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Inicio / Cuenteros Locales / guy / AFTER OFFICE

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Cuando en el televisor comenzó We Can't Stop, de Miley Cyrus, la chica desde la cama subió el volumen. Miley Cyrus vestida de blanco mostrando la blanca piel y la blancura de los dientes y los labios muy rojos. Miley Cyrus bailando con osos de peluche de tamaño humano con piernas humanas. Miley Cyrus enfundada en calzas blancas en una enorme cama blanca cantando y contoneándose al ritmo de su música. Miley Cyrus con gafas negras de sol. Siempre la furia del rojo en los labios. Miley Cyrus bailando con un hombre negro con gafas negras vestido de negro. La chica se sentó y se puso a bailar con el torso. Movía los brazos en alto al ritmo de la canción y aplaudía sin ruido. El hombre acostado a su lado prestó atención al televisor unos segundos y después quedó como antes: mirando el espejo del techo que le devolvía la desnudez de la chica, ahora erguida y móvil, y su propio cuerpo desnudo.
Ella le tomó la muñeca derecha como invitándolo a seguir la canción. Él intentó tironear de ella hacia sí, pero la chica se soltó y continuó con su baile sentada en la cama.
—Quién es —interrogó él.
—Miley Cyrus. Me encanta esta canción —contestó la chica.
—Esto me gustó mucho. Vos me gustás mucho… Y eso que fue nuestra primera vez —dijo el hombre como en otra cosa.
La chica volteó hacia él sin dejar de moverse, se agarró con ambas manos el cabello largo, lacio y negro y lo sostuvo a modo de una coleta sobre la espalda con la mano derecha como si fuera a atárselo. Miró al hombre a los ojos y le sonrió sin decirle nada.
—Qué —dijo él.
—Nada. Te miro.
—¿No que las primeras veces nunca son del todo buenas? —insistió él, aún acostado y con la cabeza hundida en la almohada.
La chica otra vez prestó atención al televisor. Seguía moviéndose y sujetándose el cabello con la mano. —We run things / things don’t run we / We don't take nothing from nobody. Yea. Yea. Yea —cantó en voz alta y al unísono el final de la canción.
—Pronunciás muy bien el inglés.
—Algo así decía mi currículum cuando me contrataste, ¿no? —La chica encontró la banda elástica entre la sábana revuelta y se ató el pelo.
—¿Estudiaste de chiquita? —insistió el hombre.
—Desde la primaria, sí. Fui a colegios bilingües.
En el televisor cantaba ahora una voz masculina en español. Palmeras, arenas blancas, mar azul y mujeres en mallas coloridas que bailaban. La chica bajó el volumen y dejó el control remoto en el suelo.
—Así que renunciaste —dijo él.
—Ay sí. Quiero que llegue rápido fin de mes para irme. Me esperan en otro lado.
El hombre levantó el torso, dispuso la almohada vertical contra el respaldo, se enderezó hacia atrás y apoyó la espalda.
—¿Y por qué te nos vas?
—Y… por varias cosas. Quiero cambiar de aire... Más de lo que hago no voy a hacer en la empresa, ¿no?
—No veo por qué no…
—Ay, bueno —interrumpió ella—, igual hace casi dos años que estoy en esta empresa. Ya es hora de cambiar, de hacer algo distinto y con otra gente. Si no, es como que me quedo estancada… me aburro. No está bueno quedarse mucho en un lugar… para mí, bah, creo.
—Y te vas a aburrir a otro lado.
La chica se rio y no dijo nada. Quedó sentada con la vista en el televisor unos segundos. Puso la almohada contra el respaldo de la cama y se inclinó de modo que ambos quedaron en la misma posición.
Él le pasó el brazo derecho por atrás y la llevó contra su cuerpo. La chica se dejó hacer y apoyó la cabeza en la mejilla del hombre.
—¿Y vos cuánto hace que trabajás en la empresa? —preguntó ella.
El hombre resopló y alzó la vista como haciendo cuentas. —Veinte… Veintiún años.
—¡Veintiún años! —repitió la chica como sorprendida— ¡Yo hace veintiún años empezaba el jardín de infantes!… qué loco…
—Igual yo a vos te voy a extrañar —dijo él y le recorrió la espalda de arriba abajo con la mano derecha un par de veces.
La chica tenía aún los ojos en el televisor. Él no podía verle la cara. Hubo un silencio prolongado.
—Te me quedaste callada —insistió.
—¿Te parece? —Levantó la cara y lo besó en la mejilla—. Por ahí vos estás hablando mucho, ¿no? —ahora lo besó en los labios.
Él giró y la desplazó unos centímetros, se inclinó sobre ella y se dieron un largo beso.
—Creo que me voy a dar una ducha, si es que hay tiempo —cortó la chica.
—Sí. Sí tenés tiempo —él consultó el reloj y se sentó en la cama con las piernas estiradas.
La chica se recogió el pelo a modo de rodete y anduvo los pasos hasta el cuarto de baño. Abrió la ducha y se colocó un gorro de plástico con cuidado de que todo el cabello quedara dentro. Se asomó y miró al hombre, que hacía zapping acostado en su lugar.
Cuando salió envuelta en un toallón se dirigió hasta un rincón de la habitación donde había dejado enchufado el celular, desconectó el cargador y llevó el conjunto hasta la cama. Se sentó y encendió el teléfono. Aún tenía puesto el gorro impermeable.
—¿Qué vas a hacer hoy? —pregunto él.
—Me encuentro con un par de amigas —ella estaba absorta en la pantalla.
—Ah. Pensaba que podríamos ir a cenar.
La chica no dijo nada. Tenía unas cuantas notificaciones. Puso atención al celular y por momentos se reía como si alguien allí le estuviera contando algo gracioso e interesante. Se dedicó en silencio a escribir. El hombre salió de la cama, la rodeó y se sentó junto a la chica. Le besó el cuello mojado y le acarició la espalda por sobre la toalla; ella seguía en su posición agazapada concentrada en el teléfono.
—Parece que están a pleno —dijo él, como queriendo enterarse de algo o acaso por sentirse repentinamente marginado.
—Sí —dijo ella mientras escribía con los pulgares.
En el televisor un tipo de la CNN hablaba de relaciones internacionales; él prestó atención unos segundos y dejó de acariciar a la chica. Finalmente sin decir nada se incorporó y fue a buscar la ropa para vestirse. Dispuso las prendas sobre la cama, y cuando iba a ponerse los calzoncillos ella reparó en él.
—Ah, ahora que estás ahí… ¿te puedo sacar una foto?
El hombre ya tenía los calzoncillos puestos y la camisa en la mano.
—¿Una foto? ¿Y qué vas a hacer con una foto mía?
—Bueno, en realidad no hace falta que estés vos —la chica se reía con el teléfono en la mano—… es para mandársela a una amiga… del ombligo para abajo estaría bien.
—No entiendo…
La chica se puso de pie y tiró al suelo la toalla que la cubría. Se acercó al hombre y le mostró la pantalla del teléfono.
—Mirá, esta es una amiga.
Él puso atención. Era el torso de una chica rubia que gesticulaba sentada a la mesa nocturna de lo que parecía un bar bastante concurrido.
—Apostamos a qué calzoncillos usabas… yo le dije que seguro eran boxer y ella decía que no, que seguro los de tu edad usaban slips. Ahora me preguntó y pensé enviarle una foto por Whatsapp… ya ves que ganó la apuesta.
El hombre quedó callado un momento, parado en calzoncillos y con la camisa en la mano.
—¿Qué?… ¿Te enojaste? —dijo ella entre risas y con el teléfono puesto en la opción de cámara fotográfica.
—A ver. Decís que apostaste con tu amiga por mis calzones…
—Ay bueno, che, no seas mala onda… son cosas de mujeres…
—Capaz que viniste acá por una apuesta… uno nunca sabe —respondió él, como quien pretende parecer irónico pero alegre al mismo tiempo.
—No. No. Mirá, no le dije que iba a salir con vos, Esteban Magnelli, el gerente de recursos humanos, eh. Dije que salía con un tipo de tu edad y punto. No es que aposté con tu personalidad. Apostamos a que los tipos de tu edad usan una clase de calzoncillos y no otra. Jimena dice que los chapados a la antigua usan slips y los que están más modernizados se ponen boxers, que además son más sexis… Dale, dejame que te saque una foto… please… please… ¿Sí?
Continuaban las notificaciones sonoras. La chica abrazó al hombre sin soltar el teléfono y le besó los labios y el mentón varias veces.
—Está bien —accedió él—. Pero solamente del ombligo para abajo.
La chica festejó a los saltitos como una nena y volvió a besarle los labios. Se alejó un paso y tomó la foto. Acto seguido hizo que él la viera, y finalmente escribió un mensaje y la envió.
A los pocos segundos recibió la respuesta y se puso a reír a carcajadas mientras el hombre se ponía el resto de la ropa.
—¿No te vas a vestir? —dijo él.
La chica estaba ahora acostada en la cama boca arriba y escribiendo con los pulgares. El hombre le dedicó una prolongada mirada a aquel cuerpo desnudo cuya dueña parecía estar en otro lugar, tal vez demasiado lejano para él.
—Nadia —la llamó.
—Ya voy —dijo ella.
El auto emergió del estacionamiento y se detuvo en la esquina. La chica iba acomodándose el cabello en el asiento del acompañante. El hombre accionó el limpiaparabrisas, sintonizó una FM de música y reguló el volumen. Lloviznaba.
—Me dio hambre… decime, ¿tenés tiempo para comer algo rápido?… Bueno… en realidad me gustaría pasar un rato más con vos —indagó él.
—Ay no… no puedo… Es que me esperan las chicas en el pub… en serio… por ahí otro día.
El auto anduvo algunas cuadras hasta la avenida. La noche otoñal avanzaba lenta y mojada, no hacía frío y en la calle la gente se animaba sin paraguas ni impermeables.
—¿Dónde querés que te deje?
—Hay un pub sobre Crámer, que es donde siempre vamos con las chicas…
—Crámer y qué.
—No sé bien —dudó la chica—. Es cerca del bar donde fuimos hoy después de la oficina… Viste que pasamos por una clínica… bueno, a la vuelta de esa clínica, sobre Crámer.
El hombre no contestó. Siguió avanzando por la avenida. El interior del auto olía a limpio como recién salido del lavadero, el motor apenas se oía y comenzaba a empañarse el parabrisas. En la radio pasaban música de los 90.
La chica le hizo encender la luz del techo y se pintó los labios con cierta dificultad ayudada por el espejo del parasol.
—Estaba pensando —empezó él— que mañana mis hijos se quedan con la madre… el cumpleaños de la tía… bueno, digo que podríamos ir a comer algo, ¿te va?
—Mañana… mañana…
—Sí, bueno. Mañana es sábado, viste…
Ella guardó el labial en la cartera y dedicó un momento a verse de cerca en el pequeño espejo. El automóvil salió de la avenida, hizo dos cuadras y paró. La chica cayó en la cuenta de que habían llegado a su destino. —¡Es ahí!… ¡Lo encontraste!… ¡Gracias!...
—Bueno… ¿Y mañana… qué hacemos? —insistió el hombre, acaso con cierta timidez.
—Ay no sé. Veo. Cualquier cosa te aviso por Whatsapp —contestó. Lo besó en los labios y salió del auto.


Texto agregado el 06-05-2016, y leído por 405 visitantes. (11 votos)


Lectores Opinan
2016-08-24 04:37:07 Pienso a veces que la estrella solitaria es un honor para aquellos que saben escribir. Pues se ha mirado con lupa el texto y se ha despreciado porque no corresponde a los parámetros que el susodicho considera correctos. No sabe nada: lo bien escrito está bien escrito, guste o no. Es la molestia de no entender esto lo que lo lleva a errar. Y por lo regular sus textos lo confirman (no escribe, balbucea apenas). Bien, guy. Pato-Guacalas
2016-06-18 20:31:44 Es lo malo de las pendejas. Ricas, pero dispersas. Y ahora con la pelotudez de los celulares, uf. Excelente cuento. kroston
2016-05-26 21:22:37 Sos el mejor. Hacés un cuento de cualquier cotidianidad y siempre resulta un placer leerte. tanag
2016-05-18 02:54:57 Hijo de puta. Y después me decís que no sabés quien es Carver. 4 estrellitas. juanday
2016-05-10 19:00:51 Muy bien el cuento. Un diálogo ágil que retrata muy bien ambas personalidades y las diferentes inquietudes de los personajes. Enhorabuena. justine
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