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Inicio / Cuenteros Locales / Taramustra / El Segundo Sueño de Franklin

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El viento soplaba fuerte esa noche. Solo estaba yo. Mis pies firmes, con temor, pero a fin de cuentas, firmes como fusionados con el concreto frío del puente amplio y gris que me sostenía en esa noche silenciosa y fría. No quería caminar sobre él, pero ya estaba sobre él, así que no camine. A lo lejos, un único poste iluminaba el lado angular de una calle moderna y lúgubre, y el resto en plena oscuridad. El viento agitaba mi traje gris, y me desordenaba el cabello. La gente sencillamente no estaba ahí, y tenía la sensación de que, por más que caminara, no vería jamás a otra persona. Aun temía y no caminaría. Unos mugrientos perros callejeros ladraban “y el sonido de un tacho de basura al caer” a mis espaldas y se acercaban a mí, así que salí de ahí, caminando “y me trago el temor” deprisa he incomodo de los ojos por culpa del viento fuerte que a este lugar azotaba.
Camine deprisa y como todo era oscuridad me dirigí hacia el único poste que alumbraba la calle. Pero el poste estaba lejos, así que camine por un buen rato. Mientras me acercaba a la luz ignominiosa que contrastaba con la plena oscuridad empezaba a divisar una silla de madera puesta sobre la acera. Cuando llegue y entre a la luz me senté en la silla sin preguntarme por qué. Solo me senté ahí porque quise. El mundo que mostraba el poste lucia moderno y pálido. Gris. Con el vidrio de una tienda, sombreado por un toldo opaco, y la curva redondeada de la esquina, y un poco de la descuidad pista que se cubría en los bordes con la sombra de la pulida acera que soportaba al poste y a todo lo que eso implica.
El sonido de una tos llamó mi atención junto con el sonido de algo que se arrastraba. Fue entonces que vi como un hombre con traje de gala empujaba un inmenso piano de cola negro con los metales oxidados. Sobre el piano había una silla como la que yo usaba en ese momento. El hombre, enjuto de rostro y con la piel de las mejillas fofa como el engrudo, empujo el piano hasta colocarme como espectador. A ese hombre ya lo conocía, pero no conocía su rostro.
El hombre bajo la silla del piano y, con mucho esfuerzo, levanto a tapa del piano para hacerme apreciar cada nota que de él saliera. Se sentó sobre la silla y, en ademan de respeto, me saludo inclinando la cabeza. Comenzó a tocar la Sonata Número 23 en Fa Menor para Piano de Ludwig van Beethoven. Cada nota se manifestaba de forma que seguía una misma línea, un patrón magistral, prueba de la genialidad del compositor, pero adornado sutilmente con la tos bronquial del enjuto interprete. Cada una de las notas no tendría ningún valor si no viniese siendo predecesora de otra, y ni fuese precedida por la siguiente. Solo la nota inicial, que debe su existencia a la destrucción de la nada, tiene permitida la libertad absoluta, pues no existe pieza alguna antes que ella.
Yo, sentado sobre la silla, escuchaba apacible y tranquilo la melodía maravillosa que el diestro intérprete reproducía solo para mí. Solo estaba yo ahí, además de él. La interpretación era solo para mí. Solo yo escuchaba la canción, entonces solo yo decidía si era buena o mala, ya que en ese mundo no había nadie más que el intérprete y un único espectador. Todo lo que esa pieza representaría en ese mundo dependía únicamente de mi potestad, y si era así con la música, lo sería entonces con todo lo demás, pues la belleza del mundo dependía únicamente de mí. Yo era el amor, el odio, el que le permitía a ese mundo conocerse. El único que existe, sin puntos relativos.
La frenética música que salía de ese viejo piano empezó a volverse más densa hasta el punto en que se materializo, dando forma en el mundo vacío a mis principios y mis fundamentos. Todas con formas distintas. Algunas con ángulos incontables, y otras, planas como la vista del cielo sin perspectiva. Todas de colores distintos, cubriendo toda la gama del espectro visible, pero con reflejos de colores nunca vistos por en humano en la naturaleza. El mundo ahora estaba formado por mis principios y fundamentos, por las bases científicas que defendía. Por toda mi esencia. Yo seguía ahí sentado viendo como se formaba mi mundo. Y se formo por completo.
Seguía teniendo la potestad del mundo que me rodeaba. Pero ahora eran todos mis ideales y visiones. El mundo estaba ahora formado por todos mis principios y bases. Y si lo juzgaba mal, entonces todo en lo que había creído seria burdo e incorrecto y malo. Mis creencias e ideales no valdrían nada si yo así lo decidía en ese preciso momento en el que yo era el único espectador del mundo intérprete. Podía juzgar a todo lo que yo era y seria como yo dijera. Aquí siempre seria como yo dijera. Toda mi realidad se devastaría, pero no debía permitirlo. Toda la esencia divina que me compone, y todas las ideas clásicas y perpetuas se considerarían blasfemias si tomaba esa decisión. Tenía que protegerlas y aquí hacerlas divinas e inquebrantables. Entonces eso era, divino e inquebrantable. Eso eran mis principios en este mundo, porque yo así lo quería. Yo así lo juzgaba. Pero la curiosidad de ver mi mundo hecho añicos me indujo al pensamiento que convertía mis principios en una falacia y un insulto al imaginario colectivo del mundo. Mi pensamiento. Y todo lo fue, porque yo lo quise así. Toda base y todo principio fundamental que regían mi naturaleza en el mundo real se convirtió en un insulto y una blasfema, materializándose como aquella sustancia viscosa y de color alquitrán que vomitaban las formas que tomaron mis ideales.
El pianista termino de tocar y todo el mundo fue de nuevo lo que la luz solitaria del poste alumbraba en un principio. Acto seguido el pianista se levanto bruscamente, tapo el piano y piso la silla y después las teclas del piano, que reprodujeron un acorde siniestro y alterado, y termino sentado mirándome sobre el piano. Yo lo miraba, intrigado. Saco de su bolsillo una cajetilla de cigarros y prendió uno. No me ofreció ninguno. Levanto la mano, mostrándome el dedo índice en ademan de expectación y levanto las cejas con la misma intención. Se metió la mano al bolsillo y saco un libro de cubierta de cuero. Empezó a leerlo en silencio.
- Esto es muy aburrido. Mejo léelo tú.- Me dijo antes de arrojarme el libro.
Tome el libro y leí el título: Héctor Dergurie Solotso. Historia y desenlace.
- ¿Recuerdas lo emocionado que estaba cuando me gradué, hermano?- Me dijo Héctor, que ahora yacía sentado en el lugar sobre el piano que antes ocupaba el pianista. -¿Recuerdas todas las ideas que tenia? ¿Recuerdas cuanto trabajaba en ellas? No pude entender. Llego un punto en el que no lograba asimilar un modelo universal con mi propia comprensión.
Abrí el libro y decía: Capitulo trece: Héctor somete sus ideales al progreso de sus estudios.
- Ese capítulo es bastante aburrido, es lento y deprimente. Muestra como el muchacho intenta aislarse de la sociedad, pero el amor por su madre y su hermano no le permiten sumergirse en el desarrollo de sus ideas.- Dijo el pianista que volvía a estar sentado sobre el piano.
Avance las paginas hasta otro subtitulo: Capitulo catorce: Héctor renuncia al encuentro de un modelo universal al no ser capaz de entender sus pensamientos.
- ¿Recuerdas que te comenté que abandonaría mis investigaciones, hermano? No fui capaz de unificar mis pensamientos de amor y dedicación al mudo emocional que se creaba dentro de mí con mi frio modelo universal. Colapse en un bucle en el que una solución solo creaba un problema diferente. Dijo Héctor sobre el piano.
- Ese capítulo es penoso.- Dijo el pianista. Ahora ambos sobre el piano. –Muestra como el muchacho no es capaz de soportarse a sí mismo ni a sus propios ideales, y colapsa. Es penoso y lamentable ver a alguien que sucumbe ante el abandono al no entenderse a sí mismo. Pienso que debiste de ser un poco más abstracto.- Le dijo el pianista a Héctor.
- Probablemente más fluido.- Respondió éste.
Avance más en el libro y decía: Capítulo dieciséis: Héctor encuentra en la idea de un Dios la estabilidad que había perdido.
- Ese capítulo es el más cómico de todo el libro. Muestra como el muchacho se convierte en una mente estúpida y dependiente de una idea superflua e incoherente. Sabe que es un modelo arcaico y limitado, pero el amor que por el desarrolló nubla su mente y lo convierte en un peón mas del mundo moralista y atrasado que postula su nueva doctrina.
Ya terminó tu tiempo de ver el libro. Ahora devuélvemelo.
Le devolví el libro.
- ¿Puedo saber cómo lo obtuviste?- Le pregunté.
- Veras, amigo espectador, el libro lo escribí yo. Soy un hombre de muchos talentos, y mi mejor talento es poder darme cuenta de lo malo que soy en el arte. Veras tu que, escribir un libro tan mediocre como el que acabas de ojear requiere una visión muy desarrollada de la realidad. No todo el mundo es capaz de ser tan malo como yo. Es, de hecho, un don excepcional. – Dijo de forma jovial y alegre. –Mira este otro, es bastante malo.
Me arrojo un libro algo más grueso. El titulo decía: Franklin Dergurie Solotso. Historia y desenlace.
- Aún estoy corrigiendo ese libro. Es algo complicado de escribir. El personaje principal es bastante complejo.
Abrí el libro y empecé a ojear los capítulos y mi semblante perplejo se manifestaba en toda su gloria al leer los subtítulos: La primera muerte de Franklin, La segunda muerte de Franklin, La tercera muerte de Franklin. Solté el libro con temor y me levante de la silla.
- Veras, amigo espectador. Cada vez que empiezo a trabajar en ese libro solo se me ocurren historias en las que el protagonista muere junto con sus ideales al final, sometido a la miseria al no poder evoluciona con el mundo que le rodea, y se vuelve bastante predecible. Yo quiero darle a esta obra creatividad e ingenio. Será tan mala que ni siquiera yo querré terminar de leerla.
- ¿Cómo pudiste escribir estas cosas horribles sobre mi?- Pregunte con miedo.
El pianista empezó a reír de forma escandalosa y extremadamente burlona, revolcándose sobre el piano. Su risa estruendosa resonaba con la caja del piano produciendo armonías burlonas y satíricas.
- ¿Tú eres Dergurie?- Me pregunto entre risas y jadeos. –Ahora sé que mi libro es una mala comedia. Me has hecho sentir orgulloso de mi trabajo, amigo espectador.- Dijo mientras bailoteaban sus brazos por el aire, en ademanes de orgullo y grandeza. -De premio te contestare la pregunta que quieras. Tienes infinitas posibilidades.
- ¿Quién eres?- Le pregunte, pasmado.
Volvió a reír en toda su gloria.
- Si que tengo talento desarrollando malos personajes. Yo no soy nadie y tú sabes porque no soy nadie.
- ¿Por qué no eres nadie?
- Solo te ofrecí una respuesta, además ¿por qué preguntas eso? Ya te dije que tú sabes el por qué. Tenías infinitas posibilidades y desperdiciaste la pregunta. Si que eres un mal personaje.
Volvió a reír a carcajadas y continuó mientras yo corría y me adentraba en la oscuridad, con miedo y ahora con apatía hacia mi propia existencia.

Texto agregado el 16-07-2015, y leído por 45 visitantes. (1 voto)


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