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LAS MANOS DE ATILA
Tenemos propensión a etiquetar a a los habitantes de las distintas nacionalidades. Una adjetivación, sea descalificativa o encomiable, siempre está cimentada sobre un prejuicio. Caería en él, si dijera que esta es una actitud típica de nuestro país, y no es así. Hay referencias que en todo el mundo y desde siempre, el hombre ha incorporado a su cultura esta costumbre, aveces inofensiva, pero también ha sido el origen de discriminaciones, guerras y hasta genocidios. A veces lo utilizamos hasta para calificar a nuestra propia nacionalidad, raza, religión y hasta profesión, pero en todos los casos nos exceptuamos personalmente. “Los argentinos, somos agrandados”, menos yo. Esto no es más que un prólogo de un cuento breve, que sería muy breve sin él, de una historia que lo ejemplifica. Tanto Arturo Jauretche como yo, ambos nacidos y criados en la misma zona geográfica, el oeste de la provincia de Buenos Aires, él en Lincoln y yo en Blaquier (Ex Colonia y Villa del Príncipe de Piamonte) hemos tratado esta característica en nuestros cuentos. Vá, cuentos los míos, los de Don Arturo ensayos sociológicos.
Como se desprende del primitivo nombre de mi pueblo, la colectividad predominante, no era precisamente alemana. Y a pesar de que también la integraban individuos de otras nacionalidades, turcos, gallegos, vascos, irlandeses, ingleses, y hasta indios de la India, no existen referencias de ningún alemán en su población . Perdón, sÍ había uno de apellido alemán, Kroelinger, recuerdo que tenía tres hijas que estaban muy buenas.
Pero voy al cuento, porque no va a faltar el mala onda que diga que la estoy haciendo larga. El protagonista es Atila, un vasco “Bruto pero trabajador”. Hijo del “Vasco duro”, Criado en el tambo de su padre, su historia no coincide con la supuesta por su origen. Desde pequeño vivió prendido a las tetas, las de su madre, las vacas y las mujeres, por orden cronológico Un análisis freudiano podría profundizar en su personalidad, pero no lo creo necesario. Solo señalo esta vocación para destacar el grado de virtuosismo que adquirió en su oficio de ordeñador. ¿ Pero qué era lo que lo diferenciaba del resto ?...Buena y fundamental pregunta…Un buen ordeñador es aquel que logra extraer la mayor cantidad de leche en el menor tiempo de las ubres de un animal, vacas en este caso, pero este es un merito menor. Atila podía extraer el doble de cualquier otro, eso lo había demostrado en las competencias de ordené en toda la región, pero, lo que lo diferenciaba, para su bien y parta su mal, era que las vacas ordeñadas por él andaban siempre con las ubres llenas, como si la ansiedad por ser manipuladas las alimentara. Para su bien, su fama. Para su mal, su fama de mal llevado, incumplidor y mujeriego, hacía que nadie le diera trabajo. ¿ Qué poder tenían sus manos sobre los senos turgentes de las vacas y las tamberas?...Era la gran pregunta y muchos lo pensaron, estudiaron y espiaron para descubrir el secreto, algunos para emularlo, otros de curiosos nomás, El caso es que todas parecían enviciarse con su manipulación, y nadie más podía tocarlas. Y como sentencia la leyenda “Donde pone sus manos Atila, no sale más la leche “.
neco perata

Texto agregado el 05-12-2014, y leído por 121 visitantes. (0 votos)


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