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Inicio / Cuenteros Locales / jcn / El valiente

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Era dorada donde los malvados aparecen de la nada.
Fombrender un caballero medieval el cual fue esclavo, gladiador; un día inesperado al paraíso dorado arribó, es un pueblo qué yace en la lejanía entre dos montañas blancas qué fueron arropadas por las nubes.
Fombrender al arribar por aquel pueblo le ven como un forastero al cual le ven con malos ojos, lo acontecido llego a oídos del rey quien ordeno la detención inmediata del forastero y escucho las exigencias del pueblo despojándolo así de su espada y de su caballo, le quitaron sus harapos, le azotaron mientras esté de sus manos cuelga, no pide clemencia y con el brutal dolor infernal casi desmayado su vista se distorsiona, sediento y la sangre corriéndole por boca, nariz termina desmayando. Fombrender comenzó a soñar qué está en una inmensa llanura donde la caña de azúcar abunda, cabalga lento en su corcel hacia una luz enceguece dora qué no da seguridad para hacia ella encaminarse, gritos se escuchan efímeros cuando de pronto el valiente comienza abrir sus ojos lentamente, convaleciente ve personas corriendo de un lado para el otro en aquella aldea, se ve sorprendido por fuertes llamaradas calcinando a varias personas al instante, fombrender reacciona quien intenta escapar de sus amarras pero es infructuoso y doloroso.
Es un gran dragón qué arroja fuego intenso, sus ráfagas continúan devastando casi quemando fombrender, el viento en contra le favoreció y sólo el madero donde están ligados los amarres se encendió, lo cual al momento por el propio peso se reventó liberándolo, esté corre buscando refugio ya qué el dragón le enfoco y ágil el valiente se arroja al pozo de agua cristalina donde las llamas con su furia ve desvanecerse.
Fombrender salió del pozo, ve la armadura y una lanza de un soldado el cual está en cenizas, aferra esa lanza y corre entre barriles de madera llenos de vino, espera al dragón qué gira con dirección a la aldea de nuevo y al preciso instante arroja su lanza en el ojo izquierdo del dragón, con un espeluznante chillido ensordecedor pierde el control en el vuelo y termina estrellándose contra una torre de vigilancia del castillo del rey, el valiente se acerca y se percata de qué esté muerto, se percata de qué apenas es una cría, se escucha otro chillido y se avista la madre lejos en el horizonte, vuela rápido y al arribar a la aldea arroja su fuego acrecentado con su iracundo respirar; aterriza y olfatea a su cría, con su cabeza intenta mover el cuerpo inerte, chilla de nuevo, vuelve a volar y derrumba las chozas en pié, devora gente y arroja de nuevo sus llamas ardientes.
Los niños de la aldea son reunidos en un fuerte recinto pero el dragón los descubre y quiere con sus llamas todo devastar. Fombrender toma dos espadas y corre hacia el dragón, brinca en una carreta, luego a un techo de ramas humeantes y por una parte de la muralla corre y salta al cuello del dragón clavando las espadas allí, esté aletea tratando de quitarse la molestia, la sangre del dragón es lava y las espadas se vuelven al rojo vivo decapitando a la bestia, las llamas salen sin control incinerando el cuerpo del dragón qué termina estallando, el valiente se arroja a un techo de paja, se pone de pie observando la devastación, los sobrevivientes salen de sus escondites ya sintiéndose a salvo cuando de pronto se escucha de nuevo el chillido de otro dragón qué rompió feroz entre las nubes, las gentes volvieron a esconderse, esté dragón se dirigió al castillo, precisamente a la torre principal tan alta como una montaña donde se encuentra el cilindro de oro qué contiene los sueños evocados de los niños de aquellas tierras. El dragón rojo destruye la torre y se come el cilindro de oro y alza el vuelo, se perdió entre los nubarrones de humo forjados en el cielo.
Todos miran al valiente anonadados y con profuso miedo, busca un caballo para marcharse hasta qué la guardia real le rodea y el valiente manifiesta: la ley divina me libera de sus cadenas por cazar un dragón en sus tierras ¡soy libre!
Decía mientras un ardor en su espalda le llena de dolor sobresaliendo trece cabezas de dragón las cuales se desvanecen y vuelve a quedar su espalda lacerada.

Las gentes quedan boquiabiertas y los soldados le liberan pero el rey arriba diciendo: ¡humildemente esté rey pide tú ayuda!

— ¿Por qué tendría qué ayudarte? Si me querías asesinar por ser un forastero.
Se manifestó prepotente el valiente.

— ¿¡Ayúdanos!? Nuestro reino se derrumba ya qué los sueños están en el cilindro de oro.
Se pronuncia el rey preocupado.

— ¿Qué gano a cambio?
Observa fijamente al rey.

—Mi hija, la princesa celian el cual es digno aquel cazador de dragones.
Dice serio el rey ante la resabiada mirada de la princesa.

El valiente no menciono palabra y sólo pidió la espada dorada del paraíso, el rey se rehúsa, una espada real no la puede empuñar cualquiera pero es la única espada qué puede matar a un dragón rojo qué parecen ser inmortales. Fombrender promete devolverla y no observa a la princesa ni una sola vez.
El valiente se alista para viajar a las tierras altas, aunque no hubo voluntarios, el miedo es su mejor y peor amigo el cual la mayoría de las veces se convierte en enemigo. Fombrender comenzó a cabalgar en un caballo real de color blanco y entre los bosques lúgubres se introdujo ya arribando la oscuridad para evitar la bestia qué ronda por ese tenebroso lugar; busco refugio y durmió hasta qué un primer rayo de sol le despertó, se puso de pié, sentía ruidos extraños hasta ser sorprendido por un árbol de quince metros de altura qué con sus ramas intentaba matarle una y otra vez pero el valiente ágil sorteaba las ramas y las partía con la espada real dorada, cada rama cercenada en cenizas desaparecía hasta partir en dos el árbol el cual se incendió y se consumió en sus brazas.
El valiente volvió a montar su caballo y continuo hacia las altas montañas; una niebla gris le quería desorientar, la espada le guía entre sus pensamientos concretos hasta encontrar un sendero por el cual a pié se encaminó montaña arriba entre las nevadas incesantes y los fuertes vientos huracanados qué deseaban el ser claudicar sin cesar.
Nada ha sido suficiente para detener al valiente hasta hallar la gran cueva del dragón rojo, ya le sorprendía el anochecer, tendría qué esperar la luna llena la cual haría dormir el dragón mientras su resplandor está proyectado. Tardo varias horas hasta el anochecer abrazo el horizonte y la luna mostró, allí aprovecho el valiente y a la gran cueva se adentro con su espada desenvainada; sigiloso recorría sintiendo rugir el dragón dormido, miles de tesoros hay en aquella cueva tan valiosos qué cualquier ambición haría ver la muerte hacia la lontananza, de pronto la luna llena fue ocultada por imprevistos nubarrones qué aparecieron de la nada dejando despertar así el dragón rojo el cual casi sorprende al valiente con sus chorros de fuego, el valiente se oculta, corrió para arrojar la espada a la cabeza del dragón la cual con un brillo intenso abrió la cabeza en dos dejándolo muerto, el valiente recupero la espada y abrió el estomago, saco el cilindro de oro.
El valiente apuro el paso para salir de allí ya qué los gases del dragón se acumulan y estallan por lo denso; al salir la explosión fue gigantesca y aquella montaña retumbó hasta colapsar la cueva. La luna volvió a irradiar y le acompaño mientras descendía de la montaña, en el mismo lugar estaba esperándolo el caballo el cual montó y volvió al paraíso, al rey se presentó; le entrego el cilindro de oro y la espada dorada, le fue obsequiado un puñado de oro el cual arrojo a las gentes y se marcho dejando atrás la princesa. El rey le llama y acude donde esté, le obsequia la espada y le agradece por no llevarse a su hija.
El valiente aferra la espada y su hoja destelló y firme el valiente la envainó, activo se marcho en busca de una nueva aventura.

j.c.n-24-2-2014

Texto agregado el 11-09-2014, y leído por 144 visitantes. (0 votos)


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