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Inicio / Cuenteros Locales / IGnus / Capitán galáctico

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La edad había hecho buena mella en las manos de don Antonio. Las arrugas que surcaban sus otrora fuertes extremidades, estaban tan marcadas que, vistas con buenos ojos (los del cariño), podían asemejarse a antiguas vetas de madera. Eso le había dicho su nieto, Joaquín, mientras se divertían juntos jugando un juego de mesa:



-Abuelo, ¡tus manos parecen de madera! ¿Tenés mucha fuerza no?



Antonio no supo en ese momento si reír o llorar, cosa que últimamente se le estaba haciendo más frecuente que de costumbre. Por un lado, el viento frío que azotaba la ciudad, calaba sus huesos con mayor profundidad que antes; por el otro, sus ojos se irritaban con facilidad, y despedían cristalinas lágrimas. A veces era el viento, aunque otras... Las emociones fuertes no estaban recetadas para ancianos de ochenta.



La luz en el pequeño cuartito del fondo era escasa. Apenas una lámpara colgando de los cables por debajo de las chapas. De todos modos, Antonio no necesitaba más iluminación que esa. Hacía ya mucho tiempo que sus ojos se habían acostumbrado a que esas manchas de colores que veía a su alrededor eran cosas y personas. No obstante, el sentido del tacto y el oído, para compensar, se habían agudizado un poco.



Sobre su mesa de trabajo, descansaba boca arriba un pequeño hombrecillo plástico. Se trataba de nada más y nada menos que el "Capitán Galáctico"; el juguete preferido de Joaquín, que se había descompuesto durante la tarde.

Sabida es la fama de los abuelos, de que mágicamente pueden reparar absolutamente cualquier juguete dañado que caiga en sus manos. Joaquín no dudaba en lo absoluto de esa maravillosa propiedad de su abuelo, y luego de llorar cerca de media hora (aunque el juguete lo rompió él mismo), le había pedido, (casi implorado) que lo repare.



La tarde había caído ya. Y Antonio se encontraba dentro de su "cuartito del fondo", aquel sitio donde el tiempo había ido amontonando cientos de herramientas, así como tornillos de los más variados tamaños y formas (cada uno en su frasquito correspondiente).

La lluvia hacía ruido sobre el techo de chapas, pero Antonio ya había previsto colocar las latitas correspondientes en los lugares donde había goteras, para que no se moje su trabajo.

El muñeco de Joaquín tenía un problema con su circuito eléctrico, por lo que Antonio estuvo renegando bastante rato con el soldador y el estaño. No es fácil soldar bien cuando las manos tiemblan...



La puerta a su espalda, agitada por el viento, de tanto en tanto golpeaba contra sus goznes. Este ruido, acompañado de los frecuentes rayos y truenos, hubieran amilanado a cualquiera. Pero no a Antonio, ya que estaba reparando el juguete de su nieto. No había nada más importante que la felicidad de Joaquín. Nada.



De pronto, el "Capitán Galáctico" pareció cobrar vida. Comenzó a mover sus bracitos y piernas, mientras varias luces de colores se encendieron en su pecho. Inmediatamente, el muñeco reprodujo la voz grabada del personaje de televisión al que representaba. "¡Capitán Galáctico! ¡En viaje al infinito!"

Entonces el muñeco hizo algo que no estaba programado en su simple y electrónico cerebro de silicón: Se sentó, giró la cabeza hacia Antonio, y dijo, mientras señalaba hacia la puerta: "¡Mira allí!"

Antonio ni siquiera se dio vuelta, y tras una pequeña pausa, (no por crear suspenso, sino por tomar aire), dijo, con voz potente e imperativa:



-¡No me molestes ahora! Estoy muy ocupado reparando el juguete de Joaquín. Ni se te ocurra importunarme en este momento.



Su voz resonó dentro del cuartito como su un dragón hubiera hablado.

Silenciosamente, la sombra que ocupaba el marco de la puerta a espaldas de Antonio, se retiró sin emitir palabra.





El rostro de Joaquín a la mañana siguiente, su alegría al ver el muñeco reparado, valía una y mil trasnochadas bajo la lluvia. Antonio estaba tan feliz como él de verlo jugar y sonreír.

Tal vez por eso fue que no supo en qué momento recibió nuevamente la visita de quien había osado interrumpirlo la noche anterior.

Apenas si tuvo tiempo de pronunciar bajito: "...En viaje al infinito", y sonreír, antes de que la Parca, cumpliera finalmente con su suspendida labor.

Texto agregado el 08-11-2015, y leído por 98 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
2016-03-19 21:29:22 Una historia paternal con la insignia de cuál es la relevancia de un criterio para la felicidad que se nutre de un servicio lleno de amor por el otro (de Antonio a su nieto Joaquín). Imagino un padre o más cercano al relato; un abuelo que complace a su nieto con su objeto más preciado sin importar otras instancias, eso y más hallo en esta historia... marcellasant
2015-11-09 03:23:10 Todos somos capitanes galácticos, la diferencia es que aún nos encontramos en la nave espacial. legendario
2015-11-09 03:21:53 Pues ya valí, mis manos parecen de palillos. legendario
 
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