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Inicio / Cuenteros Locales / IGnus / Aquellos ojos amarillos

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Despertó temprano aquella mañana. Un poco mareado todavía, trató de despabilarse. Había dormido mal. Los gatos de la vecina de al lado no habían dejado de maullar y correr por los techos, saltando de vez en cuando al pequeño tejado junto a su ventana.

Todavía tenía grabada en su retina la imagen de unos ojos amarillos, pertenecientes a un enorme gato negro que había tenido la osadía de asomarse por su cortina entreabierta durante la noche. El zapatazo no había sido certero, pero alcanzó para alejar al animal de su ventana, aunque eso no borró la imagen de aquellos ojos.

Dicen que si un gato negro se cruza en tu camino te traerá mala suerte. Pero este no se había cruzado... sólo había tratado de hacerlo. ¿Traería mala suerte tirarle un zapato al maldito espectro?

Con estos pensamientos surcando su mente, José salió de su casa en dirección a su trabajo. No podía borrar esos ojos de su mente por más que lo intentaba. La mirada tenebrosa del gato le había causado mucha impresión, y para colmo de males él era muy supersticioso, y el día se prestaba: ¡Era martes 13!

Así fue que, tan distraído como venía, no notó la escalera hasta que estuvo justo debajo de ella. El pintor no había tenido mejor idea que abrir su escalera en medio de la vereda, y José sin darse cuenta había pasado por debajo. Todavía no se recuperaba de lo del gato, ¡Y ahora esto!

Continuó caminando, mientras pensaba en que ese sería un día para olvidar. Notó que su ropa estaba un poco manchada de pintura. Seguramente se había ensuciado con las gotitas que caían de la brocha del pintor. Se detuvo frente a una vidriera espejada para tratar de verse mejor, y en todo caso limpiarse un poco la cara. Fue entonces que el maligno gato apareció. José estaba seguro de que era el mismo de la noche anterior. El felino se cruzó por delante de sus pies, y casi lo hizo caer por tratar de evitarlo. Lo que no pudo evitar fue el choque contra el vidrio espejado, donde apareció una enorme rajadura. Enseguida salió el dueño del negocio, el cual por suerte era bastante razonable y a cambio de un buen dinero para reparar el vidrio aceptó no romperle la crisma.

¿Qué le estaba pasando? Jamás se había visto alguien a quien le pasaran tantas desgracias juntas: El gato negro, el martes 13, la escalera, el espejo... ¿Qué más le iba a pasar hoy?

José trabaja en una planta empaquetadora de sal. Su labor consistía en embalar día a día miles de kilos de sal de mesa. Millares de veces se le había derramado algún paquete por accidente, pero en todas y cada una de esas oportunidades había echado un poco de sal sobre su hombro, para contrarrestar la mala suerte.

Por fortuna para él, el día se presentaba tranquilo, así que el enorme nerviosismo que sentía por todo lo que le había pasado se aplacó un poco. La sal llegaba a sus manos en una cinta transportadora. Cada paquete debía ser ubicado con cuidado en una caja, que contenía veinte unidades. Cada una de estas cajas a su vez debía ser apilada sobre otra cinta, que las transportaba al almacén de la planta.

De repente, José tuvo que frotarse los ojos para dar crédito a lo que veía: Allí, encima de la montaña de cajas había alguien sentado observándolo con atención. Sus diabólicos ojos parecían refulgir, tal era el brillo que de ellos emanaba. Ahora estaba seguro. ¡Este era definitivamente el mismo gato que intentó entrar por su ventana!. ¡El animal lo perseguía!. La mala suerte no lo abandonaría jamás mientras él no se deshiciera de su influencia nefasta.

La desesperación tomó entonces las riendas de su limitado autocontrol. Tomó un paquete de sal (lo único que tenía cerca de él), y se lo arrojó al gato con verdadera furia. El animal esquivó el proyectil con extrema facilidad, saltando a otra pila de cajas, pero José no se dejó amedrentar. Con los ojos inyectados en sangre, se arrojó de cabeza contra la muralla de cajas de cartón, tratando de atrapar al gato con sus propias manos, pero causando grandes destrozos y desparramando sal en todas direcciones. El animal volvió a escapar, haciendo gala de una gran agilidad, propia de su especie. Sin embargo antes de retirarse, de repente se volvió, observando fijamente a José, quien quedó petrificado por el miedo.

La sal se derramaba por el piso, haciendo resbalar peligrosamente a los compañeros de José, que al escuchar tanto ruido acudían en su ayuda. El gato había desaparecido un rato antes, de modo que nadie pudo verlo. Sin embargo, ninguno de ellos podría olvidar lo que vieron a continuación:

José estaba sentado en el piso, rodeado de montañas de sal y paquetes rotos. Estaba en shock, o eso parecía, ya que estaba quieto mirando hacia el lugar donde antes había estado el felino. Su rostro se mostraba inexpresivo, como si dentro de él hubiera desaparecido la chispa que refleja su personalidad. Pero lo más impactante, aquello que nadie podía explicarse, era ese color amarillo, que sus ojos, de mirada extraviada por el desconcierto, reflejaban intensamente.

Texto agregado el 23-11-2015, y leído por 88 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
2015-11-24 05:57:18 Los felinos de esa especie son muy esporádicos, pero agobian más las creencias que dan a la vez inseguridad; que lo enigmático de su color amarillo. marcellasant
2015-11-24 05:33:10 Realmente muy bueno para relatar el detalle de los hechos. Excelente... marcellasant
2015-11-23 19:19:32 Yo no tengo ni creo en esas cosas.Pero,por si acaso,toco madera.Un Abrazo. gafer
2015-11-23 18:34:28 jajaja, el gato pensaría que lo peor que le puede pasar a un gato con ojos amarillos es cruzarse un martes 13 con un hombre de nombre José que trabaje en una fabrica de sal. elisatab
 
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