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Inicio / Cuenteros Locales / atolonypico / Pueblos mesetarios del sur.

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Uno.
No se sabía bien si la población era el punto negro dentro del blanco del ying o el blanco dentro del negro del yang; como, por la misma razón, si yo era dentro de la excepción otra de uno u otro color; pero así me sentía entre mis conciudadanos: una rareza.
Presentía que las cosas en aquella pequeña ciudad de provincias se hacían de diferente forma que en países extraños lo que me convertía en consecuencia en un acólito del exterior. Era cuestión de tiempo que la población tomara buena cuenta de uno pues no era posible que la pudiera transformar yo sólo. A ver para qué me habían mandado fuera a seguir enseñanzas, si éstas estaban en plena contradicción con los conocimientos que se precisaban para sobrevivir en el interior. De resultas de ello la alternativa era anular la excepción que constituía la villa o que la excepción me anulara a mí- cosa bastante más probable que la anterior.
Pero, por qué llevaba aparejada tal consideración. Era una sensación de extrañamiento por encima de otra cuestión. Una situación/ sensación de extrañamiento que no había tenido en otro lugar (alguno bastante lejos de mi reducto infantil).
Alguna afrenta histórica del exterior había dado origen a la particularidad de mi lugar de nacimiento. Echando mano de la historia se podía llegar a conclusiones como para que la villa se replegara como una concha. Y no era asunto baladí pues el pueblo se había visto a lo largo del tiempo ninguneado por el exterior. Esa era la razón por la que yo tenía que sucumbir (me preguntaba). Probablemente sí ( me respondía).
Aquella manera mía de pensar- cincelada en el exterior- era objeto de sospecha pues allí hacía ya bastante tiempo que no existía hacia mí la menor consideración.
Cómo convencía a mis conciudadanos que los de fuera eran amigos que no nos querían hacer daño: con el sacrificio personal. Pero el caso era que a uno le gustaba la vida y tenía planes y proyectos siendo ambicioso como el que más.
En torno a la mesa expondría la situación. Pronto verían que los errores del pasado constituían un malentendido que era menester aclarar.
Aquel pueblo mesetario del sur acabó por darme la razón y hoy soy ufano vecino suyo rodeado de amigos y de bienestar tanto material como espiritual, a cambio de bien poca cosa: renunciar a mis convicciones- que hoy forman parte de los conocimientos y el bagaje espiritual de la población. Población agazapada dispuesta y presta a lanzar su tela de araña sobre otro futuro librepensador, en un juego que se repite desde los tiempos en los que se inventó el color.

En realidad, allí, a diferencia de lo que había visto fuera, la verdad era un asunto cambiante y que se formaba por convicción democrática- por así decir.
La vida eran dos vidas, cuya definición ya se mostrará. La sapiencia de la población anulaba a conspicuos profesores que vinieran del exterior conformándose dos verdades: la que valía intra muros y la que lo pudiera hacer en el exterior.
No era uno- con un pie fuera y otro dentro- el primero que había discernido la situación. Gentes del exterior habían hecho análisis en parecidos términos, con lo que había algo de verdad en mis apreciaciones y no eran meras aprensiones de derrotado.

Dos.
En algún momento de su historia se había hecho necesaria la figura de un valedor. Abandonada a su suerte por los gobernantes del país, sus creencias se debían haber visto profundamente cuestionadas hasta el punto de haberse convertido en un punto aislado de todo lo que había a su alrededor. En tal estado de cosas se la debió de encontrar un servidor. A mí, que me habían enseñado a ser funcional, a no reparar demasiado en los pequeños detalles, a creer en el progreso y en la evolución, difícilmente se me podía convencer de que lo blanco era de otro color. Pero la villa, con su portentoso pasado tras de sí, hilaba lo suficientemente fino como para oponerse de manera frontal a mi consideración. Se ve que existía un interés común primario o una apariencia lo suficientemente fuerte de tal. Me gustaba pensar que tal determinación estaba presidida por algún instinto básicamente altruista y no un sinsentido vacío e irracional.
Tres.
Desde aquel momento las cosas cambiaron. El torreón, como era conocido por sus vecinos, se convirtió en una cosa chata tras su desmoche. El exterior pasó a ser un enemigo. La villa no comprendió fácilmente que el propietario del edificio y agraviado en consecuencia era el señor. No es que no lo comprendiera fácilmente. Posiblemente es que no lo entendió. Desde entonces, cada vez que se miraba hacia allí un mal recuerdo se apoderaba del ciudadano particular. Luego, que si la cabecera de comarca, que si el trazado de la carretera. La conclusión: que se sintió una excepción. Y el exterior una amenaza.
No faltaba razón en tal planteamiento pues el pueblo llano había sido fiel al ganador. Era justificado tal sentimiento de rencor. Había pasado mucho tiempo desde aquello y nadie tenía ya un recuerdo claro de motivaciones de tal magnitud.
Espoleado por la circunstancia fui tirando del hilo evolutivo no encontrando otra mejor explicación. Me quedé ahí. De alguna manera me explicaba la razón de ser una isla dentro de otra en comunicación directa con el exterior y dejé que la vida hiciera lo propio en aquel pueblo mesetario del sur.

Texto agregado el 17-12-2014, y leído por 59 visitantes. (1 voto)


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