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Inicio / Cuenteros Locales / IGnus / La viejita y la tragamonedas

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Sé que muchos de ustedes, queridos lectores, no van a creer en la historia que les relataré a continuación. Pero se trata de una anécdota real, de algo que ocurrió hace tiempo en un bingo de mi pueblo, cuya protagonista era una simpática anciana, a quien no he vuelto a ver nunca, y de quien supongo ya habrá pasado a mejor vida.

En mi pueblo el tiempo avanzaba lentamente, por eso es que el bingo tenía todavía máquinas tragamonedas de las primeras que se vieron en el país, cuando las traían en barco de Europa, y acá las adaptaban para aceptar monedas y billetes de los nuestros...

Ella aparecía cada quinto día del mes, alrededor de las diez de la mañana. Calzada con chancletas, traía siempre el monedero en la mano, una cartera grande, de cuero negro muy desgastado colgada del brazo, delantal de cocina y el infaltable changuito de compras arrastrando las ruedas en el encerado piso. Con paso cansino pero seguro, se dirigía hacia las máquinas tragamonedas, que como tótems electrónicos dominaban el salón.

Siempre se ubicaba en la primera máquina de la hilera, y si había alguien allí, esperaba pacientemente su turno.

Entonces, introducía un billete de cincuenta pesos en la ranura correspondiente, y acercando la cara a la pantalla murmuraba algunas palabras que desde lejos eran inaudibles para los demás asistentes al bingo.

Instantes después, la máquina tragamonedas anunciaba con bombos y platillos que había un ganador. Entonces la viejita colocaba la cartera junto a la máquina para recoger la gran cantidad de monedas que salían a toda velocidad de la misma, y con gran esfuerzo debido al peso de las monedas, la colocaba dentro del changuito, para luego retirarse tranquilamente, no sin antes agradecer a la máquina, y prometerle volver a verla el mes siguiente, "si Dios quiere".

Todos los que asistían al bingo estaban intrigados por el accionar de la viejita. ¿Qué sería lo que ella le dice a la máquina?. ¿Por qué ganaba siempre?.

Muchos intentaron jugar en la misma máquina, pero sin suerte. Podían pasarse varios días apostando sin ganar un solo peso, pero apenas llegaba la anciana, hacía su "retiro" sin ningún problema.

Algunos creían que la vieja era una bruja, y que de alguna forma hechizaba la máquina con palabras mágicas. Otros murmuraban que en realidad era pariente del dueño del bingo, y que ella sabía una palabra clave que activaba un mecanismo secreto que hacía a la máquina otorgar el premio. Lo cierto es que nadie tenía la menor idea de cómo lo hacía, pero todo el mundo estaba pendiente de averiguarlo.

Una de esas mañanas, tuve la oportunidad de sentarme cerca de la vieja, mientras ella esperaba su turno en la máquina uno:

- Buen día. ¿Cómo está usted?.

- Muy bien, a Dios gracias.

- ¿Sabe?. Yo siempre la veo cuando vengo aquí. ¡Usted tiene mucha suerte!.

- Ahora que lo menciona, creo que tiene razón. No es tan fácil hoy en día conseguir cambio chico, pero yo lo necesito mucho porque tengo muchos nietos, ¿y usted sabe como son los chicos no?.

Me quedé perplejo unos instantes. ¿La vieja se gastaba todas las monedas que ganaba en sus nietos?. Pero ella seguía hablando...

- ...Además, aquí me gusta mucho porque puedo esperar sentada en estas sillas hasta que me toque mi turno. En otros lados tengo que estar parada, y yo no puedo. Cosas de la edad, ¿me entiende?.

- Sí, claro.

La vieja me seguía dando vueltas, hablando de la edad, del clima, de los nietos... ¡Y yo quería llevarla al tema de las "palabras mágicas"!.

- Y, disculpe mi curiosidad.... He visto que usted siempre dice algunas palabras allí, (Y le señalé la máquina).

- ¡Ah!. ¡Es que no puede ser de otra manera, joven!. En esta sociedad, y especialmente en esta época en que vivimos, se han perdido muchos valores importantísimos, que mis padres me inculcaron de pequeña. Se debe ser cortés con todo el mundo. ¡Es de muy mala educación pedir algo y no decir ni buenos días!.

- Entiendo... -dije, esperando pacientemente a que termine de hablar.

- ...Además, en este lugar me atienden siempre muy bien, la verdad que no me puedo quejar.

Yo tampoco me quejaría si ganara tan seguido como ella, aunque lo cierto es que cada vez estaba más confundido, y no lograba sacarle una sola palabra interesante.

- Usted siempre elige la uno, ¿no?. Le dije señalando a la máquina correspondiente.

- Sí. Es la que me toca.

- ¿La que le toca?.

- Sí, por mi número de documento.

En ese momento, estaba dudando de si la viejita era una verdadera experta en cábala y estadísticas, que a través de su número de documento podía saber en qué máquina ubicarse en el bingo; o si en realidad estaba totalmente chiflada y sólo tenía mucha, pero mucha suerte.

- ¿Por su documento?.

- ¡Claro!. Bueno, entiendo que usted no lo sepa, pero es lógico porque todavía no tiene la edad. Quisiera pedirle un favor, ya que es tan amable: la bolsa con las monedas cada vez se me hace más pesada debido a mi edad. ¿Quisiera usted acompañarme y ayudarme a cargarla en mi carrito por favor?. Hágame ese favor, que mis fuerzas ya no son las de antes.

- ¡Por supuesto que sí!. ¡Faltaba más!. -Expresé con auténtica alegría. Así tendría la gran oportunidad de mi vida, ya que estando junto a la anciana podría saber exactamente lo que ella hacía frente a la máquina.

Esperamos unos cinco minutos, hasta que la máquina secó completamente los bolsillos de un señor que estaba allí desde antes que llegara la vieja, y ayudándola a ponerse de pie la acompañé hasta la tragamonedas.

Al llegar, abrió con sumo cuidado su monedero, y extrajo un billete de cincuenta pesos que procedió a colocar en la ranura.

Luego acercó la cara a la pantalla y apretando uno de los botones del tablero de la máquina dijo:

"Buenos días, que frío hace hoy no?. Podría usted por favor cambiarme cincuenta pesos en monedas?. ¡Muchas gracias!, que Dios lo bendiga."

Yo observaba todo sin comprender. Entonces la máquina hizo unos ruidos raros, y comenzó a expulsar montones de monedas, que la anciana se apresuró a juntar utilizando su bolso.

Yo no podía creer lo que estaba viendo, y la anciana me decía:

"¿Se da cuenta, joven?. Las cosas hay que pedirlas con cortesía. No nos cuesta nada, pero vale mucho. En todas partes uno debe demostrar que respeta a sus semejantes. Todos los meses cuando vengo a este banco, veo gente que fuera de sí, insulta e incluso patea las cajas de atención. Eso no está bien. Me parece una completa falta de educación".

Yo no sabía si reírme de la inocencia de la anciana, o abrazarla. Me provocaba mucha ternura que ella creyera que el bingo era un banco y las máquinas tragamonedas las cajas...

Luego, le ayudé a colocar la bolsa en el carrito, y todavía completamente asombrado, la escuché decir, mientras se alejaba arrastrando sus chancletas:

"Muchas gracias, joven. Tal vez nos veamos aquí el mes que viene, si Dios quiere".

Texto agregado el 20-11-2015, y leído por 100 visitantes. (6 votos)


Lectores Opinan
2015-11-20 23:49:01 Impresionante historia, tal vez a veces hago parecer algo como si fuera para tanto, pero en realidad es una sensación tan especial que me da al leerte… en esta parte "Yo no sabía si reírme de la inocencia de la anciana, o abrazarla. Me provocaba mucha ternura que ella creyera que el bingo era un banco y las máquinas tragamonedas las cajas. ¡Qué espectacular!… me encantó¡¡¡ marcellasant
2015-11-20 19:28:02 Una obsevación: No se pone punto final después de signos de amiración o interrogación. Sabes, recreas excelentemente tus historias. Se ve conoces el oficio. Un placer leerte. Pato-Guacalas
2015-11-20 16:01:05 !!Bendita inocencia!! y benditos las que la conservan toda la vida. Me encantó tu relato. elisatab
 
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