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La política de la felicidad (de mi columna sabatina, de Moebiux)



El otro día leí que un matemático ha descubierto que la Bolsa no funciona, incluso ha escrito un libro sobre ello. Y sí, adivinan bien, invirtió y acabó perdiendo. Pero lo que descubrió fue lo siguiente.

Se supone que las cotizaciones de las empresas en Bolsa indican su verdadero valor. Cuando una empresa es admitida a Bolsa, ha de dar toda la información sobre su situación financiera y su actividad. Esta información pública facilita que el inversor pueda decidir con conocimiento de causa dónde invertir. Por lo tanto, las cotizaciones son el mejor termómetro para saber la situación de una empresa y, por extensión, la economía de un país.

Pero (y aquí empiezan los peros) se da una paradoja: si las cotizaciones son tan fidedignas, ¿para qué molestarse en recabar información sobre las empresas? Basta con echar un vistazo a las cotizaciones y punto, no hay que molestarse más. Y ahí radica la paradoja: si los inversores no están informados, las cotizaciones no indican el valor real
de la economía; entonces, si las cotizaciones no indican la realidad, ¿para qué sirven?

Esa fragilidad del sistema es lo que me asombra, es como vivir sobre unos cimientos construidos sobre naipes: dependemos del azar, del más mínimo gesto estúpido, para que todo se vaya abajo. Porque lo que se descubre con esa paradoja es que incluso algo tan importante como es la economía, y tan repletito de números y matemáticas, flota sobra una mentira, o una verdad a medias, que uno ya no sabe qué es lo peor.

Y todo esto viene al caso por que hoy me he preguntado qué espacio tienen los políticos para tomar decisiones, y qué tipo de decisiones deberían tomar. Es que, en cuestión de pocos días, se me han juntado dos cosas bien distintas. Por un lado descubrir que la Bolsa funciona sobre una mentira aceptada por todos; y por otro, hoy es el día de Catalunya, la Diada como se dice aquí. Y la cuestión nacionalista ha sido protagonista estos últimos días en la discusión de los políticos. Así que números y sentimentalidad nacional son los extremos de la política.

Ya he descrito antes el fallo de la Bolsa, dejadme ahora explicar el que es –para mí- el fallo de los nacionalismos. En primer lugar el nacionalismo se vende como idea política cuando es un sentimiento. ¿Acaso es posible discutir sobre un sentimiento? Pongamos por caso que yo me sintiera bielorruso. Sí, vale, he nacido en Catalunya, que está dentro de España, pero yo me siento bielorruso, ¿qué pasa? ¿Crees que soy idiota por eso? Bueno, piensa lo que quieras, pero yo me sigo sintiendo bielorruso. Y contra más me digas, más bielorruso me sentiré.

Sobre los sentimientos, ya sean individuales o colectivos, hay poco que discutir. Los únicos dueños de los sentimientos son sus propietarios, y de nada sirve razonar, porque no hay razonamiento posible, y menos enfrentándolos a otros sentimientos. Si un vasco se siente vasco y no español, poco va a cambiar por mucho que le digas que no, que es español. Él se sentirá vasco, y punto. Exactamente igual con un catalán, con un español, como sucede con un chileno, un argentino, un mexicano o un chino.

Y es ahí donde comienza mi irritación: cuando los políticos en España empiezan a discutir sobre nacionalidades. En el caso de mi Catalunya, me llegan a irritar por igual tanto los que defienden la idiosincrasia de la nación catalana, como los que defienden la españolidad de Catalunya. Aclaro una cosa antes: en Catalunya, ser nacionalista ha sido bien visto porque la dictadura de Franco persiguió la cultura catalana en aras de una España compacta, pétrea. Eso ha permitido a la derecha catalana dotarse de una pátina de democracia que no posee la derecha española. Y eso ha permitido también que el nacionalismo catalán se filtre en los programas políticos de los partidos de izquierda porque negar el nacionalismo catalán equivaldría a aceptar el nacionalismo español y ser, por lo tanto, facha.

Pero ya han pasado veinticinco años de la aprobación de nuestra Constitución y ciertas cosas deberíamos empezar a poder superarlas. Como, por ejemplo, las defensas nacionalistas de cualquier tipo. Porque, siendo sinceros y yendo al grano, ¿alguien me puede asegurar que voy a ser más feliz si soy español o so soy catalán? ¿Hay algún insensato capaz de afirmar que puedo mejorar como persona por ser español o por ser catalán?

Y es ahí a donde quería llegar. Deberíamos empezar a reclamar a nuestros políticos que se desvivan por dirigir sus políticas a esos dos ambiciosos objetivos: ser mejores personas y ser más felices. Vale, alguno pensará que me acaban de sacar de alguna peli de Frank Capra, pero no. Que en un país no exista hambre, por ejemplo, nos hace mejores personas y haces felices a toda esa gente. Que se acabara con el paro hace que seamos mejores personas y hace felices, sobre todo a aquellos que no podían pagar las facturas. Que haya mejor educación pública, gratuita, universal y laica –por favor, laica de una vez- nos constituye como sociedad mejor y más feliz. Porque aunque el conocimiento nos comporte conocer el dolor, también nos enseña a superarlo y, por lo tanto, a ser mejores personas y a ser más felices.

Así que, señoras y señores políticos, señoras y señores votantes, dejémonos de banderas, de himnos, de tonterías y centrémonos en lo que realmente importa. Ya sabemos que la economía no es una ciencia exacta, que no hay verdades absolutas. Ya sabemos que las naciones no nos hacen mejorar como seres humanos. Huyamos pues, de los axiomas abstractos y demos un buen mordisco a la vida: busquemos ser mejores personas y ser felices. Tarea que, por cierto, nos ocupará toda la vida. Que no es poco.



Texto de La_Columna agregado el 11-09-2004.
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