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Inicio / Cuenteros Locales / IGnus / Sueños húmedos

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La tarde caía suavemente, mientras las hojas del otoño cubrían casi en su totalidad el patio trasero.

Natasha, pensativa, observaba las manifestaciones de la naturaleza con una media sonrisa en el rostro, casi una sardónica mueca. Últimamente muy pocas circunstancias alegraban su vida, y para colmo de males el otoño tuvo que llegar para entristecer mucho más su insignificante existencia.

Insignificante, sí. Así era como se sentía. Su último intento amoroso había sido muy decepcionante, y un golpe fortísimo a su ego. Él se había ido con otro. Sí, leyeron bien: con otro.

Esto fue un duro revés para su vida sexual. Sentía que no valía como mujer, que no era lo suficientemente atractiva. A tal punto que un hombre prefirió "cambiar de bando", antes que seguir con ella.

Desde entonces, poco y nada le interesaba encontrar a otro hombre. Por lo menos por un tiempo seguiría sola. O tal vez hasta que aparezca alguien que de verdad la haga sentir mujer, como lo había hecho él en sus buenos tiempos.

Por las noches era aún peor. Extrañaba la sensación de que alguien la abrace en la cama. Extrañaba el aliento de él en su cuello, mientras con delicadeza, sus manos exploraban sus redondeces y él apoyaba su cuerpo completamente contra la espalda de ella, haciéndole sentir el calor y la firmeza de su virilidad.

No fueron pocas las noches en que despertó a la madrugada, abrazando a la almohada y llorando desconsoladamente.

Fue probablemente en una de esas veladas cuando empezó todo. Era un sueño, o por lo menos lo parecía...

Él se llamaba Jonás, y la visitaba cada noche mientras ella reposaba en los brazos de Morfeo. Era como un resplandor en la oscuridad. Era un trago de agua fresca en medio del desierto. Aún en sueños, él le brindaba una paz y una seguridad que jamás había sentido. Era su hombre ideal, y por desgracia era imaginario... o casi.

Tenían largas conversaciones, donde ella le narraba todos y cada uno de los aspectos de su vida y personalidad, mientras él, con suma paciencia y legítimo interés la escuchaba con mucha atención.

Sin embargo, Jonás era un misterio. Poco pudo saber de él, excepto que estaba muy lejos, y que había pasado muchísimo tiempo desde la última vez en que él de verdad había sentido amor.

Sin embargo, ella se sentía muy segura con él. No le exigía nada en absoluto, ni siquiera un beso, (cosa que, de un tiempo a esta parte, ella deseaba más que nada en el mundo).

Era una extraña situación la de nuestra amiga. Durante el día, su vida era monótona y rutinaria. Esperaba ansiosa la noche. Era un desahogo y a la vez una terapia. Ella sabía positivamente que sólo era un sueño, posiblemente provocado por su ansiedad, y por la enorme necesidad de su alma por sentirse necesitada. Pero a pesar de tratarse de un invento de su mente, no podía negar que se estaba volviendo adicta a los juegos de su propia imaginación.

Fue mágico el momento en que obtuvo de él su primer beso. Se encontraban admirando un campo poblado de flores de color rosa, y bañado por la luz del atardecer. Él la abrazó, y poco después, sorprendida, cerró los ojos para sentir en sus labios el contacto más sutil que jamás haya percibido. Fue como un destello de placer en medio del infinito. El campo de flores cambió levemente su color, volviéndose rojo pasión, y pocos segundos después, la fuerza provocada por los latidos de su acelerado corazón, la sacó de su ensoñación.

Hizo un gran esfuerzo por permanecer en el sueño. Cerró nuevamente los ojos, y continuó besando el aire, con la intensa esperanza de que el momento pasado se eternice... Pero fue en vano. Tuvo que esperar hasta la siguiente noche.

Poco a poco, los escenarios de sus sueños fueron volviéndose más y más pasionales. Del campo poblado de rosas, pasó a su propio cuarto, iluminado por la tenue luz de la luna.

Ella desbordaba en deseo. El calor de su cuerpo era tan intenso que sus sábanas parecían arder.

Él era desesperantemente delicado. Con suma lentitud avanzaba en el cuerpo de ella, acariciando con dulzura cada uno de sus puntos más sensibles. Sus hábiles dedos recorrían sus pechos, provocándole una enorme excitación, mientras él mordisqueaba suavemente su cuello.

Poco a poco sus besos descendían por su ardorosa anatomía, bajando más y más... Y entonces despertaba.

A la siguiente noche, ella, de inagotable imaginación, intentaba otra cosa: Ahora era él el que estaba en la cama, atado de pies y manos, de manera de no poder resistirse a sus encantos y juegos. Luego ella comenzaba a recorrer su cuerpo palmo a palmo, beso a beso, para acercarse lenta y sutilmente al objeto de su deseo más intenso, al sitio más sensible del cuerpo de él. Apenas llegaba a sentir el más leve contacto con la dureza de su masculinidad, la contenida emoción la hacía despertar.

En otra ocasión, él era más dominante, y tomándola por sorpresa por la espalda, la sujetaba de la cintura. Ella, sumisa, se inclinaba hacia adelante, ofreciéndole el centro de su femineidad. Pero en el momento en que él apenas la tocaba, sintiendo ella la rigidez de su virilidad, despertaba.

Su espalda se arqueaba de deseo. Despertaba completamente excitada, sintiendo cada parte de su cuerpo como si miles de antorchas ardientes la envolvieran. Era desesperante no poder llegar jamás al clímax, no poder alcanzar nunca el momento cumbre. Despertaba con intensos deseos de tocarse, autosatisfacerse para aliviar tanta tensión, pero no lo hacía, porque sentía que de alguna forma le sería infiel a su imaginario compañero.

Finalmente, decidida, cierta noche interpeló a su enamorado como si de un interrogatorio se tratara:

-Yo sé que esto es un sueño; sé que no existes, así como las maravillosas noches que hemos pasado juntos sólo están en mi imaginación. Pero quieres explicarme, por el amor de Dios: ¿Por qué es que nunca podemos culminar un acto sexual? ¿Por qué es que siempre nos quedamos "con las ganas"?

Él, tomando aire, comenzó a hablar, con una seria expresión, como si estuviera revelando el secreto de su existencia; y de hecho, así era:

-Hace muchísimo tiempo, yo supe lo que era el verdadero amor. Estaba completamente ilusionado con una mujer muy hermosa, que por desgracia nunca sería mía. Ella pertenecía a otro, era la mujer del Faraón.

Estas revelaciones abrieron enormemente los ojos de Natasha, quien jamás imaginó que "muchísimo tiempo" significara más de dos mil años...

Y continuó Jonás:

-Cuando el Faraón se enteró de nuestra relación "clandestina", maldijo mi alma para que jamás pudiera descansar, y sólo podría habitar en el mundo de los sueños, hasta que pudiera encontrar a aquella mujer que realmente me amara, a pesar de que yo jamás pudiera satisfacerla, y además ella tendría que ser capaz de realizar un enorme sacrificio por mí.

-Pero yo te amo. Haría cualquier cosa por ti. -Dijo Natasha, sin darse cuenta de que estaba hablando con un sueño.

-No. El sacrificio sería demasiado grande. Tendrías que abandonar tu mundo para venir al mío. Tendrías que dejar de existir.

Justo cuando ella estaba a punto de contestar, cuando estaba por decirle que no había nada que la atara a su existencia terrenal, fue cuando despertó.

Pasó todo el día siguiente imaginando la forma de quitarse la vida. No era cosa fácil. Por un lado, sentía la necesidad imperiosa de ir con su amado. Por otro lado, el instinto de conservación le impedía llevar a cabo sus intenciones. Sentía mucho miedo, y a la vez el deseo de estar con Jonás era tan intenso, que se sentía capaz de atravesar su corazón con una daga... hasta que tomaba el puñal en sus manos, y el mismo se le caía al suelo por el temblor de sus dedos.

Llegó la noche, y ella no había podido concretar su objetivo. Sentía un pesar enorme, y estaba decidida a decirle a Jonás que lo había intentado, pero no había podido.

Esa noche su habitación era más romántica que nunca. Una suave melodía inundaba el lugar, mientras el ambiente flotaba en medio de la pasión que se le escapaba por los poros.

Ella, desnuda sobre la cama, lloraba quedamente.

Él apareció de improviso frente a ella, observándola con verdadera lujuria en sus ojos. Natasha estuvo a punto de hablar, de decirle lo que tenía planeado, cuando él coloco un dedo sobre sus labios, los cuales a continuación cerró con un apasionado beso. En ese instante, como si ese beso hubiera desatado una magia que solamente puede encontrarse en el reino de Morfeo, miles de imaginarios pétalos de rosas comenzaron a llover sobre ellos.

Las expertas manos de Jonás, recorrían su anatomía con precisión quirúrgica, tocando con absoluta delicadeza todos los puntos erógenos de su piel, llevando la temperatura de Natasha más allá del límite en el cual su conciencia se perdía en su ensoñación.

Ella se animó a más, y agachándose frente a él, lo atrajo hacia sí, sumergiendo con delicadeza la erecta virilidad de él en su boca insaciable. Por un instante, olvidó por completo que jamás había logrado acercarse tanto, y disfrutando tanto como él, se dedicó a producir en su amado la sensación más placentera que él había sentido en muchísimo tiempo, estremeciendo todo su cuerpo. A la vez, ella ardía por dentro y por fuera.

Cuando él estaba a punto de llegar al clímax, ella se detuvo, comenzando a besarlo con fruición. Quería saborearlo por completo, quería que él fuera suyo esa noche. En su corazón no había otro deseo que sentirlo en su interior.

Como si él hubiera percibido estos pensamientos, suavemente la llevó hacia la cama. Ella abrió sus piernas, ávida de él, sedienta de su masculinidad, de su intensa virilidad.

Él, con lentitud, comenzó a empujar dentro de ella. La sensación casi la hace desmayar, aún estando dormida. Fue lo más fuerte que había sentido en su vida. Muy pronto él comenzó con un acompasado movimiento, que les producía a ambos aún más placer.

Poco a poco, ambos se acercaron al momento cúlmine, y llegaron juntos al momento más erótico de sus existencias, donde sintieron que sus almas escapaban de sus cuerpos. Fue una verdadera conjunción de almas, un instante mágico y extraordinario, donde ellos percibieron en carne propia el verdadero significado de "le petite mort" (En francés, "la pequeña muerte").

El alarido de ella fue tan fuerte, su desahogo tan extraordinario, que los vecinos alarmados llamaron al servicio de emergencias. Pensaron que algo terrible le había pasado. Su grito fue casi desgarrador, gutural, animal. Estremeció a todos los que la escucharon, que jamás habían oído a nadie gritar de esa forma tan impresionante.

Los policías, cuando finalmente lograron abrir la puerta de su casa, la encontraron desnuda sobre su cama. No tenía ningún signo de violencia, por lo que la causa de su muerte era un total misterio. La sonrisa que surcaba su rostro era inexplicable, pero mucho más desconcertante era el hecho de que todo su cuerpo y la habitación completa; todo a su alrededor, estaba cubierto de pétalos de rosas rojas.

Texto agregado el 10-11-2015, y leído por 118 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
2015-11-10 14:10:01 Un delicado y bello relato de un ser ardiente y carente de caricias,que encuentra desahogo en sus fantasias.Un Abrazo. gafer
2015-11-10 13:56:30 De la manera más sensacional satisfaces mis más íntimos deseos al leer, cómo lo haces. Fue mágico leer esta majestuosidad. marcellasant
2015-11-10 13:22:20 Simplemente una maravillosa, extraordinaria, única, historia de amor!!! Aplaudo de pié tu creativa sensibilidad. Cuando leí el título no imaginé encontrarme con tanta belleza. MujerDiosa
 
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