La Página de los Cuentos
Tu comunidad de cuentos en Internet
[ Ingresa
|
Regístrate ]

Menu
Home
Noticias
Foro
Mesa Azul
Eventos
Enlaces
Temas
Búsqueda

Cuenteros
Locales
Invitados


Inicio / Cuenteros Locales / bamaka / Nacida de las aguas

 Imprimir  Recomendar
  [C:543041]

No recuerdo con exactitud el día y la hora en que ella vino a este mundo, tampoco recuerdo el lugar preciso en que me debatía entre la vida y la muerte para expulsarla del claustro materno. Es un sentimiento tan extraño y confuso, a veces me da miedo y quisiera olvidarlo para siempre, pero al mismo tiempo me invaden una gran tristeza y compasión por ella, -cómo despojarme de ese instinto maternal, esa delicadeza y ternura que generalmente nos caracteriza a nosotras las hembras.

Razonablemente me cuesta comprender, porqué tuvo que ser de esa manera y no de otra, como es posible que sobre sus espaldas cayera todo el peso de la cólera y la venganza, albergada en la mente y la memoria de los dioses, durante tantos siglos de existencia, como no pudieron reconsiderar la ejecución de esa decisión, esa ejemplar sentencia, y ser un poco más benevolentes con ella, -pero si apenas era una pequeña, inocente e indefensa criatura, vulnerable ante el más leve movimiento, ínfimo peso, e insignificante descuido.

De verdad, me cuesta trabajo entender los misterios de la vida, no cabe en mi cabeza, quizá hubiese sido mejor que todo ese castigo y tragedia tan grandes, las hubiesen ido distribuyendo de manera gradual y equitativa a lo largo de tantas generaciones, -si, algo similar como lo que sucede con los telúricos movimientos, en algunos casos, por fortuna, acontecen con cierta frecuencia, y de esa manera desde sus adentros, esas elevaciones de tierra, desgastan sus energías, y consecuentemente la naturaleza resulta menos cruel y desconsiderada con indefensos seres, incapaces de poder tan siquiera garantizar su propia existencia en el minuto venidero. Pero ni modo, no es cuestión de elección, de gustos o complacencia de caprichos; probablemente sus padres tampoco tuvieron el control, la plena conciencia y previsión el día en que milagrosamente la fabricaron, y mucho menos ella, presentir y cambiar el rumbo de su historia.

Lo cierto es que, su madre cuenta que horas antes de que empezara con los dolores de parto, al regresar del mercado, colocó uno a uno en su lugar, los objetos que había comprado, abasteció esos cacharros sobre el mesón, en su orden, el de azúcar, el de la sal, el del ajo, el de la pimienta y todos esos brebajes que le dan un sabor exquisito a las comidas, depositó en su respectivo recipiente cada uno de ellos; colocó delicada y ornamentalmente cada una de las frutas y verduras en orden ascendente, principiando por aquellas con los colores primarios, en seguida las de los colores secundarios y terciarios, era un ritual que raramente hacía, hasta ella misma se sorprendió de su conducta, y cómo sus manos, casi de manera mecánica y casi matemática le hacían caso a su cerebro, llenando lentamente cada estante del congelador; finalizando semejante tarea con las carnes, carnes rojas, blancas y amarillas, dejando el frízer herméticamente sellado.

Desde lo más profundo de sus entrañas le salió un tremendo suspiro, como de esos portadores de un recuerdo difícil de olvidar, cargado de melancolía, tristeza, o el presagio de un acontecimiento natural o sobrenatural; un frío sudor recorrió todo su cuerpo, desde el bulbo raquídeo hasta los talones, estaba exhausta, como manejada por una maroma cotidiana, la cual jamás en su vida cuestionaba.

Sin darse cuenta se quedó dormida en el sofá, con ese artefacto que permite divagar, y quizá inconscientemente sentir que al fin se tiene el control de algo, sobre ese armatoste rectangular, que delicadamente estaba colocando en el centro de la sala, tenía deseos de estar a tiempo para ver el último capítulo de su novela favorita, su espíritu aún pronto, pero su cuerpo ya no pudo más, la noche anterior se había desvelado, los quehaceres domésticos a mitad de jornada habían consumido casi la totalidad de sus energías, sus ojos se entrecerraban, quiso sobreponerse, haciendo un esfuerzo sobrehumano, pero quedó rendida, roncaba sin cesar, balbuceaba, por ratos se asustaba, brincaba y se reía.

Durante ese tiempo en que me quedé dormida, realmente no se a donde fui –recuerda con asombro, sus ojos lo quisieran explicar todo, pero no puede, ella lucha, intenta recordar con precisión, pero se desconcentra, como si en su cabeza surgieran varias ideas a la vez, y su cerebro enviara órdenes simultáneas y distorsionadas a su cuerpo, cosa que la entorpece y la confunde, prefiere no recordar, no reconstruir esa otra vida, -pero fíjese usted, si no mal recuerdo, durante ese tiempo en que pudo más mi sueño y mi cansancio, lo vi todo claro, tan claro como el agua cristalina, como escenas de una película que pasaron por la retina de mis ojos, con la salvedad de que las imágenes se movían en forma circular, y en sentido contrario de las agujas del reloj, en ese instante comprendí que el futuro se pintaba sombrío e incierto, era un augurio tan extraño, difícil de entender, uno quisiera huir, correr y escapar, pero no puede, porque cada vez que lo intentas no te quedan fuerzas, a punto estás de agarrarlo con las manos, con los pies o con los dientes y escapa, algo siempre se antepone, te opaca, te desconcentra y te saca del camino, –no crea, yo luché, yo quise cambiar eso, saque fuerzas de flaqueza pero ellos son más fuertes, más ágiles y astutos que uno, ellos conocen el camino, y si los sigues terminan metiéndote en una telaraña, un laberinto, al filo del despeñadero.

Esa tarde todavía fui a comprar las tortillas para la cena, había llovido desde pasado medio día, no sé por qué, pero casi siempre compro en la venta de la esquina, pero esta vez recorrí varias cuadras hacia el suroeste de la ciudad, la casita era de techo de lámina, forrada de pedazos de lata vieja, de madera carcomida por el comején, plástico y cartón, ahí estaba ella, con la mirada fija hacia el comal, sobre el cual caía una intermitente y majadera gota de lluvia, que al caer inmediatamente se secaba por el calor del fuego; un perro cenizo echado junto al fuego, esperando su comida, ya no tenía fuerzas para ladrar, con mucho esfuerzo lograba ponerse en pie, sin embargo temblaba y desmayaba, días atrás había sido atropellado por el camión de la basura, –comentó Laura, la patoja que despachaba las tortillas, –pobre cenizo, malaya, en mi pueblo parecía que era muy feliz, corría a sus anchas, cómo olvidar sus grandes aventuras de cacerías, pero un día decidí traerlo a la ciudad, y como que este no era su lugar, –se da cuenta de lo que le pasó, pero para haber sabido, ni modo cuando muera no lo dejaré acá, el tendrá que regresar al lugar donde nació, no sé como lo haré, me preocupa un poco, estoy pensando cuando eso llegue, sin que nadie se dé cuenta, lo echaré en un costal y me lo llevaré, porque se imagina usted, pobrecito cuando muera, y su alma pretenda regresar, todas las calles, los obstáculos, y los kilómetros que tendría que recorrer para regresar a casa, quizá nunca encontraría el camino de regreso.

La lluvia arreció, y sin darse cuenta, el tiempo había transcurrido, se había quedado platicando con Laura sobre el pobre Cenizo, echado en las cenizas, pobre y noble animal, quizá también sobre sus espaldas pese algo de tragedia, y maldición, que sin quererlo también le corresponde sobrellevar, para hacer más liviana y más ligera la carga.

Esa noche llovió a cántaros, los cielos tronaban, relampagueaba, y la lluvia inclemente e inmisericorde se precipitaba sin consideración alguna, el viento chiflaba y se metía en cualquier hendidura que encontraba a su paso, en la madrugada se oía el trote y relincho de caballos, los perros aullaban inconsolablemente, las calles ya no parecían calles, parecían ríos, riachuelos, el agua arrastraba lo que a su paso encontraba. Hasta las construcciones más sofisticadas, resintieron el peso y la insistencia de la lluvia, repentinamente, y al azar iban apareciendo goteras por todos lados, los árboles ya no soportaron el peso de los años, de la lluvia, no encontrando donde agarrarse, desplomándose uno a uno, causando daños irreparables.

Toda la gente a su manera, y desde su creencia y devoción puso su confianza en lo eterno, lo inmutable y todopoderoso, elevando plegarias, jaculatorias y rogativas, pidiendo clemencia y misericordia, para que el grifo se cerrara, y de mañana apareciera el arco iris, todos esperaban que mañana fuera otro día, en el que el sol por fin dejara ver su rostro, y el agua fuera bajando lentamente.
Larga espera, con la confianza de que el recuento de daños no fuera más dramático, unas vísperas muy largas, esa vigilia interminable, al compás de esa lluvia majadera, sin cesar, pasaban las horas, los minutos, y no amanecía, las pértigas del alumbrado público empezaban a tambalear, cortos circuitos por doquier, apagones, luces de luciérnagas en las ventanas, la luz de uno que otro cigarrillo en las ventanas de los pisos en los castillos de arena, a lo lejos se divisaba en la oscuridad.

Los niños a petición de sus padres, tutores o mayores juntaban sus manitas, y las pegaban al pecho, moviendo los labios lentamente, mirando a veces al cielo, a veces al suelo, cabeceaban de sueño y de cansancio, pero los mayores insistían y les suplicaban que siguieran en pie, despiertos, pidiéndole fuerzas al Creador, porque creían que las oraciones de los niños eran más tiernas, puras y delicadas, que la de los mayores, ya que ellos no se consideraban con la suficiente dignidad y solvencia para hacer sus peticiones, y mucho menos tener una pronta y satisfactoria respuesta a sus legitimas petitorias. Sin embargo, muchos niños caían, por mucho que se sobreponían se desplomaban por el sueño, quedándose dormidos a los pies de los mayores, al pie de la cama, del sofá o de la mesa de la cocina.

Un nuevo día llego al fin, la lluvia arreciaba, cada vez más espesa, más violenta e inclemente, hacía de las suyas, todo ser vivo trataba de escapar por su vida, el agua había llegado a su nido, su cueva o su guarida, trepaban las paredes, los árboles, las pértigas del alumbrado público, buscaban algo seco, algo relativamente seguro, bandadas de gaviotas, golondrinas, clarineros, cenzontles y buitres migraban hacia las ciudades, y poblados; graznaban con dolor, buscando refugio y algo de comida.

Los roedores eran arrastrados por las correntadas, sus cuerpos enajenados flotaban sobre las aguas negras, otros lograban trepar, escapando por su vida, gozando de inmunidad una infinidad de insectos que aunque nos sobrevivan millones de años, jamás serán capaces de contar que en esta ciudad también existió gente noble, maravillosa, gente extraordinaria, capaz de arriesgar su vida por el otro, y dar esa lección que a pesar de los pesares, la vida bulle de los escombros, de los sótanos, de las profundidades de las alcantarillas, con ese maravilloso y extraordinario condimento que es el amor, que es más fuerte que la muerte.

Llovió durante tres días y tres noches, hasta que el día cuatro, al amanecer, una brisa pertinaz seguía cayendo, pero lentamente fue aclarando, las nubes negras se fueron disipando, como un ave que levanta vuelo se fue alejando, y apareció el sol, formándose el arcoíris por todos esperado, el agua quedamente fue bajando, el tiempo permitió que las autoridades pudieran movilizarse y responder mejor a las necesidades de la población, restableciéndose gradualmente los servicios.

Los noticieros, los diarios y los rostros de la gente, retrataban a la ciudad en sus peores fachas, la comunidad internacional la desnudaba con morbo, alevosía y premeditación, en la peor estación del año, y sus gobernantes que a pulso se ganaban cada vez más las peores notas del semestre, y si abrían las fauces solo era para salpicar veneno, basura, o se hacían merecedores de las peores sátiras, las más crudas críticas, burlas y abucheos; pero pertinaces con lo suyo jugando su juego preferido, seguían para adelante, creyéndose héroes de la historia.

Por fortuna, debajo de esos escombros, debajo del temporal y del mal tiempo, albergaba sus sueños la gente, estallaba una sonrisa, un gesto, una caricia, y los reconstructores iban a la carga con los piropos, galanterías y hasta rusticidades, con el ánimo de atraer la mirada, o la atención de las féminas que pasados los días malos, calzaban de tacones, y ni modo, tenían que volver a la rutina, arañando las aceras, al ritmo de sus contoneos de caderas. Todo pretendía volver a la normalidad, y siempre aunque no se quiera hay que aprender a perder algo, a alguien, y dar esa lección que a pesar de las tragedias, de los cataclismos, tsunamis, terremotos y maremotos, la vida bulle, y se siguen enterrando muertos y fabricando niños.

Prueba de ello, en agradecimiento al cese del vendaval, al siguiente día, el cura y el concejo parroquial, sacaron en profesión a la Virgen de la “Concha”, así la llamaban en esa porteña ciudad, y otros irreverentes le decían “La virgen concha”, asentada en las costas del océano Pacífico, tierra de valientes marineros que día a día se ganaban el pescado, el pan y el vino, con el sudor de su frente y de su espalda, trepados en esos rudimentarios artefactos, labrados en madera, arpón en mano cazaban a su presas, o tendiendo con técnica y estilo sus astutas telarañas.

Esa madrugada el sacristán se durmió un poco antes que como de costumbre, y se levantó también un poco antes de las cinco, precisamente esa noche tenía la obligación, o el libre consentimiento de cumplir con sus deberes maritales, según contó su cónyuge, hacían el amor tres veces por semana, los días martes, los días jueves y los sábados, ya muy entradas las horas de la noche, pero ese día prefirió contenerse, también ella, no tuvo reparo alguno, el vendaval había hecho que sus pensamientos y deseos estuviesen controlados por el instinto de conservación, y salir ilesos de las fuerzas de la naturaleza. Así que, a las cinco horas con quince minutos, se levantó se santiguó, hizo una pequeña genuflexión, miró hacia el cielo, cerró los ojos y tiró un beso hacia arriba con su mano derecha.

Se vistió de guayabera blanca, una chaqueta color café, botines color marrón, con ovillas de hojalata, color plateado, y unas campanillas en la parte externa de los zapatos, que al caminar hacían un ruido muy particular, se puso su sombreo tejano, redondo, color negro, y a las cinco horas con cincuenta minutos, empezó a tirar del lazo para hacer tañer esa campana vieja, que según narran los memoriales de tiempos tan remotos, en el transborde de la misma, ésta fue halada por seis yuntas de bueyes, que tardaron tres semanas en recuperar las energías que gastaron durante sesenta kilómetros de distancia, por el término de tres días de camino, y para ello consumieron ocho pilas de agua, una tonelada de heno, y dos quintales de sal morena.

A las siete horas, ni un minutos más, ni un minuto menos, el cura de pie en el atrio de la iglesia, rodeado de los feligreses, creyentes y no creyentes, tomó solemnemente el acetre, y a la vista de los presentes, lo sumergió en la fuente que se encuentra frente al oratorio, con dos angelicales esculturas en sus laterales, lentamente salpicó sobre la imagen de la virgen, y todos los presentes, para purificarlos de sus pecados, y de esa manera sentirse dignos y liberados para poder incorporarse al cortejo procesional.

Recorrieron todas las calles del poblado, solemnemente la imagen se movía como saludando y bendiciendo a la ciudad, a las moradas, negocios y locales, de las cantinas y de las tabernas salían algunos valientes hombres, mancebos y púberos patojos, y desde los cerrojos de las puertas, se veía que se asomaban los rostros de las féminas, a quienes el cura en silencio y parsimoniosamente moviendo los labios, les salpicaba de agua bendita, que con el acetre extraía de una cubeta que colgaba del brazo del sacristán, dichos individuos ebrios de alegría y emoción, saltaban para que el agua les cayera en la cabeza, otros abrían la boca, pretendiendo ingerir ese sagrado líquido para purificar su aparato digestivo, o probablemente por la sed sofocante de la resaca.

Al unísono gritaban ¡Viva la madre de los marineros!, ¡Alabado sea el buen Jesús!, algunos no podían tolerar semejante presencia y energía, gracia o bendición, que caían de rodillas, agradecidos por que el vendaval se había ido, y podían zarpar en sus canoas o cayucos a ganarse la vida, para disfrutarlo y compartirlo con sus amigos y damas de compañía, que eran las únicas que los esperaban después de semanas y meses de ausencia, metidos mar adentro.

En cada esquina, el cura con la cruz en mano bendecía las encrucijadas, inclinaba la cabeza y elevaba al cielo la mirada, no se escuchaba lo que decía, solamente se le vía mover los labios parsimoniosamente, y en seguida solicitaba al monaguillo que incensara a las casas, a las personas, a los perros, a los gatos, y cualquier animal doméstico o silvestre que a su paso encontraran, para que fueran dignos de habitar o transitar en esa ciudad.

El cortejo procesional estaba cargado de rituales, de simbolismos, que hacían más atrayente y sugerente involucrarse, a lo largo del recorrido se fueron uniendo más personas, entre ellos niños, ancianos, jóvenes, borrachos, indigentes, otros clausuraban sus changarros, dejando caer ese desagradable ruido de las cortinas de metal, incluso delincuentes pretendían expiar sus culpas y delitos, y engrosaban las filas procesionales; jaurías de perros de todas las razas, tamaños y colores iban a la retaguardia cuidando de sus amos.

Pausas y silencios a lo largo del cortejo, cánticos, lecturas, petitorios y rosarios se fueron desgranando a lo largo del camino, jaculatorias, preces, gritos y plegarias se confundían, esfumaban y elevaban entre el incienso, y los vómitos de humo que salían de las chimeneas de las casas, comedores, panaderías y fabricas asentadas a lo largo y ancho de la ciudad. Recorrieron la ciudad en forma circular, partiendo del kilómetro cero, pueblo fortaleza, en cuyo centro se concentran los poderes, y de esa cuenta, fueron avanzando. Avanzada ya la tarde, se internaron mar adentro, transportados en canoas y cayucos, como para alejar el mal tiempo a la otra orilla, y aplacar la ira de los dioses.

A lo lejos se divisaba un mar de gentes en el mar, mientras iban pasando los segundos y minutos, más se alejaban, perdiéndose de la vista del espectador. El cortejo regresó en la madrugada del siguiente día, traían una magia inexplicable, una mirada misteriosa, una sonrisa contagiosa, y una paz inquebrantable, que probablemente sería el combustible para soportar el peso del cotidiano, las tragedias por venir, ojalá no sea así, que sádico y que cruel el que espere para sí y para los demás el mal y la desdicha.

Delicadamente, y con solemnidad ingresaron la imagen de la santísima virgen al centro parroquial, en un recinto contiguo a la sacristía, ahí la dejaron descansar, probablemente por un siglo más, reuniéndose todos los aún presentes en el atrio de la iglesia, para hacer la plegaria final, recibir la bendición, y las salpicaduras de agua bendita que el cura reverencialmente extraía de la fuente con el mentado acetre, quedándosele fijamente mirando esas dos esculturas angelicales colocadas a los costados de la misma, como pretendiendo decirle algo al oído, o darle un abrazo de agradecimiento.

En seguida, exhaustos y aletargados los presentes, lentamente se fueron despidiendo, yéndose para sus casas a dormir un par de horas; a lo lejos y como en sueños ya se escuchaba la marimba, los cohetillos, el bullicio de la gente, que daba paso a la celebración secular organizada por la corporación municipal.

Pero como fue posible que Cecilia Nohemí Escalante Jaramillo, perdiera la noción del tiempo y del espacio, cargada de adrenalina, ebria de sentimientos encontrados, en estado de trance, se olvidó de los primeros síntomas de parto, sin duda estaba feliz, y a cada instante se tocaba y encomendaba al eterno, el fruto de su vientre. Amaneció el quinto día, los romeros durmieron hasta pasado el medio día, solo el hambre los despertó; la fiesta secular seguía su curso, bailes y zarabandas al compás de la marimba, la zamba, la salsa, el mambo y el reguetón, fuegos artificiales iluminaban la noche del jueves cinco del sexto mes del año.

Al siguiente día, todo terminó y volvió la ciudad otra vez a la normalidad, la rutina, algunos ebrios aún seguían danzando en el parque, en las calles, buscando la música en sus cabezas, renuentes a que todo terminara, no querían creer que todo hubiese sido un sueño, quizá por la anestesia del guaro, el sueño o el cansancio, aún no comprendían lo que había sucedido, y seguían en el juego que ellos mismos habían imaginado.

Al final la basura queda, el desorden, y la nostalgia de lo que nunca jamás volverá. Lamentablemente durante la fiesta se reportaron una que otra riña, dos que tres heridos fueron atendidos en los nosocomios estatales, y uno que otro fallecido a causa de disparos con arma de fuego, y otros por el frío del metal.

Entrada ya la noche, Cecilia Nohemí reanudó sus dolores de parto, como que si solamente hubiese hecho una pausa, un receso, y regresó otra vez a la realidad, fue auxiliada por una vecina comadrona, quien le dio de beber unos brebajes mezclados con hierbas silvestres y plumas de aves exóticas del trópico, con lo cual supuestamente su cuerpo cobraba laxitud, y con un poco de fuerza de voluntad expulsaría al nuevo ser, que pasará a formar parte del conglomerado social. Y así fue, agarrada de unas jarcias que daban del techo de su habitación, haciendo fuerzas, logró que la cabeza de la criatura saliera sin mayores complicaciones y contratiempos.

En medio del vendaval, ese nuevo ser se preparaba para sentir por primera vez los efectos y retos que le deparaba un mundo un tanto hostil, y retador, al ser expulsada por completo, de inmediato soltó el llanto y se aferró del dedo pulgar derecho su madre, buscando instintivamente el pezón izquierdo, e ingiriendo sorbo a sorbo esa sustancia blanquecina que le daba un poco de consuelo y seguridad, sintiendo que aún estaba protegida, incubada en el vientre de su madre; durmió todo el día, se despertó con sobresaltos y llantos en la madrugada.

De la noche a la mañana le empezó a dar una flemática tosecita, a pocos días de nacida empezó a consumir muchas energías, su piel adquiría un color rojizo, o morado de tanto toser y hacer fuerzas innecesarias, sin embargo con las recetas caseras de la comadrona poco a poco fue curándose, y lentamente fue estirándose un poquito, pero no como suele ser el crecimiento normal de los niños, toda vez que milímetro a milímetro crecía cada quincena o cada mes, el crecimiento era imperceptible a simple vista, probablemente se necesitaba de un metrónomo para hacer las sumas y las restas.

Una mañana común y corriente, vacía y tediosa, como solían ser muchas mañanas de lunes en la vida de doña Cecilia Nohemí, se levantó con un mal presentimiento, esas corazonadas que te sugestionan, y ahí están dando vueltas en tu cabeza, y no se van hasta que no tomas una decisión, ignorarlas o echarlas de un tajo de tu vida, pero ella aseguraba que había visto que al entrar los primeros rayos del sol en la ventana, de inmediato una nube negra saltó de la cama y salió corriendo, tirando de una sabanilla.

Probablemente, las circunstancias en que la niña vino a este mundo, no fueron las mejores, ni las más amigables, es más, las fuerzas de la naturaleza parecía que querían acabar con todo lo que encontraban a su paso, vientos huracanados que traían energías desde otras latitudes, agua evaporada salida de los mares, testigo de tantos siglos de misterio, de luchas y batallas perdidas. Con el ánimo de disipar esa sombra que aparentemente merodeaba y apocaba la frágil e incipiente vida de la criatura, doña Cecilia decidió prepararse para presentarla ante la asamblea, y ser elevada a la vista de los feligreses como nueva integrante de la comunidad.

A los treinta y tres días de nacida, un domingo del séptimo mes del año, se levantó a tientas para no despertarla, y sigilosamente salió de la habitación, cumpliendo rigurosamente con cada uno de los procedimientos de su aseo personal, procuró en la medida de lo posible ordenar la casa, se preparó el desayuno, y en seguida regresó a la habitación, con sutileza trató de despertar a la criatura, la cual lentamente fue cobrando movimiento, abrió los ojos y tomó de la mano de su madre. En seguida, delicadamente con paños humedecidos con aceite de ricino, limpió su delicado cuerpecito, y una vez amamantada, la vistió de blanco, se puso sus mejores galas, saliendo rumbo al oratorio, en cuyo atrio ya las esperaban los feligreses, el cura y el sacristán, recibiendo el sacramento del bautismo a través de la sumersión en las aguas de esa fuente, en cuyos costados erguidas permanecían inmutables, esas esculturas angelicales, testigos del inicio del pasado cortejo procesional.

El silencio se apoderó del ambiente, como si pasara un ángel, cuando repentinamente la criatura echó en llanto al sentir el agua fría en su cabeza, en seguida fue ungida con los sagrados óleos, y de los labios del cura fue nombrada ante toda la asamblea: Lluvia Esperanza, ese sería su nombre de pila, con esa marca, esa señal en la frente, será nombrada para siempre, será llamada y será identificada hasta que duré su peregrinación por este planeta, e incluso cuando ya no sea de este mundo, así sea recordada por las futuras generaciones.

Cumplidos los nueve meses de rogada existencia de Lluvia Esperanza, inesperadamente, su madre escuchó en una noche lluviosa, que daba de ronquidos de ronrón, cual insecto impertinente ahuyentaba el sueño en la quietud de la noche, y al mismo tiempo unos aleteos o revoloteos entre las cobijas, cual sorpresa, que al día siguiente al quitarle los pañales y demás prendas, ella observó que en la terminación de las extremidades superiores, que daban a la espalda, por arriba de los pulmones le empezaban a salir unas finísimas plumas, y pequeñas alas, como alas de libélula. Cecilia recordó que por la retina de sus ojos, habían pasado esas difusas y escalofriantes imágenes, lo tenía presente, días atrás, como en sueños había visto ese futuro inmediato, tan claro como el agua cristalina, algo había presentido.

Los días pasaron, ella trató de olvidar lo que sus ojos habían visto, lo que sus manos habían sentido en el cuerpo de su hija, quiso olvidarlo para siempre, creer que todo había sido un sueño o pesadilla; pero imposible lidiar con la cruda realidad, que al rato se imponía con su deforme y obstinado rostro, repentinamente la criatura escapaba de los brazos de su madre, dando tumbos como pretendiendo emprender vuelo, revoloteaba entre las sábanas; cosa que fue causando angustia y desconcierto, acaso se podía caer entre las llamas del fuego, entre las brazas, en el agua, ahogarse en la olla de la sopa, o golpearse contra de las paredes, o los muebles que equipaban la habitación.

Era incontrolable, al parecer nació para ser libre, desconcertar a los humanos era su misión, y no depender absolutamente de nadie, en un instante de descuido, escapaba de las manos, trepaba a las paredes, posaba el techo de la casa, revoloteaba cual ave herida y cautiva en busca de su hábitat; siempre había que estar en vilo, pero imposible, el sueño o el cansancio no lo permitían. No hubo más que ingresarla en una especie de jaula o mantilla que impidiera su huida. –Ella no es mi hija, de plano mucho antes del vendaval ya no era de este mundo, aunque nosotros creíamos que vendría, quizá sea un ser que esa lluvia trajo de saber dónde, con el pretexto de que yo esperaba a alguien, me han estafado, –¿quién es ese maldito que me ha hecho el mal?; ni modo hay que cargar con el peso de la vida, asumirla como le venga en gana, y hacer de tripas corazón, –jamás le haré daño, y jamás permitiré que alguien se atreva a causarle daño alguno, –decía para sí doña Cecilia, trataré de darle lo mejor, y si cayó en el lugar equivocado, si ese es su deseo que se vaya por donde vino, –que sea libre y feliz como ave al viento, o pez en el agua.

Por fortuna pasados los quince meses de existencia, Lluvia Esperanza, como por obra de magia, cambió de piel, como cambian de escamas los peces o serpientes, las plumas y las alas desparecieron para siempre de la vista de los curiosos. Pero algo que quedó grabado en su memoria, fue el gusto por el agua, la añoraba como la esperan los pájaros o las flores en el mes de mayo, o como ésta se ansía en los desiertos del Sahara. Conforme la niña fue creciendo el mar se convirtió en su morada, muy de mañana chapoteaba entre las olas, y se perdía en esa inmensidad de agua, amiga de los pescadores y navegantes, abordaba las canoas y cayucos, y desparecía semanas por completo, sin que nadie diera noticias de sus huesos, se sentía libre, feliz surcando mares.

Conforme fue creciendo, y madurando se despertó en ella ese interés por el aire, por la bóveda celeste, las constelaciones, los astros, el sistema solar, las fases de la luna, las aves, los aviones, las naves espaciales, albergó por algún tiempo esa inquietud de dedicarse a la aviación; pero duró poco, pronto como por fuerza de gravedad, su mirada pronto se posó sobre las aguas, el mar, la vida marítima, la navegación, la oceanografía.

Y aunque pareciese un sueño o pesadilla, contra todos los pronósticos, y por azares del destino, Lluvia Esperanza, actualmente cursa el módulo de conocimientos y técnicas transversales en ciencias del Mar, en la Universitat d’Alacant. Algún día volverá a su tierra natal, esta ciudad porteña que la vio nacer, curtida por el sol y la sal marina, donde sus amigos pescadores la recuerdan, y no existe tarde en ese puerto, que no se reúnan y hagan apuestas, por si decide regresar, traída por las aguas.

Texto agregado el 10-06-2014, y leído por 176 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
2014-10-19 23:27:17 A pesar de lo extenso, mantiene el interés del lector. Mis estrellas elpinero
2014-10-01 08:05:16 Mira, que niña tan inquieta. Por cierto, no le encuentro relación en hacer sumas o restas con el metrónomo ya que sirve para indicar el compás de la música. Saludos. Saludos. Legendario
 
Para escribir comentarios debes ingresar a la Comunidad: Login


[ Privacidad | Términos y Condiciones | Reglamento | Contacto | Equipo | Preguntas Frecuentes | Haz tu aporte! |
]