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Inicio / Cuenteros Locales / glori / Verdades confusas (Desafío solo para valientes)

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Personaje: abuelo
Ambiente: selva, jeep
Tema: verídico


Este es un relato verídico aunque muchos vean algo de fantasía en él. A pesar de los incrédulos, es un cuento real. Tan real que se trata de mi propia vida.

Los años han pasado muy rápido. Tengo casi ochenta años, ya. Soy un hombre mayor con las características propias de la edad. Desde que enviudé me he vuelto gruñón, quejoso debido a mis achaques y con incipientes pérdidas de memoria.
Hasta aquí todo normal ¿no les parece?
¿Dónde entra entonces lo fantasioso? dirán ustedes. Pues en eso precisamente. Cada vez que un recuerdo se desvanece intento "rellenarlo" con un poco de inventiva. Mis nietos han comenzado a notarlo, creo. Y claro, cómo no se van a dar cuenta, si hoy les cuento una historia y mañana se las relato distinta.
Pero yo sé muy bien qué es verdad y qué no.

El viaje que hicimos con mi hermano Ricardo a Perú, por ejemplo. No fue hace tantos años. Él tenía sesenta y cinco y yo sesenta y nueve. Dos abueletes trasladándonos por la selva en mi viejo jeep.

Esa aventura fue muy particular, y en este caso estoy seguro de no estar inventándome nada. Ocurrió tal como la describo, aunque todos me miran con incredulidad cuando la narro.

Recuerdo que salimos muy temprano. Una tenue llovizna nos acompañó gran parte del viaje. Ricardo bromeó todo el camino recordando aventuras de cuando éramos jóvenes; sobre todo de esa morocha que nos había enloquecido durante nuestra adolescencia. Adela, se llamaba. ¿Cómo olvidarla? Creo que todos soñábamos con ella en aquellos días.

Llegar a Cuzco y a "Machu Pichu" fue maravilloso. Sin embargo recién a partir de allí se inició la verdadera aventura que nos iba a deparar sorpresas nunca antes imaginadas.

Nos adentramos en la jungla luego de un recorrido agotador en el jeep, (unas veinte horas para recorrer quinientos Km) atravesando los Andes por una serpenteante "carretera" en la que el polvo fue nuestra única compañía.

Los mosquitos nos recibieron alborozados ni bien pisamos la selva. A nuestro paso: tortugas, caimanes, capibaras, lobos de río, aves multicolores. Observarlos fue sin duda todo un privilegio para mí, aunque lo más importante fue conocer a los indígenas inventores de lo que hoy llamamos "Desarrollo sostenible". Más allá de cualquier filosofía o religión, su respeto por la madre Tierra es admirable.
Pero en esta ocasión, no es mi deseo abundar en los detalles de tan dignos ejemplos a imitar. Lo sorprendente de este encuentro con aquellos indígenas fue descubrir entre ellos a Adela. Sí, aunque les parezca una locura. Ella estaba allí, y es una verdadera lástima que mi hermano no lo pueda corroborar. Falleció unos días después de regresar de nuestra travesía.

Aquella mujer nos reconoció a ambos, y a pesar de los años trascurridos conservaba su belleza. Ricardo y yo no salíamos del asombro.
Más tarde pudimos conocer su secreto. Plantas medicinales desconocidas para nosotros habían conseguido que mantuviera aquel aspecto. No se trataba de magia. Solo vida saludable, contacto con la naturaleza, paz, armonía, aprender a respirar y meditar.
Había decidido quedarse a vivir en ese lugar luego de un viaje exploratorio, y hacía más de veinte años que no se acercaba a ninguna ciudad.

Pasamos un mes allí. Mi hermano no quería regresar. Adela lo había impactado aún más que en su juventud. El solterón creía haber encontrado a la mujer anhelada.

Durante esos idílicos días yo también fabulé con un cambio de vida. ¿Por qué no? me preguntaba.

Poco a poco nos habituamos a sus costumbres, rituales y comidas. Todo era perfecto.
Solo existía una dificultad. El jefe de la tribu había puesto sus ojos en Adela y no le hacía ninguna gracia aquel pretendiente llegado de la ciudad.

Ricardo comenzó a experimentar síntomas de enfermedad: nauseas, mareos, dolor en las articulaciones, pérdida de peso y apetito.
En pocos días su aspecto desmejoró. Tuvimos que regresar.
Solo estuvo hospitalizado tres días. Sus últimos minutos de vida los pasó delirando. Nadie comprendía lo que decía. Yo sí. Mencionaba un extraño brebaje de color verde. Confieso que llegué a pensar en una especie de veneno o algo así.

Han pasado varios años. Como les dije, nadie suele creerme cuando relato esta historia. Los comprendo. Mi memoria falla bastante, es cierto. A veces, hasta me hacen dudar, sobre todo cuando la gente insiste en llamarme Ricardo y dicen que mi esposa se llamaba Adela.

Texto agregado el 18-06-2014, y leído por 240 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
2014-09-05 02:29:12 Buena prosa. Cuando la incredulidad permea a la realidad surge entonces la confusión. sagitarion
2014-08-17 02:33:26 Me gusta. talama
2014-06-28 06:49:14 Muy bien escrito y muy buena historia,yo soy de Perú y me gustó eso de jugar con el misticismo de lo indigena,los cuales por cultura tienen muchas creencias que pueden ser tomadas como falsas para algunas personas pero hay pueblos que si la creen hugo_leon
2014-06-19 00:28:28 A mi me gustó el relato.Me confundí al final,con quién era quién de los dos personajes UN ABRAZO.. GAFER
2014-06-19 00:22:44 Muy bueno. Lo único que me queda como colgado es que si lo envenenaron (¿entendí bien?) no es creíble que los médicos no hayan hecho nada al respecto ( autopsia, etc) filiberto
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