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Dedicado a Pablo de Rokha...

Algunos lo hacían jurándole al mismo Dios divino, a la misma divinidad hermosa como el aire de un mar templado palidece en olas puras y cielos muy vírgenes, pues ella es única, ella, es la muy preciosa, y muy poderosa, como marea eléctrica azul, es ella, la que es muy ausente en los días no muy humanos, ella muy arcana y también es muy perdida en los taludes de la región perdida en hierbas y arboles que fueron quemados por las vidas, la que fue prohibida en su ausencia muy existencial y lacónica historia que es muy maravillosa y muy fantástica como un buen relato de horror ficticio, en su lealtad mucho mas profunda y muy adentro en los encierros del campesino o también muy bien enclaustrado en la prisión absoluta de los días del estío amanecido, de partículas inolvidables, en los ríos muy congelados en la costa fría, y el fue muy olvidado por los seres lindos, vacío, en las puertas por las risas del cielo en tonos muy dorados, de velos amanecidos, mas insospechadas, y mucho mas honda en la tierra y en su máxima devoción, y lo máximo posible y prohibido en la existencia, sin su cuerpo ladino y unos ojos que no son muy bellos o muy hermosos, que son como los jaguares furtivos de la selva, o la muy metálica selva, que son muy blancos como el hielo mismo de los polos opuestos del mundo estival y el poderoso frío en los pies solos de la pieza a oscuras, en sombras o pintadas, son mis negruras, ellos languideces como el cuerpo cansado en la nada misma del desfallecimiento inusitado de las horas mismas, las perdidas, o mis horas, que son varios arbustos de varias agujas bien punzantes, afilados sin veneno que podrían llegar a matar a cualquiera de los simples seres de la vida que languidecen y a las también a muchas criaturas humanas o muchos de los nombrados y no muy nombrados en la vida, es tan misera, pobre, en su honda y mínima seguridad en los recreos del patio marmóreo y el principal rodeados de barro u acequias del río, de un cauce apagado por el légamo superficial de los caminos del conducto del agua mas pura y llena de rojos peces que se matan entre ellos, de las muchas vidas derrumbadas como iglesias trizadas por la tormenta furiosa de miles de aguas boyantes y muy hervientes burbujas del sol reinante, que son muy humanas, en su lealtad mas exacta, esas, en los libros o enciclopedias de una portada maligna y de una envés gigante como un cuadro de una ciudad pintada en oleos muy blancos, en tonos muy claros, en suaves montañas lechosas que caen mudas o en aguas muy sordas se desploman, en la existencia, en la vida, en mi misma vida pasada antinatural, y ahora extinta, son bien lóbregas y son solo mías, son las vías, de la vida, de mi vida no muy humana, color de un infierno inmortal e inhóspito de seres no vivos, que permanece expectante en el publico de mi salón de vidrio, llena de obras hermosas, vanguardistas y un teatro abierto, que es muy bello y hermoso, en vitrales visibles de la nada impura, en la existencia se hace muy eterna como la garúa intensa iguala a la lluvia perfecta de las estaciones secundarias de una vida no humana, entonces ellos mueven y movían la cabeza para luego contestar tímidamente su elección elegida entre varias por unos segundos que flotan en la holgura de la sinceridad, en la vida transparente, en la certeza escuálida del poeta que es ya bastante y muy conocido en los pasajes muy urbanos, tan propiamente callejero como es antiguo es la era del sigilo, de escritas a mano y en ojos leída, ahora se nos hacen obvias las preguntas dichas, ellas, esmeradamente y mis respuestas dadas con la certeza y criterio, obvias y con una habilidad son fabricadas con la perfección mía, humana, la que es mantenida sin ningún tipo de importancia mayor en la lengua y su defecto del habla escogida entre todas, las ellas, mis antiguas, en la frías lagunas mentales del cerebro y en mi estudio alto y bien techado por la lluvia que arrastra escombros bien rollizos y gruesos promontorios, muchos de ellos gigantes, y otros seres conocidos como los ángeles del cielo, de muy bonitas y hermosas almas bien lindas y pequeñas, a caso ellos no lo hacían, o no lo hicieron y no se atrevieron o no lo intentaron por temor al dolor que es inconscientemente humano y en su lamento humanizado, abajo en mi existir, en el concreto color bien plomizo, en el alma desecha de una criatura desterrada en la remota provincia muy soleada de una Europa antigua, reverberada en cristales finos, esta extinto en el anochecer del cielo que cae como un telón de telones de un teatro bien precioso, un aula magna vacía, una nave lateral con un eco silente revolotea en los asientos empotrados y depositados como el alma al hombre sucio de un pueblo misero de seres, en el llanto unisono que suena con el polvo en los bordes de unos de mis cuadros mas valiosos y algunos de los objetos que permanecían ocultos, hasta ahora para nuestros ojos confundidos, y cerrados lagrimales, mi par de ojos de vistas muy ciegas, en algunas y muchas de sus distintas maneras de ser percibidas por las mías, mis manos, muchas de sus diferentes formas y dualidades mínimas del bronce, en muchas de sus variantes posibilidades eternamente cósmicas como lo es el frío de las estatuas heroicas ancladas al piso de unas baldosas rojizas de la explanada del peristilo visto reluciente y brilloso, ellos interglaciares y también muy sensitivas ante la luz de un oro ilustrado en la biblioteca absolutamente humana de los siglos ya pasados, en una de mis enciclopedias desconocidas por su vieja antigüedad, de su vetusta y antigua impresión pasada, es de un siglo anterior, fue impresa ha maquina hace varios años, hace ya varios días, días y muertos. y que en muchas de ellas y en muchas sus apariencias sencillas y bien lacónicas palabras que fueron dichas como en un discurso que fue bien escuchado por los condenados a muerte en una tal región de mi Etiopía antigua, ellos son sus versos contiguos a los largos mantos de fe ciega, en las miles de esas estrellas movidas con otras herramientas del cuadro muy galáctico, de artilugios muy intergalacticos e imposibles, ellas son bastantes juerguistas y se mueven andariegas por las lunas y sus hectáreas bien peinadas por los vientos curvos de los aires solares, las que se derivan en muchas de sus formas, en sus diferencias, muy humanas y en muchas de otras y muy cansinas atmósferas de hielo que mueven a mi agosto congelado a otra estación posible, en una serie de formas bien y muy abstractas y pintadas en las estaciones de las oscuras y dulces canciones de un solo día, que es como percibirlo para los seres vivos de un mundo no muy extraño, como el nuestro y de sus maneras divinas de como contarlo o decírselo al resto que lo padecían y lo tenían en las venas por toda la sangre negra, oscurecida, son ellas esas que interactúan con el miedo, en sus diferentes posibilidades cómicas, en el intersticio de un fornicio microscópico, de unos seres de un mundo y en un pasado no muy lejano a nuestro presente posible y persistente, oh en su lejanía distante, muy hermosa, bien colorada, pues entonces ellas florecen en la lluvia fuera de un espacio, conocido, unas noticias del día en su claro amanecido, las que son de ahora, y bien ahora que es concebible con el tiempo, entre los mundos no muy lejanos y no muy antípodas como es el nuestro, el de hoy, viviendo, en ese pasado en su dolor de especie muy constructiva y también asimisma es una existencia no muy inexacta y diferente a las otras del mundo, así como es, incluso en un impulso, que es muy destructiva, en su especie mas científica y repentina que se pueda observar por medio de un microscopio bastante anticuado, en uno de aquellos días, tomaba una de sus muchas formas posibles, en muchas de sus lindas y diferentes formas, cambios o hasta incluso configuraciones, son muy certeras, son de mis etapas, las muy extra-dimensionales y de sus simplezas humanas, en mucha de sus formas y sus extrañezas repetidas, en mis mas conocidos triunfos y muchas lamentaciones humanas intempestivas, ni mas extrañas, mis mas ausentes como la misma lagrima, un grupo de aliados en la cruz de hierro, su nota de sus aromas y fragancias oscuras, en su nota de brillos, y en su nota de lluvia, en su nota oculta en el seminario de los libros escritos con las paginas en blanco y en su ausencia de libros, escritos en las manos de los niños mas santos, mencionados, mis elegidos y de unos hijos de los conticinios ocultos, un eco en la duda, como camino infinito recorrido a pie y a usanzas de letras muy raras, ellos era unos amigos lejanos y algunos de ellos eran los acostumbrados familiares y los conocidos de toda la vida, ahora presentes, que pertenecían a las típicas festividades, unos que así querían, así se detenían, así lo hacían, así lo hicieran, anacoretas iluminados y serpientes viudas sedientas de putrefacción divina, de una herida divina aun abierta como un tajo sangrante, ellos debían esperar para hacerlo o en el mejor momento, intentarlo propiciamente, aunque fuera por esa única y mínima vez, esa pequeña y miserable ocasión que se descubre exigua, en inmateriales gestos y en símbolos incógnitos, desnaturalizados, adentro de un libro rojo y de un libro de la arena escondida que se descubre, se esparce y se disemina como las plumas grises en medio de una cama de amantes que se amaron hasta desplumarse mutuamente en el fragor de una nueva vida en un cielo de sabanas bien dobladas y unas luces de un tiempo no muy austral como lo es el aire frío nuestro, es el viento, en su oleaje de mar de mercurio, entonces sale una espuma en la ensenada que brilla en la lontananza de una esquina del encuentro pasional, bastante hermoso y muy intimo, perdida en una prisión de orugas en su alma y su seda que filtra la luz como un rosetón filtra a un espacio libre de aguas, de los míos, unos círculos negros, ahora llueve en mi gárgola de piedra y grafito, de unos ojos oscurecidos, en ese entonces en la vida había que intentarlo, conseguirlo pues ellos no lo hacían ahora, esperando con parsimonia al reloj hecho de cobre, unos jurando que sería el último día de sus vidas, de humanizado, y de formalizado sufrimiento, en ese entonces ellos lo hacían, en el villorrio desconocido de los bosques endiablados, de la opacidad, de los velos de la luz que choca repentina, en la voracidad de la escritura ya leída por parientes, a el paso que es escrita en su lamento sosegado, mi tunanta despojada de la vida, de rolliza luna en su camino de grava oscurecida, donde todavía hay algunos que no se atrevieron o no lo intentaron, por el temor a los dioscuros perfumados, temor a que se bebieran el vino en mil redomas cristalinas, con toda la boca abierta, eflorecida, en los lamentos silenciados, preparados con toda la fruta madura del ciruelo alumbrado por el faro que atraviesa la bruma, cercano a las esculturas de guerreros que fueron limpiados por mujeres aledañas a una villa, anodina del reino, en la república de la maldad o de la malicia, donde cantan en la secuencia de la luna (en su plenilunio de canciones abandonadas), romántica en su sosiego, en la que cae y recitan desde un árbol antiguo a una tierra árida, sin abrazos y sin amores, despavorida, en su hoja nativa baila el llanto y el dolor en su desierto (solos, también en la ceguera de su espanto, en cristalerías de un espejo, ya que solo un espejo especula a los humanos), caída al suelo entre mis besos poseídos, entre toda esa sangre, entre todo ese almíbar aglutinado entre dos de mis lenguas, entre dos labios latinos, enrollándose como serpientes azules en medio de unas algas nacidas y blanquecinas, por un invernáculo de amores, pues fueron los magos nativos, o a el nido aromatizado que yacía expuesto, como mis relsos ventanales bien ilustrados y muy bien vistos, conocidos, o más bien, bruñidos y de ventanales abrillantadas por el cielo esclarecido de la vida humana, que parecía algo elevado y altivo, como el vidrio grueso y, especulativo, entre las flores más bellas de un jardín de adioses, que se ve medio neblinoso, confundido, atafagado por el olor a grillo en su extravío sin regreso en los circuitos del jardín de plata y su aleación de cobre, de seres desteñidos que traerían la lluvia cuya carne se renovaría con el frío de las constelaciones muy prístinas, en el frío de la olas, en el frío de la desconocida, entonces mítica y desgraciada, sin luz y sin aire, la antigua y perdida, mi hermosa musa, bien llamada ella "karinae", donde acaso dependían, del corazón y de la ternura de la maga, de los hechizos y de los perfumes, de los besos y de las caricias con la madera, y en un recreo, y en una lagrima caída en una receta de otoño para un día de fluido larval con gusto a mi sabia y a mi saliva oscura, hierbas en una copa de cristal que fue bebida anoche, es su ritual entre las garras azules de la oscuridad más densa y en su frescura afilada entre mis zarpas metálicas, cómoda en su porfía de un animal asechado a plumas del ave, en su porfía de diosa vieja, en su intersticio, en mi interregno de comuna que permanece soleada con el brillo, reverbera de los hijos del cielo y el calor descendiente, o bien mi armisticio, de un poblado cercano, pues entonces ellos anidarían en las calles sin direcciones y en errabundos caminos, pasajes, en unos caminos desamparados de la lluvia, en los paisajes de sombras sin luz, en su supuesta ternura, en el socaire de su luz, a los hechizos blanquinosos de la mía, geometría uraniana o de la geometría terrestre, que es donde muchos amaron en su lujuria de colores oscurecidos, o eclipsados, quieren a el deseo amoroso que va hacia a la belleza con la flor en la mano y la tinta de su sangre en la otra, con esa, fue con la escribió una carta de amor a las antiguas reinas de la luz, en cánticos de aves eléctricas y de mucha estática que aparece repentina en los encuentros, en los voceríos de la noche trascendente, donde los pómulos mentolados se refrescaban en el agua o en la lengua de una espada sirviente, y a su lado un escudo de compañía va haciendo su sombra, la teje tal la armonía de un escarabajo de bronce entre las redes más finas del aire de un reino cubierto de miles de parras, firmes y enredaderas en cúmulos de vástagos de oscuridad que es muy posible ahora, llana y natural, entonces fueron las caricias expresadas por las lágrimas y los labios de una fantasía pasional, que hicieron lejana a nuestra luna de hierro y sus pepitas de bromo liquido, como esos siglos que persiguen a otros siglos, alcanzándose en los divinidad de los reyes perdidos o muy arcanos, y a los aguiluchos dorados del ápice de la montaña, y a la puerta entreabierta de mis sueños, que no la dejen abrirse, y a los ojos entrecerrados de la madrugada no los dejes cerrarse, pues quiero ver como la luna revienta y salpica en magos, o arlequines y saltimbanquis nocturnos, pertenecientes a la noche populosa, a los cantos de los sueños, a los parpadeos de las luces de mil ferias antiguas, aquel desairado, desvaído, y donde todo era y tenía un toque de mediana antinaturalidad, o de deformidad diferente, si se miraban en toda la noche ciega del mundo en su mirada, en el deseo adanico de acabar con toda la justicia que nos reina ahora, en la sedición del pueblo esclavizado, en la armonía de una palabra pequeñita y bien retoza baila en el charco perlino de los ojos de agua, en la dulzura de un crimen cometido sin odio, en tan solo un solitario grito, acabado por el frío de los vientos, en las posiciones de la luna mentirosa (su cara farsante que cambia menguante con la venida de las rosas marcianas, o como a un agua de hierbas mece la lluvia), en su mirar de siglos y en su mirar de caricias, y de amores, ella como estatua y él como cariátide de mirada pétrea, desnuda, que emitía un sonido ilógico y a la vez muy extraño, como si se miraran en el parque, desde las neblinas que cubrían, más allá de cualquier calle o habitación de nieve, las deshoras matutinas de las esquinas friolentas de la avenida sur (si se cansa puede tomar la avenida norte, en auto, como una elección mas higiénica y un poco más tranquila si la comparamos con las otras avenidas de la gran ciudad) son las que trasmitían las radios y que no paraban de balbucearlas entre recodos y cenizas de cuerpos que no fueron amados por otros cuerpos igualmente ardidos o calcinados en el fuego, (o el alma, adentro es un horno o una orgía, una hombría de dioses, de respectivos infiernos y de instintivos primarios como bosques que fueron incendiados, hasta terminar quemandoce muy naturalmente) justo hace una hora, la cama estaba hecha de ramas secas y una yesca seca, como en una arena de lumbres y unos pétalos de fuego dispersándose, que la cubrían, aguardando con parsimonia hasta la hora del té o del café, donde había que esperar para encender un cigarrillo (tirarlo al piso, pisarlo y extinguir las pasiones del humo), justo ahora es la hora para tomar el té o beber la once entre rebanadas de pan y una leche, ambos juntos mimetizados como dos colores, muy semejantes, no hacíamos el amor, por respeto (a los dioses, a algunos dioses altivos), volvíamos, y hablábamos, aprovechábamos nuestro tiempo en discusiones, y charlas comunes, no hacíamos el amor, ambos, juntos mimetizados como dos colores simétricos (en la lejanía de una ópera nacíamos), ambos quemados por la nieve oscura, al salir del hogar con dirección a la entonces calle principal, a la entonces llamada avenida del sur, tal vez esperando una leve ternura y caricia, para cerciorarse de que todo estuviera hecho y no existiera ningún tipo de desperfecto natural o amenaza natural repentina, tan desgraciada como intempestiva, o ilógica, además de la muerte taciturna que los esperaba silenciosa, entre las horas muy liquidas disolviéndose por los segundos como gotas que caen al fuego en llamaradas de unos seres bien dorados, en la gigante piedra salina del silencio, en la seguidilla de los horarios, que dispone un hombre de la soledad antigua, (y no habría razón para que no lo hicieran, con sinceridad los décimos y lo volvimos a decir) ambos juramos, nos tomamos de las manos esa misma noche, y bebimos el agua negra, (el negro era y seguirá siendo el color del suicidio en los anecúmenes desolados), así como es solo y solo será, un mar de huesos de tonalidad blanca y adamantina, quebrándose en una losa tibia y de cuadrados dibujados, antiguamente, misteriosamente entre los ebrios rayos del vapor del ácido sulfúrico y sus burbujas que son muy amarillentas, que no son más que una vil amenaza, un animal veloz y en tinieblas deslizado, como un objeto volador no identificado que raspa la estructura de la muerte, la muy interestelar, los andamios de los planetas negruzcos y de los planetas que son góticos, como un cometa de cuarzo, estrellándose en la inquietud de un espejo, donde de frente es el viaje de esa luz, que termina en el planetario o en un pozo mineral de un bello pueblo, que es bello en su cercanía con el mar, deslumbrante, secándose, intempestivamente al sonido del viento, envejecido, emperifollado en sus frondosas sendas, de amarillos que quieren ser hojas y robles que quieren ser acuarios.

algunos fueron habitados por gusanos de tierra colorada húmeda, identificados, como una extraña especie que se retuerce en el amor humano, en los corazones de las plantas (de mayoría xerófilas y desérticas, como huesos áridos) que sudan agua de hierbas y el té de rosas lo beben, lo humedecían en las ventanas del restaurante con su ternura y su color de flor que crece en las nubes del manto antiguo, son purpuras aquellas nubes y si posiblemente los insectos negruzcos pululando por ahí molestando con sus breve sinceridad de zumbidos mínimos, habituadas en la defensa de la tierra, calientes como una moneda marciana o una cadena de manos apretadas, como el pecho del ave mas soleada y resegada en lo alto, brillando al par de los volatines del desierto polvoreo, cuando los amantes se parapetaron en la misma bruma arenosa con su lontananza mínima que inquietaba como una soledad de pasos de hormigas rojas, hechas de aquel fuego intocable, donde dormían en su llama azulada los invencibles temores, la misma como los tristes y simples humanos que eran o fingían ser en simples cuartos de adoquines color piedra luna, y en donde en la cocina tenían azulejos, y platos de mármol de bellos dibujos pintados en rojo anaranjado, igual a una ilusión de soles compasivos, de un paraíso arriba de un paraíso aun florido, de un verde aun estelar y heroico final, un trofeo de mis musas, capitán de mi sistema y capitán de mis albores en la hierba, de titilantes espejos salvajes que se reunían en la madrugada con la libertad, que tanto ansiaban en sus sueños húmedos, incluso antes que nuestra intención los envolviera en diferentes posibilidades, y no pudiéramos verlos, observarlos como aves en el amor más joven y aventurado, de ancoras y de embates undosos uncidos a la tierra, aquella que nos prometieron que sería hermosa y distante, pues lo tendríamos todo, todo a nuestra disposición, todo a nuestra imagen repentina y de sombras que se ven heladas, toda esa lluvia eléctrica, toda esa tormenta de peces, de aciago, donde no recordaríamos a nuestros parientes, inclusive a los más ancianos, a los vetustos y los viejos por no decir centenarios de ancestros, y de antiguos seres, a la cáfila de desorientados en los espejos donde habita el alma de la inexistencia y sus reflejos tímidos, callados en su inhóspita transparencia de polillas de luz (comienza la luz primaveral). de un espacio fuera de la tierra, en lo extraterrestre detenido, perdido en el exterior más incierto, el desgraciado y peligroso, era en ese tiempo entonces donde debíamos perecer o matarnos instantáneamente con un cuchillo o un rifle cargado por las dos manos, y dos veces, como en una ficción, hermosa y persistente, y con la elegancia, como con la que se habla en momentos de lujuria y muerte, del desfallecimiento celular y de las moléculas, toda esa ciencia que los científicos ocupan para nada más que nada, para lustrarla, para hacerla brillar en luces purpuras y luces amarillas, para vestirle, y hacerla más hermosa, como la dulce sustancia de mi voz, como el dulce pan, que aflora y crece en las cúpulas del destino más vivido, disuelto en la tormenta del espacio, de besos con el mar blanquecino, y de rasantes caricias y en épocas de muerte y lluvia, cercanos cortejos muy humanos, ha unas reverencias simples, ha unas piedras minerales preciosas, en legítimos tragos de la noche, infernales con la estufa puesta a todo dar, calcinante, al momento de dormir borracho, hasta incluso como con la que se habla en algunas familias sobre el fallecimiento inusitado de uno que otro pariente o conocido de la vida humana y en algunos casos, de una estrella distante o de un palacete subterráneo, a mil hierbas húmedas de un éter de polvo, de la existencia, entre lo único y lo visible, es el diario vivir y es una ciudad en lumbres derribados, algo que nos resultaría conocidísimo de toda la vida, cosa que nos llama alguna vez en la senectud y en la habitación, y con la sequedad en los labios, en el periclitar entre los pasillos de la casa vieja, mientras ambos amortajados, somos perfumados por la roza negra de una muerte pensativa, o de un circo para las flores, cuarzo, unas del cementerio y otras con dedicatorias al magisterio, nos hemos perdido y nos hemos encontrado, torpemente desnudos, inciertos, hermosos fueron todos los domingos , las entrañas del perfume y en su bosque nativo, el hielo, las cuencas en el arcoíris, para morir en esa misma noche sin estrellas y pájaros en las ramas de la senilidad, exiliadas vigilando sus brumosas casas del éter u vacío, elegantemente, intoxicada-mente, perfumados por la roza negra, donde ambos sabíamos cuando empezaba y se detenía el reloj, tarde, al final de la alcoba, entre las comunidades de polvos, y movedizas cuevas lunares, el azúcar para el veneno en tu velador, todo en su habitual orden e inexistencia, entonces nos damos un último beso y cantamos nuestras bocas en oleadas de guerreros, húmedos de sangre y de alcohol y crecido pasto en los bosques, del vencido reino, agotados, en un último acuerdo que nos llama, un último acuerdo, que nos vive, agotado en la luz mas tímida de un cuarto y en su encierro de mi noche. agotado en la luz mas tímida de un cuarto y en su encierro de mi noche, y muy porfía.

Texto agregado el 19-05-2015, y leído por 530 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
2015-07-02 18:02:52 Me encAntô lmArianelA
2015-05-24 17:47:00 Original texto. Lo disfruté full. Un abrazo y te felicito. SOFIAMA
2015-05-21 22:23:01 Áridas son las tierras donde sopla la desesperanza , donde cáfilas nómadas de sueños rotos vagan por anecúmenes desconocidos para la alegría y donde impera la tristeza . autumn_cedar
2015-05-21 02:13:09 Extraño, pero bueno. Le felicito. emiliosol
2015-05-20 02:40:08 En estos últimos días he leído sobre los iluminatis y sin darme cuenta, asocie tus letras a ellos. Ellos no me gustan, pero, están ahí. Saludos. girouette-
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