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Inicio / Cuenteros Locales / ellocutorrojo / El Palacio de la luna (segunda versión)

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El ungido satélite esférico se pasea sólo solitario, anda a un universo atraído a las incrustaciones de cobre, tanto como la calcita y cianita, son unos metales, en los polos opuestos diluidos por imanes, los carcomidos y desarmados, debilitados y por ende templados, imanes e solo los imanes recaen al olvido, el reloj que el tiempo trae a la orilla de los mares masivos y los contenidos mares, arrastra la esperanza a la luna llena aullante de mis bríos poéticos, pues ellas son las torres de la imantación en la cibernética luz, en la eléctrica finalidad de todo lo intentado y lo escrito y lo que escribiré después de hoy día, y todavía lo hace con la melancolía de la luz soleada en la cima de la escalinata plateada, ansia hacia los vivos va y se dirige en plumas de la nada en las posibilidades de aire bien traslucido y aire más transparente que la pluma de la tórtola alzada al viento, es esa la ilusión, que entra por la ventana sin complejidad en lo absoluto como un flujo de fantasmas, o de un agujero ignoto en lo lunar y estallido de lo estelar inicuo, aparecido como un espectro más ilusorio nos espanta a nosotros solo durante esta noche larga de invierno gélido y terminante, está agotado en lo interestelar del espacio interior, se armó en el aire el pulmón de la habitación, está pintada de vacuas nubes tristes y diáfanos lamentos que se evanescen en el cuadro como el lápiz que lo pinta con piedra de grafito de una de las minas extraídas en la luna explotada de plata y de los diamantes, de fosas brillantes y relucientes peces brillantes, y también fluorescentes, salamandras de fosfato, y lagartos de tierra húmeda regada de sangre y de níquel en sus patios modernos, son esas las molduras árabes indescifrables en el capitel del acanto ajedrezado por los arquitectos y los especializados en el arte de los símbolos de un misterioso Oriente, donde infinita es la arena lunar tirada en un bosque escoces de roca petrificada, él fue acompañado él se dirigió huidos de estéticos planetas de planicies blancas, y son las piedras preciosas, hermosas y las sutiles esmeraldas del museo del cielo donde no se asciende la bulla del hombre al Palacio de la luna brillante y diluida luna, la luna relumbrante espiga abierta es balanceada y también la obscura llama pecadora se esfuma de nuestra vista, en su estructura sostenida por pilares y arcos inimaginables en todo su belleza o en su gloria ya extinguida hace varios años pasados, que permanece activa, aun activa al parecer por lo que vi hoy, y esas son las mías, las alas aladas, nos transportan a otro mundo de posibilidad más maravillosa aún, y no antes vista por nadie, es esa la sagrada estación, es una vanagloria de la historia, la que habrá que repasar en la vida y una ilusión que no fue escrita en la pared planetaria, en el muro del lugar donde se dibujaban morenas playas en la costa de la luna más mítica de todas la lunas, en la vía láctea, que ha visto y lo vio, en la ecuación química escrita en el libro encuadernado con ramas de acero, en los antiguos cometas bipolares enloquecidos, pequeños, en los incendiados espejos y los cortados, en los satélites revoloteando como el diluvio de aquellas rocas negras como adoquines lunares, están mojadas y pulidas, son amarillos en el peristilo de aquellas columnas enhiestas, sumergidas, en el agua plácida, de círculos esféricos titilantes
en el manto de astros enternecidos en los cometas cromados, en los vítreos, es la luna de cartulina de un fondo, es una blanca ajimez y un arco ciego se ha desvanecido
fluidos herméticos de lagunas cerradas de la luna, obtusa
colas de fuego estridente se entrelazan como parras grises en un árbol
bisbiseo torrencial nos ilumina de vez en cuando
en los palacios de la luna menguante
menguante, que desfila en sus caeres ocasionales
en la nulidad del trapecio de la luna, arrugada
estupenda y tonta, permitida a esa
luna iluminada
luna desmoronada
el Palacio de la luna, alienada
él en un vestido de invierno
agujerado de la luna iluminada, mía, titilante y es la luna, la cósmica y bella, es mi luna placida y también dormida en los vapores del vacío, rosa incurable de mi voz, rocío, marioneta de mi luna, y en su palacio, la reina, la reina es la luna, y de la luna eterna la existencia, se hace noche y día.

Texto agregado el 23-09-2015, y leído por 121 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
2016-12-28 07:28:07 parece que estabas drogado ¡¡ genial MONSTRUOA
 
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