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Inicio / Cuenteros Locales / miguelmarchan / El canario de pecho rojo

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- Ese estúpido canario no deja de chillar- me dije a mi misma tapando mis oídos con una almohada.

Sus chillidos son tan fuertes que me persiguen hasta en mis pesadillas. No puedo soportarlo más.

Al día siguiente bajé con mi hermano menor de 8 años al primer piso a visitar a mi vecina Martha Torres, a sus gatos gordos y a ese feo canario en su oxidada jaula colgado al lado de otra jaula siempre abierta.

A mi me daba miedo la anciana Torres, en realidad a todos los niños les aterraba esa viuda de más de 70 años. Pero a mi me ponía los pelos de punta. No porque cuando sonríe deja ver su carencia de dientes y los que tiene son más amarillos que Los Simpson. No era por esa verruga que tenía al lado izquierdo de la nariz y que era más grande que sus ojos. No por su enorme cabellera tan larga que le llega por debajo del trasero y que parece que tuviera vida propia.

La razón por la que se eriza la piel el solo pensar en ella es porque es una bruja. No es que la haya visto convertir a un niño en un sapo o cosas así, sino que un día cuando mi familia y yo volvimos de un viaje mi mamá me pidió que le entregara una botella de vino pequeña que le habíamos comprado. Quería decirle que no pero ella me hizo esa mirada de: “Haz lo que te digo o te quedas sin teléfono por un mes”. No tenía otra opción.

Cuando me abrió la puerta me sonrió mostrándome su incompleta dentadura y yo le sonreí mostrándole mi dentadura, que también estaba incompleta (algunos dientes de leche se me habían caído).

Le entregué la botella y ella me lo agradeció. Su aliento apestaba a ajos y cebollas. Cuando se volteó para meter su botella en el refrigerador vi un montón de botellas con líquidos de varios colores, era como un festival de gaseosas. Solo que estas botellas estaban sin etiquetas y eran unas diferentes de las otras.

Lo que más me llamó la atención fue una botella con un líquido transparente y burbujeante. No era el liquido en sí lo que me atraía sino la cabeza del animal que flotaba en el centro. Debía de ser algún roedor.

Cuando la anciana Torres regresó yo ya estaba en el tercer piso con una idea paseándose por mi cerebro. Es una bruja.

- Te quieres callar- le dije al canario chillón. Era un canario amarillo con el pecho rojo.

Martha Torres no estaba. Era nuestra oportunidad. Le hicimos caras al animalejo, le sacamos la lengua y este no dejaba de mirarnos ni de chillar. Cada vez que chillaba sentía que me picoteaba el cerebro. No sabría decirles si fue un impulso o estaba decidida pero abrí la jaula.

El animalejo nos miró por unos segundos. Su mirada era como una mezcla de “gracias” y “soy libre”. Sin desaprovechar la oportunidad el pajarito se fue volando.

Voló tan rápido que en unos segundos ya había desaparecido de mi vista y la de mi hermano.

Michael se quedó viendo la jaula vacía con mucho miedo. Me quería decir algo pero sus palabras fueron interrumpidas por los pasos de alguien dirigiéndose a su piso. Era Martha Torres.

Corrimos lo más rápido que pudimos hasta nuestro piso en el seguro tercer piso. Mientras recuperábamos el aliento mi hermano intentó preguntarme (o mejor dicho reprocharme).

- ¿Te…das…cuentas de…lo que…hiciste?

- Si…pero era…por el…bien de…todos- estoy segura que no soy la única que detestaba ese chillido.

Le dije que se olvidara del asunto; que lo hecho, hecho está. Y si le decía a alguien su juguete favorito iba a desaparecer para siempre. No respondió, sabía muy bien que a pesar de mis 10 años soy muy buena escondiendo cosas.

Somos dos ataúdes bien cerrados.

Estábamos viendo la televisión. En realidad era Michael el que veía la televisión y yo jugaba con mi celular, escuché a alguien tocando la puerta. Era un golpeteo suave, como el de una anciana.

Sentí mucho temor cuando volví a escuchar los golpecitos. Martha Torres vendrá a acusarme ¿Qué hago? Ya sé: esperaré a mis padres, creo que volverán en media hora.

Que ellos se encarguen de ella.

- Vamos Elisabeth abre la puerta. No seas cobarde- me dije a mi misma. Los golpecitos continuaron, quería pedirle ayuda a Michael pero él estaba tan metido en sus caricaturas que ni siquiera habrá escuchado la puerta.

- Abran, sé que están ahí mocosos malcriados- escuché desde afuera. Ahora si estaba asustada.

- Ya voy- dije.

Abrí la puerta.

Martha Torres levantaba un poco la cabeza para mirarme a los ojos. Esos ojos llenos de rabia me pusieron enferma. Intenté calmarme.

- Si, ¿Qué desea? – pregunté siendo lo más cortes posible.

Se formó una sonrisa en sus arrugados labios como intentando calmar el dragón que llevaba dentro y que no me coma. Aun no.

- Mi pequeño piolín se fue volando- me dijo con voz áspera, escupía al hablar y un poco de su saliva me cayó sobre mi playera roja. Qué asco.

No hice otra cosa más que asentir. Martha continuó.

-Fue algún mocoso…- nunca me gustó que nos llamaran así- …quien lo hizo- la siguiente pregunta tomó desprevenida- ¿Sabes quién lo hizo? No me voy a molestar si me lo dices.

No le creo nada de lo que me dice.

Negué todo con un “No”, moví la cabeza tan rápido que me llegué a marear.

- Mi hermano y yo estuvimos viendo la tele todo el día- le dije lo más calmada que pude. La anciana quitaba sus ojos de los míos como si fuera un policía malo haciéndome un interrogatorio. No había policía bueno.

La anciana levantó una ceja sin inmutarse. Sentía que me quebraba pero no iba a decir nada. No sabía que me iba a hacer esa bruja si se enteraba que había hecho volar a su preciado “Piolín”.

De repente como si alguien hubiera abierto un caño dentro de la cabeza de la anciana, esta se puso a llorar sin dejar de repetir: “mi piolín, mi pequeño e indefenso piolín”

Lloraba como si hubiera perdido a alguien importante. Tal vez si perdió a alguien importante. Me sentía culpable, demasiado. Sin embargo me quedé callada.

- Ah… disculpe pero yo no sé nada de lo que le pasó a su canario. De veras lo siento debe de haber sido algún otro niño.

Me iba a decir otra cosa pero se calló dejando su boca semi abierta. Cogió un pañuelo blanco y bordado y se limpió los ojos.

- Perdona por haberte hecho perder el tiempo con mis problemas- me dijo cortésmente. Me mostró una de sus sonrisas y yo le respondí con otra.

- Espero que encuentre al que dejó ir a su canario – le dije intentando darle ánimos- estoy segura de que sus padre le darán el castigo que se merece- a veces parece que no puedo mantener la boca cerrada.

- Cuando atrape al mocoso que liberó a mi pequeño piolín yo misma le daré el castigo que se merece.- me contestó.

Cerré la puerta. Me sentía exhausta. Sentía como si hubiera corrido cinco maratones seguidas. La anciana me acababa de amenazar.

El programa de mi hermano había terminado, pasaban los créditos con una canción pegajosa que yo tarareaba a veces mientras jugaba con mi celular. Michael, por fin,
volteó la cabeza del televisor y me preguntó:

- ¿Quién era?

- Nadie- respondí rápidamente- Anda ve a hacer tu tarea- le ordené queriendo cambiar la conversación. Parecía un militar.

- Tú no eres mi jefe- me respondió en tono rebelde- cara de sapo.

Michael sabía que lo iba a perseguir y cuando lo alcanzara sí que iba a lamentar lo que me dijo. Mientras mis padres no estén yo era la máxima autoridad en este piso y tenía la autoridad de romperle la cabeza.

La puerta se abrió y mi mando se acabó. Maldición. Mi mamá era mucho más alta que yo pero tenía los brazos tan delgados como dos mondadientes tallados. Las bolsas de la compra estaban en el suelo. Eran grandes y pesadas.

Sabía lo que iba a decir.

- Por favor Elisabeth lleva esas bolsas a la cocina- mi mamá entró y se sentó en el sillón donde yo me había sentado antes.

Había adivinado y mi premio era llevar esas bolsas tan pesadas que parecía que había comprado cemento en vez de comida.

Me senté a su lado, me dolían los brazos. Mi mamá había puesto su novela favorita. Yo me quedé viéndola. Era la excusa perfecta para no hacer la tarea. A mi mamá le gustaba que la viera con ella. Por fin sabremos si Rogelio se vengará de Martin por haberle quitado a Rosa.

Cuando pasaron los comerciales. Mi mamá volteó a verme. Sus ojos aumentaron tres veces su tamaño, parecía un personaje de una caricatura. Me dijo:

- Elisabeth estas pálida.
Al parecer el susto de muerte de Martha Torres no se me había pasado.

- ¿Acaso viste a un fantasma?- me preguntó con ironía.

No, a una bruja, quería decirle pero me contuve. Solo negué con la cabeza.

- Entonces que pasa cariño- me volvió a preguntar.

- Nada mamá- le respondí tan rápido que no creo que me haya entendido.

Ella sabía que mentía. Siempre sabe cuando miento.

- No te creo ¿Qué te pasa?- me volvió a preguntar.

Yo lo interpreté así: “Te voy a preguntar ¿Qué pasa?
Tantas veces hasta que te vuelvas loca así que dime que te ocurre y que sea la verdad”.

No quería volverme loca así que le conté la verdad. Su expresión se mostraba cada vez más furiosa a medida que avanzaba con mi confesión. Me daba miedo terminarlo pero lo hice de todos modos.

- ¿Por qué no le dijiste que fuiste tú quien liberó a su canario?

- Es que tenía miedo.

- Encima le mientes. Sabes muy bien lo que pienso de la mentira- odia la mentira.

- Perdón- le dije mirando al suelo.

- Ahora mismo bajas al primer piso y le dices la verdad- me ordenó

- Pero mamá tengo miedo que me grite- dije mirándola con ojitos de cachorrito mezclados con los de un gatito.

Mi mamá se conmovió con mi mirada e hizo una mueca que yo interpreté como una sonrisa. Ojalá diga que me olvide de todo, que los accidentes pasan y que vivamos nuestras vidas.

- Tengo la perfecta solución para esto. Acompáñame- me dijo poniéndose de pie. Michael olió la palabra “paseo” y bajó como un rayo sin dejar de decir: “Quiero ir”, “Quiero ir”.

Mi mamá le dio permiso al muy afortunado y los tres fuimos a la pastelería de la esquina. Mi mamá compró una caja pequeña de magdalenas, una empanada dulce para ella, un budín para Michael y para mi nada.

Mi mamá me dio la mitad de su empanada, seguramente por lastima y la comí como si no hubiera comido nada en toda mi vida.

Cuando llegamos a nuestro piso, era muy pequeño para llamarlo casa, mi mamá puso la caja de magdalenas encima de la mesa, le ordenó a Michael que hiciera su tarea porque más tarde iba a revisar su cuaderno.

- Vamos a ir las dos a la casa de Martha Torres. Le dirás la verdad y le pedirás perdón ¿De acuerdo?

Quería decirle que no, pegarme los pies con súper pegamento para que no pueda moverme pero terminé asintiendo. Sentía pequeños temblores como mi celular cuando vibraba. Era una llamada de miedo.

Cada paso era más lento que el anterior, caminaba como un caracol cansado, hasta que mi mamá volteó y con la mirada me dijo que acelerada el paso. Corrí hacia ella.

Llegamos al piso de Martha Torres. Era del mismo tamaño que el de los demás. La puerta era del mismo color rojo y estaba dibujado un numero uno en el centro. Habían unas cuantas huellas de manos y dedos en la puerta. Era como si Martha Torres no se hubiera lavado las manos en toda su vida.

Mi mamá tocó el timbre y un tono como de película de terror sonó, sentí como mi sangre se helaba. Quería huir pero mi mamá me habrá leído la mente porque me agarró de la mano tan fuerte que no podía escapar.

Martha Torres abrió la puerta sorprendida. Una sensación de sospecha fue lo que pude notar al principio. La anciana se limitó a sonreír antes de empezar a hablar.

- ¿Si? ¿Qué desean?

- ¡oh! Buenas noches- empezó mi mamá y no sabía cómo continuar pero lo hizo de todos modos – aquí le trajimos una cajita de magdalenas- la mano de mi mamá empezaba a sudar. Guacala.

Le entregó la cajita de magdalenas a la anciana y esta la revisó como si se tratara de algún artefacto espacial. Puso la cajita en una mesita y nos invitó a pasar.

- Pónganse cómodas- nos dijo y se fue a la cocina- ahorita les prepararé una taza de té.

- ¡Oh! Muchas gracias- dijo mi mamá sentándose en el sillón, yo también hice lo mismo. Ambas detestábamos el té. Por fin mi mamá me soltó la mano y lo primero que hice fue limpiármela con mi pantalón.

- Ok, cuando regrese se lo dices y le pides perdón.
Yo asentí. Hice un pequeño discurso mental sobre lo que iba a decir.

La anciana regresó con tres tazas de té en una bandeja. Temblaba tanto que el té se derramaba. Mi mamá quiso ayudarla, de hecho me ordenó a mí a ayudarla pero Martha se negó. Puso la bandeja en la mesa, abrió la cajita y nos ofreció unas magdalenas para acompañar el té.

Martha bebió un sonoro trago de té. Mi mamá me dio un codazo. No me quedaba más remedio así que saqué valor que no tenía y le conté todo a la anciana. Desde lo mucho que detestaba el chillido del animal hasta la parte en la que lo liberé. Luego le pedí perdón bajando un poco la cabeza.

Tuve la sensación de que se iba a lanzar sobre mí para estrangularme. Sin embargo solo se limitó a sonreír y me dijo que me perdonaba. Nos pidió que bebiéramos el té que se estaba enfriando. Así lo hicimos.

Sabía horrible.

Comimos unas cuantas magdalenas. Mi mamá le ofreció comprarle otro canario igual a “Piolín”. Martha dijo que no nos preocupemos. Nos despedimos y regresamos a nuestro piso.

De repente empezaba a sentir demasiada comezón y mucho sueño.

Me desperté gracias a la comezón. Me picaba todo el cuerpo, en especial la espalda. Quería rascarme pero no pude, no podía tocarme la espalda con mis alas. ¿Alas? ¿Dónde están mis manos, mis dedos y mis uñas? Lo único que veía eran dos alas rojas llenas de plumas. Todo mi cuerpo estaba cubierto de plumas. Mis piernas ahora son dos patas tan delgadas como ramitas de arboles.

Dios mío, soy un maldito canario.

La comezón era insoportable. ¡Maldita comezón! No me dejaba tener pánico tranquila. Usé mi pico para rascarme la espalda. Se sentía mejor.

Estaba encerrada en una jaula oxidada que me resultaba de lo más familiar. Esto debe de ser un sueño, en cualquier momento voy a despertar. Mi sueño se convirtió en una pesadilla cuando la anciana Torres salió de la cocina y se dirigió hacia mi jaula. Quise gritar pero de mi boca solo salió una especie de chillido. Mientras más gritaba más chillaba.

Solo pude ver como pegaba su enorme nariz con verruga incluida en mi jaula sin dejar de sonreír con esas sonrisas de maldad y algo de satisfacción. Luego me vino algo a la mente: Ese asqueroso té. Esa bruja lo envenenó. Mi mamá también lo bebió. Miré hacia ambos lados de la casa en busca del algún animal que se pareciera a ella. No, nada, al menos eso creía. Solo veía a los dos gatos gordos durmiendo en el sofá.

- Te dije que el culpable sufriría algo más que un sermón- me dijo.

- Vieja bruja- grité pero solo salieron chillidos.

La anciana empezó a reírse ¿Habrá entendido lo que le dije? Sin dejar de reírse miró un pequeño plato que estaba en el suelo de la jaula

- Parece que no tienes comida. Pobrecita- me hablaba como si fuera un bebé o su mascota. Agarró el plato y fue a la cocina.

- Devuélveme a mi forma normal- le grité pretendiendo tener autoridad.

La anciana regresó y puso el pequeño platito en la jaula.

- Provecho. Era por eso que estabas tan molesta- dijo la anciana con tono burlón.

- Vieja estúpida- le grité.

La anciana frunció el ceño. Creo que si entendió lo que le dije.

- Si me vuelves a hablar así voy a tener que ser un poco más rígida- me amenazó sosteniendo unas tijeras para probar que hablaba en serio.
Estuve callada todo el día.

Epilogo.

Han pasado cinco días. Yo volaba alrededor de la jaula. Tengo que admitir el poder volar no es tan malo. Lo que si era malo era que todavía no me acostumbraba a no tener brazos, piernas o dientes.

Martha Torres fue al mercado y yo aproveché para pedir ayuda (chillando). Nadie respondió hasta que escuché los pasos torpes de un niño de cinco años. Este se detuvo para mirarme. Me puso unas caras, yo lo miraba de manera ansiosa y furiosa. Me dijo que me callara y con sus pequeñas manos abrió la jaula.

¡Si! Volé lo más rápido que pude. Gracias impulsivo niño. La anciana corrió por mí pero se detuvo. Ya era demasiado tarde, solo puso una expresión de: “Debo ponerle un candado a esa jaula”.

¡Soy libre! ¡Soy libre! Mi dicha duró poco. Tenía que encontrar a mis padres.

Es esos cinco días vi que mi familia se iba del complejo de apartamentos. Han hablado de ir a la casa de la abuela Carol. Estaban tristes, seguramente por mi perdida.
Volé directo hacia allá. Ya luego pensaré en cómo explicarles que su hija mayor se convirtió en un canario.

Solo volé.

Texto agregado el 22-03-2016, y leído por 26 visitantes. (1 voto)


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