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Inicio / Cuenteros Locales / guy / EL EMPLEADO DEL MES

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Entró a la casa, dejó las llaves sobre el aparador y al llegar a la cocina se encontró con su mujer, que planchaba sobre la mesa, y con su nieta, que tomaba la leche de un tazón. Todavía llevaba puesto el abrigo y tenía el diario en la mano.
—¡Abuelo! ¡Hola, mi abu! —le dijo la nena y saltó de su silla para abrazarlo de las piernas.
Se agachó, la besó en la mejilla y le hizo algunas preguntas simples para entablar una breve charla. Se quitó el abrigo y dejó el diario sobre la mesa. Saludó a la mujer.
—¿Ya tomaste mate?
—No. Te estaba esperando.
—¿Y Marcela?
—Me dejó a la nena porque tiene que salir.
—Así que tiene que salir, eh. Mirá vos. Un martes la señorita tiene que salir. Supongo que a la noche, ¿no?... Mientras no aparezca otra vez con el bombo... o por lo menos que alguien le ponga apellido...
—No empecés, Hugo. Te lo pido por favor, eh.
—¿Qué es el bombo, abu?
—Un tambor, Romi. ¿Terminaste la leche? Sentate, que se te enfría.
—¿Mami tiene un tambor? Yo quiero un tambor también, abuela. —La nena corrió al comedor, donde tenía una mochila y unos juguetes desparramados por el piso entre los sillones.
—Vení a terminar la leche, Romi, dale. Después jugás —dijo la mujer.
El hombre puso la pava en el fuego, preparó el mate y se sentó. La niña todavía estaba en el comedor.
—Vino la boleta del teléfono —dijo la mujer.
—¿Y? —preguntó él sin quitar la vista de las páginas del diario.
—Aumentó bastante. Eso por la internet.
La mujer dobló unos pantalones recién planchados y los puso con cuidado en una pila de ropa lista para guardar que estaba sobre una silla. La nena volvió con una muñeca de felpa, la tiró sobre el diario, trepó a su silla, agarró con ambas manos el tazón y bebió un sorbo de leche.
—Sentate bien, Romi, dale. Y tomá toda la leche —le dijo el hombre y corrió la muñeca para continuar con la lectura.
—Trescientos cincuenta pesos vinieron entre internet y teléfono. Una barbaridad —dijo la mujer.
—Epa. ¿Qué rompimos?
—Ah, no sé. Acá el que se queda hasta cualquier hora chateando con el hermano que vive en Brasil sos vos. El que tiene mail y Facebook y todas esas cosas sos vos.
—Sí, bueno, pero esa guita es mucho, Rosa. ¿Cuánto estábamos pagando?
El hombre se levantó y cebó un mate. Comprobó que el agua estaba a punto y se llevó las cosas a la mesa. La nena jugaba con la muñeca en su lugar.
—¿Terminaste con la leche, Romi?
—No, abuelo. Falta poquito.
—¿Sabés lo que tenés que hacer? —empezó la mujer— Hay que llamar por teléfono para decirles que nos hagan una rebaja. Todo el mundo hace eso. Los tipos esos no quieren perder a los clientes, entonces te dan una promoción por un año o algo así, y pagás menos.
—Y vos decís que así nomás te bajan la tarifa...
—Sí. Ana María lo hizo, les dijo que cómo puede ser que vio en la tele que cualquiera que recién contrata el servicio paga la mitad que uno que lo tiene desde hace años. Se les quejó fuerte. Los amenazó con dar todo de baja. Al final le ofrecieron no sé qué de velocidad y llamadas gratis, y paga menos por un año. Eso es guita, Hugo. Hay que hacer lo mismo. O como Luisito, que les dijo que se había enfermado y que no podía pagar eso, que si no le bajaban se iba a pasar a otra empresa. Además los que atienden el teléfono son empleaduchos, viste, que con tal de que el cliente no se dé de baja hacen cualquier cosa porque igual a ellos no les afecta... una cosa administrativa es para ellos... tienen que mantener enganchada a la gente nada más.
El marido le dio un mate. Ella interrumpió el planchado y se lo quedó mirando como a la espera de una respuesta. La nena se puso a peinar la cabellera de lana de la muñeca con los dedos.
El muchacho entró al baño y se aseguró de que no hubiera nadie. Peinó una raya gruesa de cocaína en la mesada y de parado la esnifó de un tirón. Se enderezó y tiró la cabeza hacia atrás con las manos apoyadas en la mesada. Se vio al espejo, se hurgó la nariz y se chupó el dedo. Armó la birome que había usado de canuto y la guardó en el bolsillo delantero del saco azul. Abrió la canilla, se mojó un poco el pelo y se lo ató de manera tal que le quedó liso hacia atrás. Se calzó los auriculares del ipod y subió el volumen de Gangnam style. Volvió a fijar la vista en el espejo, esta vez mientras ensayaba un paso de baile. Recorrió el baño a los saltos haciendo juegos de manos y muecas exageradas. Salió al pasillo y anduvo bailando unos metros. Se encontró a una chica que salía de una de las oficinas, la invitó a bailar y ella se rio mientras se alejaba. Le gritó (porque la música le sonaba muy fuerte) la propuesta de ir a tomar unas cervezas a la salida, y ella contestó con otra sonrisa. La canción terminó. Entonces apagó el ipod, se metió por una de las puertas, saludó a todos los que vio e ingresó a su cubículo. Sacó un espejo de un cajón y volvió a mirarse la cara. Encendió el monitor y accedió al sistema. Por último habilitó su interno telefónico y se colocó un auricular con micrófono. A los pocos segundos hubo la primera llamada.
—Buenas tardes. Mi nombre es Gonzalo Chadadía. ¿En qué lo puedo ayudar?
—Hola. Yo llamaba por el tema... de... acá tengo una factura...
—Discúlpeme, señor. ¿Podría decirme su nombre y su número de PIN, por favor? Este se encuentra en el remito...
—Hugo. Hugo Cepeda. Sí. Sí, lo tengo acá. Veintisiete seis cero cuatro siete seis tres uno.
—Correcto, señor Hugo. ¿Me diría su número de teléfono para corroborarlo?
—Treinta y cinco siete tres uno dos dos ocho.
—Ahá. Ahá... correcto... usted vive en Villa Bosch... Sí. Dígame, ahora sí, en qué puedo ayudarlo.
—Me gustaría... quiero... quiero que me revean la facturación —el hombre miró a su mujer. Ella le guiñó un ojo y chupó fuerte la bombilla. La nena intentó guiñarle un ojo también, pero no pudo y soltó una risita. La señora le hizo una seña a la nena como para que se estuviera callada.
—A ver. Deme un momento. Un momento... acá está... sí. Usted tiene un servicio de internet de tres megas plan hogareño con módem wi-fi. Si usted quiere, la empresa lo beneficiaría con llamadas locales a mitad de precio...
—No, esperá, flaco. Lo que iba a decirte es que el importe que me vino este mes me parece un disparate.
—Bueno, sí. Hubo un pequeño incremento en la facturación general según el índice inflacionario correspondiente...
—Pero yo veo que por televisión ustedes ofrecen a sus clientes un servicio por la mitad de lo que me cobran a mí, y encima con diez megas de velocidad.
—Es correcto, señor. Por un año. Esa oferta es para nuevos clientes. Ah, y por lo que tengo registrado, este servicio está a nombre de una señora, María Rosa Calcagno.
—Sí. Mi mujer. Mirá, pero nosotros hace cuatro años que pagamos el servicio y no nos dieron ningún beneficio. —El hombre frunció las cejas, apretó los labios y asintió enérgicamente con la cabeza buscando la aprobación de su mujer. Ella le dedicó una mímica de aplausos y le dejó un mate sobre la mesa.
—Tres años, diez meses y catorce días —corrigió el joven—, y esto quiere decir que usted y su señora no son nuevos clientes.
El hombre del otro lado se puso serio y pitó la bombilla con ganas.
—Pero no se haga problema, que para los buenos clientes también tenemos buenas ofertas —siguió el muchacho, mientras deslizaba con la rueda del mouse unas filas de datos en la pantalla y tanteaba un bolsillo interno del saco con la mano izquierda.
La nena se descolgó de la silla con la muñeca en una mano, perdió el equilibrio y con la otra mano se aferró al diario, que fue así arrastrado y tiró el mate, que fue a dar contra las piernas del abuelo y de ahí al piso. El hombre se incorporó de un salto, hizo un gesto de reprobación a la niña, que había quedado tirada en el suelo. La señora acudió preocupada.
—Ay dios —gritó el hombre.
—¿Sí?
—No. Nada. Disculpá, pibe. A ver. Esperá —le dijo.
El muchacho encendió el ipod y se colocó un audífono en la oreja que tenía libre. Esta vez sonó Holiday, de Green Day. Se puso a martillar el aire con los puños arriba y a agitar la cabeza.
—Pucha, no sale más la mancha de mate del pantalón —dijo el hombre.
—¿Te lastimaste, Romi?
—Qué se va a lastimar, Rosa. Traé un trapo, querés.
—Andá a jugar al comedor, mamita, dale.
—No terminé la leche, abu.
—Bueno. Bueno, mamita. Andá y dejá la muñeca allá y volvé. ¿Dale?
—¡¿Podés hacerme el grandísimo favor de traerme un trapo, Rosa?! —El hombre tenía tapado el micrófono del teléfono con una mano.
—Ya va, che —dijo ella agachada bajo la mesa mientras levantaba el diario, el mate y la bombilla.
—Hola. Hola.
—Sí, señor. Lo escucho.
—Sí. No. Lo que yo decía que necesito que me des una promoción o algo que me salga más barato.
—Bueno —el muchacho hacía la mímica de la batería con ambos brazos y con la cabeza—, iba a decirle que por cincuenta pesos mensuales más usted podría tener diez megas de velocidad y cien minutos libres para llamadas locales.
—Ah... pero ¿y eso para qué quiero, flaco?
—Además las llamadas de larga distancia dentro del país le costarían lo mismo que las locales, señor Hugo. Para pensarlo, ¿no?
—¡Pero si yo no conozco a nadie fuera Buenos Aires, querido! No. No. Haceme el favor. Ponete un poco las pilas y dame una promoción de verdad, eh.
—¡Abuelo! ¡Abuelo, quiero hacer caca!
—¡Rosa! Disculpá otra vez, flaco. Esperá. ¡Rosa! ¿Dónde te metiste?
La mujer contestó desde una habitación. El hombre dejó el teléfono sobre la mesa y acompañó unos pasos a la nena hasta que se topó con su esposa.
—A ver si te ocupás de la nena, Rosa. Nunca puedo hacer nada en esta casa...
—Vení, mamita. Vamos con la abuela a hacer caca.
—¿El abuelo está enojado?
—No, mamita. No. Es atolondrado nada más.
—¿Qué es alotontrado, abue?
—El abuelo es atolondrado.
—¡Hola!
—Estoy acá, señor Hugo. Lo escucho.
—No, mirá, quiero que me hagas una promoción como si fuera cliente nuevo, flaco.
—Para eso usted debería ser cliente nuevo. La empresa tiene sus políticas, ¿me entiende?
El hombre fue hasta la mesada y se dedicó a rehacer el mate, todo esto con el teléfono sostenido con la cabeza y el hombro izquierdo.
—Ah, pero entonces me conviene dar todo de baja y contratar el servicio como nuevo cliente, ¿no cierto, flaco?
—Si le parece, señor...
—¡Ah, pero qué clase de empresa son ustedes! Yo soy un tipo que trabaja, ¿sabés?, que se levanta temprano y va a laburar, y mirá el tiempo que pierdo hablando por teléfono con vos, si total tengo que dar de baja todo y listo.
—Pero si da de baja el teléfono, perdería este número, señor Hugo. Digo. En el hipotético caso en que María Rosa Calcagno, su mujer, que es la titular, diera de baja el servicio.
—Mirá, querido. La estamos haciendo larga, ves, siendo que en realidad acá esto del internet se usa muy poco. Puedo dar de baja la internet y chau. ¿Me seguís? Y chau...
—Déjeme revisar esto un poco, señor Hugo. Aguarde.
El hombre cebó un mate y llevó las cosas nuevamente a la mesa. La mujer y la niña volvieron a la cocina. Entonces él buscó la mirada cómplice de la señora y le levantó el pulgar del puño derecho. La nena volvió a subirse a la silla, y arrodillada tomó un poco de leche.
Del otro lado el muchacho escuchaba a David Bowie y bailoteaba sentado. —Señor Hugo —dijo.
—Sí, querido. Te escucho.
—Acá me figura un tráfico de datos considerable desde su dirección ip.
—Mirá, pibe. Yo no entiendo nada. Yo me levanto temprano para ir a trabajar y vos me hablás muy raro. Dame una promoción y somos amigos. Dale.
El muchacho se tomó un tiempo. Respiró hondo. Otra vez se hurgó en la nariz y se llevó el dedo a la boca para sentir la amargura de la cocaína. How does the grass grow? le sacudía la cintura.
—Anoche desde su ip se descargaron alrededor de setecientos megas hasta las tres de la mañana, señor Hugo.
El hombre no pareció entender los números, pero sí el horario. Miró de reojo a su mujer.
—Vos querés que me dé de baja, ¿no? Porque me doy de baja y ya está —lo increpó tímidamente.
—Pornografía, señor Hugo —dijo el joven, acaso con premeditada malicia, y provocó un silencio en la línea.
El hombre se atragantó con el mate y tuvo que escupir sobre la mesa. Esto alertó a la mujer, pero él le hizo una seña como para que le alcanzara algo para limpiar. Del otro lado el joven esperaba contento.
—Hola. Hola —dijo el hombre, tal vez con la esperanza de que del otro lado ya no hubiera nadie.
—Hola —contestó el muchacho y no dijo más.
—Terminé la leche, abu.
—Muy bien, Romi. Alcanzame la taza —dijo la señora.
—Sí. Mirá, yo creo que lo mejor va a ser que dé este servicio de baja, pibe. No quiero más internet porque no tengo plata.
—Piratería de música y de cine. Pornografía on line. Chats equis equis equis. Yo lo entiendo, señor Hugo. No hay de qué avergonzarse, ¿sabe? Todos lo hacen... Acá dice el sistema que alguien desde su domicilio descargó siete... siete punto ocho gigabytes de internet... en una semana, ¡epa! Veo que lo usa bastante, ¿no? Es por esto que le recomiendo a usted que contrate nuestro servicio de diez megas y paga nada más que cincuenta pesos extras por mes. Ah, y no olvide lo de las llamadas...
—No lo quiero. No quiero nada más con vos, pibe.
—¿Está seguro, señor Hugo?
—No voy a pagar ese dinero por lo poco que se usa la internet en esta casa. Si no me querés dar una promoción, entonces me cambio de empresa.
—Bien. Entonces páseme con la titular del servicio para ultimar los detalles de la baja. No hay problema.
—Podés tramitar lo que quieras conmigo.
—No, señor Hugo. Está escrito en el contrato que su mujer firmó cuando le fue entregado el módem. Puede revisar la copia. Solo el titular realiza estos trámites importantes.
El hombre se paró y se dirigió hacia el comedor. La señora y la nena lo siguieron.
—Este... a ver.
—Mire, Hugo. Entre amigos. Veo el DNI de su señora... debe tener cincuenta y pico de años...
—¿Qué querés decir, desgraciado? —el tono del hombre sonó desesperado, sus palabras apenas fueron audibles para el muchacho.
—Que me pase con ella y yo le cuento los detalles del consumo, Hugo. Vamos —el muchacho reía en silencio.
—Ni en... No... No... Ni se te ocurra...
—¿Qué pasa, Hugo? —preguntó la señora.
—Nada, Rosa. Nada. Llevate a la nena.
—Piénselo, Hugo. Diez megas para bajar el porno que le gusta. Llamadas de larga distancia al mismo precio que las locales. Todos contentos por cincuenta pesos mensuales —el tono del muchacho le resultaba ahora imperativo.
—¿Y si quiero cancelar el servicio? —preguntó el hombre con un hilo de voz temblorosa desde un rincón oscuro del comedor.
—Me tendría que pasar con su mujer. Yo no voy a estar contento. Me entiende. Igual ella es adulta; no creo que se vaya a poner muy nerviosa si se entera de que su marido mira videos de pornografía y de zoofilia on line hasta las tres de la mañana... Ah, pero veo que no es usted un pedófilo, señor Hugo, ¿ve? Tan, tan... tan ilegal lo suyo no es. Siempre puede uno adquirir un vicio peor...
El hombre se desplomó en un sillón, agarró una revista y se abanicó. El muchacho apagó el ipod y buscó en los bolsillos la bolsita de cocaína.
—¿Cuántos megas tengo ahora? —preguntó el hombre con un tono de voz más normal y alto.
—Tres.
—¿Y tendría...? —volvió a indagar, ya caminando hacia la cocina donde estaban la nena y su mujer.
—Diez, Hugo —el muchacho hizo una pequeña raya de cocaína al lado del teclado y se puso a desarmar la birome.
—Suena interesante, pero...
—Hoy es tu día de suerte, amigo. Porque me caíste bien, me caés bien, eh, por eso y por ser buen cliente te puedo habilitar el nuevo servicio ya mismo a vos. Qué te parece. No es necesario que me pases con la titular. ¿Amigos?
—Está bien —dijo el hombre. La mujer le hizo señas interrogativas con la cara y las manos. Él contestó con una sonrisa.
—Ha sido un placer negociar con vos, Hugo. A partir de este momento tenés diez megas de velocidad. Tenés que apagar y encender el módem, y lo único que te queda es abonar las facturas como siempre. Saludos a Rosita —dijo el muchacho. Y cortó la llamada.
—¿Y? ¿Arreglaste? —preguntó ansiosa la mujer.
—Me ofreció algo buenísimo —dijo él.
—Mientras no tengamos que pagar más —dijo la mujer con el mate en la mano.
—¿Y se puede saber adónde va la tilinga de tu hija esta noche? Ahí la tenés vos, que tanto la malcriaste —dijo el hombre y se llevó el diario desordenado y mojado al comedor.


Texto agregado el 01-07-2014, y leído por 1055 visitantes. (12 votos)


Lectores Opinan
2016-05-13 21:19:25 Exagerado, pro me pudre que movistar se haya hecho con el viejo. justine
2015-03-25 14:49:46 Muy bien planteada la escena. A mí solo me sabe mal por Rosa. Selkis
2014-12-05 07:42:16 Sin ningún riesgo esta mierda se puede no leer. fausten madrobyo
2014-11-12 14:37:10 Me dibujó un par de sonrisas al leerlo, muy prolijo por cierto. No sé por qué me vino a la cabeza un episodio de teatro especialmente creado para televisión (quizás porque solía ser sobreactuado). Rene_Ghislain
2014-10-29 08:35:26 Tanta mierda para esconder un falso resplandor. En este ejercicio narrativo algo de una masturbatoria fallida lectura de una pésima traducción de Beckett se adivina: el lío es que ya puesto en temperatura sudaca apesta a fracaso y un poco más a irritación a la existencia. omeros
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