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Inicio / Cuenteros Locales / guy / CIUDAD VACÍA

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La experiencia de entrar en auto a la ciudad vacía le resultaba placentera. Años atrás, cuando ella vivía, hacía el viaje con su mujer. Este gris y ventoso octubre había viajado solo una vez más, y aquella parte de la ciudad costera sin la vital actividad turística lo hacía sentir una especie de propietario mayor. Paró en la entrada del edificio; a su derecha estaban la bajada a la playa y los médanos. Cuando bajó del auto con la bolsa pudo ver tras el vidrio al portero sentado en su puesto. El hombre desde el interior también lo vio y acudió a abrirle.
—¡Qué dice, Alberto! —el portero lo saludó y le dio la mano.
—Acá andamos, Miguel. Te traje un whiskycito —sacó de la bolsa la botella envuelta en papel.
El portero agarró el paquete y lo dejó sobre el mostrador de la recepción.
—¿Hay alguien? —preguntó el recién llegado.
—No. Usted es el primero. Me avisaron de la inmobiliaria que venía. Se supone que hasta fin de mes no viene nadie. ¿Viajó bien?
—Sí. Tranquila la ruta en esta época.
—Y claro. Y claro, Alberto. Este año se nos adelantó, ¿eh?
—Sí. Sí. Les alquilé el departamento a unos de afuera ahora para noviembre…
—¡Para noviembre!
—Unos españoles amigos de mi hermano, que vive allá.
—¿Y qué vienen a hacer acá fuera de temporada? ¡No hay ni el loro!
—Ni idea, Miguel… Parece que son una pareja de viejos como yo que miran la fauna y sacan fotos… qué sé yo qué le vieron a este lugar desde allá. Pero tienen euros… Bueno contame, che, ¿cómo anda la patrona? ¿Y el pibe? Ya está grande el guacho ese.
—Tirando, Alberto. El pibe en el colegio… la jefa… la jefa bien, bien… con algún temita de salud, pero ahí andamos todos para delante, ¿no cierto?
—Me alegra, Miguel. A ver si en marzo hacemos una comida para todos después de la temporada.
—¡Y claro! Igual esta noche acá podemos hacer un whisky entre nosotros.
—Sí. Y sí, che, cómo que no. Este que te traje no es el de siempre, es otro importado, una delicia.
—No lo dudo, Alberto.
El hombre echó una mirada al recinto; todo parecía estar en su lugar. El portero le señaló con la cabeza el pasillo donde estaban los dos ascensores.
—Mire, Alberto, el ascensor de allá no funciona, por eso dejé la puerta abierta. Se suponía que esta mañana venían a arreglarlo, pero todavía los estoy esperando, vea.
—Mientras uno funcione…
—Sí. Sí, el otro anda bien. Y no hay mayores novedades que yo sepa.
—Bueno. Me voy para arriba a comer algo.
El hombre se retiró a paso lento rumbo al pasillo. Ambos ascensores estaban en planta baja. Cuando iba a ingresar, el portero le habló desde su lugar.
—Alberto, no quiero sonar chismoso, pero... ¿cómo anda de aquel asunto?
El brillo del día que entraba por los vidrios lo encandiló cuando giró hacia el portero.
—¿Cuál de todos, Miguel? Es que a esta edad tengo unos cuantos asuntos, viste.
—El de dormir, Alberto. Eso que me contó la vez pasada… Es que me acuerdo y…
—¡Ah! Bien. Bien. Parece que duermo bien ahora —lo interrumpió.
El portero se disponía a seguir interrogándolo, pero el hombre ingresó al ascensor y cerró la portezuela sin decir nada.
Cuando salió a la oscuridad del octavo piso se oía el mugido del viento. En el departamento olía a encierro y a humedad. Encendió algunas luces y abrió las ventanas de los dormitorios. En el living comedor levantó la persiana que daba al balcón y corrió las hojas del ventanal. El cielo estaba blanco. Se agarró del borde de la defensa acrílica, que le daba arriba de la cintura, y se puso a contemplar la playa desierta. El mar estaba revuelto y marrón, y se hacía un manto brumoso con el cielo en el horizonte. Abajo pudo ver su auto estacionado.
Comió un sánguche con media botella de vino tinto. Pasadas las dos de la tarde abrió la puerta de entrada y le apoyó una silla para que no se moviera; el aire ingresó de repente desde el balcón y movió la bolsa y unos papeles que había sobre la mesa. Se sentó en el sofá. Los paños grises de la cortina flameaban hacia él, pero no llegaban a tocarlo. Entonces algo, una especie de bulto invisible, se interpuso en el recorrido de una de las telas de la cortina. Quedó observando este fenómeno unos segundos: algo interrumpía el movimiento de la tela, algo que no se veía y que se suponía que se hallaba entre él y la cortina. Se puso de pie y el fenómeno dejó de ocurrir; la cortina retomó el movimiento original en su bamboleo caprichoso. Decidió que debía quitarse el cansancio del viaje y la modorra del vino con una caminata.
El ascensor no estaba en su piso. Lo llamó varias veces hasta que la máquina inició, pero se detuvo antes. El hombre miró por entre los rombos metálicos de la puerta y comprobó que la cabina estaba en el séptimo piso, es decir en el de abajo. No oyó ningún ruido. Volvió a pulsar el botón varias veces, pero las cosas seguían igual: el ascensor quieto en el séptimo, lo cual debía de ser una estupidez o una broma del portero. Bajó las escaleras y vio que el ascensor estaba vacío. Ingresó y apretó el botón de la planta baja. La maquinaria obedeció esta vez. Se miró al espejo: tenía el cabello revuelto y dedujo que era tiempo de cortarlo. Vio en el vidrio pasar la salida de la planta baja hacia arriba. El ascensor continuó su descenso y a través de la portezuela se veía una pared blanca. Tocó el botón de parada, luego los demás, pero nada sirvió. Finalmente la máquina cesó y afuera había espacio oscuro apenas iluminado hasta donde llegaba la luz de la cabina. Intentó ir a la planta baja primero, otra vez probó los otros botones, pero nada ocurrió. Salió y anduvo unos pasos. Llamó a los gritos al portero varias veces. Avanzó un poco más hasta donde la luz no llegaba. Tanteó el aire con las manos en busca de algo sólido que no encontró. Se dio vuelta y vio lejano el rectángulo luminoso que era el ascensor. Siguió avanzando en la oscuridad a tientas ya en una ceguera absoluta. De pronto los dedos hallaron algo. Palpó más con ambas manos y ese algo se sacudió y entonces la aprensión de que una cosa se movía ante él en una negrura ingente y lo rodeaba. Quedó quieto, paralizado unos segundos, y sintió algo como un movimiento a su espalda. Intentó correr, pero las piernas estaban entumecidas y cayó de bruces. Gateó en la oscuridad con las rodillas en el suelo hasta que alguien le acarició las mejillas. Apareció en una luz el rostro de su mujer cuando él la conoció. Esta imagen de su mujer joven lo devolvió a la realidad de que todo fue un sueño y volvió en sí con los ojos bien abiertos: estaba en el suelo del departamento, en cuatro patas, y las cortinas le tocaban la cara.
Se sentó en el sofá. Le dolían el codo y el antebrazo derechos, probablemente por la pequeña caída. Recordó que había que arreglar el calefón. Tal vez hacer la inversión de colocar uno nuevo. Ya en la temporada pasada lo habían reparado dos veces, acaso tres; no lo recordaba con exactitud. Dos veces seguro, sí; le habían pasado las facturas los de la inmobiliaria… nada barato, por cierto. Había un tipo, un plomero, que se dedicaba a reparar calefones y también compraba y vendía usados reparados a nuevo. No era mala idea localizarlo; tal vez podría cambiar el suyo por uno en mejor estado por una diferencia conveniente.
Salió del departamento y entró al ascensor, que se hallaba en su piso. En la planta baja el portero no estaba. Ya en la calle eligió caminar. En aquella ciudad de octubre que parecía suya no estaban ni los perros. El tipo de los calefones vivía bastante alejado de la costa. Tomó la calle principal, que concentraba el centro comercial. Las persianas estaban bajas; los carteles mal pintados prometían comidas y juegos y alquileres y hoteles. Algunas hojas de diarios volaban por ahí en el escandaloso silencio de la tarde plateada por las nubes. Alguien que iba en su misma dirección lo pasó rápido en bicicleta y le gritó algo que no entendió. Casi en la esquina tres bultos como hombres interceptaron al ciclista, que tuvo que detenerse. Uno de ellos le dio con algo, un palo o un fierro, en la cabeza y el de la bicicleta cayó seco al suelo. El hombre se detuvo mientras a unos cincuenta metros los otros pateaban sin violencia el cuerpo tendido en el suelo como si buscaran alguna reacción que no ocurrió. Uno sacó una botella del bolso que cargaba al hombro. Otro agarró la bicicleta y la tiró sobre el ciclista siempre inmóvil. El otro vació el contenido de la botella sobre el bulto que hacían el cuerpo y la bicicleta, se agachó y encendió fuego.
El hombre giró como para retroceder. Las llamas eran altas. Vio entonces que en la otra esquina otros tres individuos iban hacia él. Uno silbó e hizo señas con los brazos al otro grupo. Ambos grupos empezaron a avanzar hacia la posición del hombre. A su derecha entre dos locales un pasillo se adentraba hondo en la cuadra. A paso rápido ingresó y se topó con plantas de hojas grandes. Quiso apurarse y las piernas no respondieron. Gateó entre las blandas hojas que le envolvían la cara y se abrió camino con una mano hasta que la planta finalizó y encontró un muro no muy alto. Se incorporó sobre las rodillas y empezó a trepar con dificultad el plano liso. Cuando llegó a la arista del muro se dejó caer aliviado del otro lado. Entonces hubo un viento muy fuerte, demasiado, y percibió un exceso lumínico. Cayó en la cuenta de que otra vez estaba en un sueño y experimentó una súbita alegría. Enseguida vio pasar rápido tres balcones como el suyo, vio la bóveda blanca de la tarde y reventó en un estruendo sordo contra la vereda a las puertas de su edificio.

Texto agregado el 02-03-2016, y leído por 516 visitantes. (7 votos)


Lectores Opinan
2016-05-10 20:42:04 Jolines, he encontrado una veta. Pánico genuino. justine
2016-03-30 16:16:34 De terror! coincido con Kroston. Solo agregar que los títulos de tus cuentos son geniales. Siempre aportan a la trama. tanag
2016-03-15 21:22:26 Un final escalofriante. Mejor no hubiese despertado el pobre. kroston
2016-03-03 01:38:08 Esta muy bien relatada, sobre todo con el uso del dialogo, que es fundamental. Felicitaciones. 5* dfabro
2016-03-02 21:57:41 Creo que el protagonista tenía problemas con el sueño como le preguntó el portero por eso soñaba tanto. Me gustó. ome
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