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Inicio / Cuenteros Locales / Taramustra / Tribulaciones, paseos y lamentos oníricos, o no, de Franklin Dergurie Solotso

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Por la mañana estaba despierto pero cansado, pues un sueño agoto mi energía. Tome café temprano y tocaron la puerta. El golpeteo de la puerta desalojo mi mente de su sonámbulo pulular y la situó en el escenario de anoche, con el joven Arthur Creik en mi hogar y yo desentrañando al yo dentro de sus pensamientos. Y él volvería hoy. Mi mente entro en alerta pensando en técnicas para entender al yo dentro de él. Caminaba hacia la puerta para abrirle al indeseado visitante, pero mis pensamientos se sumergían cada vez más y más en las posibilidades que existen de que Arthur Creik me necesite porque él sabe que su mente es la mente que yo poseía cuando era joven. Pero esta idea era poco probable, porque no es Arthur Creik el que me busco en primer lugar. Es mi mente joven y rebelde la que me busco en primera instancia. El pensamiento de Arthur Creik esta suprimido y es ajeno a esta repentina relación que llevo ahora con mi mente pasada. Pero ¿Cómo puede ser así? ¿Cómo llego mi mente pasada a los pensamientos del joven Arthur Creik? Pienso entonces a que se debe la existencia de Arthur Creik. Su existencia más pura. Su mente suprimida. Y quiero concentrar toda mi capacidad mental en el desarrollo de una teoría que pueda demostrar hoy durante la visita de Arthur Creik. Si Arthur Creik existe realmente, entonces podría liberar su mente pura y apoderarme de mi pensamiento rebelde. Aprender a dominar mi vieja esencia y utilizarla para dominar mi pensamiento y encaminarlo hacia el modelo universal definitivo, aquel que responderá a cualquier duda. Sería realmente sorprendente poseer la audacia y rebeldía de una mente joven con grandes dotes de genialidad, y poder fundirla con mi actual mente sabia, metódica y racional. Desarrollar un nuevo tipo de humano, capaz de resolver un problema de incontables formas, estudiándolo de forma lógica y fría, pero planteando una solución apasionada y vivaz. El triunfo eterno de la razón, sostenida por mis principios e ideales. Una nueva era en la que la humanidad abandonará las frivolidades y las doctrinas para dar paso a un pensamiento nuevo e ideal basado en la razón humana. Una razón basada en la propia comprensión de la naturaleza humana. La vida puesta al servicio de un ser nuevo capaz de comprenderla en su totalidad y de poder escudriñar en sus más profundos misterios. Pero necesito la mente de Arthur Creik, sin importar lo profundo de él, sin importar su pensamiento suprimido. El mío debe mantenerse intacto.
Abrí la puerta “y lo que no esperaba” la visita de Marián me sorprendió e interrumpió abruptamente la ilación de mis pensamientos.
-¿Estás bien? Te vez pálido.- Me dijo en tono tierno.
-Estoy bien.- Dije mientras veía la hora en un viejo reloj de bolsillo. -Son las ocho de la mañana, ¿a qué se debe tu visita sorpresa?
-Pensé que podríamos desayunar juntos. Antes de venir compre café y pensé que seria agradable tomarlo mientras tenemos una de esas conversaciones tan intensas e interesantes como las que solíamos tener.
-“Suspiro” sabes que no me gustan las visitas sorpresa.
-Siempre eres tan solitario y amargado y ya no te tomas el tiempo para conversar con la gente que te quiere. Incluso casi nunca visitas a Héctor. –Empezó Marián, levantando la voz y acusándome. –No tomaras un café conmigo porque estas siempre metido en tu casa con la mente puesta sobre tus investigaciones y abandonas por completo a todas las personas que sienten cariño por ti, como Héctor y yo. ¿Cómo puedes no morir de soledad?
La pobre enfadada gritaba frente a mi estampa pálida y aburrida, y poco contemplativo la miraba sin parpadear. Y siguió acusándome. Y siguió enfadándose, pues sabe que su presencia ya no está concebida en mi imaginario.
-Si ya no le darás valor al cariño que siento por ti, entonces no vendré a verte nunca más.
-Permíteme llevarte a tu casa, puedo al menos hacer eso para calmar tu amargura.
Bajó los ojos porque se dio cuenta que su pena me era indiferente.
-Por lo menos voy a poder conversar contigo durante el viaje.
Ya en el auto Marián empezó a sollozar, cosa que daba un contraste bastante melodramático con las calles grisáceas de la ciudad y con el ritmo al andar de la poca gente que había en los alrededores. En sus pensamientos, supongo que se encontraba de ver en la fría mañana un espacio adecuado para expresarme su pena y su dolor causado por mi aislamiento. Pobre de ella. Sufrió bastante como consecuencia de mis decisiones. Es una pena que no sea capaz de adaptarse a nuevas situaciones. Se encontraba cómoda en una situación que deseaba que fuese inalterable, pero no pudo llevar con alegría los cambios en su vida. Ella ahora puede reír, pero esta triste porque siempre extraña la felicidad que la abrazaba en sus mejores épocas.
-¿Puedes llevarme a la casa de mi madre? Le dije que pasaría hoy a verla temprano.- Me dijo entre sollozos y jadeos.
-¿Sigue viviendo a las afueras de la ciudad?
-Sí.
Me dirigí entonces a las afueras de la ciudad por un camino gris, frio y recorrido ampliamente por la naturaleza tenue del área. Un camino que inspiraba nostalgia el los pensamientos de los transeúntes.
-¿No me vas a preguntar por qué lloro?- Me dijo Marián entre jadeos de pena.
-Se porque lloras, Marián. Extrañas lo que mi compañía significó algún momento para ti.
-Eres una persona fría y eso me lastima. Tú solías ser muy cálido conmigo, -“Sea lo que sea que signifique cálido para ella” -pero todo eso cambio cuando te aislaste. Ni siquiera extrañas mi compañía y eso me causa pena y dolor.- Dijo con rabia mientras ya derramaba lágrimas de sus ojos tristes. Yo reaccione indiferente.
-Marián, ¿Por qué no puedes entender que tome la decisión que considere más favorable para el progreso científico? Es la decisión que llevará mi vida por el curso que siempre deseé.- Y el rostro de Arthur Creik atravesó mi mente por un instante pero después se fue de mis pensamientos de forma tan abrupta como apareció.
-Puedo entender que tomaste una decisión favorable para tus investigaciones, pero no puedo entender cómo es que todo lo que paso entre nosotros ahora no significa nada para ti.- Dijo Marián mientras sus lagrimas rodeaban sus labios finos y delicados como un atardecer de verano. Atardeceres que hace mucho dejé de ver en el mundo.
El ambiente gris de los prados alrededor de la carretera acogió una imagen tétrica y oscura frente a nosotros. El encuadre de un accidente de tránsito se manifestaba de una forma bella de ver, con juegos de sombras y primeros planos a las extremidades mutiladas de un niño pequeño, que lloraba de dolor a la sombra de un viejo auto oxidado y golpeado después del violento choque con un segundo auto, menos dañado. La escena se torna cómica por el escorzo del hombre golpeado e inconsciente, su cuerpo atravesó el parabrisas de su vehículo de forma contrastante con la preocupada madre que sostenía lo que quedaba de la vida de su hijo, y la curva sostenida por la madre al cargar a su moribundo hijo agregaba dinamismo al momento, que explotaba muy bien los atributos que la pena le puede dar a un momento. Era una escena extraordinaria de ver.
“Oh por Dios” exclama Marián al ver la magnificencia del momento.
-Franklin estaciónate.- Me dijo, preocupada y nerviosa.
Estacione el auto y Marián corrió hacia la imagen del accidente. La madre gritaba de dolor, pero sobretodo de pena y el hombre del otro auto yacía inconsciente sobre su parabrisas. Marián le dijo algo a la madre que con pena sostenía a su hijo en brazos. Yo baje del auto con calma y camine hacia el accidente. Me absorbía la magnificencia del momento que presenciaba. Marián voltio “tenemos que llevarlo al hospital”. Yo, atónito, asentí con la cabeza.
-Gracias. – Dijo la madre con ojos de esperanza. Fue cuando note que su pierna estaba rota, lo que le daba ya un exagerado dramatismo al momento, por lo que perdió algo de grandeza.
Marián tomo al niño en brazos y se dirigió al auto y “que rostro fantasmal y pavoroso”. Vi en el niño un rostro monstruoso digno de la pesadilla más horrible. Los ojos amorfos, grandes y negros, y la boca cayéndosele por un lado del espectral rostro. No poseía nariz, y su piel estaba maltratada y seca, pero difuminada como la niebla. “Lancé un alarido de espanto”.
-¿Qué te pasa Franklin? – Exclamo Marián, alterada y estresada por mi alarido. –Ayúdame a llevar al niño.
Yo no quería sostener al horror en brazos, pero la situación me obligo a hacerlo. Camine hacia el auto y a mis espaldas conversaban las mujeres sobre el teléfono de un padre y sobre el noqueado hombre sobre el parabrisas. Coloque al horror sobre el asiento trasero de mi auto y “Llamaremos al padre cuando lleguemos al hospital, una ambulancia vendrá por la madre y por el otro hombre” y yo asentí al comentario.
Maneje hacia el hospital tenso por la criatura que llevaba en la parte trasera de mi auto. No quería decirle a Marián lo que veía pues era obvio que ella no lo veía. Pero ¿Por qué yo lo veía? ¿Estaría soñando aun? Pues no soñaba y esa era la verdad. Todo sucedía en el mundo real. La criatura monstruosa que moría en mi auto pertenecía a mi mundo real. Marián no lo veía, no podía hacerlo. Solo yo tenía las facultades de hacerlo. Que tétrica y terrorífica visión la que perturba mi mente en este momento.
Al llegar al hospital Marián corrió en busca de un medico y yo salí del auto con miedo al ver de reojo a la criatura aterradora. Dos médicos con una camilla corrieron hacia el auto y tomaron a la criatura y la subieron cómodamente sobre esta. Marián exaltada regresaba a donde mi ahora mientras los médicos corrían hacia la sala de emergencia. Era obvio que ellos tampoco veían el horror.
-Vamos a llamar al padre. – Dijo con calma o con resignación, Marián.
Entramos al hospital de aspecto moderno y Marian busco un teléfono del cual llamar al padre, cuya presencia le daba un nuevo aire ominoso a la situación.
Yo no escuche la llamada, solo espere a que ella hablara, mientras veía como tres doctores corrían de una sala a otra con el cuerpo del horror sobre una camilla. Pero el horror ahora tenía el rostro más angelical y maravilloso que puede concebir la naturaleza. Ahora era una hermosura la que sostenía su vida a la camilla. Y sentí pena pues una criatura así debería ser eterna y ser admirada por las masas monstruosas en comparación con ella. No le quite la vista hasta que un medico cerró la puerta de la sala donde ahora se encontraban. Era obvio que ellos tampoco podían ver la hermosura de ese rostro. Y ¿Por qué yo puedo ver esos extremos? O es que solo los imagino. Puede que estuviese viendo el aspecto máximo que puede generar la naturaleza del horror y de la belesa. Pero este era un concepto relativo. Si fuese Marián que hubiese visto el horror y la belleza, entonces los hubiese visto distintos, ¿o es que todo referente, tanto de horror como de belleza, convergen en un único punto respectivamente al llegar al extremo? ¿Por qué el horror se convirtió en la belleza? Y justo sobre ese niño pequeño y moribundo. Sorprendente.
-El padre vendrá cuando pueda. – Me dijo Marián con voz triste, preocupada y ahogada. Supuse que tendríamos que esperar acá hasta que llegara. Ella se mostraba mucho más preocupada y atenta con el tema. Tenía sentido que fuese así. No porque me distrajera la imagen del horror y de la hermosura, sino porque la pobre Marián veía en los niños la posibilidad de que un sueño se cumpla. Que ilusa y soñadora era la pobre Marián. Sufría muy a menudeo.
El padre llego junto a la madre en la ambulancia. El padre agradeció entre lágrimas y nos marchamos.
Marián no hablo en el auto camino a casa de su madre. Estaba triste y preocupada por la extraña criatura accidentada, y por sus padres.
Que decencia mostré, que no grite al ver el horror y no llore al ver la belleza. Que serenidad poseo, que me mantuve calmado frente al terror y no me lance a la posesión de la hermosura. En este momento tendrían que haberme concedido la entrada al cielo (Obvio, de forma figurativa) por mi conducta frente a las emociones.
“Adiós”, me dijo Marián con pena y afecto. Bajo del auto y camino hacia la entrada de la casa de su madre, abrazándose a si misma sobre su abrigo gris, y dando pasos bastante rectos, lentos y desanimados. Antes de entrar se despidió agitando la mano en el aire y realizo una sonrisa triste y comprometida.
Yo me dirigí de vuelta a mi hogar, para por fin poder pensar en paz. “Arthur Creik parado frente a la puerta de mi casa”
Estacione el auto en el borde de la pista.
-Es temprano como para venir a tocar mi puerta, joven Arthur Creik. – Le dije, sorprendido de verlo tan temprano.
-Lo es, pero debo mostrarle algo. Ayer no le conteste cual era la razón por la que usted era necesario para el progreso de mis investigaciones. – Me dijo con voz directa y moldeada de forma convincente. –Así que en vez de responderle con palabras, decidí llevarlo de forma literal a la respuesta. Esperaba que pudiésemos usar su auto para llegar hasta halla. El lugar al que iremos no queda lejos, y la razón de ello llegara a usted apenas lleguemos.
-Pues esperaba conversar con usted en la tranquilidad de mi hogar, pero si insiste en ir a ese intrigante lugar, entonces accederé a su petición. – Le dije, muy educadamente y cuidando el tono de mi voz para que no sonase desesperado frente a la posibilidad de una respuesta. Una respuesta a la interrogante de “¿cómo extraer a mi genio del interior de él?” Pero si mi genio era también el que me estaba buscando, entonces probablemente ya hubiese encontrado la forma de utilizarme él a mí. “Mirada suspicaz.”
Arthur Creik tomo la misma posición en el auto que ocupo Marián con anterioridad y me indicó que ruta tomar para llegar a nuestro destino. Tomar la avenida, llegar al final de ésta y voltear bruscamente por la calles legañas al centro, tomar la carretera que atraviesa los prados, estacionar y bajar del auto para adentrarnos en los arboles que rodaban los alrededores de un lago mediano a las afueras de la ciudad.
“¿Puede decirme a donde nos dirigimos?” Le dije, ya fastidiado cuando el camino empezó a ponerse más escarpado.
-Ya no falta mucho- Dijo, ocultando la emoción en su voz y en sus palabras.
Sobre la ruta boscosa que tomamos se escuchaba cantar a las aves y se desnudaban las aguas con avatar de cataratas que apenas se dejaban escuchar si les ponías la debida atención. Las hojas secas en la tierra crujían dándole dulzura y calidez al paisaje. Las tonalidades verdosas y amarillentas pintaban los troncos y las hojas que observaban y se burlaban de dos bien vestidos caballeros que caminaban por su ecosistema. Cerca ya del lago se escuchaban la aguas que éste agitaba con dulzura, y se dejaba apreciar la vida que éste resguardaba con valor. No más que distracciones para el hombre moderno.
Caminamos por aproximadamente quince minutos y “¿Qué clase de pregunta es esa?” Cuando preguntó qué opinaba yo de su mente.” “Tómatelo con calma”: Creo que usted es una persona muy avanzada para el tiempo en el que vivimos” Dije fríamente y con pasión aguantada. El solo rio sórdidamente y con la boca cerrada durante un instante de tiempo.
Ya cansado de caminar me detuve y él al notarlo, también. Desde arriba se observaba un contraste casi cómico entre dos hombres bien arreglados y el paisaje, hostil para la vestimenta, en el que nos encontrábamos.
-Es suficiente, llevamos caminando varios minutos y no parece haber nada de interés. ¿Está tratando de burlarse de mí? – Dije, tratando de crear en el joven Arthur Creik una sensación en la que mi posible huida hiciese que mi yo pasado se manifestase al tratar de impedirlo, y aprovechando el tiempo para descansar mis ya maltratados pies.
-¿Pero que dice usted? Si ya hemos llegado. – Me dijo con ojos de triunfo, y señalo hacia los arboles a nuestra izquierda.
Donde el paisaje resplandecía de forma tenue por la escasez de flora, una membrana transparente y ondulada cubría el cosmos entero, formando una barrera que dividía el mundo en dos. Detrás de ella el mundo parecía continuar, pero este mundo ya no me era familiar.
-¿Qué es eso? – Exclamé con bruta sorpresa, y después me sentí tonto por hacer una pregunta cuya respuesta era más que obvia.
-Este es el límite- Comenzó Creik. –Aquí termina su universo conocido y su comprensión de éste. Cruzando esta frontera se encuentra lo desconocido. Aquello que usted desconoce por todos los medios posibles. Desde las sensaciones hasta los sentidos, desde lo experimental hasta lo teórico. Es algo nuevo para usted, o algo extraño. Es un espacio en el que no sabe cómo se sentirá, o no lo recuerda, que es lo mismo. ¿Podría por favor cruzarlo?
-¿Y por que debería de hacerlo? – Pregunté para estudiar sus intenciones.
-Porque así expandirá su conocimiento. Descubrirá lo extraño. Sabrá usted más. – Dijo, con toda la educación, clase y estirpe que pudo permitirle su educado carácter.
Empecé a caminar hacia la membrana.
Antes de que entre tengo que advertirle. Cruzando el límite usted ya no me verá. – Dijo mi yo hablando sobre Arthur Creik. –Pero descuide, entraré con usted.
Al entrar primero fue la oscuridad, pero después fue un pasadizo lujoso, alfombrado con un rojo escarlata que convergía en unas pulcras escaleras que daban a un pasillo con puertas. Camine por el pasillo hasta llegar al cuarto numero doscientos cinco. Abrí la puerta y adentro me vi, joven, elegante e intelectual, mirando con ojos compasivos e inteligentes a una tierna Marián de niña. Ilusionada y soñadora. Bella y joven. Luciendo un vestido tierno de color blanco, adornado por sus bellos risos pardos, que se conmovían sobre sus hombros al verme, joven e inteligente, parado en toda mi estampa y tomándola de las manos. El cuarto era minimalista, como la mayoría de los cuartos de los alumnos en la universidad. Una única ventana dejaba entrar la luz de la luna, que rebotaba sobre un escritorio desgastado que sostenía, como Atlas al mundo, los libros llenos del intelecto pasado, moldeado moderadamente para las mentes futuras. Al filo de la cama se sentó Marián y me jaló hacia su cuerpo, pero yo me resistí a sus insinuaciones. Me levante con una ligera sonrisa burlona que ocultaba una carcajada grotesca en ademan del triunfo de la mente sobre la carne. La bese en los labios y salí de forma elegante por la ventana, siempre sin perder la decencia, para realizar un pequeño salto a un vacio diminuto y después perderme en la oscuridad. Marián observo todo mi petulante andar con ojos fascinados y maravilladlos.
Salí del cuarto doscientos cinco y seguí el camino alfombrado hasta llegar a otras escaleras. Subí hacia otro corredor con puertas y me detuve para asimilar los recuerdos que llegaban a mi mente en forma de oleadas emocionales enredadas a la imagen de Marián quien, en mi mente, no dejaba de alabarme ni de adorarme. Pronto empecé a caminar por el pasillo y entré en el cuarto trescientos cuatro. El bullicio se hiso evidente al abrir la puerta y la iluminación segó mi visión por unos cortos instantes. Cuando la puerta se cerró detrás de mí pude contemplar la magnificencia del salón de los graduados. El ambiente clásico del lugar, adornado con bustos de mármol y con la promesa de la sabiduría siempre fascinó mi imaginación. Las bastas columnas de piedra blanca que sostenían los techos en los que oscilaban bellos candelabros de cobre, le daban énfasis a la elegancia y al intelecto implícito en el gran salón, ahora repleto de las futuras promesas del mundo científico. Cuando mis oídos se adaptaron al ambiente ruidoso, pude apreciar el sonido de los instrumentos de orquesta que se tocaban con maestría sobre un estrado estratégicamente acomodado para ser contemplado por todas las personas. Recordé mi momento triunfal. Aquel momento en el que me pare sobre el estrado, frente a todas las figuras intelectuales en las que creía, y recite las palabras más inspiradoras que han salido de mi boca. Como atesoraba ese momento precioso. Siempre quise manifestarme así. Dándole al mundo la esperanza que ahora se pierde en las sombras producidas por las ideas modernas y poco conservativas. El mundo en el que siempre creí se destruía a cada minuto que pasaba, siendo consumido por doctrinas miserables y por falacias existenciales, las cuales mis colegas, aquellas personas a las que me dirigí en ese precioso momento, defienden con orgullo y dedicación. Oh miserable destino el que nos aguarda.
Deje a mi existencia pulular por el onírico salón mientras los invitados de honor, de forma muy respetuosa, me saludaban inclinando la cabeza. Yo les correspondía educadamente. “Es obvio que la sociedad mejoraría si todos fuéramos libres” gritaba un profesor ebrio en una mesa cerca a mí. “Tonterías, la sociedad seria la ideal si todos tuviésemos una misión y pudiésemos cumplirla, si todos estuviésemos programados solo para cumplir ciertas tareas y nos diera felicidad cumplirlas” le respondía otro y menos ebrio profesor. Yo caminaba y “Desea una copa” y agradecí al sirviente la bebida. “Pero seriamos prisioneros. Seres sin libertad ni derechos. La gente debe tener la potestad de decidir que es lo que quiere, por mas infeliz que lo pueda volver su decisión” Alzó la voz y un sorbo a la bebida. Yo miraba a todos lados, con cautela y disimulo para no llamar la atención. Buscaba al joven apuesto e inteligente que saltó por la ventana del cuarto de Marián. “Que pensamiento tan soñador. Típico de los ebrios que dejaron su razón en el pasado y se niegan a enfrentar el mundo moderno” Sigo buscando. “¿A quién llamas ebrio? Insolente” Dijo mientras sacaba de su saco una pistola de bajo calibre y la golpeaba, amenazante, contra la mesa. Las damas gritaron y los hombres confrontaron al ebrio sujetando sus manos para que no utilizase su arma. El la victima de la amenaza se paro con miedo. ¡Qué espectáculo se montaba en el gran salón! De pronto todo fue tristeza. Mi visión poco a poco se fue oscureciendo hasta que todo fue oscuridad. Mis sentidos dejaron de funcionar. En donde estaba ahora no había nada así que no había nada que sentir. Simplemente yo, y yo era el punto de referencia.
Me encontré de repente iluminado por la luz de un poste. Me encontraba sentado en una silla de madera y todos mis sentidos habían regresado. Frente a mí se encontraba el pianista de mis sueños. Por algún motivo, el cual no intente comprender, no me sentía extraño por estar ahí sentado, habiendo dejado atrás en la existencia al gran salón.
-¿Cómo te sientes? – Me preguntó el pianista, también sentado en una silla de madera, con una voz tranquilizadora y apacible.
-Triste, pero no se por qué estoy triste. – Le dije la verdad.
-Lo que tú sientes no es tristeza, amigo espectador. Lo que tu sientes es nostalgia. ¿Cómo llegaste hasta aquí?
-Me trajo Arthur Creik. – Lo mencione, esperando que el pianista fuera consciente de su existencia.
-Oh! Ese hombre. Escribir sobre él es algo imposible. Es como intentar dividir entre cero.
-¿Por qué dices eso? – Le pregunté esperando una respuesta útil.
-Recuerda que no puedes hacerme ya preguntas. Desperdiciaste tu única oportunidad. – Me dijo de forma pausada, amable y comprensiva.
Mi tristeza acongojaba mi mente. Miserable mi existencia.
-La verdad es una pena que estés así- Dijo, refiriéndose a mi estado. –De estar contento podríamos tener una conversación agradable. Eres un conversador muy ameno.
Pianista simpático.
-Lamento no poder tener esa conversación hoy.
-Amigo espectador. Tu pena es la causa de la comprensión que estas desarrollando respecto a tu propia existencia. Eres ahora consiente de cómo tus credos se desmoronan por tu propia culpa. Has llegado a una paradoja. Tu propio principio intelectual, el cual te fuerza moralmente e ideológicamente a comprenderlo todo te esta encaminando a la comprensión de los fundamentos con los cuales desarrollaste tus principios sagrados. El nuevo análisis te llevó ahora al descubrimiento de que utilizaste mal los fundamentos, lo que sin duda lleva a un colapso lógico. Al no ser correcto el uso de los fundamentos, el principio que te encamino al descubrimiento es incorrecto, entonces ¿Cómo puede hacer un descubrimiento correcto con un principio incorrecto?
-¿Cómo sabes todo eso? – Dije pasmado, pero camuflado por mi monotonía.
-Ya te dije que no responderé a mas de tus preguntas, además ¿Cómo puedes hacer una pregunta tan vaga e insulsa? Todo lo escribí yo en el libro.
No quería irme, y tampoco sabía a donde iría en caso me fuera. Como me gustaría irme a casa. Como me gustaría estar ahora camino a casa. Todo mi ser, hecho de intelecto y estirpe, convergió, metafóricamente, en la existencia de un niño pequeño e indefenso. Como me gustaría no sentir aquello.
-¿Puedes prestarme el libro? – Le pregunté para consolarme.
- Puedes hacer lo que quieras con él, es demasiado malo. – Dijo antes de arrojármelo.
Lo abrí y “La primera muerte de Franklin” y “La segunda muerte de franklin” y “La tercera muerte de Franklin” y todas las demás.
-¿Por qué no terminas ya el libro? –Pregunte, triste.
-Que idiota eres. –Dijo mientras prendía un cigarro. –No puedes apurar una buena obra. Estará terminada cuando tenga que estarlo. – Dijo mientras agitaba el brazo que sostenía el cigarrillo, describiendo curvas cónicas. –Dante tardo trece años en escribir su obra máxima, y logro terminar una joya literaria y filosófica. Mi obra es, sin duda, tan mala como la de Dante es buena. ¿Por qué lo malo debería de tomar más tiempo que lo bueno? Terminar una obra realmente mala requiere de habilidad e inteligencia.
Me levante, aun más triste por sus palabras y le arroje el libro con desprecio. “Decepción”
-Quiero irme a casa.
-Eres libre de irte cuando quieras. – Se despidió agitando el brazo sobre su cabeza. Tomo el libro de su regazo, lo abrió en la última página escrita y escribió “Se va de aquí”

Texto agregado el 22-08-2015, y leído por 54 visitantes. (2 votos)


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