente; es hecho constatado por la ciencia médica: entretienen y su vuelo mejora el estado general del melancólico…”.
Pon que las moscas las puso Dios para fastidiar el verano, dijo esta vez Laura, que parecía haber salido del laberinto de los pliegues y con ello compuesto el espíritu.
- Qué sabrás tú de moscas y de creaciones…Es el recordatorio constante al pobre de que es una mierda.
- Y sobre todo en verano, no me lo niegues.
- Sobre todo en verano( consintió Fulgencio).

Acto seguido introdujo la última comparativa en el escrito. En ese momento fue consciente de ello: se estaba convirtiendo en un médium literario.
Fuera arreciaba la tempera como no lo hiciera desde el año anterior por las mismas fechas. Miró el termómetro que registraba treinta y tres grados centígrados. La edad de Cristo en meteorología, pensó. También llegó a la conclusión de que el valor de sus escritos rayaba términos escatológicos. Estaba leyendo a García Márquez y admiraba el pundonor del colega colombiano. Se notaba que aquellas novelas estaban hechas en serio. Y no como sus escritos que estaban hechos en broma con una riqueza léxica a la que le venía bien el símil de las moscas sobrevolantes. En realidad pensaba que aquellas hiladas de palabras formaban el dibujo de un látigo que aplicaba sobre sí mismo en una imagen congelada. Pensó que si cerraba la ventana, en lugar de moscas, a falta de aire acondicionado, el protagonismo lo cobraría el tiempo. Estaba harto de hablar del tiempo ya de por sí en la vida regular y no lo quería meter en el látigo. Habrá algún sitio, pensó, donde fuera bien recibido. En realidad la literatura de Fulgencio Bautista, concluyó, la sobrevolaban tantas moscas que un poco de frío no hubiera venido nada mal.
Para haberla disipado, pensó, no más.

Fuera sonó la zapata contra el tambor de freno de un vehículo como si aquel sonido lo produjera un gato grande, produciéndole a Fulgencio dentera.
Se imaginó que venían a comprarle el baúl repleto que tenía de literatura lo que lo alejaría al menos un poco de las moscas y de la pobreza.

Dos.

El primer día del resto de su vida- sonaba a anuncio de televisión- pero era lo único que había configurado durante aquel fin de semana. El lunes vencía el plazo para la presentación del título de la novela y un esbozo de la misma editorial. Pero había algo que no le apremiara en la vida, se planteó. Con el incumplimiento vendría su desahucio como escritor. En una segunda etapa pasaría, previa transición en un quiero y no puedo, a la indigencia descarnada.
Sin embargo, él quería creer en la posibilidad de ser recogido en aquel salto al vacío con que vislumbraba su existencia a partir de entonces, del incumplimiento del plazo o lo que era lo mismo: la falta de solvencia de ideas, en que se le abriría una nueva oportunidad en la vida.

Fue entonces- lo percibió por la ventana- cuando sonaron los platinos del un vehículo aparcado en las inmediaciones. Empezaría la historia con la descripción del motor de arranque de un coche. Al fin y a la postre, pensó, son los artilugios que rigen los tiempos modernos. El protagonista de la novela sería un vendedor de coches y su eslogan de venta, lo primero que le decía a quien quiera que se acercara a aquel puesto, “ con él empieza el primer día del resto de su vida”. Pero las ventas las comenzaba arrancando el vehículo y hablando de los platinos. Y así empezaba el primer día del resto… Con una sucinta referencia a la perfección cuasi musical de aquel mecanismo. Si superaba la primera criba tenía garantizada la subsistencia, a menos durante un buen trecho de tiempo.

Tres.

Aquella noche a través de los sueños había descubierto que estaba enamorado. Contra la fuerza del amor nada se podía y se sintió inmune. Y como sonaba a impune, también impune. De ahora en adelante podía socavar la moral en todas sus líneas y espectros y no ocurrirle nada. Incluso pensó que el Código Penal tampoco le incumbía demasiado. De todas maneras, había alcanzado tal nivel de complejidad que a quién le puede importar. Era un código hecho para gente importante y él no lo era. Por si fuera poco, además, había tenido un sueño. Lo que se dice un sueño; un sueño de amor. En verdad su importancia derivaba de estar enamorado, pero en el código no refería tal condición para nada; que estaba diseñado para importantes de otra manera diferente al estar enamorado, de otras índoles.
En realidad lo que había querido colegir era, más que otra cosa, que aquel amor larvario era de alguna manera correspondido. De otra manera no hubiera soñado. Atribuía propiedades proféticas a los sueños. De hecho había sostenido una primera relación y nunca había soñado con la interfecta. Por qué, se preguntaba. Porque aquel amor no había sido correspondido. Los sueños eran unos hilos invisibles que conectaban a las personas en pos de proteger el amor verdadero.
Había sentido el contacto y el calor de la persona a la que quería querer, por lo que había superado los términos estrictos de voluntad para inscribirse en otra cosa.

Cuatro.

Inmersos de lleno en la precariedad de aquellas obras literarias y el sueldo de enfermera de la muchacha de los sueños, muchos años después, Fulgencio Bautista estaba en un tris de abandonar la cordura por aquel mensaje sibilino que creía encontrar en el vuelo y posado de las moscas. Desde el episodio del sueño se había visto inmerso en una forma de vida basada en la adivinación, más que otra cosa; en el análisis de las señas exteriores como toda suerte de pronósticos, donde, por ejemplo, el vuelo de las moscas formaban el capítulo específico de la escatología que rodeaba su vida. A veces pensaba que más le hubiera valido no soñar aquella noche con Laura.
No era para nada extraño que pensara que aquel gato gigante que chirriaba en la puerta de su casa fuera por fin el editor que venía a arrebatarle aquel baúl por una cartera repleta de pesos. Por ello se emocionó sobremanera al oír el timbre de la casa al poco tiempo. Cuando abrió la puerta pudo comprobar cómo en su vida entraba el otro protagonista de su sueño premonitorio, el padre de Laura, empezó a hacer pesadilla. Seré polvo, pero polvo enamorado, se dijo por fin el autor de “el primer día del resto de su vida”.
Cinco.

Aquel ejercicio de enderezar arrugas con la plancha era harto relajante. Como salir de un laberinto. La madre de Laura había hecho de ello profesión, con lo que la muchacha, entre otras cosas, había podido entrar en la Universidad y ser soñada por Fulgencio Bautista que entonces trabajaba en una librería de viejo- un tío suyo- enfrente de la Facultad de Medicina y veía a la chica todos los días pasar con su carpeta a modo de parapeto sobre sus pechos. Sin embargo sólo cuando la soñó supo que allí había algo más que una mera relación transitoria.
Fulgencio B. había pasado de ser un escritor sin lectores a un hombre con novia dando en conclusión un salto al escalafón de enamorados. La primera ventaja que pensaba sacar Bautista de aquel estadio era ganar un lector. No aguantaba aquellos ripios tremebundos la muchacha pero le prometió seguir sus escritos si se abonaba a la narrativa. Y en ello andaba Bautista tratando de colegir relaciones entre el mundo literario y el no escrito para pasarlas al papel y ganar notoriedad y fortuna, subsistiendo mientras tanto con escritos sedicentes que la publicaban un par de revistas que básicamente se podía decir se dedicaban a la pornografía.
Con todo, la noche que soñó con la muchacha sentada sobre sus piernas, sin haber mediado palabra entre ellos hasta entonces, fue feliz.

Texto agregado el 18-05-2014, y leído por 84 visitantes. (0 votos)


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