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Inicio / Cuenteros Locales / atolonypico / Nuevos procedimientos de echar gente a la calle.

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Uno.

Hay que ver a lo que está dispuesta alguna gente para llamar la atención. Ser el centro de toda reunión es propósito en alza. El muerto en el sepelio y demás protagonistas en los diversos escenarios y conmemoraciones varias.
Y otros, que más bien buscan el anonimato, se ven asaltados por un protagonismo que ni quieren ni pretenden. Lo mal que está repartido el mundo.
Reflexionaba esto al hilo de los múltiples métodos- como he podido comprobar-, maneras, formas, procedimientos y reglas que existen para perturbar la paz del personal.
Había acudido a aquel pueblo con el propósito- yo lo creía loable- de encontrar la paz necesaria para enfrascarme en mi actividad literaria, con la convicción de que aquel escenario tranquilo la potenciaría a un nivel que ya no conseguía en la ciudad.
O eran cosas mías. El caso era que cada día se me sorprendía con una pejiguera nueva. Había acudido a aquel previsible remanso de paz sin ánimo distinto que el de dedicar mis últimos años a emborronar papeles con la aspiración de que saliera algo claro entre aquello.
A tal fin me había pertrechado de una computadora que tenía instalada en una pequeña casa arrendada que tenía en la población.
Para nada me interesaban las gabelas, dimes y diretes de la localidad. Confiaba en que mi actitud circunspecta al respecto sería suficiente para mantenerme al margen de los problemas vecinales.
Es más, acostumbrado al anonimato ciudadano, tenía la errónea creencia de que el mundo era en general una balsa de aceite salpimentado- eso sí- por una serie de disturbios que siempre pasaban muy lejos y que sólo daba la televisión.
No llevaba pretensión de seducir hembras, ni llevar a mi casa de alquiler cosa alguna que no fuera mía. A tal fin confiaba en que unos hábitos austeros y una presencia siempre discreta fueran suficientes para alcanzar aquellos propósitos que uno en su ignorancia consideraba loables.
Pero, como pude comprobar, al menos en aquel lugar, era imposible la vida sin tomar partido, que vislumbrara desde lejos.
Dos.
La opción aquella de ver y ser visto en un mundo en paz y diáfano no era tan fácil de lograr.
Ni siquiera aquellas costumbres morigeradas mías de un solo paseo diario siempre con un propósito manifiesto con la mayor discreción y respeto al personal y al medio ambiente fueron suficientes para mantenerme neutral y consiguientemente tranquilo y al margen.
Pronto me apercibí que aquel propósito benéfico y sencillo era difícil de lograr.
Aquel ambiente exigía de aquel extraño algún tributo: nada más y nada menos que de pivote sobre el que girara la paz en la localidad: se me pedía en compensación por hacer de mis pasos los suyos. Ya estábamos con la del Marqués. Afanes apropiatorios desmedidos, como siempre suele suceder.
La historia del Marqués era sencilla. Los reyes habían perjudicado su propiedad como consecuencia de una guerra perdida. La población se lo había tomado, sin embargo, como una afrenta personal.
Era aquella la misma población- remozada, eso sí, por el tiempo- la que había visto en el extraño el papel de Rey. Un papel de Rey sobre el que cargar viejas reivindicaciones y afrentas. Una cabeza de turco, para ser más explícitos.
Y ello, por hacérseme evidente al conocimiento de que aquel papel estaba condenado al fracaso, como una servilleta de tal material que se usa, se llena de inmundicias y se tira- en el mejor de los casos a una papelera.
Pero allí estaba la vecindad o una parte de ella respirando sobre mi cogote a poco que le diera la menor ocasión u oportunidad. No podía consentir, de amar, como lo hacía, un poco la vida.

Tres.
Sonaban las cornetas aquella semana santa interpretando aquella música bélica cada cual como quería, cuando llamaron a la puerta. Era la primera visita que uno recibía. Estaba reflexionando sobre la oportunidad de acompañar al Cristo yacente con aquella fanfarria cuando sonó la puerta. Era una mujer de negro con una pañoleta que le cubría prácticamente la cara. Pidió entrar, a lo que accedí con premura.
Evidentemente se había escapado del sepelio aprovechando la distracción que conlleva este género de actividades.
Por ella supe que mi vida corría peligro. No daba crédito a aquellas palabras, pensando en un primer momento que la mujer deliraba.

Cuatro.
Durante aquella semana santa se produciría una escaramuza que concluiría con la muerte de mi persona. No podía salir de mi asombro. Yo- cuyo único plan concebido era el de aprovechar para leer unos artículos atrasados- me veía sorprendido por aquella noticia luctuosa.
Al parecer- y según contaba la mujer- se habrían de aprovechar los sonidos de las cornetas y tambores para entrar en mi casa y hacerme menudencia.
Bastaron escasos minutos para apercibirme de que aquella mujer podía estar mal informada pero no en falta de uso de sus cabales. Por lo demás tampoco sabía ella los motivos.
A la incertidumbre de la mujer sumaba yo la mía. No acertaba a explicarme las razones de tal atropello. Era evidente, sin embargo, que algo se quería acallar tratando de desviar la atención. La conclusión estaba servida: por mi falta de arraigo en el pueblo se me había escogido. Nadie haría preguntas indiscretas- salvo, es de suponer, la policía.
Ni que decir tiene que no me quedé a comprobar la veracidad de aquellos asertos. Y así terminó mi historia en aquella villa.


Texto agregado el 30-03-2015, y leído por 109 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
2015-03-31 03:53:34 La maledicencia y el chismorreo crean encono, lo mismo en las poblaciones pequeñas que en los grandes conglomerados. Interesante tu texto. sagitarion
 
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